21/07/2011

Tres cosas insoportables

Hay tres cosas que demasiados políticos en España se empeñan en hacer y que deberían enervar a cualquier ciudadano con sangre en las venas. Hasta cortárselas.

Una de ellas es empeñarse en el cínico y vomitivo autoengaño (o no), que les lleva a modificar su tratamiento sobre los corruptos en función de un detalle pequeñito: si es de los míos le defenderé por activa o pasiva; si es de los otros saldré a matar. A matar mucho; con navajas de Albacete, si fuese preciso. No hay distinción en esto entre el PSOE, el PP y el resto, aunque las formas estén decoradas de distinta manera. No porque "todos los políticos" sean "iguales", sino porque todos han decidido ponerse el escudo de la mierda de la misma (equivocada) manera. Se ejemplifica en una frase de Marcelino Iglesias, que se atrevió a decir que los imputados socialistas "no son comparables" a los demás. Están a otro nivel. Claro. El de Maribel.

Ayer los populares valencianos se permitieron el lujo de colocar una sección en su web para enviar frases de apoyo al recién dimitido Francisco Camps, el hombre que, dicen, se va para sacrificarse por Rajoy. Desde la última edición de los concursos de Teresa Rabal no se había emitido tanta ternura en directo. Bueno, en directo en algunos casos: al parecer la tele pública de ¡España! no es bien recibida en ciertos sitios de ¡España! En realidad no lo es ninguna que no sea afín al régimen. Vamos a llamarlo así.

Según el tal Camps no sólo él es inocente, sino también "los otros tres". Suponemos que se refería a Víctor Campos, Rafael Betoret y Ricardo Costa, los demás altos cargos del Partido Popular que iban a ser sus compañeros de banquillo. Curiosamente, los dos primeros ya habían reconocido su culpabilidad por la mañana, con lo que resultaba extraño que fuesen inocentes en el discurso de Camps por la tarde. El propio abogado del presidente valenciano había presentado en el juzgado un simpático escrito para que él hiciese lo mismo, pero al presunto 'molt honorable' se le olvidó pasar a firmarlo y, como si nada, acabó haciendo un discurso a carcajadas que tenía más de muestra psicótica que de fórmula institucional. Dejémoslo en psicosis institucional digna de ser tratada. Con pastillas.

Sea como sea, ¡qué vueltas da la vida! Hoy eres culpable, mañana inocente y luego quién sabe. Incluso ese señor llamado Ricardo Costa no llegó nunca a ser ni lo uno ni lo otro; simplemente estaba a la espera de que un segundo señor con barba, que se comenta que manda en algún sitio, aunque nadie lo sabe a ciencia cierta, le indicase qué ser. O sea, que le indicase lo que había sido. La cosa tiene su punto filosófico, no crean. La política también tiene momentos griegos. ¿Griegos? Uy.

Pero como estos dioses del Olimpo de Génova son tan, tan buenos, estaban dispuestos a dejar gobernar a un presidente siendo delincuente confeso, y a premiar a un viejo colega si confesaba que lo era. Que lo es, perdón. Premiar, sí. Es mejor no buscar una explicación lógica: los caminos del señor son inescrutables. Empedrados. Violentos. Moralmente violentos. Del Señor, vaya.

Sigamos. La segunda actitud insoportable en política, que además se puede vincular a lo anterior, tiene que ver con el empeño en hacer predicciones. A algunos políticos les encanta jugar a pitonisos, que es como jugar a los médicos pero en versión mucho más cerda e indecente. Donde debieran decir "creemos esto" o "vamos a hacer esto", es sin embargo mucho más divertido hablar de lo abstracto y divino: "va a pasar esto". ¿Por qué? Porque el mundo es así, o porque a falta de una idea bien vale una huida: ya le pagaré mañana. Ejemplos: no habrá crisis, los jóvenes dentro de treinta años vivirán mejor, el paro no va a subir más y esto de los trajes se va a quedar en nada. Nada de nada.

Creer en la presunción de inocencia es una obligación. Poner la mano en el fuego por alguien es otra cosa. Parece que la bola del PP no ha acertado esta vez. ¿Nadie se va a hacer responsable de la unidad de quemados? Podemos creer en las buenas intenciones, e incluso en las rectificaciones por buenas intenciones. Lo que no podemos es hacernos pasar por idiotas, en virtud de algo a lo que llamaremos dignidad ciudadana, que es otro concepto que, según el contexto, puede ser buena muestra de efímeras secreciones discursivas. Aún así mola. Nos mola. Porque con dignidad otro camino es posible. ¿Se ha captado el chiste? ¿No? ¿No?

La tercera costumbre insoportable, quizá la peor, tiene que ver con la identificación que muchos representantes públicos han sabido hacer de su figura personal con el cargo que ocupan. Han fusionado lo institucional con lo partidario y particular, y les ha salido bien. El éxito del PP en la Comunitat Valenciana radica precisamente ahí: el PP no es el partido que gobierna; el PP es la comunidad misma. La cultura valenciana, la lengua valenciana y la sociedad valenciana están representadas en el PP valenciano, dentro de un abstracto concepto. Quizá por eso la ciudadanía no haya valorado las evidentes implicaciones corruptas del candidato de esta formación a ser la máxima figura representativa de sus tres provincias ante España y el mundo, y quizá por eso les haya dado igual, ante la sorpresa de quienes están fuera, su chulería, su prepotencia y la manipulación de recursos públicos que ha dirigido en su favor. Todo dio igual porque Camps era el candidato del partido de los valencianos, y los demás candidatos eran otra cosa.

Ayer lo volvió a demostrar en su discurso. Habló de su tierra como "la mejor". "Los valencianos somos los mejores". Y dijo que les están atacando. No a él, a los valencianos. ¿Alguien ha puesto en duda lo mucho que nos encanta la Comunitat Valenciana? Sí: Camps. El gran líder pretende lograr una perversión (que de hecho ha conseguido): que criticarle a él sea criticar a la tierra que preside; que decir que el gobierno valenciano es indigno equivalga ante un ciudadano valenciano a decir que ese lugar del mundo al que el citado ciudadano quiere es por tanto indigno. Una envoltura psicológica propia de regímenes totalitarios que dice, ciertamente, muy poco de quienes han caído masivamente en ella, de quienes han preferido colocar un sentimiento sobre la racionalidad, una idea de patriotismo chirigotero sobre una idea de gestión, un mundo paralelo de enfrentamientos y enemigos infernales sobre el gobierno en favor del bien común.

Este es el problema. Cualquiera de las tres actitudes antes descritas son seguidas, apoyadas y asumidas por la mayor parte de la sociedad. Somos nosotros los que votamos y ellos quienes nos representan. Sólo hacen eso: representarnos. Fielmente.

06/07/2011

Pequeños uniformados

Es evidente que la educación tiene muchos problemas, y es evidente que la utilización o no de uniformes en los colegios no es el principal, quizá ni siquiera uno de ellos; pero sí se trata de un viejo debate que cuando llegue septiembre volverá a saltar a la primera línea durante unos días. Sin embargo, enfocada de otra manera, esta polémica aparentemente insustancial refleja un problema social más amplio.

Entre padres y profesionales se suelen esgrimir dos argumentos fundamentales. A favor, que el uso de uniformes evita la discriminación por razones estéticas o económicas; en contra, que significa coartar la libertad, el desarrollo de la personalidad. Planteando el tema en Twitter la mayor parte de las respuestas se agarran a esos dos conceptos generales.

Fotografía de EFE en El País. Pruebas de selectividad en la Universidad Pública de Navarra.

Ambos argumentos no parecen suficientemente sólidos como para tomar una decisión.

Por un lado, la posición económica queda reflejada en muchos más elementos que la marca de una camiseta. Como ayer me apuntaban, si aspiramos al extremo de que sea imposible dilucidar la carestía de lo que llevan puesto los niños tendríamos que llegar al límite de fijar las zapatillas de deporte y la mochila que usan o prohibir que porten teléfono móvil dentro del recinto escolar. Tampoco es lo mismo llegar a la puerta en autobús, en un Mercedes o a pata. Quienes hemos estudiado en la educación pública veíamos casi todos los años a compañeros que no contaban con todos los libros y materiales hasta dos o tres meses después de haber comenzado el curso, por la dificultad de sus padres para hacer frente a ese considerable gasto de una sola vez.

Así que estaríamos reduciendo al ridículo la realidad, una realidad que de hecho los niños encontrarán en la calle y, sobre todo, al crecer: que las diferencias existen. ¿Es razonable ocultarlas en un determinado ámbito de la etapa inicial de su vida? ¿Para conseguir qué?

Por contra, afirmar que establecer una uniformidad reglada supone limitar la expresión de la personalidad propia es una nueva reducción al absurdo. De entrada, porque quizá la ropa sea un modo de identificación individual y grupal durante la adolescencia, que en todo caso se suele modificar durante el desarrollo y está condicionada a la propia supervivencia personal (asumamos pues que la etapa secundaria, mucho más compleja, puede quedar fuera del debate), pero... ¿lo es antes de los doce años? ¿Qué niño de seis, ocho o diez años elige su ropa? ¿Se expresa en ellos su forma de ver el mundo o la de sus padres o tutores? ¿Y esta última expresión no es una imposición para él? ¿No puede ser perjudicial y marcar injustamente su integración con el entorno de una manera que no desee como sujeto individual?

Pecamos además de cierta hipocresía al no reconocer que siempre existe y existirá una uniformidad social preimpuesta, variable pero presente: ¿qué es si no el debate sobre el velo o por qué se obliga a un chaval a quitarse su gorra en clase? ¿Ésas no son expresiones de la propia esencia? ¿A qué se refieren las personas supuestamente contrarias a los uniformes cuando hablan de "ir adecuadamente vestido" como límite global? ¿Dónde ponemos ese límite y en función del criterio de quién?

Todo esto nos lleva al planteamiento final: el uniforme puede ser útil o inútil en función de cuál sea el objetivo que se pretenda conseguir, por eso lo imprescindible es que exista ante todo un contexto educativo que ponga el foco sobre la persona y lo que puede aportar. En este viejo debate estamos reflejando el problema en sí mismo pero no, por tanto, una solución: no existen demasiadas diferencias entre ambos sistemas, el de la uniformización reglada, que sería el primero, o el de la uniformización social, que sería el segundo.

Ambas ideas me resultan enormemente difíciles de admitir: no puede ser positivo pretender ocultar las diferencias económicas y culturales; pero es casi es más aterradora la posición contraria: colocar la superficialidad estética como elemento de reivindicación autónoma de la libertad. Que nos preocupen las camisetas, las marcas o los teléfonos es el reflejo mismo de cómo estamos equivocando el tiro, haciendo que reviertan sobre los niños los complejos consumistas que ya ha adoptado el resto de la sociedad: soy lo que tengo, lo que aparento, no lo que hago, no lo que pienso. Invita al pesimismo que algunos, equivocadamente, consideren que la personalidad se refleja en su vestimenta o sus gafas y no mediante un texto escrito en clase de literatura, un dibujo imaginado en la clase de plástica (¿se llamará aún así?), una composición musical básica, la forma de representar una obra de teatro, el diseño de un proyecto científico o la notita que se lanza a la compañera de la segunda fila.

De nada servirá apostar por el uso del uniforme o por suprimirlo sin asumir como sociedad la importancia de todos los elementos abstractos e imprescindibles que rodean el hecho educativo. Elementos como el respeto, que llega desde la familia y los entornos sociales en los que se vive, hasta la escuela; ámbitos todos en los que se debe inculcar esa necesaria consideración por las personas, por la diversidad de quienes nos rodean, por la integración y la construcción de una comunidad comprometida con ella misma y sus miembros. De poco sirve uniformar, ya sea por un patrón rígido o por uno subyacente, si no contamos con ese reto superior como elemento principal: que la mente y la expresión de lo que contiene sustituya para siempre al cuerpo y lo que su aleatoria construcción genética determina como mensaje propio al resto del mundo.

Los uniformes acabarán cuando enseñemos a nuestros futuros ciudadanos a pensar, no cuando les demos libertad para hacer ecuaciones en traje de baño. O con ambas cosas. O quizá es que yo sea un romántico, que también puede ser.