Una de ellas es empeñarse en el cínico y vomitivo autoengaño (o no), que les lleva a modificar su tratamiento sobre los corruptos en función de un detalle pequeñito: si es de los míos le defenderé por activa o pasiva; si es de los otros saldré a matar. A matar mucho; con navajas de Albacete, si fuese preciso. No hay distinción en esto entre el PSOE, el PP y el resto, aunque las formas estén decoradas de distinta manera. No porque "todos los políticos" sean "iguales", sino porque todos han decidido ponerse el escudo de la mierda de la misma (equivocada) manera. Se ejemplifica en una frase de Marcelino Iglesias, que se atrevió a decir que los imputados socialistas "no son comparables" a los demás. Están a otro nivel. Claro. El de Maribel.
Según el tal Camps no sólo él es inocente, sino también "los otros tres". Suponemos que se refería a Víctor Campos, Rafael Betoret y Ricardo Costa, los demás altos cargos del Partido Popular que iban a ser sus compañeros de banquillo. Curiosamente, los dos primeros ya habían reconocido su culpabilidad por la mañana, con lo que resultaba extraño que fuesen inocentes en el discurso de Camps por la tarde. El propio abogado del presidente valenciano había presentado en el juzgado un simpático escrito para que él hiciese lo mismo, pero al presunto 'molt honorable' se le olvidó pasar a firmarlo y, como si nada, acabó haciendo un discurso a carcajadas que tenía más de muestra psicótica que de fórmula institucional. Dejémoslo en psicosis institucional digna de ser tratada. Con pastillas.
Sea como sea, ¡qué vueltas da la vida! Hoy eres culpable, mañana inocente y luego quién sabe. Incluso ese señor llamado Ricardo Costa no llegó nunca a ser ni lo uno ni lo otro; simplemente estaba a la espera de que un segundo señor con barba, que se comenta que manda en algún sitio, aunque nadie lo sabe a ciencia cierta, le indicase qué ser. O sea, que le indicase lo que había sido. La cosa tiene su punto filosófico, no crean. La política también tiene momentos griegos. ¿Griegos? Uy.
Pero como estos dioses del Olimpo de Génova son tan, tan buenos, estaban dispuestos a dejar gobernar a un presidente siendo delincuente confeso, y a premiar a un viejo colega si confesaba que lo era. Que lo es, perdón. Premiar, sí. Es mejor no buscar una explicación lógica: los caminos del señor son inescrutables. Empedrados. Violentos. Moralmente violentos. Del Señor, vaya.
Sigamos. La segunda actitud insoportable en política, que además se puede vincular a lo anterior, tiene que ver con el empeño en hacer predicciones. A algunos políticos les encanta jugar a pitonisos, que es como jugar a los médicos pero en versión mucho más cerda e indecente. Donde debieran decir "creemos esto" o "vamos a hacer esto", es sin embargo mucho más divertido hablar de lo abstracto y divino: "va a pasar esto". ¿Por qué? Porque el mundo es así, o porque a falta de una idea bien vale una huida: ya le pagaré mañana. Ejemplos: no habrá crisis, los jóvenes dentro de treinta años vivirán mejor, el paro no va a subir más y esto de los trajes se va a quedar en nada. Nada de nada.
Creer en la presunción de inocencia es una obligación. Poner la mano en el fuego por alguien es otra cosa. Parece que la bola del PP no ha acertado esta vez. ¿Nadie se va a hacer responsable de la unidad de quemados? Podemos creer en las buenas intenciones, e incluso en las rectificaciones por buenas intenciones. Lo que no podemos es hacernos pasar por idiotas, en virtud de algo a lo que llamaremos dignidad ciudadana, que es otro concepto que, según el contexto, puede ser buena muestra de efímeras secreciones discursivas. Aún así mola. Nos mola. Porque con dignidad otro camino es posible. ¿Se ha captado el chiste? ¿No? ¿No?
La tercera costumbre insoportable, quizá la peor, tiene que ver con la identificación que muchos representantes públicos han sabido hacer de su figura personal con el cargo que ocupan. Han fusionado lo institucional con lo partidario y particular, y les ha salido bien. El éxito del PP en la Comunitat Valenciana radica precisamente ahí: el PP no es el partido que gobierna; el PP es la comunidad misma. La cultura valenciana, la lengua valenciana y la sociedad valenciana están representadas en el PP valenciano, dentro de un abstracto concepto. Quizá por eso la ciudadanía no haya valorado las evidentes implicaciones corruptas del candidato de esta formación a ser la máxima figura representativa de sus tres provincias ante España y el mundo, y quizá por eso les haya dado igual, ante la sorpresa de quienes están fuera, su chulería, su prepotencia y la manipulación de recursos públicos que ha dirigido en su favor. Todo dio igual porque Camps era el candidato del partido de los valencianos, y los demás candidatos eran otra cosa.
Ayer lo volvió a demostrar en su discurso. Habló de su tierra como "la mejor". "Los valencianos somos los mejores". Y dijo que les están atacando. No a él, a los valencianos. ¿Alguien ha puesto en duda lo mucho que nos encanta la Comunitat Valenciana? Sí: Camps. El gran líder pretende lograr una perversión (que de hecho ha conseguido): que criticarle a él sea criticar a la tierra que preside; que decir que el gobierno valenciano es indigno equivalga ante un ciudadano valenciano a decir que ese lugar del mundo al que el citado ciudadano quiere es por tanto indigno. Una envoltura psicológica propia de regímenes totalitarios que dice, ciertamente, muy poco de quienes han caído masivamente en ella, de quienes han preferido colocar un sentimiento sobre la racionalidad, una idea de patriotismo chirigotero sobre una idea de gestión, un mundo paralelo de enfrentamientos y enemigos infernales sobre el gobierno en favor del bien común.
Este es el problema. Cualquiera de las tres actitudes antes descritas son seguidas, apoyadas y asumidas por la mayor parte de la sociedad. Somos nosotros los que votamos y ellos quienes nos representan. Sólo hacen eso: representarnos. Fielmente.

