22/06/2011

Los mercados, las reformas y las amenazas

Hay cosas que no son demasiado populares, como intentar decir que "los mercados también somos nosotros". Y otras así:
[...] 
En el caso de Grecia, los mercados financieros, en realidad, somos nosotros, somos los demás países que utilizamos el euro los que le estamos prestando dinero y avalando sus emisiones de deuda. Es decir, que si el gobierno griego acabara haciendo esto que le reclama una parte de su población -¡al diablo con las deudas, no se pagan y se acabó el problema!- íbamos a ser nosotros, el Estado español entre otros, quienes nos quedásemos sin recuperar el dinero que hemos prestado. Visto así, visto desde nuestro punto de vista de “gente que le presta dinero a los griegos”, tal vez no nos cueste tanto entender que antes de seguir prestándole, exijamos ciertas garantías de que van a poder devolverlo, ¿no? 
[...] 
Si [quienes gobiernan] dedicaran una parte importante de su tiempo a hacer entender las cosas no habría calado tanto la falsa idea de que son jefes de gobierno (incluido el nuestro) que se han pasado de pronto al lado oscuro de la fuerza abducidos por misteriosos ricachones que sólo piensan en cómo hacerle la puñeta, más y por más tiempo, a la gente corriente. A los mercados puedes mandarlos al diablo siempre que tengas un plan B. Y lo que está diciendo la Comisión Europea es que no existe ese plan B, ni para Grecia ni para ninguno de los otros países en situación económica apurada, démonos por aludidos. No hay plan B. Los gobiernos no han escogido este camino (tampoco el nuestro) porque les parezca fácil, o entretenido, empeorar las condiciones de vida de la gente para que ésta, rebotada, se indigne. Han escogido este camino porque no ven otro para salir de ésta. Claro que no gusta oírlo, pero si no ven otro es porque no lo hay. Ni en la Grecia de Papandreu ni, salvando todas las distancias que son muchas, en la España de Zapatero.

La cita es de Carlos Alsina en su programa La Brújula de Onda Cero.

El primer ministro griego, Papandreu, en el Parlamento. Foto de Yiorgos Karahalis (Reuters) en elpais.com

¿A qué se han dedicado estos últimos años los gobiernos, aupados por su población, y la población que ahora se echa encima de esos gobiernos?

Hay quien se ha llegado a convencer de que existe cierta maldad innata entre los presidentes mundiales. Muchos creen que Zapatero está encantado aprobando lo que dijo que nunca iba a aprobar. Es un traidor, dicen, y nada más. El problema es que de 2004 a 2009 casi nadie le exigió algo diferente a lo que hizo (no, yo tampoco, salvo excepciones) porque en ese entonces la economía, aunque supiésemos que era un castillo de arena en espera de su ola, no importaba a nadie.

El gobierno es hoy un reflejo de los problemas de muchas familias, esas que firmaban hipotecas a 80 años con un valor muy superior al que era sensato pensar que podrían asumir. Ahora ya sabemos que no han podido. El gobierno tampoco. De esas familias los bancos no se fían. Los acreedores de algunos Estados tampoco lo hacen con ellos. Acabó la fiesta.

En treinta años hemos hecho muchas cosas bien; basta comparar. Lo que no hemos sabido hacer (desde Suárez hasta Zapatero, pasando por González y Aznar) es crear una economía basada en algo que no sea aire o burbujas de aire. Nuestra última ocurrencia fue enladrillarlo y asfaltarlo mientras gritábamos al mundo que eso era progresar.

Zapatero, que sabe que las pancartas no sirven cuando toca estar al mando, va a suicidarse electoralmente, llevándose con él a su partido, para salvar todo lo que conocemos. No el Banco Santander, sino los colegios y los hospitales; porque estos necesitan dinero, y el modelo de crecimiento que en su momento elegimos hace que ahora dependamos del exterior para pagar esos tontos detalles que, con razón, nos gustan.

Anunciar reformas en el año 2011 significa una inmensa cantidad de llanto, aunque a largo plazo esforzarnos por seguir en la Unión Europea, con una moneda común y formando parte del mundo sea la mejor de las opciones. En el Consejo de Ministros creen de hecho que no queda otra opción, o al menos no la conocen. Además, están tan obsesionados con lo desagradable que ya ni siquiera piensan en decenas de cosas bonitas (demasiado obvias) que quedarán pendientes quién sabe para cuándo.

Pero, ¿alguien habla de lo que va a pasar mañana?

Una queja más novedosa se llama "partitocracia", un reflejo más de nosotros mismos. Frente al abismo, la mayor parte de la población parece convencida de que el PP arreglará un chiringuito del que fue ideólogo y cooperador necesario. Sin embargo, además de lo anterior, el PSOE es sólo el partido cuyo líder no supo gestionar una crisis para moldear su tamaño e impacto. El resto lo hemos construido entre todos: partidos políticos, empresas, sindicatos y (algunos pero suficientes) ciudadanos irresponsables. Con tantos participantes parece complicado que un cambio de nombre solucione una realidad compleja, pero el debate de siglas difumina la realidad.

¿A qué estamos dispuestos a renunciar ahora? Y sobre todo, ¿a qué queremos dedicarnos mañana? Esta última pregunta es la que parece no importar a nadie, y es nuestra verdadera amenaza.

20/06/2011

Coherencia y responsabilidad

Para muchos, Guillermo Fernández Vara es uno de los dirigentes más sensatos y coherentes del PSOE actual; quizá también uno de los más capacitados para gobernar (y para gestionar, que no es lo mismo). Pero el líder extremeño ha perdido las elecciones, con un resultado que supone un vuelco electoral contundente que impide discernir cuánto hay de rechazo al gobierno de España y cuánto de castigo a su propia gestión.

El ya casi ex presidente se marcha con una elegancia muy poco habitual en la política española: tras la decisión de Izquierda Unida de abstenerse en la votación de investidura para facilitar el gobierno de la Junta al Partido Popular, Fernández Vara ha pedido a los suyos que no culpen a IU de unos malos resultados que son propios. La coalición comunista no ha provocado que el PSOE pierda 8 diputados. Toca hacer autocrítica, y aunque el pacto entre IU y el PP sea complicado de entender, es absolutamente legítimo. Como todos en democracia. Los socialistas no deberían entretenerse en cuestiones que ya son ajenas.

Guillermo Fernández Vara, secretario general del PSOE de Extremadura y presidente en funciones de la Junta, responde a los medios tras votar. (Flickr Guillermo F.V.)

Fernández Vara sabe que una nueva victoria del PSOE depende exclusivamente del PSOE. En Izquierda Unida saben también que la mejora de sus resultados puede depender... del PSOE. En los últimos años, a IU le ha ido bien cuando al PSOE le ha ido mal, y viceversa. Ignorar este detalle sería una trampa absurda. En las últimas elecciones generales la coalición estuvo al borde de ser extraparlamentaria; y si ahora ha mejorado (sensiblemente) sus resultados es gracias a la debacle socialista. ¿Qué traducción tendrá en los votantes entregar un gobierno tan simbólico como Extremadura al Partido Popular? El diputado Gaspar Llamazares contesta: "El PSOE hace política de derechas, pero no es la derecha. Asimilar ambos es ignorar años de historia y la sociología electoral, que es lo real". Y añade: "La decisión de IU Extremadura me parece un grave error. Porque incumple la palabra, porque no la entiende el votante".

Efectivamente, en las últimas horas ha circulado como la pólvora el vídeo en el que Cayo Lara pronuncia la frase clave: "no habrá ningún gobierno del PP con el voto o la abstención de IU". También la pronunció en Extremadura. ¿Por qué no dijo entonces el dirigente regional, Pedro Escobar, que no la compartía? ¿Por qué no lo hicieron muchos líderes municipales que ahora han dejado caer las mayorías de izquierda? ¿Por qué no consultaron a sus bases antes de la cita con las urnas? Esa ocultación de una circunstancia que era perfectamente posible ha sido un fraude a los votantes de IU. Los candidatos dijeron en campaña qué era lo que no iban a hacer con su voto. Han hecho justo lo contrario.

La decisión de IU puede tener, por tanto, un coste electoral para la coalición; pero lo tiene sobre todo para las ideas que dice defender. ¿Cree Izquierda Unida que un gobierno del PP en minoría puede no ser "tan de derechas" porque haya tres diputados de su formación en el parlamento? En Geografía Subjetiva nos recuerdan que no sólo de leyes vive la administración; sobre todo se aprueban reglamentos que no necesitarán de la mayoría ideológica que compone la Asamblea de Extremadura.

Si lo que pretende IU es ceder ahora un gobierno al PP para hacer después un bloqueo irresponsable, paralizar la acción de gobierno o forzar una moción de censura, lo único que estará haciendo es construir su desaparición y apuntalar la futura seguridad electoral del Partido Popular extremeño. El PSOE no debería dejarse llevar en esa posible estrategia.

Si IU hubiese querido un ejecutivo de izquierda, de lo que ellos llaman "más izquierda", podría haber posibilitado un gobierno en coalición que controlase desde dentro. Entregar el gobierno a la derecha no indica demasiado compromiso político, ni una volcada defensa de las clásicas purezas ideológicas en las que esta formación se suele envolver. En todo caso, su decisión es perfectamente democrática y legítima: convertir a José Antonio Monago en presidente. De su gestión deberán responder ambos actores ante sus votantes: el PP como responsable e IU como corresponsable. La oposición en Extremadura es, desde mañana, el Partido Socialista.

13/06/2011

El molesto parlamentarismo

Como resaltan los medios, el Partido Popular ha alcanzado este fin de semana la mayor acumulación de poder municipal de la historia. En casi todos los casos lo ha hecho con mayoría absoluta y gobernará con tranquilidad, pero en muchos otros ayuntamientos los resultados electorales han generado curiosas variables. Hay que contar con la irrupción de nuevos partidos nacionales, como UPyD, y la proliferación de los independientes, que esta vez han sido más y con mayor fuerza electoral.

Esa situación ha abierto la veda para celebrar uno de nuestros grandes clásicos circenses: el de los pactos políticos postelectorales.

El parlamentarismo tiene un tratamiento bastante extraño en este país. Cuando llega a su máxima expresión y es necesario utilizarlo, media España ataca su legitimidad. Concretamente la media España a la que en ese momento le toque perder el gobierno de turno (o no alcanzarlo).

Puede ser, por tanto, que el parlamentarismo no nos guste y la reforma de la ley electoral que muchos reivindican deba buscar otro tipo de sistema; o puede ser que, sencillamente, la insistencia en ideas vacías (como "¡que gobierne la lista más votada!") signifique que ni siquiera entendemos en qué consiste el actual.

Corte de la portada de El País del sábado 11 de junio de 2011. Desaparece el "cinturón rojo" de Madrid, y con él uno de sus símbolos, Pedro Castro.

En un sistema parlamentario gana las elecciones quien consigue más votos de los diputados; es decir, de más representantes de los ciudadanos. Eso, claro, significa también que gana las elecciones quien tiene "más votos de los ciudadanos", aunque sea de manera indirecta. Por eso la idea "tiene que gobernar la lista más votada" es un fraude populista interesado. Los partidos saben que en muchos casos es inviable.

Los españoles deberían saber que no eligen a su alcalde, eligen una lista de concejales que elegirán a su alcalde. No eligen tampoco a los presidentes, eligen una lista de diputados que elegirán a un presidente. De ahí que sea imprescindible, por transparencia democrática, que los partidos adviertan antes de a qué persona están dispuestos a votar y a qué persona no. A partir de ahí, todo está abierto; también la responsabilidad para saber que una institución debe ser gobernable cuatro años: ¿tendría sentido un presidente del gobierno que no pudiera sacar adelante una sola iniciativa parlamentaria? Pues eso.

Además de siglas, hay ideologías. Si PSOE e IU tienen un representante más que el PP, la izquierda ha ganado a la derecha. Si CiU y PP tienen un concejal más que el PSC, la derecha ha ganado a la izquierda. Son matemáticas sencillas.

Dicho esto, los lloriqueos alternativos de los partidos, que conocen cómo funciona este chiringuito (y no lo hace del todo mal), empiezan a resultar penosos y aburridos.

El foco, por lo general, se sitúa en los partidos pequeños. Izquierda Unida se lleva siempre el rapapolvos del PP por pactar con el PSOE. Esta vez la situación nacional, y sobre todo el cambio que se ha producido en feudos tradicionales de los socialistas, como Andalucía o Extremadura, ha llevado a muchos concejales de IU a facilitar, por acción u omisión, gobiernos del Partido Popular. Los socialistas son por tanto los ofendidos de turno.

Cuando hablamos de política municipal, pensar en Zapatero, Rajoy y Cayo Lara (en Rosa Díez también, aunque los suyos acaben de llegar) es bastante absurdo. En un pueblo de mil habitantes el ritmo es otro, y la alcaldía la puede decidir un conflicto de lindes o una extraña relación de intereses del número dos con el primo del panadero. En ocasiones las siglas funcionan como soporte y los candidatos ni siquiera responden a ideologías.

Pero incluso hablando de política nacional, el PSOE debería acostumbrarse a que Izquierda Unida no tiene por qué ser una pata más de su mesa, aunque la coherencia ideológica animase a ello. ¿Hasta qué punto IU, que ha resucitado levemente por el descalabro del PSOE, debe apoyar incondicionalmente a este partido? Y lo más importante: ¿cómo interpretar exactamente qué querían los votantes de IU (que han votado a IU, no al PP ni al PSOE)? IU decidirá, y en cuatro años (o en unos meses) los mismos votantes responderán qué les ha parecido. No hay demasiado drama.

De cara a las generales al PSOE le puede venir bien esa fotografía de la coalición verde-rojo-comunista dándole gobiernos a la derecha. El voto útil funcionó en otros tiempos, y aunque es posible que ahora un potencial votante de IU no vea mucha "utilidad" en Rubalcaba, habrá que valorarlo con cuidado (y hay otra organización para esa franja, Equo, que está a punto de entrar en escena). Lo que sin duda no interesa al PSOE son rabietas ruidosas por un centenar de ayuntamientos cuando, objetivamente, ha perdido las elecciones de manera arrolladora. De eso Izquierda Unida no es en absoluto responsable. Hay que recordar, además, que su dirección pidió arrebatar todos los gobiernos posibles al PP y que todos los partidos tienen díscolos entre los suyos.

Si hay un hecho incomprensible es el del ayuntamiento de Coslada (Madrid). Allí, el candidato del PP a desbancar al actual alcalde, del PSOE, está imputado por prevaricación. Es a éste a quien Izquierda Unida ha dado la alcaldía votándose a sí misma. Tendrían que hacérselo mirar. Mucho, muchísimo.

La novedad del 22M es UPyD. Su argumento es coherente: no pactar gobiernos con nadie y, cuando su voto sea decisivo, dejar gobernar a la lista más votada salvo que haya imputados o condenados por delitos de corrupción o similares (esa excepción fue hecha en Coslada, donde los magenta sí votaron al candidato socialista). Hasta aquí todo bien. Lo curioso es que el PP y el PSOE han criticado la legítima política de pactos seguida por este nuevo partido, intentando provocar con perlas del tipo "UPyD es la marca blanca del PP" (Tomás Gómez) u otras similares a la inversa, pero ninguno ha resaltado que lo realmente absurdo es el otro añadido: la afirmación "no pactamos cuestiones municipales porque somos un partido de ámbito nacional". Así, tal cual, la realizó su líder regional en Madrid, Luis de Velasco.

Entonces, ¿para qué se ha presentado UPyD a las elecciones municipales y autonómicas? ¿Qué tipo de iniciativas llevará este partido a los plenos municipales? Es un error de libro. Quizá de principiante, pero imperdonable. ¿Creen que lo único que importa es lo que se decide en el Congreso? ¿No es entonces un fraude que haya representantes de UPyD cobrando del Parlamento Europeo, de los ayuntamientos o de las asambleas autonómicas cuando afirman que esos ámbitos no les interesan? Un partido nacional no puede serlo sin creer en el municipalismo. ¿Es que los problemas municipales no son los problemas de España, y los municipios no forman parte de ella? ¿Es que no saben cómo funciona la política y la ley, y en qué lugar se resuelve cada exigencia particular?

Poner sobre la mesa de negociación de un alcalde la ley electoral y la devolución de competencias educativas de las autonomías al Estado (cuestiones ambas inaccesibles para un líder local, aunque afirmase compartir esos principios) es infantil, irresponsable y una falta de respeto a quienes han votado, ahora, para arreglar sus pueblos, barrios y ciudades. UPyD se ha equivocado en esto: querer mucho a la nación implica respetar cada una de sus instituciones. Los ayuntamientos gestionan competencias, presupuestos y problemas suficientes como para tomárselos en serio.

Por todo lo anterior es también un sueño que los partidos pretendan "disciplina" nacional en votos locales, al menos en los municipios menores de 50.000 habitantes. Es inevitable, en todo caso, que año a año escuchemos los mismos tira y afloja entre quienes ganan y pierden con los pactos; pero estos son, todos ellos, perfectamente legítimos.

El Partido Popular, gran defensor de los gobiernos de "la lista más votada" (no por otra cosa que su mayor dificultad para llegar a acuerdos) permitió que de 2007 a 2011 Coalición Canaria gobernara siendo la segunda fuerza en aquella Comunidad y tras una victoria contundente del socialista López Aguilar. El PP era tercero en número de votos. Sin salir de las islas, en la de Palma, concejales socialistas han entregado ahora dos gobiernos al PP. Otros díscolos del mismo partido en Euskadi han apoyado a Bildu contra las directrices de sus dirigentes. Como ya es conocido, IU ha entregado alcaldías al PP en detrimento de las "mayorías de izquierdas", pero acusan al PSOE de hacer lo mismo a la inversa. Podrían analizarse también los peculiares pactos en comunidades con más diversidad de partidos, donde concejales de CiU, PSC, UPN, PNV o BNG han negociado casos particulares a espaldas de otras cuestiones de interés colectivo. Por no hablar de la bonita novela que están protagonizando en Asturias el PP y su pequeño gremlin, llamado FAC.

Hemos decidido que este sea nuestro sistema, y a casi todos les gusta cuando les sirve para ganar; es decir, para gobernar. Y eso, al final, no es más que respeto a la voluntad de los ciudadanos, de la que nuestros parlamentos y corporaciones son un reflejo.

10/06/2011

¿Dónde está la gracia?

El panorama mediático es desolador. Los grandes periodistas ya no son transmisores y analistas de la realidad, sino meros agentes de partido que repiten consignas impropias de un profesional. El cuarto poder es, en realidad, una pata más del resto de abstractos poderes que nos gobiernan. Salvo gloriosas excepciones el viejo periodismo ha muerto en favor de un espectáculo paupérrimo y degradante.

Esto ya lo sabemos. Pero donde se hace especialmente patente es en la televisión; ese medio, ahora digital, que penetra en nuestras conciencias dejándolas vacías de crítica y responsabilidad. Los grandes problemas sociales no existen en esa pantalla y, cuando son manifestados, pretenden únicamente reflejar un pequeño y sangriento teatro.

Los medios audiovisuales no son sólo periodismo y contenidos periodísticos, también (o sobre todo) son entretenimiento y espectáculo en su estricto sentido, aunque sean muchos los espectadores que no los distingan (porque no es fácil).

Ni unos ni otros contenidos están separados de la línea editorial que dicen tener (y tienen) las cadenas. Hay medios de izquierdas y otros de derechas, y sabemos cuál es cuál sin necesidad de presentación. Pero unos y otros actúan de manera muy distinta en este mundo de periódicos digitales y TDT. Son conocidos los que, desde posiciones extremas de la derecha, se han dedicado a la propaganda, la manipulación y la invención conspirativa. Frente a ellos están los medios replicantes.

Intereconomía, uno de los jóvenes pero ya clásicos en esto de la agitación catódica, pide dinero desde hace unos días a lectores y espectadores para sostener su actividad. Nadie dijo que producir y emitir humor durante 24 horas fuese barato. Hablan de contribuir a la ciencia, las artes... (en serio) y de sostener su independencia frente al terrible acoso del gobierno socialista (terrorista y todo lo demás).

Frente a ellos, La Sexta ha lanzado su propia contracampaña en clave de humor. Es decir, de más humor. Un "save the fachas", dicen ellos, que consiste en coger una hucha para, micrófono en mano, recaudar fondos en favor de sus "colegas".

Este ejemplo sirve para una reflexión más profunda. Se habla mucho de la carencia de ideas en la izquierda. El modelo neoliberal se acaba de estrellar y los partidos de derechas que lo pregonaban son los que barren en las elecciones. Existe una evidente incapacidad de la socialdemocracia (y amigos) para responder con ideas serias y solventes a los problemas y retos del mundo. Vaya, de los ciudadanos. Pero es que los medios afines no están mucho mejor. ¿Intelectuales de la izquierda? ¡¡Dónde!!

Mientras unos lanzan sus soflamas, agitan a sus masas (unas más pequeñas, otras menos), montan manifestaciones, difunden bulos, llaman a la violencia verbal o física contra determinados sectores de la población o pretenden conculcar derechos fundamentales, los medios equivalentes de la izquierda se dedican a darles coba y reír sus gracias. Es decir: a difundir su mensaje.

Con ese fin nació, por ejemplo, El Plural. Todo el mundo sabe qué es Libertad Digital y quién lo edita. Todo el mundo sabe quién fecundó a su hermana radiofónica, esRadio. Y la Cope, predecesora de aquel engendro. Pero, ¿qué sabemos de El Plural? Nada. ¿Y si decimos Sopena? Entonces sí. Es conocido un tipo que los sábados se enfada mucho y da gritos calificando de facha a media España en una televisión... en una televisión. Otra televisión. Muy bien. Pues sí, ese señor fundó un medio para enlazar otros medios y decir que son malos. Aún peor: se trata de periodistas hablando de periodistas y elevándolos a la categoría de noticia, justo lo contrario de lo que indican los más básicos fundamentos de ese noble trabajo.

La Sexta sigue el mismo modelo, quizá porque nadie ha pensado que para saber lo que opinan César Vidal o Cuca García de Vinuesa cualquier espectador o lector sensato prefiere escuchar o ver al original. A esto hay que añadir que son muchas las veces en que las bromas acaban en dramas.

La gran lección de Iñaki Gabilondo, aún no aprendida, está recogida en su libro 'El fin de una época' (un gran y recomendable manual de periodismo para futuros periodistas): Losantos se convirtió en "alguien" cuando el entonces referente de la SER cayó en sus provocaciones y respondió en antena. Ahora eso no importa, porque la legión nacional ya tiene nombre propio.

La izquierda sigue empeñada en que eso es lo importante, en lugar de construir una alternativa, un discurso propio y, por cierto, un modelo periodístico y mediático de calidad, independiente, coherente (¡cielos!) y comprometido. Comprometido con algo más que hacer chistes insulsos sobre unos tarados a los que les falta el tanque y la mantilla. Comprometido también más allá de las noticias, a menos que los reportajes sobre mujeres ricas y grandes casas sean el impulso social esperado de una cadena acusada de ser el tenderete de Zapatero.

Hay que señalar una gloriosa excepción: su hermanito escrito, Público, lo hace bastante mejor. Su contribución a la carcajada es de cosecha propia.

Esas personas de las que las actuales izquierdas mediáticas se ríen y a las que citan constantemente han montado medios de comunicación que están en proceso de crecimiento, a los que miles de personas acuden en actitud de misa diaria. Personas apoyadas por tipos que controlan multinacionales, tienen colegios y universidades privadas (y una buena dosis de presencia en las públicas) y editan libros infundiendo odio (¡curemos a los enfermos homosexuales!) y difundiendo mentiras (¡Rubalcaba es un asesino que organizó el 11M!). Esa gente es, en definitiva, la derecha. La derecha que en muchos lugares acaba de doblar en votos a sus oponentes. La de Anglada, el héroe homólogo en tierras catalanas que arribará mañana a los ayuntamientos. La de Albiol, también. La derecha que en Santoña gobernará con unos simpáticos que se hacen llamar Movimiento Falangista, mientras en la tercera ciudad de la Comunidad de Madrid, Alcalá de Henares, un concejal responderá a las siglas de la ultraderechista España 2000. La derecha, sí.

La derecha a la que muchos creen y escuchan.

Caben dos preguntas: ¿dónde están las ideas y las alternativas de la izquierda en los medios? Y, sobre todo: ¿qué es tan gracioso? ¿Dónde está la gracia?

Es posible que la izquierda política pierda elecciones por estar más obsesionada con la derecha que con la realidad de los ciudadanos que confiaron en ella. Es posible que a la izquierda mediática le ocurra lo mismo.

07/06/2011

La acampada no es la noticia

Las noticias no son como la materia: ellas sí se crean y se destruyen. Gadafi pasó sus días de gloria y ahora espera en un segundo plano a que alguien mañana, dentro de un mes o dentro de un año anuncie desde la Casa Blanca su derrota. Pasó también el interés en sus hermanas revoluciones árabes, y poco sabemos por los medios de nuestro país de lo que ocurre en la central japonesa de Fukushima, a pesar de haber sido tema de conversación único durante varios días. Vivimos en la era de la información novedosa, la información de las modas, donde todo sube y baja tan rápido como la espuma.

La acampada en Sol está ahora sufriendo esa consecuencia de la velocidad y la superficialidad tan propias del siglo XXI. Pero a diferencia de Libia, Egipto o el debate nuclear, lo que ocurre en este momento en Sol sí es objetivamente irrelevante y por tanto no merece atención periodística.

Fotografía: J.J. Guillén (EFE), vista en 'La mesa de luz' junto a otras imágenes de las concentraciones en la Puerta del Sol de Madrid. 17/05/2011.

El llamado "movimiento 15M" se fraguó entre ese día de mayo y el 22, cuando se celebraron las elecciones municipales. Miles de personas salieron a la calle no porque tuvieran un camino común (ser de izquierdas, ser de derechas, ser ecologistas, ser liberales...) o un objetivo común (la proclamación de la República, decapitar a Zapatero, invadir Marruecos...) sino porque tenían un origen común: estaban indignados. Y de allí fueron saliendo otros movimientos paralelos que, frente a las visibles lonas de la céntrica plaza madrileña, eran (y son) lo realmente interesante de este fenómeno.

Interesante, especialmente, para que tomen nota los actores de la presente política institucional. Cosechará un notable éxito quien tenga la capacidad de asumir las propuestas positivas dándoles una salida racional y, al tiempo, de rechazar los disparates explicando con habilidad por qué lo son. Ambas cosas, a su vez, sirven para tapar los aprovechamientos populistas que pretenden capitalizar un descontento popular que existe, ya sea en una plaza o en un sofá, y que finalmente se acaba expresando en la legítima voz de las urnas.

No es el fin del mundo, ni la razón para que ningún partido se refunde y queme sus sedes como si todo lo que ha hecho hasta ahora no fuese válido; es solamente una oportunidad para corregir elementos a todas luces negativos que no deberían desaprovechar quienes acaban de sufrir un severo correctivo electoral o, por qué no, quienes pueden convertirse en un referente político victorioso para la mayoría de los españoles en este nuevo cliclo. A unos, eso sí, les corre más prisa que a otros ser receptivos, sensibles y empáticos.

Es muy simple, basta con ojear el reparto de concejalías que surgirá este sábado cuando se formen las nuevas corporaciones o lo que decían y dicen las encuestas sobre asuntos muy concretos. La indignación poco tiene que ver con comisiones para discutir sobre el aire; la indignación recorre España, especialmente entre quienes votan a una determinada opción política, y necesita respuestas y quien las canalice. Algunos se sorprenden ante ciertos estudios sociológicos que afirman que los votos de PxC proceden, principalmente, de antiguos votantes del PSC. ¿Se han vuelto locos? No exactamente. Ése es el problema.

Las plazas, efectivamente, ya no son noticia. Cuando se habla del "futuro de la acampada" se tiende a afirmar que éste es el "futuro del movimiento", cuando lo uno nunca fue lo otro. Era un error decir que las 20.000 personas concentradas en Sol aquel fin de semana "de reflexión" eran unos 'perroflautas' que habían salido a la calle a decidir elecciones, pero son estos últimos los que siguen ahí, debatiendo sobre cómo debatir, pretendiendo arreglar el mundo por unanimidad y jugando durante unos días a ser revolucionarios. No importa, y está claro que deberían irse. Lo preocupante es que ésa es la fotografía que algunos pretenden colocar en las portadas para difuminar el paisaje de algo más profundo, conduciendo a pensar que el estallido finalizará con la limpieza de baldosas y paredes y la vuelta al silencio. Una distorsión interesada de la realidad, porque Gadafi sigue ahí aunque no se hable de él, la 'primavera árabe' no ha llegado a su invierno y el uso de energía nuclear es una polémica sin resolver.

El ruido se está ya gestando en otras partes, y los que dormían y duermen al raso nunca fueron el foco. Ni siquiera la rosca de la bombilla.

01/06/2011

La impepinable unidad de España

Los pepinos han conseguido, salvando las diferencias, lo mismo que en su día logró la selección española mediante una Eurocopa y un Mundial: unir a la patria en su acalorada defensa y exaltación.

Es absolutamente cierto que el gobierno alemán no ha sabido reaccionar ante la aparición de un brote bacteriano poco común pero altamente peligroso. Es cierto. Es cierto que la ministra de Sanidad de Hamburgo acusó injustamente y sin suficientes pruebas a los pepinos españoles de los males que por allá les aquejaban. Es cierto. Es cierto que nuestro sector hortofrutícola ha sido tocado en sus intereses y verá mermadas sus exportaciones hasta que pase la fiebre. Es cierto. Es cierto que atacar un importante sector económico de cualquier país sin demasiadas pruebas es una irresponsabilidad. Es cierto. Es cierto que antes de improvisar por ese lado había que seguir un procedimiento que es de sobra conocido: investigar la trazabilidad del producto (de dónde viene, cómo viene, a dónde va, en qué condiciones...). Es cierto. Es cierto que las autoridades alemanas se quedaron en el primer paso, suponiendo que la contaminación se dio en origen y no en tránsito o en destino y suponiendo además, erróneamente, que esto era una cuestión de pepinos y no algo más. Es cierto.

Sin embargo, para completar el relato habría que viajar hasta el otro lado. Todo un país ha salido en tromba a defender a sus agricultores y, naturalmente, a sus pepinos. Es de justicia. Pero mientras analizamos lo ocurrido desde el punto de vista económico, que es el que nos afecta, las autoridades alemanas tenían uno, dos, tres, diez y hasta quince muertos y un hospital colapsado.

No cabe duda de que existe mucho interés en bombardear al sector español, que por cuestiones climáticas puede colocar sus productos en Europa antes, en mayor cantidad, con mejor calidad y a menor precio. No cabe duda tampoco de que existe esa sospecha conspirativa permanente entre quienes aún no han borrado de sus retinas la escena de los violentos franceses tirando camiones de fresas junto a la frontera. Pero como Rubalcaba no es ministro del Interior en Alemania, todos podemos también suponer que los muertos por la dichosa bacteria no forman parte de un complot para hundir pepinos rojigualdos.

Parece excesivo afirmar que estamos asistiendo a un simple ataque contra los productos de un Estado sureño cuando las autoridades de otro Estado del norte estaban noqueadas (sí, esto tampoco es exclusivo de Zapatero) por una situación que se les escapaba de las manos y ante la que no había enemigo conocido ni definido. Sigue sin haberlo.

El gobierno español tendrá que tomar todas las medidas que sean necesarias para defender a sus agricultores y los intereses económicos nacionales, incluida la posibilidad de pedir indemnizaciones. Por supuesto. Dicho esto, el gobierno alemán estuvo en su papel. En palabras de la ministra Prüfer-Storcks "la salud pública está por delante de cualquier consideración económica". "Este Senado siempre alertó contra el consumo de lechuga, tomate y pepinos en todo el norte de Alemania, procedieran de donde procedieran". Como bien cita El País, si se venden o no pepinos y tomates es un asunto secundario ante la avalancha de enfermos en los hospitales de Hamburgo.

En España, ante la misma situación esto es lo que habríamos esperado escuchar de Leire Pajín, autoridad competente en la materia. Cuando de salud pública se trata toda medida preventiva nos parece poca, y toda inacción, irresponsable. Así que, por dañino que fuese sobre nuestra economía cabe decir que la ministra hizo lo correcto; o al menos lo que seguramente esperaban de ella los ciudadanos alemanes.

Seguimos viviendo en un mundo dominado por una premisa básica: bajo nuestra bandera hay personas y bajo las demás solamente dinero.