[...]
En el caso de Grecia, los mercados financieros, en realidad, somos nosotros, somos los demás países que utilizamos el euro los que le estamos prestando dinero y avalando sus emisiones de deuda. Es decir, que si el gobierno griego acabara haciendo esto que le reclama una parte de su población -¡al diablo con las deudas, no se pagan y se acabó el problema!- íbamos a ser nosotros, el Estado español entre otros, quienes nos quedásemos sin recuperar el dinero que hemos prestado. Visto así, visto desde nuestro punto de vista de “gente que le presta dinero a los griegos”, tal vez no nos cueste tanto entender que antes de seguir prestándole, exijamos ciertas garantías de que van a poder devolverlo, ¿no?
[...]
Si [quienes gobiernan] dedicaran una parte importante de su tiempo a hacer entender las cosas no habría calado tanto la falsa idea de que son jefes de gobierno (incluido el nuestro) que se han pasado de pronto al lado oscuro de la fuerza abducidos por misteriosos ricachones que sólo piensan en cómo hacerle la puñeta, más y por más tiempo, a la gente corriente. A los mercados puedes mandarlos al diablo siempre que tengas un plan B. Y lo que está diciendo la Comisión Europea es que no existe ese plan B, ni para Grecia ni para ninguno de los otros países en situación económica apurada, démonos por aludidos. No hay plan B. Los gobiernos no han escogido este camino (tampoco el nuestro) porque les parezca fácil, o entretenido, empeorar las condiciones de vida de la gente para que ésta, rebotada, se indigne. Han escogido este camino porque no ven otro para salir de ésta. Claro que no gusta oírlo, pero si no ven otro es porque no lo hay. Ni en la Grecia de Papandreu ni, salvando todas las distancias que son muchas, en la España de Zapatero.
La cita es de Carlos Alsina en su programa La Brújula de Onda Cero.
![]() |
| El primer ministro griego, Papandreu, en el Parlamento. Foto de Yiorgos Karahalis (Reuters) en elpais.com |
¿A qué se han dedicado estos últimos años los gobiernos, aupados por su población, y la población que ahora se echa encima de esos gobiernos?
Hay quien se ha llegado a convencer de que existe cierta maldad innata entre los presidentes mundiales. Muchos creen que Zapatero está encantado aprobando lo que dijo que nunca iba a aprobar. Es un traidor, dicen, y nada más. El problema es que de 2004 a 2009 casi nadie le exigió algo diferente a lo que hizo (no, yo tampoco, salvo excepciones) porque en ese entonces la economía, aunque supiésemos que era un castillo de arena en espera de su ola, no importaba a nadie.
El gobierno es hoy un reflejo de los problemas de muchas familias, esas que firmaban hipotecas a 80 años con un valor muy superior al que era sensato pensar que podrían asumir. Ahora ya sabemos que no han podido. El gobierno tampoco. De esas familias los bancos no se fían. Los acreedores de algunos Estados tampoco lo hacen con ellos. Acabó la fiesta.
En treinta años hemos hecho muchas cosas bien; basta comparar. Lo que no hemos sabido hacer (desde Suárez hasta Zapatero, pasando por González y Aznar) es crear una economía basada en algo que no sea aire o burbujas de aire. Nuestra última ocurrencia fue enladrillarlo y asfaltarlo mientras gritábamos al mundo que eso era progresar.
Zapatero, que sabe que las pancartas no sirven cuando toca estar al mando, va a suicidarse electoralmente, llevándose con él a su partido, para salvar todo lo que conocemos. No el Banco Santander, sino los colegios y los hospitales; porque estos necesitan dinero, y el modelo de crecimiento que en su momento elegimos hace que ahora dependamos del exterior para pagar esos tontos detalles que, con razón, nos gustan.
Anunciar reformas en el año 2011 significa una inmensa cantidad de llanto, aunque a largo plazo esforzarnos por seguir en la Unión Europea, con una moneda común y formando parte del mundo sea la mejor de las opciones. En el Consejo de Ministros creen de hecho que no queda otra opción, o al menos no la conocen. Además, están tan obsesionados con lo desagradable que ya ni siquiera piensan en decenas de cosas bonitas (demasiado obvias) que quedarán pendientes quién sabe para cuándo.
Pero, ¿alguien habla de lo que va a pasar mañana?
Una queja más novedosa se llama "partitocracia", un reflejo más de nosotros mismos. Frente al abismo, la mayor parte de la población parece convencida de que el PP arreglará un chiringuito del que fue ideólogo y cooperador necesario. Sin embargo, además de lo anterior, el PSOE es sólo el partido cuyo líder no supo gestionar una crisis para moldear su tamaño e impacto. El resto lo hemos construido entre todos: partidos políticos, empresas, sindicatos y (algunos pero suficientes) ciudadanos irresponsables. Con tantos participantes parece complicado que un cambio de nombre solucione una realidad compleja, pero el debate de siglas difumina la realidad.
¿A qué estamos dispuestos a renunciar ahora? Y sobre todo, ¿a qué queremos dedicarnos mañana? Esta última pregunta es la que parece no importar a nadie, y es nuestra verdadera amenaza.


