28/03/2011

¿Es la economía?

Esta noche El Mundo nos ha sorprendido con algo que ya parecía poco interesante por aquello de la inmediatez informativa: retardar su portada por "razones editoriales". Esto es: esconder una información exclusiva generando expectación hasta el momento adecuado, que al parecer era justo a las tres de la mañana. Ni antes ni después. Se entiende que la idea era promocionar, ya de paso, la nueva herramienta de pago por suscripción del diario.

¿La noticia? Musical. Después de que el vicepresidente Rubalcaba usara una canción para ridiculizar a un insistente diputado del PP, hoy el diario que dirige Pedro J. Ramírez responde con un titular a toda página que vendría a demostrar que el pesado opositor acertaba en sus afirmaciones: El Gobierno explicó a ETA que 'intentó parar' la redada contra el bar Faisán.

No está claro cómo se llamará esta canción o quién acabará escribiendo la partitura; pero ruido va a traer. Si hay alguien que todavía no sabe de qué va el caso Faisán, El País explicó lo que hasta hoy se conoce de la historia en un artículo muy completo publicado el pasado 21 de febrero.

De esta novedad no sabemos mucho. De momento. La portada, eso sí, parece ofrecer toda la esencia de la información: que el chivatazo a ETA para evitar detenciones fue una orden política, que el gobierno intentó mediar con la judicatura para que también este pilar del poder participase en la estrategia ante el alto el fuego terrorista -estamos hablando de 2006- y que el Ejecutivo mantenía un doble discurso ante la ciudadanía y ante ETA -cosa que por otro lado cualquiera podría suponer-. Todo esto habría salido de una reunión entre los terroristas y representantes del gobierno, cuya acta habría sido incautada a los primeros en la detención de Thierry. El resto de los detalles es de suponer que los dará la propia casa con el paso de las horas.

Será interesante, y es imprescindible para poder realizar un análisis, escuchar la respuesta de Rubalcaba y saber en qué quedan, con el tiempo, las ocho claves de esta primera página.

A lo que sí podemos jugar es a suponer que son verdad. ¿Qué ocurriría a efectos políticos? La frase "es la economía, estúpido", que popularizó Bill Clinton, nunca se ha puesto de manifiesto en España. Suárez, González y Aznar perdieron las elecciones por causas diferentes: uno por el contexto político y las fuerzas de poder de la época; otro por diversos escándalos de corrupción y el famoso caso GAL, y el último por la participación en una guerra altamente impopular y la gestión posterior al atentado del 11M. El contexto económico, bueno o malo, quedaba siempre por detrás.

Parecía que Zapatero iba a cambiar la tradición; no porque a los medios informativos les preocupase mucho la siempre aburrida y farragosa cuestión de los números -quiero pensar que a los ciudadanos sí- sino porque efectivamente es inevitable negar que el principal asunto a tratar ahora en España es su insoportable tasa de paro. Así, a pesar de que el líder de los populares sigue teniendo una ridícula valoración, las encuestas más generosas con el PSOE les ofrecen una derrota por 14 puntos. Hecatombe.

Muchos analistas, sin embargo, consideraban que había opciones, y la principal apuntaba siempre a Rubalcaba. ¿Podrían ganar con él los socialistas en 2012? Si la noticia de arriba se acabase por confirmar, la respuesta sería "rotundamente no". En primer lugar por el desgaste global del gobierno y el PSOE ante otro caso mediático digno de ser machacón, y en segundo lugar porque todo el peso recaería precisamente sobre el actual responsable de Interior. Rubalcaba no sólo quedaría en mal lugar por los mismos hechos, que de por sí serían muy graves, sino también por las maneras: haber frivolizado en el Congreso sobre el asunto siendo éste cierto sería insoportable para la opinión pública. Con razón.

Lo que viene en los próximos días es fácil de suponer; nuestra vida política es bochornosamente previsible: el gobierno tirará balones fuera; la oposición popular pedirá dimisiones a mansalva, y la dialéctica por abajo caerá hasta la burda exageración con unos acusando a Zapatero de terrorista y otros al citado periódico de mafioso conspirador al servicio del fascismo. Ya que estamos, una minoría iluminada aprovechará para vender un par de libros sobre el 11M o pasear víctimas que poco les importan.

Pero lo importante, al final, no va a ser ese detalle banal y ciertamente bruto de nuestro día a día. Lo importante, lo trascendente, es si la información publicada es o no es real, o hasta dónde lo es. De ser así, Zapatero, Rubalcaba y hasta la última mota de polvo que resida en La Moncloa desde 2004, podrían ir preparando sus maletas. Porque no es sólo la economía, estúpido. Si por el contrario este fuese un nuevo fascículo de una novela conspirativa, El Mundo tendrá que explicar muy bien a qué está jugando; y plantearse en serio el papel que desea desempeñar en la prensa española. Hoy, y hasta tener más datos, todos inocentes. Aunque ya se sabe que entre el periodista y el político... la idea es quedarse con el que más interese. ¿No? Pues no.

16/03/2011

Lecciones japonesas y el futuro nuclear

Este artículo es muy largo, sí. Ya es habitual y mis escasos pero fieles lectores lo saben. Esta introducción también va a ser larga, por... molestar. En esta ocasión, sin embargo, puede elegirse el tema sobre el que leer, como aquellos libros de cuentos infantiles en los que se entregaba a un dulce niño la posibilidad de decidir si extender la peste negra por Europa, en la página 13 -claro-, o casar a un príncipe con una dragona, en la página siguiente. Imaginen qué elegía yo.

La primera parte de este rollo trata sobre la reacción social, política y mediática al ya histórico -qué raro que ningún periodista haya usado ya ese término, ¿verdad?, con lo que gustan las efemérides en tiempo presente- terremoto de Japón. Sí, también debería acotar las acotaciones, lo sé -lo sé-. La segunda parte versa -o prosea- sobre el futuro de la energía nuclear visto por un experto en la materia. Es que soy español.

Hasta aquí la autocrítica. Que ustedes lo disfruten. Luego, espero encendidas críticas de las que no van en auto; esas que me dan la vida. No sean tacaños.


Lecciones japonesas... para políticos y periodistas.

La mayor tragedia natural -y, por extensión, social y económica- de la historia de Japón ya tiene una primera consecuencia conocida en este lado del mundo: Europa ha vuelto a poner sobre la mesa el debate nuclear justo cuando parecía vencido. Vencido por los partidarios de su extensión futura para convertirla en una de las fuentes de energía principales, que habían conseguido superar los viejos recelos sociales justificados en la memoria de Chernóbil y el desconocimiento que existe ante un ámbito muy técnico y complejo.

En España el gobierno del PSOE estaba ya decidido a incumplir su programa electoral ampliando la vida útil de las centrales en activo y en Alemania se hablaba también de prórroga. Tras la catástrofe japonesa Angela Merkel -que por cierto es doctora en física, aunque es verdad que este dato no aporta demasiado- se ha asustado por la cercanía de unas elecciones, que no por otra cosa, y ha decidido que también se suma a la precaución forzada. Frente a ella tiene al SPD, que propone -desde hace tiempo- cerrar todas las centrales del país. Todas, sí. Un discurso más fácil de vender ante un electorado sensibilizado en lo medioambiental y lo humano que ha terminado por asustar a la hierática, seria y firme líder de la CDU. China ha paralizado de momento sus nuevos proyectos, Zapatero promete estudiar la seguridad en España y Estados Unidos y Francia siguen apostando decididas por este tipo de generación de energía eléctrica.

La reacción ha sido desmedida, probablemente más comprometida con la apariencia y la publicidad que con la necesidad. Lo verdaderamente importante es saber cómo solucionar la situación en la que se encuentra Japón, que no requiere voluntarios del mundo en fila sino a un grupo de gente ultracualificada y medios técnicos. Demagogia y alarmismo es lo que sobra en el que debiera ser el debate económico, social y ambiental más serio de los últimos tiempos. Sin embargo, cuando estamos siguiendo en directo a nuestros nuevos héroes de Fukushima es sencillo que afloren los intentos de manipulación tanto de partidarios como de detractores del uranio. Sería más sensato dejar que ese grupo de ingenieros acabase su trabajo antes de anticipar qué lecciones se pueden extraer de él. Parece una obviedad, sí; y lo es. Lo llamativo que haya que recordarlo.

Políticos y comunicadores no han estado, en general, a la altura. Unos parecían querer cubrirse las espaldas por lo que pueda venir. Especialmente atrevido ha sido el comentario del comisario de energía de la Unión Europea al emplear el término "apocalipsis", que rápidamente han reproducido encantados medios de todo el mundo. Algunos, de hecho, parecían deseosos de ver aparecer 'zombies' verdes por las calles de Tokyo para poder contarlo y preguntarles, en riguroso directo, que se siente con cuatro brazos. Por suerte no ocurrirá.

Del lado de la profesionalidad y la prudencia periodística dos ejemplos en el caso español: la radio y televisión públicas y el diario El País. En ninguno de ellos han aparecido titulares anunciando el fin definitivo del mundo conocido, algo casi milagroso vista la tendencia. Lo que debiera ser normal ahora merece ser alabado. Así estamos, contando obviedades.

Huyendo del estilo chabacano impuesto, ése que busca la lectura fácil y la pasión encendida del lector, en RTVE hemos podido leer un estupendo artículo de José Cervera explicando qué ocurre y qué podría ocurrir si las cosas fueran mal. Y no, la ansiada explosión nuclear cinematográfica no parece una opción. Por su parte, la red Eskup del diario de PRISA ha demostrado ser una herramienta útil para seguir este tipo de acontecimientos en los que los datos están tan diseminados y necesitan ser actualizados al minuto.

¿Qué es exactamente lo que tocará debatir después de la catástrofe japonesa?

La batalla por la energía no ha hecho más que empezar. El petróleo entra en su recta final en el momento en que la humanidad ha acelerado su tren de vida hasta el mayor extremo de su historia, y con nuevos países emergentes subiéndose al carro. Las alternativas no están del todo claras y las renovables no terminan de despegar. Es decir, tenemos un problema.

Eso sí, mientras se agotan esos combustibles fósiles llamados petróleo, gas y carbón, que tantas alegrías y penas nos han dado, no debemos olvidar tampoco que la energía nuclear no es un milagro eterno. Los costes de construcción y mantenimiento de una central son muy elevados; y según qué expertos se consulten podríamos tener uranio para unos 40 u 80 años. Es decir, que en el mejor de los casos estaríamos hablando de una cifra muy poco superior a la media de la esperanza de vida en Europa. De aquí extraemos dos conclusiones: que sólo estaríamos aplazando el problema -y no demasiado lejos- y que la construcción de nuevas centrales podría empezar a no ser rentable dentro de muy poco.

El otro gran problema que siguen ofreciendo las centrales es qué hacer con sus residuos. Nadie quiere tener guardada una cantidad considerable de basura peligrosa que perdurará en ese estado varios miles de años. España aún no ha solucionado esta cuestión; y seguramente tendremos que esperar hasta después de las elecciones municipales o incluso de las generales para ver quién se queda con el dichoso almacén. Un marrón.

Y para terminar: el terremoto de Japón no nos ha demostrado nada que no supiéramos. Cuando hay un seísmo acompañado de una ola gigante que arrasa cuanto encuentra a su paso las centrales nucleares también son vulnerables. Naturalmente. Replantearse la existencia de las centrales nucleares porque no son mágicas es un tanto absurdo. ¿De verdad no lo sabíamos antes? Lo que sí podemos entender son otras dos cosas: que países como Japón, que viven sobre un bombo de lotería sísmica en movimiento, deberían replantearse si el riesgo merece la pena. No parece, de momento, el caso europeo. Por otro lado, que las consecuencias de que se caiga un puente son limitadas, pero cuando surgen problemas en una central nuclear éstas pueden ir mucho más lejos y ser mucho más duraderas en el tiempo. Sacar estas cuestiones del debate de manera interesada no sería honesto ni sensato.

A partir de aquí el debate está abierto, y efectivamente debe abrirse ya porque calentarnos en invierno y mover nuestro coche -éste, por cierto, es el verdadero problema- es algo que a millones de personas les gusta hacer cada día. Pero ese debate no consiste en agitar portadas que muestren enternecedoras fotografías de niños japoneses con mascarillas.

En el futuro no sólo tendremos que pensar en qué energía gastar sino, sobre todo, en cómo ahorrarla. Y quizá no sólo la que destinamos a iluminar inútilmente autopistas vacías sino también la que deriva en populismo. Toda reunión convocada por nuestros gobernantes en los próximos tres meses formará parte, únicamente, de una bonita representación teatral para tranquilizar al temeroso ciudadano, a la sazón, votante. Pero hay que pensar que lo que venga después no será una bromita, ni un cuento infantil con opciones para elegir un mundo mejor.

11/03/2011

Nivel crítico

Esta semana la televisión pública ha emitido una película sobre la historia de Clara Campoamor y la aprobación del voto femenino durante la II República; algo en lo que España fue a la vanguardia como, muchos años después, ha hecho con el reconocimiento del derecho al matrimonio entre las personas del mismo sexo. Ya hemos visto que también éste se seguirá extendiendo en otros países, y es que no siempre vamos por detrás aunque sean varias las veces en la historia que se han pretendido romper nuestras propias e inevitables líneas de progreso social.

También son muchas las ocasiones en las que algunos nostálgicos se retrotraen al siglo pasado para elogiar a los políticos de entonces y definir cómo deberían ser los actuales. Son recurrentes las décadas de los treinta y los setenta en función de las afinidades personales por lo que ambos momentos representaron. El estilo, la oratoria, quizá también la capacidad o la necesidad formativa, la trayectoria vital... todo ello ha cambiado en nuestros líderes actuales si los comparamos con ambas épocas. Por la izquierda, por la derecha y por el centro. ¿Qué se requiere actualmente para hacerse cargo del bien público y en qué momento se debe abandonar? ¿Que haya bajado el nivel de lo primero es precisamente la explicación al agarre segundo?

Ayer el Consejero de Transportes de la Comunidad de Madrid se dirigió con una prepotencia inexplicable a un diputado de la oposición que le recriminaba el precio de un determinado título de la red madrileña: el metrobus. Un título que desde hace trece años pueden usar los viajeros pero que su máximo responsable no conoce. Afirma, de hecho, que "no existe". Y lo llamativo no es sólo esto, sino esa valentía para recriminar al contrario la actitud propia: ignorancia pretendida; sin preguntar, sin asegurarse y sin ningún tipo de modestia. Desidia y desprecio a su propia labor. Detrás, los diputados de su grupo y hasta la propia presidenta aplaudían la 'gracieta', entregados y seguros. Aplausos por inercia sin ningún tipo de valor crítico ni consciente.

Mientras eso ocurría, el gobierno de España anunciaba subvenciones a un tipo de neumático que aún no existe -no, éste no existe-. Ello les llevará a modificar el decreto que contenía esta medida en espera de que alguien defina los parámetros por los que un neumático pasará a merecer la categoría 'A' en eficiencia energética, que más tarde se transformará en un cheque de 20 animados euros del Ejecutivo central a los ciudadanos interesados por él. Sí, este gobierno es capaz de pretender convencer a alguien de que es posible retirar dinero de prestaciones sociales e invertirlo en ruedas -por enorme que pudiera ser el ahorro-. Es así, tierno y adorable.

Aplausos, aplausos y más aplausos que resuenan sobre paredes desnudas. ¿Dónde queda el debate, dónde el análisis, dónde la reflexión? Y sobre todo: ¿dónde queda la dimisión?, ¿dónde la dignidad de la labor política? En aquella República y en aquella transición a nuestra feliz democracia, ambas mitificadas hasta el extremo por partidarios y detractores, sí flotaba al menos una conciencia ya perdida sobre el valor del cargo público: lo que significaba quedarse y abandonar. Había contenido político, discurso y discrepancia de valor y con valores; y aunque pudiera subyacer una competición de egos y luchas de poder éstas eran adornadas con tal cantidad de verso y prosa que merecían la pena hasta el extremo. Ahora nos queda lo superficial de todo aquello: la palmada, la risa forzada, el comentario vacuo de la actualidad, el cierre de filas y la idiocia legislativa. Juntos vamos caminando de modo patético hacia la nada, palpando nuestra supervivencia en la oscuridad sin saber siquiera lo que existe y lo que no.

Hoy, para cerrar este ciclo de grandes logros, un tipo que soñó con ser moderado se ha atrevido a comparar a muertos con putas; pero ya se sabe que en España no importa lo que dices sino bajo el paraguas de qué siglas lo haces, y siempre en función de la temática.

Y eso es todo, amigos; la emoción ilusionada de Clara Campoamor y Victoria Kent también ha sido enterrada, pero a ésta nadie le hará un homenaje público. A nuestros representantes ya no les brillan los ojos al hablar. Ni por aparentar. A los representados tampoco cuando escuchan, si es que siguen queriendo hacerlo.

05/03/2011

El Estado y sus egoístas hijos

Un tema recurrente en los debates ciudadanos es hasta dónde debe llegar la capacidad del Estado para intervenir en nuestras vidas. La reciente aprobación de la ley que regula el consumo de tabaco en lugares públicos o la aprobación del gobierno de una serie de medidas para ahorrar energía han suscitado un gran rechazo entre las personas afectadas -fumadores o conductores- bajo el argumento de la libertad individual, afirmando que está siendo coartada.

Ayer por la noche, todavía con el debate sobre la reducción de velocidad a 110 km/h en las autovías de toda España bien caliente, miles de conductores se quedaban atrapados en una de ellas, la que une Madrid con el noroeste de la península, durante una tormenta de nieve. La reacción -lógica- de quienes allí se encontraban fue pedir responsabilidades al gobierno competente, el central, al que acusaron de falta de previsión, falta de reacción y falta de información.

Los usuarios tienen razón, puesto que como hoy ha informado el portavoz de la Agencia Estatal de Meteorología la alerta que ofreció este organismo público -que declaraba el nivel naranja para el territorio de la Comunidad de Madrid superior a los 800 metros- era correcta y ajustada a lo que efectivamente ocurrió. No le ha funcionado pues al Ministerio de Fomento la vieja excusa de "la culpa fue del hombre del tiempo", porque el suyo propio acertó.

Sin embargo, este hecho sirve para analizar la diferente percepción que los ciudadanos tenemos del Estado -o, por perfilar más, de los gobiernos- en función de las circunstancias. Y es que bien pudiera parecer que nos hemos convertido como colectivo en una suerte de hijo adolescente conflictivo, reflejo de cada uno de nosotros; uno de esos niños caricaturizados en programas de televisión que exigen a sus padres sin ser capaces de entregar nada a cambio: están ahí para pedir la paga y cubrir sus caprichos -y necesidades- pero no toleran ningún tipo de limitación o petición de colaboración para un proyecto que, al fin y al cabo, es el suyo. Si su papá se queda en paro el niño deberá aportar su esfuerzo, voluntario o involuntario, por necesidad; pero no muchos tienen esa conciencia colectiva, enseñados sólo a exigir y nunca a responsabilizarse y cooperar; también, por cierto, haciendo el esfuerzo de entender que los problemas trascienden lo visible y lo tangible. Me explico: la nieve es fría, el precio del petróleo algo menos y el déficit público un concepto que aparece en televisión a la hora de la cena.

Esta idea del niño y el padre se puede trasladar a la actualidad nacional. Nos parece intolerable que el gobierno pida un esfuerzo por el bien de la caja común -no, no es nuestra cuenta corriente la que preocupa ahora al Ejecutivo, sino la de España- mientras queremos que nos trate como a pequeños idiotas en asuntos básicos, cotidianos y naturales. Porque sí, que nieve es natural e inevitable. Tanto la limitación de consumo de tabaco como la limitación de velocidad tenían una respuesta: "que nos dejen elegir", "que contribuya y colabore quien lo desee", "¡¡es nuestra libertad!!" Imaginen al hijo sin ingresos propios de ese padre parado mencionado anteriormente aplicando la misma forma de proceder y desentendiéndose de la situación familiar como si no fuera con él. Resultaría algo ridículo, ¿verdad? Nos enojaría ese estado de irrealidad mental.

Pero, curiosamente, el gobierno español sí aplica en ocasiones ese defendido principio que demandan quienes odian las ansias liberticidas -soviéticas, que diría alguno- de nuestros representantes de turno. Éste fue el caso del atasco de cinco horas en la A-6: fue voluntario. Desde hace días los conductores podían leer en los paneles informativos de la red de carreteras un claro "previsión de nevadas. Utilice transporte público". Y no, no era una obligación, era una sugerencia. Los medios de comunicación informaban de la posibilidad de 20 centímetros de nieve en las zonas de sierra y hasta 3 en la capital; así que a menos que todos los ciudadanos sean como aquel fiscal que sólo veía documentales de la BBC era difícil no enterarse de lo que podía pasar.

Pero nadie hizo caso. El tráfico fue calcado al de cualquier viernes en la misma vía. Y ya lo sabemos, no es una sorpresa. Sin embargo, los ciudadanos que desoyeron la advertencia y decidieron libremente correr un riesgo consciente bramaban contra el pérfido gobierno que no les ayudaba. Así que el secreto es ése: déjeme usted hacer lo que me dé la gana pero pague las facturas de las consecuencias. Quizá por eso a nadie le haya escandalizado que medio planeta haya tenido que salir al rescate de sus bancos privados con dinero público -sea bueno o no-; puesto que el principio de "guardar beneficios y socializar pérdidas" está mayoritariamente aceptado en cualquier ámbito. Somos libres de meternos a explorar una montaña en pantalones vaqueros y sandalias pero hay que mandar un helicóptero a por nosotros cuando nos despeñemos; y después ni siquiera queda el derecho de lanzar una colleja institucionalizada en forma de "ya te lo decía yo", porque hiere nuestra sensibilidad, es feo e intervencionista. También lo es que alguien nos comente que viajar con una carretera blanca es una locura y quien lo hace un idiota. Por no hablar de nuestras temeridades económicas -que en épocas anteriores a las crisis no se llaman así, se llaman "ser inteligente" o "ser un triunfador"- o las inversiones que mamá -llamada Comisión Nacional del Mercado Valores- nos recomendaba no hacer. Ella nos decía: "no le des dinero a esa abejita juguetona; que no es de fiar". Y la abuela nos comentaba: "no firmes esos papeles que hablan de pagar durante ochenta años, que yo no tengo tantos". Pero nosotros mirábamos chulos, éramos fuertes, los más enterados del barrio. Ahora queremos que paguen ellas con lo que les ha quedado de pensión.

Bienvenidos a la libertad. La nueva hipócrita libertad por la que lucha el español medio: hacer lo que me dé la gana y que papá y mamá me ayuden cuando me vea en problemas. Sin aportar nada a cambio; sin pagar impuestos; sin madrugar una hora más. La verdadera sociedad "ni-ni"; la que no entiende que la primera garantía para que se pueda desarrollar la libertad individual es que estén cubiertas las necesidades colectivas. O, en todo caso, la que no entiende que nuestra ansiada libertad individual, si bien es respetable hasta el extremo, puede tener un precio; ¿estamos dispuestos a pagarlo? Naturalmente no. Con familia que nos mantenga, y contra sus advertencias a nuestros caprichos, se vive mejor.

03/03/2011

Deturpar, otra forma de decir "romper España"

Deturpar es una palabra muy bonita. Es castellana y significa, según su diccionario oficial, "afear, manchar, estropear, deformar". Deriva del latín deturpare. Latín, sí; lengua madre de la que también proceden el gallego y el catalán, hablados en ciertos territorios de España. De España, que no de Francia, de Alemania o de Brasil. De España.

¿A qué viene esto? A que vamos a observar a continuación un ejemplo de deturpación. El delito es de un tal E. Pérez, y lo ha cometido escribiendo para el diario ABC desde Santiago. Entendemos que de Compostela y no de Chile, aunque bien es verdad que la información no lo especifica. Diremos "presuntamente desde Santiago" para que quede todo mucho más redondo.

El tipo quería informar sobre la "concesión de 84 licencias de FM" por parte de la Xunta de Galicia; institución que por cierto se llama así porque, como nos enseñaron en el colegio, los nombres propios no se traducen. No todos. En todo caso no hay en ello debate lingüístico posible porque, como acabamos de afirmar y como todos ya sabemos, la Xunta es una institución. Y las instituciones tienen sus normas. Institucionales, claro. Pero esta no es una clase magistral, ni siquiera una clase, así que vamos a centrarnos en el asunto. Observen los dos últimos párrafos de la fantástica y maravillosa redacción del señor -o la señora, no lo sé; pero en adelante supondremos el genérico universal- Pérez. Si es usted gallego o conocedor de la lengua gallega tómese una tila antes de continuar. Ahí va:
"Serán un total de 40 ayuntamientos de Galicia los que se verán beneficiados con la iniciativa. Así, en la provincia de La Coruña se ofertarán frecuencias en los municipios de Arzúa, Roble, Cariño, Cee, Coruña, Ferrol, Muros, Órdenes, Santiago y Vimianzo. En la provincia de Lugo, en Becerreá, Mordisco, Fonsagrada, Desfiladero, Lugo, Monforte de Lemos, Navia de Suarna, Cuevas de Rey, Quiroga, Ribadeo, Sarria, Vilalba y Vivero. 
En lo que respecta a la provincia de Ourense, los ayuntamientos que dispondrán de frecuencias serán el de Allariz, Avión, O Barco de Valdeorras, Carballiño, Celanova, Lobios, Ourense, Ribadavia, Verín, Viana do Bolo y Xinzo de Limia. Por último, en Pontevedra, se ofertarán en Arbo, Carretera, Lalín, Pontevedra, Tui y Vilagarcía de Arousa".
En serio. Sí, sí. Ha escrito eso. En tanto que ABC no se digne a modificar el artículo pueden verlo en el enlace especificado en la parte superior.

Pérez afirma que en algún punto de Galicia hay un municipio que se llama Mordisco. Sí. Y Desfiladero. Esto es muy castellano: con dos cojones. Quizá leyó El Señor de los Anillos antes de escribir. O leyó El Señor de los Anillos e ingirió más prozac de la cuenta antes de escribir. O... Bueno, no importa. También van a poder escuchar la radio gracias a las nuevas licencias en Carretera. No especifica si nacional o autonómica -esas que antes se llamaban comarcales-. ¿Qué carretera? Ahora están todas numeradas. Y preciosas, por cierto. Díganoslo, señor Pérez: ¿a qué carretera se refiere? Quienes viajen por ella estarán encantados de poder escuchar cualquier emisora de Vocento durante el trayecto.

En todo caso hay elementos extraños. Nuestro amigo quería castellanizarlo todo, pero como el tío es un cachondo ha optado por conservar la forma original de aquellos topónimos que precisamente sí tienen una versión conocida y extendida en castellano, como Ourense -Orense- o Vilagarcía de Arousa -Villagarcía de Arosa-. Otros probablemente no habrá podido "traducirlos" al no haber encontrado salida alguna en el diccionario que empleó para perpetrar semejante acto de catetismo. Así, habla de Viana do Bolo, O Barco de Valdeorras o Xinzo de Limia. Sorprende también que aparezca "Roble" y seguidamente Carballiño, que sería un "Roblecito". Puestos al humor podría haber convertido Pontevedra en Puente Herrada. Por ejemplo. ¡Eso sí que sería transgresor!

Aún hoy, en el año 2011, algunos se preguntan por qué ciertos españoles no quieren serlo, o dicen no sentirse cómodos dentro de esta noble y gran nación. Se preguntan también por qué Galicia, tierra que vota mayoritariamente al PP -ese partido español-, habla aún más mayoritariamente en su lengua -he dicho en su lengua, sí- sin que ningún grupo excéntrico -en principio- haya tenido que tocar poder para ello, y la defiende tanto en la administración como en su esencia cultural y diaria. Se preguntan muchos por qué los mismos que votaban a un ex ministro de un régimen que hablaba de otra España no se escandalizaban porque en ese mismo tiempo -y en éste- los informativos de la televisión pública ofreciesen la información meteorológica do país cuando hablaban de ese espacio comprendido entre Os Ancares y Fisterra. ¿Sabéis por qué? Porque Galicia siempre ha sido un gran ejemplo de normalidad.

¿Y qué es normal? Javier Maján lo resumió en una estupenda frase, refiriéndose en este caso a Cataluña, al afirmar que muchos quieren ser españoles, pero no castellanos. Ésa es la clave: no os habéis enterado de qué es España, nuestra España, a la que algunos queremos pertenecer y que deseamos construir.

Todos los nacionalismos son igual de patéticos y ridículos; sea cual sea su punto geográfico central o la paleta -qué bien traído- de colores de su bandera. Aunque en este caso concreto no esperaba menos del periódico que tuvo el valor de hablar de entregas de premios a Pan negro y a Buried, todo en la misma frase. Ese periódico de patriotas que se avergüenza de las lenguas de España -de España- y ensalza las extranjeras. Y eso no sólo rompe la esencia profesional del periodismo escrito con un mal gusto estético y lingüístico considerable, que también, sino que principalmente rompe esa España: la de verdad.

02/03/2011

Periodistas y activistas contando historias

Se han comentado muchas veces las consecuencias de la irrupción de la tecnología en la política, abriendo nuevas formas de difusión de ideas; tanto en lo positivo -cercanía, velocidad, capacidad de interacción con el votante- como en lo negativo -¿estamos dejando que la propaganda sustituya a la verdadera información?-. Muchos debates que se mezclan y en los que empiezan a surgir partes interesadas en defender sus parcelas ante un futuro incierto. Porque no, no sabemos cómo acabará esto.

Hoy precisamente Iñaki Gabilondo trataba el plano periodístico de la cuestión en una entrevista en Radio Nacional de España, preguntándose la razón por la que importa tanto el debate sobre cómo se cuentan las historias -a través de qué medios- en lugar de las propias historias. Desde que existe, el periodismo se ha adaptado a cualquier cambio tecnológico sin mayor complicación; todas las generaciones de profesionales lo han vivido. Pero, ¿dónde estamos dejando el contenido? El periodismo tiene una base común, con independencia de que se traslade a través de una televisión, una radio, un papel o un teléfono móvil. Cada vez existen más medios para llegar a los espectadores y adaptarse a ellos no es demasiado traumático -profesionalmente, sí empresarialmente-. La pregunta sigue siendo, por tanto, ¿qué vamos a contar?

Sin embargo, los que están en la acera de enfrente sí tendrían que estar preocupados por el medio a través del que se acercan a los ciudadanos. Los que crecimos entre los años 80 y 90 lo hicimos pegados a una pantalla de televisión que nos vomitaba historias y personajes. Lo que conocíamos de los partidos eran sus voces cantantes, la llamada 'clase dirigente'. Todo estaba jerarquizado y controlado; máxime cuando era el ente público -que poco tenía que ver con la RTVE del presente- la única posibilidad primero y la favorita después en la mayoría de hogares. Sin embargo, a día de hoy, la obsesión de los partidos por librarse del incómodo intermediario -¡vivan las ruedas de prensa sin preguntas!- y lanzar su propaganda a los ojos del votante se enfrenta a otro reto: controlar a sus militantes. Ahora ellos también tienen voz propia. Y eso, que significa más capacidad de acción, significa también, en palabras llanas, más capacidad para liarla parda.

Porque las posibilidades, de entrada, son maravillosas. El colmo de la libertad: todos a una por la causa y, además, con la fuerza añadida del matiz personal. Miles de activistas, pequeños puntitos que hacen su trabajo de campo. El problema reside en que esos militantes no suelen hablar en su propio nombre, como sería adecuado, sino que en muchas ocasiones pretenden convertirse en voz autorizada. Y es ahí donde se genera el bochorno público. Puede que un portavoz cometa un error brutal e imperdonable; pero cientos de miles de portavoces pueden ser el colmo del caos. Esta circunstancia puede llevar a que un tipo bienintencionado haga un vídeo dejando en ridículo a su líder, como vimos hace unos días en el Partido Popular de Tarragona, o a que los militantes del Partido Socialista de Madrid monten un follón circense en público durante sus primarias para encanto de los medios locales.

No nos equivoquemos: la consigna no es que los partidos callen, controlen, veten, censuren o espíen a sus militantes -como de hecho algunos intentan hacer obviando aquello famoso de las puertas y el campo-, sino todo lo contrario. La libertad de un militante político debe existir y ser plena, también para discrepar, tanto dentro como fuera. Esa libertad es positiva, pero es necesario que los propios activistas en la red alcancen la madurez suficiente para saber cuánto daño están dispuestos a hacer a las siglas que defienden. Se trata del autocontrol; porque más allá de que la mayoría se empeñe en hacer lo contrario a cualquier idea eficaz de difusión y convicción -véase: compartir espacios sólo con los suyos, ser violento con cualquier discrepancia leve, utilizar un lenguaje visceral o tirar más huevos al enemigo interno que al externo- la fuerza de la militancia política en la red está empezando a ser demasiado importante -y es bueno- como para que los partidos obvien su influencia y capacidad para hacerles bien... y hacerles daño. Sobre todo cuando algunos lo que persiguen es, sencillamente, la notoriedad que les haga recibir un caramelito en forma del cargo que ansían. Por poner un ejemplo, podríamos encontrar casos en los que ayude más al partido propio el hecho de que un militante alerte a su candidato sobre la enorme castaña que es una página web que la defensa encendida que al mismo tiempo hacen otros de su líder de referencia, con una forma de operar que casi pase por desacreditar al defensor y al defendido.

Se dan otros casos paradójicos; como los tipos que se rodean en la red de aquellos que les jalean y aquellos que les insultan y, sin embargo, bloquean, ignoran o persiguen a quienes les dan argumentos moderados, respetuosos o sin emplear ningún tipo de técnica de guerra abierta; y con independencia de que sean ciudadanos, militantes de otras formaciones o incluso de la suya propia. Vaya, los hooligans de toda la vida, que necesitan quienes les aplaudan y quienes se enfrenten a ellos con sus mismas armas para garantizar la supervivencia, aunque ello les posicione ante el rechazo frontal de la mayor parte de la base social potencial a la que deberían querer dirigirse. Es un fenómeno que empieza a extenderse y que da buena cuenta de hasta dónde llega la preparación de quienes pretenden dedicarse a vivir de la política; mediocres que se ponen nerviosos ante la pausa, la calma y la redacción argumentada y necesitan sangre para emerger.

Las redes nos han traído transparencia política, sí; y ahora parecen también decididas a mostrar al mundo lo estupendas y enternecedoras que pueden llegar a ser las militancias de las organizaciones políticas que nos representan. Preparen palomitas.