Uno de los problemas habituales que se observan en política es la aparente incapacidad que poseen algunos de sus protagonistas para mirar el mundo más allá de sus propias concepciones. Incapacidad endémica para situar su mente en
todos los puntos de vista y actuar después con la racionalidad propia de quien no sólo observa un túnel con una lucecita parpadeante al fondo, que llama con voz diabólica, sino un conjunto bien estructurado que permite tomar las mejores decisiones en cada momento.
Estos últimos días hemos vivido dos ejemplos de ese empeño en observar la política únicamente desde el estómago, con desdén, en base a filias y fobias varias de corte particular y obviando los resultados.
Desde ayer, en las sesiones del Senado
los diputados pueden elegir en qué lengua oficial prefieren hablar. El castellano, el gallego, el catalán y el euskera tendrán la misma consideración en la llamada cámara alta. Los diputados que no entiendan alguna de ellas podrán utilizar la traducción simultánea mediante los pinganillos instalados en sus escaños.
La medida es polémica, especialmente entre los medios afines a la derecha. Mientras en el día de hoy
El País o
Público ignoran el tema; en
ABC se puede leer sobre la imagen de los senadores del PSC un contundente titular:
"derroche autonómico". Este diario mezcla así la actualidad sobre la deuda pública con una decisión sobre las lenguas especialmente sensible en este ámbito: cada sesión costará 12 000 euros. El Mundo tira por lo abstracto:
"senadores que hablan en español en los pasillos montan una Babel en el pleno".
Llama la atención que prácticamente ningún periódico con sede en las comunidades con lengua propia trate el asunto.
La Vanguardia o
La Voz de Galicia, por ejemplo, no lo citan en portada. Este hecho, contrastado con los titulares anteriores, evidencia que
es de fondo: la idea de España, la forma de entender el Estado y la aceptación de las diferencias. La España plural y la España homogénea. Lo sabemos.
Pero evidencia también que, quizá, la medida es errónea por esto mismo. Si lo que se pretende conseguir es la normalización y la normalidad frente a quienes no conciben la realidad de España más allá de su imaginario ideológico, lo único que ha cambiado desde ayer es que existe un motivo más para la chanza, la burla, la crítica, el odio y la pérdida de tiempo en debates eternos y absurdos. Dicen algunos que lo fundamental es que los senadores puedan defender sus ideas, no que puedan hacerlo en una u otra lengua; pero resulta que ése también es un derecho. ¿Cuál es el problema? Que las lenguas son un medio, no el fin en sí mismo. ¿Era urgente la medida? ¿Qué consecuencias sociales tendrá?
Quienes tenemos la inmensa suerte de hablar más de una lengua española peleamos y pelearemos con firmeza por el respeto de todas y por la defensa de los derechos de los ciudadanos a poder usarlas, no sólo en su vida, sino especialmente y sobre todo ante la administración, ante el conjunto de la sociedad y como arma cultural que representa mucho más de lo que creemos. Además, el titular de El Mundo anteriormente mencionado evidencia la profunda ignorancia que existe y las dosis de demagogia que se derrochan: no se trata de que cada cuál hable en su vida y en la calle lo que le parezca oportuno -ahí todos nos entendemos- sino del rigor que merece el ámbito institucional, con su grandiosidad y su simbolismo. Pero a la vez sabemos que aquello que remueve las bases, lo primario, debe ser cuidado. En este momento de crisis un gasto anual de más de 300 000 euros no consigue que quienes desprecian al catalán, al gallego o al vasco pasen a disfrutar admirados con la normalidad del debate parlamentario, sino que agudiza la división y el enfrentamiento, hecho visiblemente negativo para facilitar el objetivo final: la convivencia y el respeto de todos, cada cual con su esencia.
En democracia nuestros gobernantes deberían estar especialmente preocupados por hacer que sus decisiones sean aprobadas por la mayoría o que, al menos, no levanten mayores distancias de las que ya existen. No cuando hablamos de una conquista social, de una ampliación de derechos o de simples enfrentamientos con algún 'lobby' particular que quiera situarse por encima del interés de la mayoría; pero sí al abordar
cuestiones estructurales de fondo, esas en las que debe haber consenso. Además, una ley atrevida es aún mejor cuando sabemos que es irreversible aunque cambie el color de la chaqueta del que manda. No se trata de ser cobarde o de no cumplir los planteamientos programáticos del vencedor electoral; sino de valorar de manera sensata los pros y contras de una medida. Saber, por tanto, si su aplicación conseguirá el objetivo que persigue o el contrario. Porque si consigue el contrario, ¿no estamos ante un fracaso? Es muy loable defender el derecho a expresarse en cualquier lengua, pero quien está en política debería valorar que su actividad tiene muchas más consecuencias que las redactadas en cualquier artículo.
Otro ejemplo de lo obtusos que en ocasiones son nuestros representantes -y nada tiene que ver con lo anterior- ha salido del Partido Socialista de Madrid. Durante una semana medios de comunicación, militantes de la formación y ciudadanos en general han debatido sobre qué debería ocurrir con su número dos, Trinidad Rollán,
condenada por el Tribunal Superior de Justicia de Madrid a ocho años de inhabilitación para el ejercicio de cargo público por un delito de prevaricación administrativa.
Sus
partidarios, mientras celebraban la condena al popular Ignacio Uriarte por conducir tras haber ingerido alcohol en exceso y exigían su dimisión como diputado, intentaban minimizar cualquier delito cometido por un político que no sea el de corrupción. Y tienen razón: Trinidad Rollán, según la
sentencia, no ha robado nada. La pregunta es: ¿y qué? ¿Es no robar lo único que se le puede exigir a un cargo público? ¿Tanto hemos bajado el nivel? ¿Tan mal estamos? ¿Lanzamos a los ciudadanos el mensaje de que tan podrido está todo que ser condenado por otra cosa que no sea llenar bolsillos propios y ajenos es, casi, una suerte de comportamiento digno de alabanza?
El presidente extremeño, Guillermo Fernández Vara, lo resumió en una frase:
"¿cómo le vamos a explicar a la gente lo que la gente no puede entender?" Ése es el problema: que nadie lo entenderá porque además no hay nada que entender. Mientras se decidía la continuidad de Rollán en su puesto el PSM perdía varios sacos de votos en Madrid y la opción de hablar de corrupción -de corrupción, sí- en la próxima campaña electoral. Por un delito administrativo el primer partido de la oposición en Madrid se condena a no tener legitimidad social para contrarrestar a quienes sí han robado... presuntamente.
Porque, aunque Tomás Gómez no lo sepa, la mayoría de los ciudadanos no va a entrar en discusiones sobre figuras legales y ámbitos delictivos: - "Una condenada por hacer
algo mientras era alcaldesa es la encargada de dirigir la política orgánica del PSM". - "Ah, pues no le voto, caballero". Sí; así funciona, amiguitos. Y hacen bien, porque
con independencia de la valoración moral que cada cual desee realizar, la prevaricación es un delito. Suave o no; delito. Entre tanto, en el PP sólo hay imputados. Por cosas más graves, ya, pero imputados.
Si la persona afectada fuese humilde daría un paso atrás para no dañar a su partido y a su líder de cara a la próxima cita electoral. Pero no, no es humilde. O quizá -y esto lo desconozco, sólo es una sugerencia- necesite un buen trabajo en estos tiempos difíciles. Entre tanto, unos y otros siguen discutiendo sus propias paranoias y convirtiendo la política en una apasionante defensa de intereses personales -que gracias a las redes sociales ya son de magnitud pública-. Intereses que a veces no pasan de afinidades y odios alojados en el hígado contra la familia y el vecino. Y mientras se analizan estos asuntos desde el orgullo y la cuota interna de poder, Aguirre arrasa en toda encuesta que no sea encargada desde la sede del PSM en la Plaza de Callao.
Aunque lo que menos preocupa es el inmediato examen al que Gómez se va a tener que someter en las urnas. Antes el PSOE decía que era un partido distinto, que respetaba a la justicia, que tenía limpias sus filas y que se tomaba en serio la sensibilidad de sus votantes. Ahora cambia la actitud y sienta un oscuro precedente. Cada cuál sabrá qué pretende vender de sí mismo y por dónde quiere tener atadas las manos.
En estas "pequeñas cosas" los líderes tienen la oportunidad de demostrar que efectivamente lo son;
fraguando un estilo político, una coherencia discursiva y una imagen propia que cale en la sociedad de manera ejemplarizante para, así, poder cambiarla. Si no, ¿quién querría que ese líder fuese el cambio?