Entre padres y profesionales se suelen esgrimir dos argumentos fundamentales. A favor, que el uso de uniformes evita la discriminación por razones estéticas o económicas; en contra, que significa coartar la libertad, el desarrollo de la personalidad. Planteando el tema en Twitter la mayor parte de las respuestas se agarran a esos dos conceptos generales.
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| Fotografía de EFE en El País. Pruebas de selectividad en la Universidad Pública de Navarra. |
Ambos argumentos no parecen suficientemente sólidos como para tomar una decisión.
Por un lado, la posición económica queda reflejada en muchos más elementos que la marca de una camiseta. Como ayer me apuntaban, si aspiramos al extremo de que sea imposible dilucidar la carestía de lo que llevan puesto los niños tendríamos que llegar al límite de fijar las zapatillas de deporte y la mochila que usan o prohibir que porten teléfono móvil dentro del recinto escolar. Tampoco es lo mismo llegar a la puerta en autobús, en un Mercedes o a pata. Quienes hemos estudiado en la educación pública veíamos casi todos los años a compañeros que no contaban con todos los libros y materiales hasta dos o tres meses después de haber comenzado el curso, por la dificultad de sus padres para hacer frente a ese considerable gasto de una sola vez.
Así que estaríamos reduciendo al ridículo la realidad, una realidad que de hecho los niños encontrarán en la calle y, sobre todo, al crecer: que las diferencias existen. ¿Es razonable ocultarlas en un determinado ámbito de la etapa inicial de su vida? ¿Para conseguir qué?
Por contra, afirmar que establecer una uniformidad reglada supone limitar la expresión de la personalidad propia es una nueva reducción al absurdo. De entrada, porque quizá la ropa sea un modo de identificación individual y grupal durante la adolescencia, que en todo caso se suele modificar durante el desarrollo y está condicionada a la propia supervivencia personal (asumamos pues que la etapa secundaria, mucho más compleja, puede quedar fuera del debate), pero... ¿lo es antes de los doce años? ¿Qué niño de seis, ocho o diez años elige su ropa? ¿Se expresa en ellos su forma de ver el mundo o la de sus padres o tutores? ¿Y esta última expresión no es una imposición para él? ¿No puede ser perjudicial y marcar injustamente su integración con el entorno de una manera que no desee como sujeto individual?
Pecamos además de cierta hipocresía al no reconocer que siempre existe y existirá una uniformidad social preimpuesta, variable pero presente: ¿qué es si no el debate sobre el velo o por qué se obliga a un chaval a quitarse su gorra en clase? ¿Ésas no son expresiones de la propia esencia? ¿A qué se refieren las personas supuestamente contrarias a los uniformes cuando hablan de "ir adecuadamente vestido" como límite global? ¿Dónde ponemos ese límite y en función del criterio de quién?
Todo esto nos lleva al planteamiento final: el uniforme puede ser útil o inútil en función de cuál sea el objetivo que se pretenda conseguir, por eso lo imprescindible es que exista ante todo un contexto educativo que ponga el foco sobre la persona y lo que puede aportar. En este viejo debate estamos reflejando el problema en sí mismo pero no, por tanto, una solución: no existen demasiadas diferencias entre ambos sistemas, el de la uniformización reglada, que sería el primero, o el de la uniformización social, que sería el segundo.
Ambas ideas me resultan enormemente difíciles de admitir: no puede ser positivo pretender ocultar las diferencias económicas y culturales; pero es casi es más aterradora la posición contraria: colocar la superficialidad estética como elemento de reivindicación autónoma de la libertad. Que nos preocupen las camisetas, las marcas o los teléfonos es el reflejo mismo de cómo estamos equivocando el tiro, haciendo que reviertan sobre los niños los complejos consumistas que ya ha adoptado el resto de la sociedad: soy lo que tengo, lo que aparento, no lo que hago, no lo que pienso. Invita al pesimismo que algunos, equivocadamente, consideren que la personalidad se refleja en su vestimenta o sus gafas y no mediante un texto escrito en clase de literatura, un dibujo imaginado en la clase de plástica (¿se llamará aún así?), una composición musical básica, la forma de representar una obra de teatro, el diseño de un proyecto científico o la notita que se lanza a la compañera de la segunda fila.
De nada servirá apostar por el uso del uniforme o por suprimirlo sin asumir como sociedad la importancia de todos los elementos abstractos e imprescindibles que rodean el hecho educativo. Elementos como el respeto, que llega desde la familia y los entornos sociales en los que se vive, hasta la escuela; ámbitos todos en los que se debe inculcar esa necesaria consideración por las personas, por la diversidad de quienes nos rodean, por la integración y la construcción de una comunidad comprometida con ella misma y sus miembros. De poco sirve uniformar, ya sea por un patrón rígido o por uno subyacente, si no contamos con ese reto superior como elemento principal: que la mente y la expresión de lo que contiene sustituya para siempre al cuerpo y lo que su aleatoria construcción genética determina como mensaje propio al resto del mundo.
Los uniformes acabarán cuando enseñemos a nuestros futuros ciudadanos a pensar, no cuando les demos libertad para hacer ecuaciones en traje de baño. O con ambas cosas. O quizá es que yo sea un romántico, que también puede ser.

Soy un lector argentino asiduo a su blog y quisiera felicitarle por los contenidos y la claridad con la que expresa. Estoy totalmente de acuerdo en muchas de las cosas que dice, así como totalmente en contra en muchas de las cosas que dice, pero aún así, su blog es un soplo de aire fresco para mi maltrecha existencia. Sin embargo, me gustaría señalar que su nueva cabecera no es de mi agrado, y como lector argentino asiduo a su blog, le insto a cambiar la fuente utilizada en la misma.
ResponderSuprimirEspero que siga igual. O al menos, completamente diferente. Un beso desde Buenos Aires, o como decimos aquí, un beso desde Buenos Aires.
Querido Saúl; esto... quiero decir: querido lector argentino.
ResponderSuprimirViendo la página que enlaza como referente personal no entiendo muy bien en qué punto exacto ha estado de acuerdo conmigo desde la inaguración de este blog, allá por el frío y lluvioso otoño (digo yo que sería frío y lluvioso) de 2007, a pesar de la evolución editorial que ha sufrido desde entonces. Lo que está claro es que para mí todos los lectores son de vital importancia, por lo que su petición será muy tenida en cuenta en futuras remodelaciones estéticas.
Un abrazo desde Madrid, o como decimos aquí, me mola tu rollo tronco.