Es absolutamente cierto que el gobierno alemán no ha sabido reaccionar ante la aparición de un brote bacteriano poco común pero altamente peligroso. Es cierto. Es cierto que la ministra de Sanidad de Hamburgo acusó injustamente y sin suficientes pruebas a los pepinos españoles de los males que por allá les aquejaban. Es cierto. Es cierto que nuestro sector hortofrutícola ha sido tocado en sus intereses y verá mermadas sus exportaciones hasta que pase la fiebre. Es cierto. Es cierto que atacar un importante sector económico de cualquier país sin demasiadas pruebas es una irresponsabilidad. Es cierto. Es cierto que antes de improvisar por ese lado había que seguir un procedimiento que es de sobra conocido: investigar la trazabilidad del producto (de dónde viene, cómo viene, a dónde va, en qué condiciones...). Es cierto. Es cierto que las autoridades alemanas se quedaron en el primer paso, suponiendo que la contaminación se dio en origen y no en tránsito o en destino y suponiendo además, erróneamente, que esto era una cuestión de pepinos y no algo más. Es cierto.
Sin embargo, para completar el relato habría que viajar hasta el otro lado. Todo un país ha salido en tromba a defender a sus agricultores y, naturalmente, a sus pepinos. Es de justicia. Pero mientras analizamos lo ocurrido desde el punto de vista económico, que es el que nos afecta, las autoridades alemanas tenían uno, dos, tres, diez y hasta quince muertos y un hospital colapsado.
No cabe duda de que existe mucho interés en bombardear al sector español, que por cuestiones climáticas puede colocar sus productos en Europa antes, en mayor cantidad, con mejor calidad y a menor precio. No cabe duda tampoco de que existe esa sospecha conspirativa permanente entre quienes aún no han borrado de sus retinas la escena de los violentos franceses tirando camiones de fresas junto a la frontera. Pero como Rubalcaba no es ministro del Interior en Alemania, todos podemos también suponer que los muertos por la dichosa bacteria no forman parte de un complot para hundir pepinos rojigualdos.
Parece excesivo afirmar que estamos asistiendo a un simple ataque contra los productos de un Estado sureño cuando las autoridades de otro Estado del norte estaban noqueadas (sí, esto tampoco es exclusivo de Zapatero) por una situación que se les escapaba de las manos y ante la que no había enemigo conocido ni definido. Sigue sin haberlo.
Parece excesivo afirmar que estamos asistiendo a un simple ataque contra los productos de un Estado sureño cuando las autoridades de otro Estado del norte estaban noqueadas (sí, esto tampoco es exclusivo de Zapatero) por una situación que se les escapaba de las manos y ante la que no había enemigo conocido ni definido. Sigue sin haberlo.
El gobierno español tendrá que tomar todas las medidas que sean necesarias para defender a sus agricultores y los intereses económicos nacionales, incluida la posibilidad de pedir indemnizaciones. Por supuesto. Dicho esto, el gobierno alemán estuvo en su papel. En palabras de la ministra Prüfer-Storcks "la salud pública está por delante de cualquier consideración económica". "Este Senado siempre alertó contra el consumo de lechuga, tomate y pepinos en todo el norte de Alemania, procedieran de donde procedieran". Como bien cita El País, si se venden o no pepinos y tomates es un asunto secundario ante la avalancha de enfermos en los hospitales de Hamburgo.
En España, ante la misma situación esto es lo que habríamos esperado escuchar de Leire Pajín, autoridad competente en la materia. Cuando de salud pública se trata toda medida preventiva nos parece poca, y toda inacción, irresponsable. Así que, por dañino que fuese sobre nuestra economía cabe decir que la ministra hizo lo correcto; o al menos lo que seguramente esperaban de ella los ciudadanos alemanes.
Seguimos viviendo en un mundo dominado por una premisa básica: bajo nuestra bandera hay personas y bajo las demás solamente dinero.
En España, ante la misma situación esto es lo que habríamos esperado escuchar de Leire Pajín, autoridad competente en la materia. Cuando de salud pública se trata toda medida preventiva nos parece poca, y toda inacción, irresponsable. Así que, por dañino que fuese sobre nuestra economía cabe decir que la ministra hizo lo correcto; o al menos lo que seguramente esperaban de ella los ciudadanos alemanes.
Seguimos viviendo en un mundo dominado por una premisa básica: bajo nuestra bandera hay personas y bajo las demás solamente dinero.
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