WikiLeaks: ¿son 'los nuestros'?
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| Imagen de promoción de WikiLeaks. |
Wikileaks se ha convertido en una cuestión de índole y preocupación internacional, siempre por debajo, claro, de la crisis económica que todos los países sufren en mayor o menor grado. Esta organización nació con el pretendido objetivo de hacer pública, mediante filtraciones que preservan el anonimato de sus fuentes, información sensible para cualquier gobierno del mundo. El gran damnificado, de momento, ha sido Estados Unidos, cuyos cables con información diplomática -es decir; los contactos entre sus embajadas y el Departamento de Estado- han sido publicados el pasado mes de noviembre en la que se ha reconocido como la mayor filtración documental de la historia.
De ahí surgen las grandes preguntas: ¿es lícito?, ¿es defendible?, ¿beneficia realmente a los ciudadanos de los países afectados? Y más: ¿estamos hablando de información o de espionaje? Es fácil defender la tarea de WikiLeaks desde un punto de vista estrictamente periodístico: en esto consiste dicha profesión, en recibir información y contarla. ¿Qué ha cambiado? Quizá el volumen, quizá que las filtraciones no llegan a un medio tradicional sino que se ofrecen en bruto a quien las quiera leer, o quizá la materia de su contenido o un tipo de documento al que nunca antes se había tenido acceso.
¿Sólo esos medios tradicionales pueden contrastar la información, depurarla, separar el grano de la paja o decidir eliminar lo que suponga un perjuicio social o al interés general? Casi nadie puede leer 22 000 páginas en solitario: una persona necesitaría en torno a siete años para hacerlo sola. Por tanto, este tipo de fenómenos demuestra que no hemos acabado con la figura del periodista: sigue siendo necesario alguien que acerque la realidad al ciudadano. Y seguirá siéndolo siempre si queremos garantizar ese derecho, por mucho que cambien los formatos; ya sea desde una redacción o desde el salón de una casa.
Por ello en España, tal vez en otros países también, parte del debate se trasladó al tratamiento que El País dio a las informaciones derivadas del contenido de los cables diplomáticos. Este diario fue quien junto a otros prestigiosos medios como The New York Times o Le Monde administró las revelaciones de la organización; y si bien hubo cierta desmesura al colocar durante más de un mes cualquier titular relacionado con ello como si estuviésemos asistiendo a la última hora del fin de los tiempos, las críticas externas parecían ser fruto de la envidia por la exclusiva más que de un análisis profesional. El País erró al no priorizar la información de WikiLeaks al nivel de la global y convertirla en principal de partida, fuese el tema la actuación del gobierno tras la muerte de José Couso o la opinión de un embajador sobre la ropa de un ministro; pero no lo hizo al entender la relevancia genérica de los cables, organizar su difusión y facilitar su acercamiento a la sociedad. En el fondo todos sabemos que cualquier otro medio habría estado encantado de hacer lo mismo, y si lo hubiese hecho con el estilo de El País, bien habría estado.
Discusiones mediáticas aparte, y resumiendo, WikiLeaks no ha cambiado nada, sólo nos ha recordado que existe una dedicación periodística que puede haber estado algo descuidada en los últimos tiempos. Llamar a esto espionaje o traición es algo que ningún periodista sensato se debería permitir por una mera cuestión de supervivencia; y lo cierto es que además de la capacidad de contraste que han ejecutado los cinco periódicos que han contado con la exclusiva, ni el gobierno estadounidense ni tampoco ningún otro ha negado la autenticidad de los datos publicados. ¿Se puede hacer un alegato en contra de la publicación de lo que pertenece a los ciudadanos? ¿Se ha puesto en riesgo la seguridad de alguien? Ambas respuestas son concluyentes: no. Y es ahí donde está el límite. ¿Anularíamos ahora el mareo al que The Washington Post sometió a la administración de Nixon hace unas décadas? ¿Defendería el director de cualquier periódico del mundo ocultar un vídeo en el que militares matan civiles, hecho con el que se inició el salto a la fama de WikiLeaks? Sería inaudito. Y deplorable. Ahora los papeles del Departamento de Estado, en su gran mayoría, no han aportado nada nuevo que no conociésemos, pero sí han servido para abrir un interesante debate sobre los límites de la información y el lugar por el que debemos trazar la línea de ese fundamental derecho.
La única garantía está en aplicar a todo lo que se publica las reglas genéricas de esta profesión, con la debida y necesaria responsabilidad y siguiendo un código ético de sensatez. Periodismo no es tener unos papeles y publicarlos, es el entramado intermedio y el resultado final. WikiLeaks no es un fin en sí mismo, ni tampoco es relevante su mediático representante Julian Assange o los titulares que de él se puedan derivar. No lo son los medios de comunicación ni quienes les ponen cara, voz o pluma. Lo realmente importante es qué le vamos a contar a los ciudadanos y cómo lo vamos a hacer. Desconocemos si WikiLeaks está de nuestro lado, del lado aliado, o del otro, del lado enemigo; pero sí sabemos en qué lado debe estar el periodismo: en el del ejercicio de su responsabilidad. En el fondo pocas cosas han cambiado. En la superficie... algo se mueve. No se trata de llenarnos la boca con términos como 'libertad', basta con que estén implícitos en el desarrollo de un trabajo que nunca debería ser noticia en sí mismo y que tiene sentido únicamente cuando desarrolla y alcanza el fin social, no tan utópico, por el que ha sido concebido. Cobra mayor importancia este punto en un tiempo en el que ha quedado patente que una gran mayoría desprecia su propio conocimiento de la realidad y relega a un segundo plano la reflexión sosegada y la recepción de datos sobre ella, en favor de otro tipo de contenidos abrazados por un superficial y vacuo modo de entretenimiento colectivo.
¿Con quién contamos?
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| Fotografía de Gorka Lejarcegi en El País, con el equipo inicial de CNN+. |
Ha cerrado CNN+. Mientras discutimos sobre la información España ha perdido un espacio para difundirla. Como ellos mismos han comentado en sus despedidas siempre es triste que cierre un medio de comunicación. En esta tierra nuestra, siempre tan suya, muchos botaban de alegría al creer que la caída de una televisión del grupo PRISA -e incluso la caída en picado del propio grupo, digna de estudio- suponía una victoria de los suyos y una derrota de los otros. Así funcionamos, con pertenencias primarias y alaridos pobres que nos recuerdan no tanto la altura a la que estamos sino, principalmente, aquella a la que queremos estar.
No valen lamentos, ni sirve ahora manifestarse en la calle o lloriquear la evidencia. No nos engañemos: CNN+ cierra porque la audiencia no acompañaba su proyecto. Todos los muertos son buenos, y además es de manual alabar en el entierro a quienes dimos la espalda en vida. Hipocresía pura y dura.
La información nunca ha sido rentable en televisión. Al contrario de lo que sucede en la prensa escrita o la radio, cualquier formato consistente en dar noticias es deficitario en un medio más volcado en el entretenimiento. En el caso de las televisiones llamadas generalistas mantener el servicio público informativo es compensado con el resto de los contenidos de la parrilla: da prestigio y crea imagen de marca. Pero no, no da dinero. Así se mantuvo también el canal de información que ahora se nos va: compensando los fuertes ingresos del grupo PRISA para financiar un canal informativo que de otra manera no podría haber existido. Muerto el sueño de Polanco -muerto probablemente por su propia muerte- muere también un medio ahora insostenible.
¿Qué viene detrás? La oscuridad, sí. Nadie tiene derecho a exigirle a una empresa que sostenga un negocio que no es tal. Qué bonito sería que los ciudadanos prefiriesen el debate político sosegado a la observación -e incluso observancia, si se apura- de una manada de borregos sacándose mocos... o lo que surja. Pero, ¡ah! No es la pérfida televisión, es el mandato popular. El asunto del huevo y la gallina está claro cuando hablamos del mando a distancia: alternativas hay para quien las quiera. De momento. ¿Las queremos? Los datos indican que no. Gritan ahora, lloraremos luego con gran cinismo; cuando no sirva de nada.



