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| Fotografía de Pedro Madueño para La Vanguardia. |
Antes de las elecciones estaba anunciado que el PSC las había perdido. Ellos esperaron algo más para decirlo, al cierre de los colegios, pero mucho menos para reconocerlo: su campaña era la preparación de la derrota. No hubo fallo en el pronóstico: Artur Mas será president y CiU tiñe el mapa de un homogéneo azul.
Son muchos los análisis que fijan la "renuncia al catalanismo" -que por otro lado no ha existido- como motivo de la derrota de los socialistas catalanes; pero no: las elecciones ya estaban perdidas mucho antes de septiembre en una tierra convencida, no con pocas razones, de querer enviar al cajón de los recuerdos la fórmula fallida del tripartito. Ni siquiera ICV, el socio modesto, se ha salvado.
Estas elecciones y los últimos ocho años de política catalana vuelven a demostrar que la acción gubernamental es imposible sin comunicación. Zapatero se dio cuenta muy tarde: una primera legislatura positiva quedó descafeinada. En la segunda llegaron los comunicadores, justo cuando no quedaba nada que comunicar y el Ejecutivo estaba -está- perdido y debería limitarse, ahora sí, a la toma de decisiones para dejar la cosa encarrilada, venga quien venga. Montilla, sin embargo, sí tenía motivos en estos cuatro años para explicar una gestión que su electorado habría valorado positivamente si hubiese tenido acceso a ella.
La suma de izquierdas en Galicia, con el ex presidente Touriño pactando con el BNG y la suma de izquierdas en Cataluña, con el pacto a tres comandado por Montilla, ha tenido el mismo final en las urnas: ambas partes pierden y el lado nacionalista o independentista es el que más se desangra en votos y escaños -el PSdG, de hecho, no perdió ningún asiento-. Las dos tierras son parecidas en un aspecto: existe un sentimiento de identidad propio que todos los partidos -el PP también, sí- llevan en su esencia, porque es esencia social. Desde fuera muchos, por desconocimiento, no entienden la diferencia entre ser galleguista o catalanista y defender postulados nacionalistas o independentistas; pero dentro todo el mundo lo tiene meridianamente claro. Los votantes también.
El PSC nunca ha renunciado al catalanismo, pero sí se ha visto influido por las ocurrencias "de más allá" con las que desayunaban, comían y cenaban sus socios de ERC; los mismos que imponían el menú al resto del gobierno. Tanto ha sido así que han tenido que destinar toda una campaña a explicar, tantos años de democracia después, ¡lo que no son!: ni independentistas, ni de dretes. Que los socialistas aprovechasen la oportunidad de 2003 y 2006 para constituir un gobierno de izquierdas era lógico y un acto de responsabilidad. Nadie habría entendido otra cosa. Lo ilógico es que no se haya notado que ellos también gobernaban. Ahí ha estado el error: en no poner freno, en ceder a la presión del loco bajito que, siendo tan pequeño, se empeña en que el mundo se resuelva tal como lo imagina y anhela. Los candidatos socialistas que han vivido esta circunstancia también se parecen: tanto Montilla como Touriño son tipos fríos, sin pasión por la cámara ni el micrófono y preocupados en gestionar bien, dejando el protagonismo de las portadas al lado oscuro de la fuerza. Es obvio que no se puede gobernar sólo desde un despacho, trabajando hasta la noche y rodeado de técnicos; al menos no más de cuatro años en plena hecatombe económica. Y es obvio también que no se puede renunciar a defender principios básicos frente a un socio prepotente. Los órganos socialistas deberían reflexionar: la década pactista que toca su fin... ¿ha sido buena? O más aún: ¿ha estado bien gestionada por su parte?
Se inicia pues un nuevo tiempo para el PSC, que deberá reflexionar sobre qué espacio político quiere ocupar en la sociedad y cómo piensa articular eso en clave de propuestas. También un nuevo tiempo para Cataluña. El Parlament que emanará de las urnas de ayer es a decir de los entendidos mucho más soberanista que el anterior, a pesar del importante ascenso del PP, la presencia de Ciutadans y el desplome de Esquerra -mitigado en ese lado social por la aparición de Laporta, que ya ayer pedía una declaración de independencia-. Y lo importante: ¿es ésta una CiU distinta a la pragmática de Pujol? ¿Rebajarán desde el poder los guiños a los sectores más proclives a la independencia? Montilla el cordobés deja a Cataluña instalada como la región de Europa con más competencias y autogobierno; no quedan muchos pasos más que reivindicar un Estado propio. ¿Ocurrirá? Lo más probable es que CiU se dedique a gobernar el día a día; no es tiempo de fiestas y la cara de Puigcercós anoche era indicador de ello. El nuevo soniquete reivindicativo se llamará "fiscalidad". Al otro lado, ¿será también el conjunto de España capaz de empezar a entender la realidad de Cataluña? Quizá la respuesta venga influida por las elecciones de 2012 y el clima político que tenga que abrirse entonces, pero los resultados de ayer también mandan mensajes al exterior.
La derecha recupera el poder en Cataluña desde ambas sensibilidades, la "de dentro" y la que algunos llamarían "de Madrid". Ambos son indicadores del camino por el que circula el termómetro social en todas partes; pero merece una reflexión seria que un grupo radical como la xenófoba Plataforma per Catalunya de Anglada estuviese a un paso muy corto de obtener representación. Durante los últimos treinta años en España hemos tenido la tranquilidad de saber que nuestra historia reciente impedía histerias y radicalismos; pero anoche, por un rato, algunos pasaron miedo. Los odios no son casuales: los genera la falta de entendimiento y diálogo, la carencia explicativa... pero también la conflictividad social; es decir: la crisis, la pobreza, la necesidad. Estos son los primeros enemigos a batir. Cuando todo va bien, caminamos juntos.



