29/11/2010

Suma de fracasos y una nueva hora para Cataluña

Fotografía de Pedro Madueño para La Vanguardia.

Antes de las elecciones estaba anunciado que el PSC las había perdido. Ellos esperaron algo más para decirlo, al cierre de los colegios, pero mucho menos para reconocerlo: su campaña era la preparación de la derrota. No hubo fallo en el pronóstico: Artur Mas será president y CiU tiñe el mapa de un homogéneo azul.

Son muchos los análisis que fijan la "renuncia al catalanismo" -que por otro lado no ha existido- como motivo de la derrota de los socialistas catalanes; pero no: las elecciones ya estaban perdidas mucho antes de septiembre en una tierra convencida, no con pocas razones, de querer enviar al cajón de los recuerdos la fórmula fallida del tripartito. Ni siquiera ICV, el socio modesto, se ha salvado.

Estas elecciones y los últimos ocho años de política catalana vuelven a demostrar que la acción gubernamental es imposible sin comunicación. Zapatero se dio cuenta muy tarde: una primera legislatura positiva quedó descafeinada. En la segunda llegaron los comunicadores, justo cuando no quedaba nada que comunicar y el Ejecutivo estaba -está- perdido y debería limitarse, ahora sí, a la toma de decisiones para dejar la cosa encarrilada, venga quien venga. Montilla, sin embargo, sí tenía motivos en estos cuatro años para explicar una gestión que su electorado habría valorado positivamente si hubiese tenido acceso a ella.

La suma de izquierdas en Galicia, con el ex presidente Touriño pactando con el BNG y la suma de izquierdas en Cataluña, con el pacto a tres comandado por Montilla, ha tenido el mismo final en las urnas: ambas partes pierden y el lado nacionalista o independentista es el que más se desangra en votos y escaños -el PSdG, de hecho, no perdió ningún asiento-. Las dos tierras son parecidas en un aspecto: existe un sentimiento de identidad propio que todos los partidos -el PP también, sí- llevan en su esencia, porque es esencia social. Desde fuera muchos, por desconocimiento, no entienden la diferencia entre ser galleguista o catalanista y defender postulados nacionalistas o independentistas; pero dentro todo el mundo lo tiene meridianamente claro. Los votantes también.

El PSC nunca ha renunciado al catalanismo, pero sí se ha visto influido por las ocurrencias "de más allá" con las que desayunaban, comían y cenaban sus socios de ERC; los mismos que imponían el menú al resto del gobierno. Tanto ha sido así que han tenido que destinar toda una campaña a explicar, tantos años de democracia después, ¡lo que no son!: ni independentistas, ni de dretes. Que los socialistas aprovechasen la oportunidad de 2003 y 2006 para constituir un gobierno de izquierdas era lógico y un acto de responsabilidad. Nadie habría entendido otra cosa. Lo ilógico es que no se haya notado que ellos también gobernaban. Ahí ha estado el error: en no poner freno, en ceder a la presión del loco bajito que, siendo tan pequeño, se empeña en que el mundo se resuelva tal como lo imagina y anhela. Los candidatos socialistas que han vivido esta circunstancia también se parecen: tanto Montilla como Touriño son tipos fríos, sin pasión por la cámara ni el micrófono y preocupados en gestionar bien, dejando el protagonismo de las portadas al lado oscuro de la fuerza. Es obvio que no se puede gobernar sólo desde un despacho, trabajando hasta la noche y rodeado de técnicos; al menos no más de cuatro años en plena hecatombe económica. Y es obvio también que no se puede renunciar a defender principios básicos frente a un socio prepotente. Los órganos socialistas deberían reflexionar: la década pactista que toca su fin... ¿ha sido buena? O más aún: ¿ha estado bien gestionada por su parte?

Se inicia pues un nuevo tiempo para el PSC, que deberá reflexionar sobre qué espacio político quiere ocupar en la sociedad y cómo piensa articular eso en clave de propuestas. También un nuevo tiempo para Cataluña. El Parlament que emanará de las urnas de ayer es a decir de los entendidos mucho más soberanista que el anterior, a pesar del importante ascenso del PP, la presencia de Ciutadans y el desplome de Esquerra -mitigado en ese lado social por la aparición de Laporta, que ya ayer pedía una declaración de independencia-. Y lo importante: ¿es ésta una CiU distinta a la pragmática de Pujol? ¿Rebajarán desde el poder los guiños a los sectores más proclives a la independencia? Montilla el cordobés deja a Cataluña instalada como la región de Europa con más competencias y autogobierno; no quedan muchos pasos más que reivindicar un Estado propio. ¿Ocurrirá? Lo más probable es que CiU se dedique a gobernar el día a día; no es tiempo de fiestas y la cara de Puigcercós anoche era indicador de ello. El nuevo soniquete reivindicativo se llamará "fiscalidad". Al otro lado, ¿será también el conjunto de España capaz de empezar a entender la realidad de Cataluña? Quizá la respuesta venga influida por las elecciones de 2012 y el clima político que tenga que abrirse entonces, pero los resultados de ayer también mandan mensajes al exterior.

La derecha recupera el poder en Cataluña desde ambas sensibilidades, la "de dentro" y la que algunos llamarían "de Madrid". Ambos son indicadores del camino por el que circula el termómetro social en todas partes; pero merece una reflexión seria que un grupo radical como la xenófoba Plataforma per Catalunya de Anglada estuviese a un paso muy corto de obtener representación. Durante los últimos treinta años en España hemos tenido la tranquilidad de saber que nuestra historia reciente impedía histerias y radicalismos; pero anoche, por un rato, algunos pasaron miedo. Los odios no son casuales: los genera la falta de entendimiento y diálogo, la carencia explicativa... pero también la conflictividad social; es decir: la crisis, la pobreza, la necesidad. Estos son los primeros enemigos a batir. Cuando todo va bien, caminamos juntos.

12/11/2010

Una estirpe, una lengua y un destino

Fragmento inicial de 'El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha' sobre
el suelo del barrio de las letras de Madrid. Fotografía de guiasobremadrid.com

Este pomposo título no es una invención imperialista de buena mañana, sino el lema de la Asociación de Academias de la Lengua Española. O quizá sea ambas cosas, pero no está mal. Sirve como anticipo para explicar las últimas decisiones sobre ortografía adoptadas en conjunto y que tanta polémica han levantado a ambos lados del océano que separa una de las comunidades de hablantes mayoritaria en el mundo: cerca de quinientos millones de personas detrás de este invento apasionante y articulado que nos une.

No ha existido una sola decisión tomada por nuestra propia Academia -la RAE que limpia, fija y da esplendor- que haya estado exenta de polémica. A lo largo de la historia hemos visto recomendaciones, normas y rectificaciones diversas; unas con mayor y otras con menor acierto.

Ahora parece claro que el nuevo objetivo es la unificación de toda la lengua castellana. Sus hablantes compartimos más del 80% del vocabulario. Nuestras normas ortográficas, si bien eran prácticamente idénticas, necesitaban pequeños ajustes para llegar a ese fin.

El problema mayor en esta ocasión ha sido la forma elegida por los académicos para hacer unos cambios que ni son tantos, ni son tan graves, ni en todos los casos tan necesarios. En lo sustancial, sólo se han modificado unas cuantas tildes, como la que aparece en esta frase; y sin embargo toda la polémica ha recaído sobre la esencia sentimental: en España, la sustitución del nombre de la i griega por ye -utilizado especialmente en México- y en América el abandono normativo de la be baja en favor de la denominación uve, la habitual en España.

Al final siempre nos duele lo mismo; eso que ataca al recuerdo, los cuadernos emborronados de la educación primaria y lo que consideramos una parte de nosotros mismos. ¿Era necesario? Rotundamente no. En realidad el porcentaje anteriormente mencionado implica que los hablantes del castellano no compartimos el 20% de las palabras que conocemos. No sólo entre países -una misma cosa puede llamarse de distinta forma en Argentina, Chile o Ecuador-, sino también en regiones internas -hay palabras que pueden ser conocidas por un vallisoletano que resulten extrañas en Cantabria o Aragón-. Para esto hay muchas razones, que pueden ser sociales, históricas, geográficas o incluso de necesidad -vaya, que no es necesario nombrar lo que no se usa. Los aperos de labranza o los tecnicismos profesionales son buenos ejemplos-.

Por todo ello la unificación del vocabulario es ilógica. Los diccionarios tienen varias funciones -algo válido para otros debates ya comentados, como el abierto por algunos colectivos en torno a la definición de matrimonio-: recoger las voces de una lengua, adaptar aquellas socialmente extendidas y facilitar la comprensión de textos antiguos en el caso de términos ya desaparecidos. Tampoco ningún hablante de ninguna lengua del mundo, por muy instruido que esté, conoce absolutamente todas las palabras que en ella existen; así que la cuestión es sencilla de resolver tal y como nos enseñaron en el colegio: si no entiendes algo, búscalo en el diccionario. Si conseguimos que todo esté en ese libro mágico, ya no hay conflicto. Incluso lenguas muchísimo más reducidas en el espacio geográfico y el número de hablantes, como el gallego, poseen estas divergencias; por lo que pretender que varios cientos de millones de seres se expresen en los mismos y exactos términos es una ensoñación de imposible consecución. Llamar a una misma letra ye o i griega tiene la misma importancia práctica -o teórica- que obligar a todos los ciudadanos de un país a memorizar la lista de los reyes godos. Poca, muy poca.

Otra cuestión es la ortográfica. Tiene sentido que aquello que es una falta de ortografía en Barcelona lo sea en Buenos Aires y La Paz, y viceversa. Necesidades globales de un mundo global. Sin embargo nos encontramos con otro problema no menos importante: el castellano ha sido históricamente una lengua preocupada por adaptar pronunciación y escritura -en casi todo-, pero esa pronunciación no es idéntica en cada uno de sus hablantes. Ningún andaluz 'víctima' del seseo o el ceceo escribiría haser o curiozo; pero en otros casos extendidos, como la acentuación de los monosílabos guión y truhán, peninsulares y latinoamericanos nos hemos ido alejando. Por esa variable de la difusión se llegó a modificar la normativa en arreglo a la diferencia oral. Reunificarla no es una mala idea: del mismo modo que algunos gallegos pronuncian acetar donde redactan aceptar, tampoco nadie nos obligará a cambiar ahora nuestro modo de pronunciar esas excepcionales palabras, escritas con o sin tilde. Caso distinto es el de los arabismos como Qatar, que ahora podrá confundirse con el verbo catar. Este punto es discutible por la misma razón que el anterior es defendible: si globalizamos para el castellano de manera interna pero nos separamos del resto de lenguas en algo tan sencillo y asumible como un topónimo ya generalizado, estamos creando barreras tan inútiles como absurdas. Se puede aventurar que las compañías aéreas o las agencias de viajes, quizá las más "afectadas", harán oídos sordos a la ocurrencia.

En lo demás -las tildes de solo o de los demostrativos- el cambio no es traumático; de hecho ya hace años que nuestra Academia recomendaba en el primer caso utilizar el acento ortográfico sólo cuando pudiese dar lugar a confusión, generalmente resuelta por el contexto. A pesar de ello son muchos los que siguen aplicando la norma antigua -que no obsoleta-, como demuestra la frase anterior a ésta -y ¿esta? otra también-. Al final, muchas de las tildes diacríticas tienen como única función práctica restar puntos en las calificaciones del bachillerato o de las pruebas de acceso a la universidad. No está de más utilizarlas si se conoce su uso correcto puesto que agilizan la comprensión e interpretación del texto, o anticipan una correcta pronunciación en el hipotético caso de estar leyendo un discurso. Es posible que quienes intentamos ser rígidos con la lengua sigamos usándolas -¡y en caso de olvido ya tenemos excusa! ¡Viva!-, como así muchos escritores o las personas más mayores. Bien por ellos, o nosotros. Es importante recordar que la nueva norma solamente obliga en la extensión de la regla general para tildar monosílabos.

La nueva ortografía, según ha avanzado la propia institución, tendrá otras ventajas mayores, como aclarar de forma precisa la utilización de las comillas, las letras mayúsculas, los signos, la puntuación, las cursivas o las negritas. Cualquiera de estos elementos está ahora más generalizado que nunca, por lo que esta publicación irá más orientada a la creación textual o la coherencia al escribir; y es que no sólo por hache o por be se sostiene el invento.

La verdadera importancia de estos debates es entender que la lengua no es un fin, sino un medio nada despreciable. Artículos como éste, que se permiten colocar un encendido debate sobre signos raros entre un grupo de excéntricos -aún no está aceptado friki- en San Millán de la Cogolla a la altura de la cumbre del G-20 en Seúl no pretenden ser un ejercicio de pedantería, como muchos creen. La banalización de lo cultural y lo lingüístico lleva a degradaciones mayores. Es insufrible leer textos sin comas, sin puntos, con ortografía descuidada o redactados de forma incomprensible, precisamente porque cuando se resta importancia a las formas, el lector -o escuchante- acaba restando importancia al contenido; bien sea por la atención y esfuerzo que debe realizar por entender a su interlocutor, bien por la poca confianza que despierta algo que su propio creador presenta descuidado. Se puede observar esto mismo desde un punto de vista práctico: si la diplomacia internacional dependiera de mensajes de texto escritos por ciertos adolescentes de hoy el nivel de reparto de hostias crecería de manera ostensible. Tampoco sería justo renunciar a la belleza de la literatura: hay cosas que se pueden explicar en otra lengua, pero no con un mal uso de ninguna de ellas. Protegerlas como patrimonio inmaterial -y mutable, sí- de la humanidad es también proteger nuestro pensamiento o un legado artístico demasiado inmenso como para ser obviado.

Cuando se visten de rebeldes quienes rompen las normas del lenguaje -generalmente es simple pereza y comodidad-, están olvidando que éstas han sido creadas para facilitar el entendimiento de todos. Por ello, complicar y dividir sólo sirve para poner trabas en otro tipo de conflictos que no son de lucha estética y superficial sino verdaderamente primordiales, como una reivindicación social o política, o la divulgación del conocimiento científico y cultural al mayor número posible de personas. No se trata de señalar a quienes no han recibido una formación adecuada o suficiente, sino de preguntarse por qué algunos, deliberadamente, consideran que no hay problema en patear sin piedad a cualquier gloria de la pluma hispánica. Es probable que estas líneas no sean tampoco un ejemplo, pero no es menos cierto que intentan tratar con el debido y deseado respeto a quienes han decidido explorarlas en libertad.

Quienes vinimos al mundo con el castellano debajo del brazo hemos nacido con la suerte de expresarnos en uno de los idiomas más extensos y flexibles. Despreciar esa riqueza, que permite describir en varias palabras lo que en otras costaría decenas de líneas, supondría una pérdida inmensa, ya sea para hablar de química, de economía o de amor. Porque si bien es verdad que éste es un medio, y no un fin; las formas ayudan, ya sea para convencer sobre química, sobre economía o sobre amor. Alguna bofetada ha costado ese desprecio -en orden inverso: amor, economía y química-. Y es que hablar y escribir nos hace ser diferentes, y nos acerca más a nosotros, a los demás y al logro de nuestras ambiciones; sean éstas químicas, económicas o amorosas.

Es el enorme poder de la palabra, patente incluso cuando pretende ser silenciada.

05/11/2010

El acierto del PSC

Imagen de campaña del PSC, de la página oficial de la candidatura de José Montilla.

Aunque la visita del Papa a Barcelona está centrando la atención de los medios es bastante probable que los catalanes anden más preocupados por el proceso electoral que tienen encima. O no, a saber.

Uno de los temas de debate en estas semanas ha sido el cambio de rumbo con el que el Partit dels Socialistes de Catalunya ha sorprendido a la mayoría, tranquilizando a unos e inquietando a otros. Montilla anunció en un acto de cierta solemnidad y bajo un gráfico lema, 'punt i a part', que no reeditaría el actual tripartito que forma con ERC e ICV aunque éste consiguiera escaños suficientes para hacer posible dicha fórmula de gobierno.

En realidad es una pequeña trampa: ni con gran ilusión sería posible que saliesen las cuentas de esta suma que las dos legislaturas anteriores ha permitido a los socialistas catalanes encabezar el liderazgo en el Palau de la Generalitat. Las encuestas son contundentes: CiU gobernará -ya veremos con quién-, probablemente porque en efecto el propio tripartito está social y políticamente acabado y, más aún, porque la crisis económica no perdona. Pero no todo el mundo está demasiado conforme con estas novedades discursivas del candidato.

¿Qué hay de nuevo? Básicamente que el PSC regresa al que en el aspecto teórico fue siempre su lugar ideológico y de potencialidad sociológica. La alianza temporal con el independentismo de Esquerra y el ecologismo nacionalista que representa Iniciativa provocó cierta confusión dentro y fuera de Cataluña sobre el sentido mismo de un grupo que se vio obligado a adaptarse a ciertas excentricidades con las que los socialistas no casaban demasiado, a pesar de ser un partido de esencia catalanista. El ala más identificada con los asuntos identitarios cogió fuerza hasta el punto de que Marcelino Iglesias, el nuevo Secretario de Organización en Ferraz, se confesó "relajado" al conocer el nuevo contexto. Algo natural, porque siendo cierto que el PSC no es una federación más del PSOE la ciudadanía en general no presta demasiada atención a tan pequeños matices Al final, puede ser que al alcalde de un pueblo de Albacete le echen en cara el Estatut, el GAL o las últimas declaraciones de Carod-Rovira. Esto funciona así.

La pregunta es: pinceladas ideológicas aparte, ¿ha elegido Montilla una buena estrategia? Estamos en época electoral y lo de menos es buscar el puritanismo; están en juego votos y un gobierno, es decir: poder para llevar adelante un programa que todo el PSC comparte, sea en tonos pálidos o fuertes.

Algunos comentan que no es un acierto. Si la ciudadanía es consciente de que el tripartit es la única alternativa a CiU y su socio más potente se desgaja ya no hay posibilidad de crear una fuerza de poder a la izquierda, y por tanto sus votantes o se quedarán en casa o apostarán por otras opciones, cundirá el desánimo y el desastre electoral será aún mayor.

Sin embargo puede que la lectura sea otra: que se haya asumido que el PSC ha perdido las elecciones antes de empezar. En ese caso tendrían que buscar dos cosas: que la hecatombe sea lo más débil posible y preparar el camino para la futura recuperación a cuatro años vista.

Existen varios escenarios que se pueden suponer: que CiU consiga la mayoría absoluta -muy improbable-; que CiU pacte con ERC una opción soberanista y nacionalista donde la ideología -hay que recordar que pertenecen a la derecha y la izquierda respectivamente- quede en un segundo plano en favor de lo identitario; que se produzca una situación similar agrupando a nuevos partidos que podrían alcanzar representación; si la suma da, que CiU y el PP hagan un pacto ideológico a la derecha -que incluiría el Congreso cuando Rajoy quiera alcanzar la Moncloa en 2012- o, por último, que el PSC se suicide y pacte un gobierno con Artur Mas.

Sabiendo que esta última opción es un alocado disparate que supondría la desaparición política del PSC durante décadas -no hace falta explicar por qué-, ya vemos que cualquiera de las otras deja fuera a los socialistas. Y no, el tripartit no es suficiente y no va a llegar. En serio.

Montilla, por tanto, sabe que va a perder el sillón de President. Y Montilla, por tanto, ha hecho algo que demuestra dos cosas: que es un tipo inteligente -si no él, sí quien haya tomado la decisión- y, en segundo lugar, que tiene una gran fidelidad a su partido. Pudiera ser que el resultado electoral o la actitud posterior del candidato dejen todo este artículo en un montoncito que sea catalogado como basura para olvidar, pero parece poco probable. Las matemáticas es lo que tienen.

Existe una gran masa que vota socialista en las generales pero que insiste en abstenerse cuando se trata del Parlament. Siempre ha sido así. ¿Quiénes? Probablemente esos que como Montilla vinieron de fuera y viven y trabajan en Cataluña pero están despreocupados de las cuestiones sobre lengua, patria y bandera. Les queda lejos, y se limitan a elegir a sus representantes en el Estado donde el debate no está tan obsesionado en ello. También es natural que el PSC busque su voto en las áreas metropolitanas, esos municipios donde reside la clase media trabajadora -sea catalana o de fuera- que puede optar por un centro-izquierda que hable de sus problemas laborales y sociales: ese partido que creen que puede arreglar su vida y del que se sienten cerca. Precisamente ese partido que había quedado desdibujado por sus socios de gobierno.

Las opciones están claras: hay independentistas y nacionalistas de izquierdas; hay nacionalistas catalanes de derechas y nacionalistas españoles de más a la derecha -sería también interesante hacer un análisis de la estrategia del PP, que tiene su miga y va a provocar una importante subida-. Hay que contar con Ciutadans, Reagrupament y la creación de Joan Laporta. ¿Qué falta? El nuevo Monti. Un tipo que vino de Córdoba en busca del sueño catalán y que está preocupado por el futuro de los trabajadores, la educación, la sanidad, la dependencia, el medio ambiente, la industria, el crecimiento económico y el deporte de los niños. Así de simple. El hombre que ahora hace discursos épicos cargados de ideología y conciencia de clase perfectamente exportables a cualquier lugar donde exista un público similar -vaya, un rincón aleatorio de un país occidental-.

Otra ventaja estratégica para Montilla es que se puede poner el traje de gran gestor responsable. ¿Es incoherente formar gobierno con dos partidos y querer formar otro renegando de ellos? No necesariamente. El nuevo Montilla se ha cansado de repetir estas semanas los avances que a su juicio se han producido estas dos legislaturas -la primera de Maragall-, los logros conseguidos desde una óptica de izquierdas y la responsabilidad inevitable que suponía pactar un gobierno que pudiera garantizar una mayoría de progreso que hiciera reformas importantes. Al mismo tiempo ha intentado explicar que ahora hace falta otra cosa, otra mayoría con otros propósitos. Y por si faltaba algo, a su traje le ha añadido la corbata de la honestidad atreviéndose a pedir perdón por posibles errores, actitudes, palabras o carencias políticas.
Ara Catalunya entra en una nova etapa. I nosaltres, els socialistes, també.
Lo dijo él, José Montilla. Blanco y en botella. Es la única forma de distinguirse durante la campaña electoral del resto de candidatos, que tienen un espacio excesivamente definido, y la única también de poder redirigir su tarea de oposición y de futura alternativa a un hipotético gobierno de Convergència i Unió, contra el que ya se han atrevido a hacer una campaña compleja pero bien ideada. En ella se presenta a la que se intuye alternativa natural como una continuidad negativa: Artur Mas de lo mismo. En todo caso, esta estrategia dará al futuro PSC una opción para venir recolocados y no tener que reinventarse desde cero en la oposición, que obliga a una mayor definición e intensidad de propuesta que la tarea ejecutiva -es decir, que salvo si eres Rajoy, la oposición te da más opciones a ser quien realmente eres que un gobierno atado con compañeros poco amantes de la discreción-. Si además CiU no alcanza mayoría y opta por la geometría variable al estilo Zapatero, el PSC podría encontrarse con una gran capacidad para dejarse ver como segundo grupo de la cámara desde un perfil que no suene a recién comprado sino a coherente con lo que se prometió a los electores. Esa posición también permitirá por fin que, como en esta campaña, lleven adelante su propio y asumido discurso catalanista, comprometido con la cultura y los valores de la sociedad catalana, sin verse absorbido por espectros radicales que no le corresponden. Cuatro años después podría funcionar en las urnas, en función de los éxitos o desgracias del nuevo Ejecutivo.

Tras la noche electoral va a ser difícil calcular que habría pasado si el President hubiese optado por mantener la opción tripartita, puesto que sería comparar datos electorales reales con un caso de ficción, pero de momento algunas encuestas anuncian que, instalado en la derrota, el PSC mantiene el tipo y no cede votos tras el anuncio. Todo hace pensar que José Montilla -quien se entiende que no seguirá dirigiendo a los suyos tras perder el gobierno- ha iniciado un camino de preparación de su partido para la nueva situación institucional tras el 28 de noviembre, ya con otro líder. Sin duda será un favor que deberán agradecerle, incluso sabiendo que no había más opción. Si bajara un angelito del cielo y la estrategia sirviera para ganar con alguna aritmética extraña, pues mejor para él. No pasará.

04/11/2010

Grandes polémicas de España. Hoy: sin misa ni apellidos

Zapatero y el líder de la Iglesia Católica, Joseph Ratzinger.
Fotografía de Associated Press en elpais.com

El Partido Popular, y su líder y referente ideológico Mariano Rajoy, están que trinan. ¿Por los Presupuestos Generales o la rendición a los crueles nacionalismos? Hoy no.

Hay escritos aquí mismo artículos similares a éste en fondo y forma, pero no hay que cejar en el empeño. Resulta que todos los días se publican en el Boletín Oficial del Estado reglamentos, anuncios y cositas legales en general de lo más diversas; pero de vez en cuando alguien aparece ante una propuesta y grita: ¡quieren distraer la atención! Suelen ser asuntos con miga para sacar la maleta de la demagogia y el chiste hispano. Entonces, esos mismos tipos están meses y meses hablando de aquello que según ellos sólo era una trama para desviar la atención. Podríamos suponer que son limitados y les gusta caer en trampas ajenas -y además reconocerlo- o quizá que están de acuerdo en ese temible ejercicio llamado "desviar la atención" y, por tanto, se quejan de sí mismos.

Todo ello podría ser estudiado por un buen psicólogo. Bibiana Aído sabe de esto, ya que sufrió mucho tan extraña afición política. Eso sí, en su caso la polémica solía ser de naturaleza ficticia; vamos, que ni siquiera contaban con ella para montar sus propias cortinas de humo. ¡Con una oposición así da gusto!

Hay otra posibilidad alternativa o complementaria a la anterior, también conocida por el gran público, que se llama "mientras a mí me preocupe esto no haga usted nada más". Es un viejo planteamiento que podemos ejemplificar con la crisis económica: como hay crisis, es una soberana estupidez hablar de ancianitos que mueren solos, de mujeres maltratadas, de homosexuales o del asfalto de las calles de una ciudad del norte. ¡Hay crisis, no desvíen la atención! ¡Disuelvan ya el Ministerio de Agricultura, que nadie sabe para qué vale! ¿Cómo?, ¿que ya no se llama así? ¡Pero bueno! ¡Qué vergüenza! Y esos que acusan se ponen de nuevo a hablar durante meses de aquello que está pensado para desviar la atención, tal vez porque así no hay que proponer cosas nuevas sobre el foco de ¡atención! que a decir de ellos mismos es interesante. Un ciclo eterno.

Una de las características de las medidas a criticar suele ser que económicamente no suponen ningún gasto -a veces al contrario-; y su debate bastaría con resolver si estamos de acuerdo o no con un par de argumentos, votarlo, plasmarlo en un papelito, enviárselo o no a su majestad para que lo firme -y así de paso que no se le agarroten los huesos, criaturita- y ponernos a otra cosa dejando a cierto canal de televisión -o a algún escritor, si prefieren ese género- la tarea del circo, la comedia y la exageración. Pero no, a nosotros nos va la marcha.

Hoy se ha dado uno de estos casos: el Gobierno propone modificar la Ley del Registro Civil para actualizar el criterio de colocación de apellidos a los hijos y, como era de esperar, se ha acabado el mundo. El PP de Rajoy, ese gran defensor de las cosas que importan, ha aparecido rápidamente en escena para decir que el debate "es innecesario". Dentro de cinco o seis años ya dirán que lo que ocurre es que están en contra, tal y como indica el diccionario castellano-PP/PP-castellano. Si el Partido Popular dice que "algo no es prioritario" o que "no interesa a la sociedad" está queriendo decir que está en contra. Hubo un tiempo en que eso de casar hombres y mujeres o mejorar la cobertura legal de mujeres y médicos en los casos de aborto no era tampoco "una prioridad". Ya con el tiempo nos enteramos de la verdad de su pensamiento -que por otra parte intuíamos-: eso, que está en contra.

Todo el debate consiste en que el Ejecutivo quiere "democratizar" el orden de los apellidos, de tal forma que se acabe la supremacía paterna y se genere una mayor igualdad. Y nada más. En realidad lo que nace es un nuevo espacio de libertad -por el mismo precio- ya que la decisión de cuál va primero dependerá de ambos progenitores, que si están deseosos de mantener la tradición podrán hacerlo. Sólo en caso de desacuerdo el método será novedoso: orden alfabético. Nada especialmente traumático que, de hecho -no sé por qué siempre acabamos añadiendo esta coletilla, por qué será- ya existe de forma similar en otros países, de esos con los que nos gusta compararnos. Se puede entender por tanto que si a alguien le preocupa la medida es porque en realidad es un hombre que presume su incapacidad para fiarse de su pareja o llegar a acuerdos con ella; así que el problema es otro que el afectado debería empezar a arreglar cuanto antes por el bien de las criaturas que vengan. También puede ser que ese alguien pertenezca al Partido Liberal Español. Esto... Popular, Popular. Qué cosas. ¡Liberal, vaya gracia!

Lo que pretende la reforma socialista, volviendo al tema, no es sólo un gesto de cara a la galería, sino algo más de fondo que, como siempre, ha pasado desapercibido en el debate humorístico -de dudosa gracia- habitual: se contempla la posibilidad de un cambio por procedimiento urgente en casos de violencia de género. Habla Consuelo Abril, según cita El País: Se han dado casos de hijos de mujeres que han sido asesinadas por sus parejas que han buscado por todos los medios eliminar el rastro del maltratador, extirpando, incluso, sus apellidos. "Se impone el sentido común. Para algunas pesonas acciones como éstas son importantísimas. Para algunos hijos de mujeres asesinadas o maltratadas es un auténtico drama llevar el apellido de ese hombre". Y hasta ahora también era un drama burocrático conseguir ese cambio. ¡Se puede hacer feliz a la gente con tan poco!

Esto, por supuesto, es una superficialidad para desviar la atención, una teoría a la que cabe decir que se ha adherido Izquierda Unida en boca de su portavoz en el Congreso Gaspar Llamazares. Piensa el buen hombre que desaparecerán todos los apellidos que empiecen por las letras de la mitad final del abecedario: vaya, que el señor Llamazares no cree en la posibilidad de que la mayoría de españoles se lleve bien con su pareja y puedan llegar a un acuerdo común. A todo esto, el PP no ha anunciado que se se vaya a abanderar frente al Gobierno junto a las empleadas del hogar que se mueven en la irregularidad -podríamos pensar que esto sí es importante- y buscan una solución. Total, la mayoría son de esas de por ahí, que dirían algunos. Ellos están preocupados por lo que importa de verdad, como que al Presidente del Gobierno de un Estado aconfesional le haya dado por cumplir con las propias normas de su país y no vaya a asistir a un acto religioso, limitándose a recibir a un Jefe de Estado en un acto civil. Vergonzoso, ¿eh? Zapatero nos paga una fiesta y encima queremos que venga para restregárselo por toda la cara. ¡Ja! Somos geniales en el PP. Ahora resulta que no ir a misa es una falta de respeto: el liberalismo va a llegar. ¿He dicho liberalismo otra vez? Qué cosas. Qué decir si vamos más allá: estar enfadado por tener que pagar del bolsillo de todos semejantes fastos es poco menos que un acto de locura intolerable. Hoy a algunos les apetecía meterse con Zapatero por este hecho -doy fe- y resulta que tienen que salir en su defensa por una -presunta- idiotez.

Por cierto, agárrese la tripulación -y sí, este final tiene como única intención tocar las narices-: dice Julio Anguita que tiempos de crisis como éste son los propicios para un cambio en el modelo de Estado. Vaya, que la III República debe ser lanzada hoy mejor que mañana. ¡Ja! ¡Discutan, hijos míos!