Las palabras que siguen están cargadas de incorrección política, por lo que no recomiendo su lectura a fanáticos e intransigentes. De ningún tipo. Todo sea por evitarnos un disgusto.
Ayer supimos que el Diccionario de la Real Academia se ha actualizado con la incorporación de nuevos términos extendidos entre los hablantes, condición indispensable para que pasen a formar parte del inventario oficial de nuestra lengua. Entre esas palabras se encuentran 'meloncete', muchacho poco avispado; 'muslamen', muslos de una persona, especialmente los de mujer; 'antiespañol', contrario a todo lo relacionado con España o 'cultureta', con una doble acepción: actividad cultural que no alcanza un nivel aceptable, por un lado, y persona pretendidamente culta, por otro. Todas éstas, entre otras, se pueden ya consultar en su página oficial.
La RAE, esa institución de apariencia vetusta, tiene más enemigos que detractores; y probablemente con mucha razón. Pero es verdad que la lengua y sus códigos normativos están empezando a ser perseguidos como si escribir bien, sin faltas de ortografía, con cohesión textual y coherencia básica fuese un acto de prepotencia, de pedantería o, aún peor, de estupidez. Es la vieja historia del tipo que se ríe estrepitosamente de aquel que sabe más que él -y sólo por esa razón-. Se ha extendido una suerte de alegato en pro de la mediocridad que empieza a resultar preocupante y que tal vez tenga tintes de excusa proteccionista: es más sencillo, siempre, pintar de rebeldía nuestras propias carencias. ¿Sabes una cosa? Yo no tengo nada en contra de las derivadas de funciones trigonométricas; sencillamente reconozco mi incapacidad para enfrentarme a una y seguir neuronalmente vivo unas horas después. No pasa nada.
Muchas veces, cuando algunos jalean la muerte del castellano en Cataluña pienso si acaso, hoy por hoy, está protegido en Madrid; donde los alumnos de la enseñanza obligatoria la abandonan con una incapacidad épica para expresarse en su propia -y única- lengua. A veces me pregunto también si los signos ortográficos que abren exclamaciones e interrogaciones molestarían tanto si tuviesen valor icónico para alguna identidad nacional, patriótica o cultural. ¿Lo tienen? Da igual.
Sea como sea, los códigos sirven para algo, y la lengua en su conjunto para transmitir mensajes. Cuántas veces habremos escuchado eso de "y qué más da, si yo me entiendo". Sí, puede ser. Pero lo que no entiendo yo es por qué mantienes monólogos delante de mí, gesticulando y ocupando mi campo visual y auditivo para concluir que "tú te entiendes". Idiota.
No. Es la grandeza de la comunicación.
Si algo me encanta de internet es que en este medio cualquiera puede expresarse y ser escuchado. No es necesario haber pasado por una universidad, ni tener ingresos con los que mercadear oraciones subordinadas a intereses, ni tampoco buenos contactos que aseguren el glorioso hueco de la columna de un periódico de tirada nacional o interplanetaria. Aquí uno llega, escribe, y vence. O no. Y el público aplaude o escupe sin tener demasiada consideración particular con el apellido o seudónimo del escritor en cuestión. Maravilloso, ¿verdad? El triunfo histórico de la libertad de expresión.
Una de las profesiones que se basa en el lenguaje y en la lengua es la periodística. Sirve para transmitir cosas. Lo reconozco, no soporto a los articulistas que dan vueltas y vueltas enfangándose en correosos y elitistas términos en los que esconden el vacío de su contenido real, sobre el que luego se fuman un puro a la salud de su bendita gloria. La suya de sí mismos, digo. Mira a ese tipo: todos le adoran, nadie sabe lo que ha dicho. ¿No es otra forma de mediocridad? ¡Por supuesto! Creo en la profesión informativa y de opinión que sirve para construir una sociedad libre e informada. Libre para los Doctores, libre para el campesino. Vaya, esto ha quedado un tanto comunista, qué horror. Sí, ya, deberíamos aprender muchas cosas de muchos campesinos. Por eso precisamente.
Hay otra cosa que me encanta: la literatura. La magia del verbo que no sólo ejecuta sino que también exprime lo ejecutado, le da vueltas, lo convierte en maleable y lo arrastra hasta dejarlo hundido y carente de significado, o cargado de él. El lugar abstracto en el que ese significado que tú ves y el que yo escucho no son parecidos a nada que exista, ni hermanos entre sí. Ni se quieren conocer. Y aquí quería llegar yo. Porque sí, todo lo anterior tenía la única y firme intención de llegar a un punto concreto, que es éste. ¿Podrías haberte ahorrado la lectura? Leer es bonito, venga. Digo yo. Pues verás: si creo en la lengua es porque además creo en la posibilidad de cambiar cosas; y la palabra es el vehículo. Y cosas también son leyes. Por eso, hace cinco años me manifesté a favor de la reforma legal para que dos hombres o dos mujeres pudiesen contraer matrimonio, porque creía en ello. Matrimonio con ese nombre, y no con otro, porque la Ley... ¡la Ley! no puede ni debe discriminar, en ningún sentido, tampoco el lingüístico. Resulta que la -ahora hay que poner voz solemne- Real Academia de la Lengua Española ¡dice! que matrimonios hay dos: el civil, y el religioso.
En serio, lo dice. "Unión de hombre y mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales". Ahí va la primera acepción. Unión de hombre y mujer. Unión de él con ella, sí. Y la segunda -que es la que va después de la primera-: "En el catolicismo, sacramento por el cual el hombre y la mujer se ligan perpetuamente con arreglo a las prescripciones de la Iglesia". Pero además después aclara y concreta: "Matrimonio civil: el que se contrae según la ley civil, sin intervención del párroco". La ley civil. ¡La ley civil! Antes de nada, nuestra ley de leyes, que es la Constitución, ¿qué dice sobre esta cochinada de casarse? Pues que "el hombre y la mujer tienen derecho a contraer matrimonio con plena igualdad jurídica". El hombre y la mujer, no el hombre con la mujer. Vaya, que el derecho es de ambos, con independencia de con quién lo ejerzan. Y dice además que "la Ley regulará las formas de matrimonio, la edad y capacidad para contraerlo, los derechos y deberes de los cónyuges, las causas de separación y disolución y sus efectos". ¡La ley otra vez! No, no, ¡la Ley, con mayúscula expresión! Y qué dice. Pues vamos al Código Civil: "el hombre y la mujer tienen derecho a contraer matrimonio conforme a las disposiciones de este Código. El matrimonio tendrá los mismos requisitos y efectos cuando ambos contrayentes sean del mismo o de diferente sexo". Artículo 44. Fin de la discusión.
Ya está. Pues no, no está. ¿No está? Pues no. Y no está porque los colectivos LGTB, que defienden los derechos de homosexuales, transexuales y bisexuales quieren que la RAE reconozca también el matrimonio homosexual en su diccionario. De la misma forma, hay toda una plataforma ciudadana creada para que "gallego" deje de significar en su quinta acepción "tonto", o en su sexta "tartamudo". A las organizaciones feministas les enfervoriza que "jueza", en su segunda acepción, signifique "mujer del juez". Y tantas otras cosas que no gustan, que no son ya socialmente correctas o que al menos no lo son en un entorno o en una región lingüística determinada. Pero todos se equivocan.
Estas reivindicaciones están cayendo en el absurdo error de convertir un diccionario de la lengua en fuente de derecho. Catastrófica estupidez. Según este argumento un católico radical podría argumentar su contrariedad al matrimonio homosexual libro en mano, agitando las páginas cual ogro. Y no, ocurre que los diccionarios no tienen ideología; ni el de la RAE, ni el María Moliner, ni cualquier otro que tenga como única pretensión la explicación de la lengua que recoge. Porque se trata de eso. No sirven para resolver conflictos judiciales, ni para orientar un argumento u otro durante un debate y en él poder decir: mire, lleva usted razón porque lo pone aquí. Aquí, aquí.
No, de verdad. Un diccionario es, cito al diccionario, el "libro en el que se recogen y explican de forma ordenada voces de una o más lenguas, de una ciencia o de una materia determinada". Y nada más. Y la lingüística es lo "perteneciente o relativo al lenguaje". Y nada más. Lengua, no derecho. Lengua, no sentimiento. Los diccionarios no sentencian; agrupan y explican. Y deben agrupar y explicar lo que existe, no lo que queremos que exista.
Si una política española vuelve a utilizar 'gallego' como insulto, volveré a opinar que además de una falta de respeto en una representante pública, por ser éste un gentilicio, es un acto de una torpeza inconmensurable -enorme, que por su gran magnitud no puede medirse-. Pero no exigiré la retirada de ese concepto del diccionario porque ¡miles de personas lo siguen usando! No, pediré que ella a su vez pida disculpas. Las batallas legales se ganan en las urnas. Las batallas sociales se ganan en la calle. La RAE, al contrario de lo que muchos piensan, no sirve para imponer, sino para explicar y aceptar normativamente lo que de hecho existe: "limpia, fija y da esplendor". Y tiene sentido, especialmente en la lengua escrita. Todos hemos asumido, coloquialmente, la voz inglesa 'spray'. La RAE no lo ha impuesto ni lo ha prohibido; simplemente nos ha indicado que en nuestro código escrito será espray. Y se acabó. ¿Estáis seguros de que los académicos han aceptado 'abertzale' porque todos ellos, de manera unánime, son favorables al independentismo vasco? Suena raro, ¿verdad? Y absurdo, lo sé.
No sé qué pensaran los indignados colectivos de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales sobre esto. Yo, por mi parte, no voy a dejar que la legitimidad o no de mis conquistas legales dependan de lo que decidan unos señores mayores sentados en sillones con letras. Sería muy alternativo, sí; pero no lo acabo de ver claro. Es justamente al revés: ganarse la legitimidad de la calle hará que a todas las acepciones ya existentes sobre la palabra matrimonio -que no son incorrectas- se sume una más, que también lo será.
Y todas son correctas, sí; incluso la que afirma que "jueza es la mujer del juez". Los diccionarios tienen también una gran labor cultural; y sirven para ayudar a la interpretación de textos antiguos en nuestra propia lengua. Tras varios siglos de existencia, muchos vocablos han ido variando su significado. Por eso, cualquier persona que haya leído algo más que Harry Potter -que por cierto es un libro estupendo- debiera saber que jamás la literatura debe ser leída literalmente, sino literariamente. Qué cosas. El diccionario nos ayuda a leer a Cervantes y entender lo que él dijo, que se entiende que es el objetivo, alejado del pretendido entender lo que yo quiero que diga. Yo me entiendo.
En fin. Muchos intentan convencer al Partido Popular, con mucho acierto, de que el Tribunal Constitucional no es una tercera cámara. Pero no es menos cierto que el Tribunal sí es un órgano judicial legítimo y democrático que interpreta un texto votado por todos los ciudadanos. ¿Qué es la RAE? Una institución lingüística. En ella no se escriben nuestros destinos; en ella nos dicen cómo escribirlos y nos explican qué significa lo que ya hemos escrito. Las vergüenzas narradas por nosotros mismos no desaparecen eliminándolas al estilo orwelliano, de Orwell, que por cierto era un gran escritor. En inglés. Es más bien al revés.
Me gusta la literatura, decía hace unos párrafos. En el instituto tuve la suerte de tener un gran profesor para esta materia. Un buen día se sentó en su mesa, cruzó los pies a su manera -siempre la misma- y comenzó a leer un fragmento de un libro de Camilo José Cela. Cuando no habían transcurrido ni tres minutos la clase se divertía. Sin Cela. Él dejó de leer, cerró el libro, nos miró con semblante serio y nos preguntó qué sabíamos de él. De Cela. Descruzó los pies, se levantó. Y quedó flotando una reflexión pronunciada por él. Por Cela no, por mi profesor. Seguramente, lo que sabríamos de este escritor en el futuro es que fue un hombre tosco, antipático en público; o tal vez algo de su vida sentimental. Pero allí, en aquellas letras ya perdidas en el aire seco de un aula se contenía la gran sensibilidad de un hombre capaz de narrar hechos para los que no valían los ojos de un tipo frío o calculador. En aquellas páginas se podía conocer y recorrer a otro hombre distinto. Era justo conocerlo. Se fue. Mi profesor se fue.
Y nos quedó la literatura, y nuestra lengua. La capacidad para respetarla a ella para, con ella, respetarnos nosotros; y sobre todo para usarla en la comunicación de sentimientos, de realidades y también de justas reivindicaciones con las que gritaremos conceptos y acepciones; unas antiguas, otras nuevas que crearemos a nuestro servicio jugando con lo que tenemos y lo que vendrá de fuera. También, con ella, con nuestra lengua, entenderemos tiempos pasados, los repetiremos y los repudiaremos. Aprenderemos otras, otras lenguas. Las mezclaremos. Será maravilloso. Con todo esto escribiremos nuestra propia vida, la llenaremos con nuestras propias palabras. Unos señores -tal vez igual de rancios que los que hoy se encargan de esa gran labor, o tal vez menos- meterán esas palabras en un libro; y gracias a ello nuestros hijos podrán entender lo que escribimos y lo que conseguimos. Nuestros logros y nuestras miserias. Y así, nadie tendrá que hablar por nosotros. Ni tampoco por ellos.
30/07/2010
De lo lingüístico, lo jurídico y lo sentimental
Escrito por
Jorge Barraza
Clasificado en
Educación y Universidad
29/07/2010
La tauromaquia y los argumentos de la calle
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| Viñeta de Ramón en El País. |
En el día de ayer el Parlament de Catalunya votó una reforma legal para prohibir la lidia del toro en esta Comunidad después de que prosperase una iniciativa legislativa popular con más de 180.000 firmas. El debate que mantuvimos durante la mañana protaurinos y antitaurinos a través de diversas redes fue apasionante -por apasionado-; y en él se detectaron algunos 'lugares comunes' que convendría resaltar, cosa que voy a hacer sin la más mínima dosis de distancia. A continuación adjunto las tripas de mi opinión, justo es advertirlo, con un poquito de mala baba.
"Prohibido prohibir"
La proliferación de lo que he querido bautizar como anarquismo -que no liberalismo- selectivo en nuestra sociedad, o entre ciertos ámbitos ideológicos, es llamativa. No hace falta bajar a la calle: el mismo Presidente del PP, Mariano Rajoy, ha hecho causa contra las prohibiciones o limitaciones del Gobierno -tabaco, bollería en las escuelas...- mientras abogaba por usar la misma palabra frente al burka; o se plantea desde hace años contrario a ampliar derechos -y por tanto a prohibir o limitar los ahora existentes- en torno al matrimonio homosexual o la nueva regulación del aborto.
Por eso, el "prohibido prohibir" parece que esconde una frase más extensa: "prohibido prohibir aquello en lo que estoy de acuerdo". Así sí. ¿Debilidad argumental o salida con complejos para no defender directamente lo que uno cree?
En todo caso, algunos seguimos pensando que "lo normal" -ver párrafo y epígrafe siguientes- es que los Estados regulen. Y a nosotros, a todos, nos queda discutir qué es lo que queremos regular -o no- y por qué queremos hacerlo -o no-. De nuevo ante nosotros se sitúa la obsesión de los españoles con los debates filosófico-primarios: cada vez que hay que discutir si queremos pintar la pared en verde o en azul ponemos en cuestión por qué existe la pared. Pesadilla.
En línea con lo poco que nos gusta prohibir se afirma que "lo normal" sería que el mercado acabase con ello: que la gente deje de ir a las 'fiestas' taurinas porque cada vez gustan menos, éstas dejen de ser sostenibles económicamente y por tanto desaparezcan. Como idea es bonita, pero tiene lagunas. Básicamente, que no parece contar con las innumerables promociones públicas -presupuesto incluido- que tienen estos festejos populares. Hablamos de posibilidad -pueden ser inviables desde la iniciativa privada-, cuando de hecho en algunos lugares ya lo son a día de hoy en ausencia de las instituciones.
El toreo como esencia patria nacional
Es decir, que para los "españoles normales" -"los de toda la vida"- el fútbol, los toros, la tortilla de patata y el potaje de la abuela son los elementos que les convierten en ello; en "españoles normales". No hay valores democráticos o sociales ni una causa común que justifique la (ponga aquí voz solemne) "unidad indivisible de la nación española". Qué va, estamos unidos gracias a Manolo Escobar. Y para qué más. Tanto es así que el PP quiere declarar la tauromaquia como 'fiesta de interés general y cultural'. ¿Esperan que los madrileños, andaluces o asturianos antitaurinos se sientan más españoles tras esa hipotética aprobación?
La batalla nacionalista y el enemigo socialista
La portada de El Mundo de hoy ya lo dice todo. Las ha habido incluso mejores. Porque, amigos, todo esto es un montaje nacionalista para romper España y, lo peor, una venganza por haber ganado el Mundial de fútbol. Así, con todas sus letras, nos lo han explicado Rajoy y su compañero de filas Mayor Oreja. Se me ha ocurrido pensar que a estas alturas Canarias debería ser independiente después de haber impulsado la misma prohibición en 1991, pero ya me han advertido que esto es demagogia barata. Es verdad, sin embargo, que anunciar cómo España se desangra por el debate taurino es sólo representar la más profunda realidad.
En otro orden de cosas, Esperanza Aguirre en particular y el PP en general, están haciendo un profundo ridículo por su extraña obsesión enfermiza con ver socialistas hasta en el aceite de la ensalada; que digo yo que si así fuera y viviéramos en una España plagada de topos de Rubalcaba el amigo Zapatero no tendría sudores fríos pensando en cómo acabar esta legislatura. El caso: tanto los que hablan de la afrenta nacionalista como los que ven en la prohibición un nuevo ataque catalanista de Zapatero obvian interesadamente que esta regulación legal partió de una iniciativa legislativa popular iniciada por asociaciones 'animalistas' o ecologistas no vinculadas ni a ERC, ni al PSOE, ni a ETA, ni a su madre de todos ellos en bicicleta por el campo. Y obvian también que si de los antitaurinos depende habrá que poner a caer de un burro a la mayor parte de los diputados del Partit dels Socialistes de Catalunya: de los 37 que hay en el Parlament ¡sólo tres votaron a favor! Incluido, por cierto -en los votos negativos-, el President Montilla, que es blanco de los medios de la derecha pero ha comprado su argumento favorito: voto "por la libertad". También se han subido al carro patriótico muchos miembros del Gobierno de España que, por si alguien lo dudaba -y pensando seguramente que no está el patio como para plantar más jardines-, hicieron saber de manera inmediata que se dejarían caer por las plazas en fechas próximas con amplias sonrisas de apoyo a la causa de las banderillas. Pues sí, cualquier antitaurino los pondría a caer de un burro. Ahí va: ¡Traidores! ¡Sinvergüenzas! ¡Bestias pardas! Ala, ya está. La culpa es de los socialistas, no faltaba más, ¡pero hombre, señora, eso lo tendría que decir yo; que ellos están de acuerdo con usted!
La verdad es que el asunto taurino es de esos que llamamos 'transversales', poco tiene que ver con partidismos o ideologías. Sin embargo, en la política española el PP y el PSOE son algo así como los Latin King y los Ñetas: vaya el asunto con ellos o no, si pueden aprovechan la ocasión para curtirse a leches como buenas bandas rivales. Ahora deberían estar de acuerdo si no fuese la dirección nacional del PP la mayor fábrica nacional de frikis, sólo por detrás de Telecinco. A estas horas deben andar pensando en embotarse todos en un traje de faralaes y echarse a las calles a defender... ¿cómo era?: ¡lo que de verdad importa! Además, en jerga juvenil, ellos sólo han venido buscando movida...
...y si no ganan en el patio se chivan a la profe
El PP anunció de manera previa a la votación definitiva del Parlament que, de prosperar ésta, presentaría un recurso ante el Tribunal Constitucional. No, ya sé que a nadie le sorprende a estas alturas. Aún no sabemos cuáles serán los argumentos jurídicos, ni si habrán contado para tomar esa decisión con sus compañeros canarios, impulsores y principales defensores del prohibicionismo taurino en las islas. Tampoco nos explicamos por qué hace dos décadas el PP nacional no defendió la patria y sus esencias como ellas merecían. El mojo canario frente al gazpacho andaluz. ¡Qué dura prueba!
El aprovechamiento nacionalista
Hay que distinguir conceptos. Una cosa es que la intención inicial no fuera o fuese romper España, y otra distinta que, aprovechando que la cosa se ponía jugosa, los buenazos independentistas hayan visto que la idea mala no es, aunque venga de atrás. Toda oportunidad perdida queda luego en nuestra triste historia. Así que estos señores han decidido que las tradiciones del maltrato a los animales son buenas o no en función... ¿pensaban que iba a decir del lugar de procedencia? ¡Malditos ingenuos! No hombre, no: del dinero que dejan. Y es que las fiestas populares con arraigo siempre son una buena fuente de ingresos para los ayuntamientos -éstas sí-. De ahí que los 'correbous' y similares, muchos ejecutados de manera sobradamente más salvaje que una corrida en una plaza, no sólo no estarán prohibidos sino que ¡hasta podrían ser protegidos! ¡Como el PP quiere hacer con las corridas! ¿No es maravilloso? Así que, efectivamente, los nacionalistas catalanes no pueden erigirse en defensores de la ecología en tanto que defienden las mismas bestialidades -y mucha más hipocresía- que los nacionalistas españoles; o quienes sean esos que defienden la llamada fiesta nacional.
Eso sí, algunos sin mala intención nos querían convencer de algo, cosa tonta: esto es "o todo o nada". "Si no se prohíben los 'correbous'... ¡no puedes estar a favor de esta ley!" Y contesto: sí, se puede compartir el cambio pidiendo más. Ocurre que a quien esgrime este argumento le gustaría que no se apoyase ni el todo ni el poquito, pero ésa es otra historia. ¿Y por qué no se prohíbe la investigación de armas con animales?, me preguntaba mi buen primo. La respuesta: ¿y quién te ha dicho que a mí me guste?
Y vamos al tema en cuestión: a los antitaurinos nos gusta comer chuletones de ternera
Pues efectivamente. A mí, además, me gustan poco hechos; de esos a los que les sale un poquito de sangre, que están como más jugositos. Pasiones gastronómicas del hijo de un cocinero, al fin y al cabo. El caso es que les voy a explicar la sustancial diferencia entre la cadena alimentaria y el maltrato animal. Uno lleva casi toda una vida pasando tres o cuatro meses al año correteando por una aldea gallega. Y allí estaba mi abuela, que un día, afanadamente, se remangaba, sacaba los conejos de su felicidad lechuguina y los mataba. Es verdad que, en mi más tierna elefancia, me ocultaban el momento del asesinato masivo por ser visualmente desagradable; pero allí estaban ellos bien -pero bien- alimentados y dispuestos para caer en la cazuela. Y qué ricos estaban los jodíos. Los que hemos tenido ocasión de 'crecer' en el campo y saber de dónde vienen los huevos -que no, no es del supermercado- teníamos siempre una ventaja desorbitada en las clases de Conocimiento del Medio, esa estupenda asignatura de primaria que lo mismo valía para hablar de neutrones que de estómagos. Y efectivamente, amigos: matamos animales para comer porque somos animales que comen. ¡Qué sorpresa!
El caso es que cuando a mi abuela le daba por matar conejos no sacaba un capote y los toreaba prado abajo, ni les ponía fuego en las orejas, ni salía mi tío montado en burro para ir tocándoles un poquito sus conejas narices, ni estaban encerrados en la oscuridad para salir despistados a semejante espectáculo, ni se cobraba entrada a los vecinos para verlo, ni se emitía en televisión en horario de protección infantil. No, allí de hecho, siempre que era posible, no chillaba ni se enteraba ni el altísimo Señor; padre nuestro que estás en los cielos. Amén.
No me gustaría tener que explicarle a mi hijo, algún día, la razón por la que en España maltratar animales es un delito... salvo si son toros, que eso es tradición. Me gustan los filetes de ternera, sí. ¿Queréis demagogia? Quiero una mujer a la que reventar a golpes cuando quiera liberar mi violencia química masculina. En algún tiempo fue tradición. A ver quién la dice más gorda.
Los animales no tienen derechos
Pues este sí que es un debate interesante, que podríamos abordar desde el punto de vista ético, filosófico o moral. Pero es trampa dejarlo así: "los animales no tienen derechos". No, hay que argumentarlo más. Ayer, el parlamentario popular Vidal-Quadras afirmaba, entre otras cosas, que "el toro está cumpliendo una función que tiene enormes beneficios", aunque ello implique "un coste": su muerte "gloriosa pero dolorosa". "En España no somos budistas", recordó, distanciándose del respeto reverencial de esta religión hacia cualquier forma de vida. "Estamos en una naturaleza donde cada uno ocupa su lugar". Pero es que este mismo parlamentario decía estar en contra de "las torturas a los animales". ¿Y eso cómo se come? ¿Somos superiores para hacer lo que nos dé la gana con cualquier bicho o sólo con uno en particular? Hipocresía, de nuevo, basada en la tradición, en lo nuestro, en lo español de toda la vida. Puede estar o no prohibido el maltrato aninal; pero la legalidad debe ser coherente.
En todo caso: ¿la prohibición piensa más en los animales o en las personas? ¿A quién se pretende proteger? Quienes agitan supuestas razones morales para justificar su oposición al matrimonio entre dos hombres o dos mujeres que adultos y conscientes deciden formalizar una unión; ¿podrían entender oposición moral al maltrato público de un ser vivo para limitar éste, con independencia o no de los derechos que tenga o le queramos dar al ser mismo? No sólo hablamos de derechos de los animales, también y especialmente de los que nos conciernen a nosotros como personas capaces de razonar.
Porque, ¿qué es lo que nos gusta de la fiesta taurina?
Tal vez encontremos el consenso si definimos la diversión; es decir, si hallamos el punto en el que el espectador la alcanza en mayor grado. Una posibilidad es que el espectáculo se reduzca al hombre frente al toro -sin más- y otra bien distinta que el espectáculo tenga como motivación precisamente el sufrimiento del animal, llegando el máximo apogeo de la celebración con la muerte misma del toro. Si se produjese una resistencia a retirar las connotaciones violentas del espectáculo para mantener únicamente el supuesto acto valiente del hombre frente a la bestia y sus capotazos varios, deberíamos entender que la segunda opción sería la correcta: se disfruta con el sufrimiento y la decadencia del animal. Pero si pensamos que no es así, y observamos el ejemplo de otros países donde ya existen esas limitaciones es posible que podamos dejar de hablar de prohibición para dejar paso a la reinvención; otro modelo de fiesta sin maltrato.
Y por último: hay otras cosas más importantes
Es el viejo argumento utilizado para justificar contrariedad con algo; el definitivo: "es que no es prioritario". Más pataleta. Pero es verdad, ¿eh? Lo que ha demostrado el hecho que ayer vivimos es que una movilización ciudadana bien administrada puede servir para algo. Cataluña tiene unas características especiales en su configuración parlamentaria: mucha variedad, sensibilidades identitarias y hasta un partido verde -que no se dejan ver por el resto de España- con representación. Con esto, unos tipos que querían aprovechar todas estas cuestiones para conseguir su objetivo, que no es otro que la abolición de la tauromaquia, lo han hecho: han recogido sus firmas necesarias (más, en realidad) y han sacado adelante su propuesta con un debate parlamentario que por cierto fue muy serio, con expertos de ambas partes y en el que no se habló en ningún momento de España o del interés por romperla. ¿Cree usted que hay cosas más importantes que hacer? ¡Salga a la calle, bolígrafo en mano! Ningún político le va a negar una propuesta con amplio respaldo popular; ¿no cree? No hay mayor prioridad en democracia que la voz de la mayoría; y ésa es la que se ha expresado en este caso.
Escrito por
Jorge Barraza
Clasificado en
Reflexiones sociales
27/07/2010
Tomás Gómez y el PSM: cuando el problema eres tú
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| Fotografía recogida en la web del PSM. |
Ya tenemos tema político del verano, y no son las leyes que hay en camino -sea la de cajas de ahorro o sea la reforma laboral-, ni los movimientos de exteriores en Cuba, ni Salgado tomando el sol, que según cierto medio es motivo de portada. Qué va. Aquí lo que nos gusta es la política ficción y por eso el asunto estival es especular con las cabezas de cartel de los socialistas a las próximas elecciones en Madrid, tanto municipales como autonómicas.
Sería absurdo narrar la historia del PSM o cómo se ha llegado hasta aquí. Está escrita, los madrileños están hartos de ella y, al fin y al cabo, empieza a resultar aburrida. Hablemos por tanto de lo concreto y presente.
En primer lugar, sorprende la torpeza política de quien está ideando esta absurda estrategia de filtraciones. Filtraciones, sí. Porque aunque como siempre cierto sector de la militancia del partido está culpando de sus males al mensajero -el grupo PRISA-, si las informaciones llegan a la portada es porque alguien ha provocado que estén ahí, y estúpido sería un medio no publicando una información contrastada que obra en su poder. A día de hoy Tomás Gómez niega la mayor, gran parte de miembros destacados del PSM -y hasta viejas glorias como el ex Presidente Leguina- salen en su defensa... pero la otra parte implicada calla. El silencio de Chaves, que es el único que podría acabar con los rumores, es indicativo. Vaya, que a todas luces la reunión que cuentan la SER y El País existió, matices aparte.
Si una cosa es evidente es que la izquierda lleva años sin levantar el vuelo en Madrid. La capital se da por perdida hasta el punto de que a nadie le preocupa demasiado quién será o no el candidato; y la oposición ni siquiera es visible ante los ciudadanos. Y ése es precisamente el gran problema: ¿cómo pretenden los genios de Ferraz que cuaje un candidato en Madrid en tres meses o que los ciudadanos tomen en serio a un enviado especial que se retirará el día después de la jornada electoral? ¿Hay alguien que quiera votar a quien sabe que no está ahí por compromiso con una causa o un ayuntamiento? Una ciudad, cualquiera; se gana trabajándola. Los madrileños no son idiotas; y lo peor que le ha ocurrido al PSOE en la capital de España es precisamente que estos piensen que a los socialistas ni les interesa ni les importa Madrid. Apatía política absoluta. Pero más aún: ¿cómo piensan que la militancia querrá trabajarse a un líder que ni siquiera tienen, ni han elegido, ni es de los suyos -en el sentido estricto del concepto-?
Todos parecían tener claro en mayo de 2007 que si la izquierda quería ganar posiciones en terreno hostil debía trabajar intensamente durante cuatro años; pero de nuevo, a unos meses de las elecciones no hay nombre y sí muchos titulares. Nadie ha aprendido nada. Es posible que la mayúscula estupidez sea entender la política municipal y autonómica en relación a la política nacional; un vicio absurdo y sin sentido que demuestra que algunos de los que mandan no entienden en qué consiste esto. Es necesario que toda marca territorial de un partido tenga identidad y líder propio, no sólo porque sus ciudadanos tendrán necesidades particulares que identificar en su momento en una urna concreta, sino porque además, desde el punto de vista de la estrategia política, sólo así es posible desvincular los errores de unos y otros no entrelazándolos. Pretender hoy que alguien que pudiera ser calificado como enviado de Moncloa gane unas elecciones en Madrid con la que está cayendo puede clasificarse en la sección de humor, no en la de política seria. Zapatero no ha ganado ninguna elección en Madrid en época de prosperidad económica; ¿ganaría su marca en plena crisis?
Dejando el paracaidismo aparte, en la Comunidad la historia ha sido diferente a la del abandonado ayuntamiento; pero insiste en repetirse una y otra vez. Por más intentos que se hagan de arrojar balones fuera, el principal problema del PSM no es Aguirre, ni los medios de la derecha, ni los cambios sociológicos en Madrid, ni los discursos, ni... No. El principal problema del PSM es el PSM. ¿Nadie recuerda qué pasó en 2003? ¿Se nos ha olvidado por qué el estupendo Simancas se quedó acariciando la Presidencia? Porque dos militantes del PSM se ausentaron en una votación. Y sí, había por medio constructores y cargos del Partido Popular; pero sed serios: dos diputados socialistas no aparecieron para pulsar el botón; los madrileños ni pueden ni van a quedarse con otra cosa. Ahora, casi ocho años después, es el propio Partido el que torpedea a su líder, sea por arriba o por abajo. Es decir: es de nuevo el Partido Socialista quien hace esfuerzos para perder las próximas elecciones.
Si hay que analizar a Tomás Gómez de manera más o menos imparcial podríamos concluir que es un líder sin carisma, discurso hueco -si es que tiene discurso-, absolutamente desideologizado y con poco tirón. Vaya, lo que nadie querría. Pero es el líder que los socialistas de Madrid han elegido y quien desde entonces ha protagonizado la oposición al Partido Popular, para bien o para mal. Verlo caer empujado desde arriba diría muy poco a efectos públicos de su partido. Cuentan las crónicas que en la sede de la Calle Ferraz manejan encuestas que dicen, bendita casualidad, que sin Tomás Gómez hay opciones de pujar por la presidencia, hoy en manos de Aguirre. Cuentan otras crónicas que en la sede de la Plaza de Callao manejan otras encuestas que dicen, bendita casualidad, que Tomás Gómez estaría en condiciones de ser Presidente. En fin, esto es lo que pasa cuando los políticos encargan encuestas para hacerlas públicas: que no suelen tener la finalidad de saber qué piensa la gente.
Gómez ganó de manera apabullante las elecciones en Parla y convirtió a su Partido en una fuerza prácticamente hegemónica. Es decir, que a juicio de sus vecinos fue buen alcalde; pero esto no le convertiría en un buen presidente autonómico, como ser buen presidente no te convierte automáticamente en un buen político municipal. Y de hecho, ser todas esas cosas puede no ir en relación con ser buen candidato. Como decía antes, ámbitos distintos requieren soluciones distintas. En todo caso, es evidente que si hay madrileños que puedan estar en estos momentos dudando de su voto ante la posibilidad de revalidar o no a la Presidenta Aguirre, no estarán dispuestos a votar a un partido que está dando, en pleno vacío informativo veraniego, un espectáculo dantesco. Quienes intentan ahogar a Gómez deberían saber que están hundiendo al PSM en el mar del olvido y la insignificancia política; máxime cuando, ante la nueva IU y la irrupción de UPyD, los socialistas ya no están solos en la subasta de bondades alternativas. Aunque a lo mejor esto no importa y estamos ante un tema más sencillo: el reparto del ministerio de la oposición, que tan bien ha tratado a tanta gente. Sea como sea, Gómez ha pasado de decir "voy a ser el Presidente de la Comunidad de Madrid" a decir "quiero ser el candidato del PSOE a la Comunidad de Madrid". Jackie Chan habrá aprendido de Aguirre una nueva táctica de lucha: como derrotar a tu adversario -ante el que por cierto aún no se ha medido-... sin hacer absolutamente nada.
Escrito por
Jorge Barraza
Clasificado en
Comunicación y periodismo,
Reflexiones políticas
22/07/2010
Tu sonrisa y una voz
Hoy no voy a aburrir a nadie con un discurso eterno de opinión política. Ni siquiera voy a hablar de política. Tampoco voy a expresar afinidad por un gobernante o un partido; porque quienes me conocen saben que no me gusta hacerlo en público, ni sería justo cuando día a día critico a unos y a otros desde mi todavía posible independencia, que espero no matar -sólo yo podría hacerlo-. Aunque lo parezca, no voy a hacer nada de eso. Hoy voy a utilizar un espacio pequeño para hablar de sentimientos grandes. Porque en la política no sirven, en la legislación tampoco; pero en la vida, y en cómo nos movemos en ella, sí. Y probablemente no seríamos personas si decidiéramos ocultarlos. Ya no se lleva el estilo del hombre duro, serio y frío. No hace falta -y creo que en mí no cuela-. Nosotros también lloramos.
Hace diez años José Luis Rodríguez Zapatero fue elegido Secretario General del PSOE. En ese entonces yo tenía 13 años, así que poco sabía de política más allá de lo que podía escuchar en casa; aunque curiosamente y por primera vez no me sentía raro por desconocer el nombre del tipo de portada porque mis padres estaban igual que yo. Menos de cuatro años después, ya más crecidito, consciente de lo que pasaba a mi alrededor e interesado en ello seguí la noche electoral que dio la victoria al hoy Presidente mientras me comía unas fresas con nata -sí, esos detalles ridículos que por alguna razón uno no termina de olvidar-. Pasaron otros cuatro años tras los que Zapatero fue reelegido. Y pasaron unos meses y llegaron ante mí unos ojos brillantes que hablaban de todas estas cosas; se ilusionaban, lo vivían como si cada paso dado fuese lo más grande que se podía vivir. Y sí, de aquellos ojos aprendí mucho; para bien y para mal.
Hoy he visto el vídeo que repasa la trayectoria de Zapatero al frente de su partido -que no de su Gobierno-. Y he pensado que existen muchas personas por el mundo que luchan por defender cosas simplemente porque creen en ellas. De verdad. Gente que, a pesar de la triste imagen de la política y de nuestros políticos de cabecera, ciertamente merecida, tienen ideales que, equivocados o no, parten de un interés por el bien común. Gente que, probablemente, y así lo espero, tenga refugio en cualquiera de nuestros partidos democráticos. Yo conocí a una persona que se emocionaba escuchando a Zapatero hablar sobre igualdad, paz o diálogo; y no porque lo dijese él sino porque son términos cargados de significado.
Pero conocí, además, a una persona que había vivido motivos para creer que era necesario hacer algo más que votar cada cuatro años. Discrepamos en muchos temas, en muchas formas y hasta en nuestro modo de vivir, que era políticamente incompatible; pero el fin era el mismo y las ideas parecidas, casi miméticas. Por eso en aquellos días le prometí que nunca abandonaría mi compromiso con la verdad. Por eso le dije cuando así me lo pidió que pasara lo que pasara tendría en mí una voz que se alzaría cuando ante ella se quebrase una causa justa. Ésa misma voz que nos unió.
Hoy guardo una pelota pequeñita, de esas de hacer malabares. Está aquí conmigo, observando atenta mientras acaricio en ella pensamientos. Es de varios colores y un día significó sonrisa, una preciosa y divertida que espero que hoy siga existiendo. Sé que sí. Para mí ha pasado a simbolizar algo muy grande, que acompaña a cualquier recuerdo o anhelo: el compromiso que un día adquirí cuando intrigado subía a mi casa dándole vueltas y pensando en lo enorme que era ser feliz para siempre. Dentro de esos ocho colores están escritas muchas líneas que hablan de cumplir sueños; y cada día que yo me acerque al destino de los míos intentaré que sea ayudando a otros a alcanzar los suyos. También los tuyos.
Ésta es, en realidad, mi definición del periodismo. Contar cosas, sin dejarse influir por nadie, para que todos podamos ser más libres y más iguales. Un ideal que no es utópico y sólo necesita un compromiso. Un ideal que no es ideológico, está por encima de toda orientación. Algunos unen su potencial honradamente a unas siglas políticas, un mundo que sé que no se hizo para mí. Otros a una organización social o a una causa científica. Yo he encontrado mi manera de contribuir escribiendo y hablando, que es lo que al parecer sé hacer. No sé si algún día me iré a fotografiar una guerra o si haré crónicas en el Congreso, si investigaré o sobrevolaré desgracias ajenas, si tendré una columna de opinión o si sencillamente trabajaré como administrativo o cocinero, dignísimas profesiones, mientras actualizo mi blog para aquel que lo quiera leer. Pero en cada una de esas letras estará grabada aquella promesa; que ya ha marcado mi vida y que marcará todo lo que, desde hoy, escriba. Tal vez dentro de otros 23 años -qué curioso- en un julio distinto me siente frente al mar y le pregunte a un atardecer si lo he hecho bien. Seguramente él no me conteste, y sin embargo quedará algo al fondo, o grabado en la arena con mis pies. Hoy, antes de empezar, sé que nada hay más importante que tener la sensibilidad de mirar esos ojos brillantes que te piden fuerza para darles alas y libertad, y sabemos que quedan muchos en el mundo que necesitan que se hable de ellos. Por eso voy a cumplir mi promesa, siguiendo los valores irrenunciables que este mundo conlleva. No la había olvidado, pero hoy se ha hecho presente. Tampoco olvidaré nunca lo que esta pelota que me acompaña significa: que las palabras, aunque surjan entre lágrimas, sirven para algo. Tienen que servir para algo. Sí, vamos a hacer que sirvan para algo.
Hace diez años José Luis Rodríguez Zapatero fue elegido Secretario General del PSOE. En ese entonces yo tenía 13 años, así que poco sabía de política más allá de lo que podía escuchar en casa; aunque curiosamente y por primera vez no me sentía raro por desconocer el nombre del tipo de portada porque mis padres estaban igual que yo. Menos de cuatro años después, ya más crecidito, consciente de lo que pasaba a mi alrededor e interesado en ello seguí la noche electoral que dio la victoria al hoy Presidente mientras me comía unas fresas con nata -sí, esos detalles ridículos que por alguna razón uno no termina de olvidar-. Pasaron otros cuatro años tras los que Zapatero fue reelegido. Y pasaron unos meses y llegaron ante mí unos ojos brillantes que hablaban de todas estas cosas; se ilusionaban, lo vivían como si cada paso dado fuese lo más grande que se podía vivir. Y sí, de aquellos ojos aprendí mucho; para bien y para mal.
Hoy he visto el vídeo que repasa la trayectoria de Zapatero al frente de su partido -que no de su Gobierno-. Y he pensado que existen muchas personas por el mundo que luchan por defender cosas simplemente porque creen en ellas. De verdad. Gente que, a pesar de la triste imagen de la política y de nuestros políticos de cabecera, ciertamente merecida, tienen ideales que, equivocados o no, parten de un interés por el bien común. Gente que, probablemente, y así lo espero, tenga refugio en cualquiera de nuestros partidos democráticos. Yo conocí a una persona que se emocionaba escuchando a Zapatero hablar sobre igualdad, paz o diálogo; y no porque lo dijese él sino porque son términos cargados de significado.
Pero conocí, además, a una persona que había vivido motivos para creer que era necesario hacer algo más que votar cada cuatro años. Discrepamos en muchos temas, en muchas formas y hasta en nuestro modo de vivir, que era políticamente incompatible; pero el fin era el mismo y las ideas parecidas, casi miméticas. Por eso en aquellos días le prometí que nunca abandonaría mi compromiso con la verdad. Por eso le dije cuando así me lo pidió que pasara lo que pasara tendría en mí una voz que se alzaría cuando ante ella se quebrase una causa justa. Ésa misma voz que nos unió.
Hoy guardo una pelota pequeñita, de esas de hacer malabares. Está aquí conmigo, observando atenta mientras acaricio en ella pensamientos. Es de varios colores y un día significó sonrisa, una preciosa y divertida que espero que hoy siga existiendo. Sé que sí. Para mí ha pasado a simbolizar algo muy grande, que acompaña a cualquier recuerdo o anhelo: el compromiso que un día adquirí cuando intrigado subía a mi casa dándole vueltas y pensando en lo enorme que era ser feliz para siempre. Dentro de esos ocho colores están escritas muchas líneas que hablan de cumplir sueños; y cada día que yo me acerque al destino de los míos intentaré que sea ayudando a otros a alcanzar los suyos. También los tuyos.
Ésta es, en realidad, mi definición del periodismo. Contar cosas, sin dejarse influir por nadie, para que todos podamos ser más libres y más iguales. Un ideal que no es utópico y sólo necesita un compromiso. Un ideal que no es ideológico, está por encima de toda orientación. Algunos unen su potencial honradamente a unas siglas políticas, un mundo que sé que no se hizo para mí. Otros a una organización social o a una causa científica. Yo he encontrado mi manera de contribuir escribiendo y hablando, que es lo que al parecer sé hacer. No sé si algún día me iré a fotografiar una guerra o si haré crónicas en el Congreso, si investigaré o sobrevolaré desgracias ajenas, si tendré una columna de opinión o si sencillamente trabajaré como administrativo o cocinero, dignísimas profesiones, mientras actualizo mi blog para aquel que lo quiera leer. Pero en cada una de esas letras estará grabada aquella promesa; que ya ha marcado mi vida y que marcará todo lo que, desde hoy, escriba. Tal vez dentro de otros 23 años -qué curioso- en un julio distinto me siente frente al mar y le pregunte a un atardecer si lo he hecho bien. Seguramente él no me conteste, y sin embargo quedará algo al fondo, o grabado en la arena con mis pies. Hoy, antes de empezar, sé que nada hay más importante que tener la sensibilidad de mirar esos ojos brillantes que te piden fuerza para darles alas y libertad, y sabemos que quedan muchos en el mundo que necesitan que se hable de ellos. Por eso voy a cumplir mi promesa, siguiendo los valores irrenunciables que este mundo conlleva. No la había olvidado, pero hoy se ha hecho presente. Tampoco olvidaré nunca lo que esta pelota que me acompaña significa: que las palabras, aunque surjan entre lágrimas, sirven para algo. Tienen que servir para algo. Sí, vamos a hacer que sirvan para algo.
Escrito por
Jorge Barraza
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Diario personal
17/07/2010
El debate de las naciones: sentimientos y mentiras
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| La selección española de fútbol festeja junto a la afición la victoria en la Copa del Mundo. Publicada en rtve.es, la fotografía es de Sergio Pérez para Reuters. |
España, Cataluña; las naciones. Una o varias. Son eternos debates, pero ¿hemos abordado ya el debate real? Siempre que hablamos de los conflictos territoriales en España surgen las voces del sentimiento. Quien más o quien menos tiene ya una opinión formada sobre la cuestión; pero casi siempre sustentada en el ámbito sentimental. La exaltación nacional, el dramatismo histórico; el y tú más y tú peor; aquí no me quieren, tú me sobras, esto es mío y yo he venido aquí a hablar de mi libro son en cualquiera de sus variantes y posicionamientos actos de tinte sentimental. Y los sentimientos no se deben legislar. Puede ser correcto, oportuno o legítimo agitarlos en el debate político; pero no sirven de nada cuando deben conjugarse en pro del entendimiento y la convivencia común. A cualquier conclusión en el ámbito de un debate se llega únicamente por la vía de la racionalidad, y esta nunca se encuentra en el fondo de los instintos emocionales.
Hablemos del modelo de Estado. Si pudiéramos imaginar por un segundo que España es en efecto una nación que nadie pone en duda ni de la que intenta desgajarse observaríamos que a la hora de abordar la otra pregunta ahora dormida, "cómo queremos gobernarnos y representarnos", se dan exactamente las mismas circunstancias. Tanto ser republicano, como ser monárquico como ser otra cosa tiene siempre una vinculación ideológica que a su vez representa un sentimiento ajeno a la extensión llanamente política en clave de futuro. Por razón de nuestra historia reciente el republicanismo se ha vinculado a la izquierda, la derecha extrema a un rancio militarismo y en los últimos años la opción monárquica parlamentaria se ha cubierto de un halo de efectividad práctica un tanto forzada. En todo caso; casi nadie se para a valorar si una república en cualquiera de sus tipologías posibles o probables haría más efectivo este país, o más manejable, o más unido, o más estable, o más próspero. Al hablar de sistemas el debate se limita a la triste guerra, el color de una franja de la bandera o la legitimidad de aquella república que fue y no duró. Ni siquiera la justísima Ley de Memoria Histórica ha servido para calmar esa herida abierta. Qué decir del otro lado, en el que incluso aún alguna minoría justifica la dictadura. Sin embargo no hablamos de organización territorial o institucional, ni de garantías jurídicas ni de derechos o deberes ni de cómo queremos gestionarnos. El debate es siempre abstracto, con el corazón en un puño y sacando en él hasta la última víscera; las que nos corresponden y las que no. Por eso, cuando en alguna ocasión se propone el "republicanismo democrático rojigualda" alguno mira como quien ve un marciano. A estas alturas la heráldica o el color de la bandera no tendría que ser el debate máximo; sino qué representan y, sobre todo, a quién. Por eso el objetivo debiera ser buscar esa cómoda mayoría, o esa comodidad de la mayoría; sabiendo imposible que un Estado se sustente sobre normas básicas ideologizadas y dispuestas no para aglutinar sino para vencer al eterno enemigo. Ahora hay dos extremos que se alimentan entre sí: un modelo de republicanos que luchan por su ideal república socialista con líneas rojas ya determinadas y frente a ellos los antirepublicanos primarios que interiorizan el mensaje qué vienen los rojos. Nunca ninguna de las partes cederá y, como siempre, existe una masa moderada de entrada conservadora -los cambios sólo cuando sean imprescindibles- que es la que, llegado el momento de la necesidad, decidirá. Entre tanto, otros debieran entender que no podemos construir el futuro nacional en base a un pasado, cada uno el suyo; sino en base a las necesidades que tenemos para el futuro. Y saber también que el Estado debe ser esa herramienta que sirva de modo común a los ciudadanos; lo otro son programas electorales con los que concurrir cada cuatro años a unas elecciones. Ahí es donde interviene el sistema de mayorías; pero dentro de otro superior ya aceptado por todos. Y nacen entonces la estabilidad y el progreso.
Si con esta base regresamos al modelo territorial descubriremos que se repite el procedimiento: el debate se basa en la sospecha, el tópico, la cerrazón variable y el oportunismo. Cualquiera que haya estudiado al menos el bachillerato LOGSE sabe que efectivamente la historia de la península es complejísima y debe ser tenida en cuenta. Muy tenida en cuenta. Pero más allá de las realidades existe una excesiva mitificación. En el fondo, y por poner un ejemplo conocido, por estas tierras llegaron los pueblos árabes llamados por unos visigodos que tenían que resolver sus asuntos. Y claro, si a la visita le gusta el panorama y hay una ausencia de poder puede que se quede. Hoy lo que permanece en nuestro imaginario colectivo es la gloria tras expulsar al enemigo invasor. Pues vale, pero esto desde el inicio de los tiempos ha sido una orgía de pueblos, etnias y culturas condenadas a entenderse; jamás una base de RH común e indivisible. Si añadimos que la mayor parte de las decisiones y cambios dependieron de conspiraciones, traiciones, bodas, líos de cama, cuernos y amiguismos podremos entender por qué hoy nuestros ayuntamientos son como son; pero no mucho más.
A pesar de eso somos distintos entre nosotros, ésa es una evidencia. Pero, ¿estamos interesados en convivir o existe un interés en fomentar el odio visceral? Vamos a acudir precisamente al mencionado bachillerato y al eterno comentario de las diferencias educativas autonómicas. He extraído la forma que tiene un libro de texto de Cataluña y otro de la Comunidad de Madrid de contar el mismo acontecimiento histórico, elegido al azar: La Mancomunitat de Catalunya. [Las negritas son propias].
La Llei de mancomunitats és el resultat de l'actitud pactista de la Lliga amb els Governs de Madrid, després de la Setmana Tràgica. Francesc Cambó, líder de la formació catalanista i diputat a les Corts, aconsegueix que les quatre diputacions provincials catalanes es puguin unir amb finalitats administratives [...]. Evedentment això queda molt lluny d l'autonomia i no s'ha de veure com un reconeixement del particularisme català.Creo que se entiende bien. El libro con el que yo estudié decía esto:
A diferencia de los nacionalistas vascos, la mayoría de los catalanistas eran liberales, no pretendían la independencia y, a partir de 1917, aceptaron incorporarse al Gobierno de España. Su principal partido era la Lliga Regionalista, fundada en 1901 y de tendencia conservadora. Su principal ideólogo fue Enric Prat de la Riba, que [...] defendió la identidad nacional de Cataluña y propuso una federación de nacionalidades ibéricas. En 1914, bajo el gobierno conservador de Eduardo Dato se estableció una primera institución que tenía atribuciones para las cuatro provincias catalanas, la Mancomunitat.Las diferencias son palpables. No es que uno de los dos mienta o manipule porque al fin y al cabo se entiende que los libros de texto están redactados por profesionales, a pesar de que sea una instancia política quien intervenga en el esquema de contenidos. De hecho vienen a decir casi lo mismo. El asunto, como salta a la vista, es la intención. Es decir, la forma de contarlo y el mensaje indirecto que subyace en el contenido que se transmite al alumno. Rara vez he encontrado en el ejemplar catalán el término "España". Tanto es así, que donde yo estudié la asignatura 'Historia de España' ellos estudian 'Història'. Divididos desde la portada. Intencionadamente se repite la idea "gobierno de Madrid". Madrid es el enemigo a batir; es sin duda la personificación del mal. A su vez, el libro madrileño habla insistentemente de España y, como en este pasaje, suaviza las cosas cuando se trata de los otros reinos o las otras naciones, a los que se trata con condescendencia paternal. Hay que ver lo buenos que hemos sido y lo mal que nos tratan, es el mensaje final. Hay que ver lo malos que han sido con nosotros y la gran heroicidad de nuestros oprimidos, debe entender un alumno catalán, a los que cada mínimo gesto se les presenta como una victoria frente al Estado que les desprecia. En cualquier caso cada uno destaca la parte que le interesa. Un círculo vicioso y constante.
¿Interesa a alguien? Por supuesto. Y se ha agravado desde la creación del Estado de las Autonomías y la acumulación de enormes poderes por parte de sus gobiernos -que no es intención criticar-. En realidad, a pesar de que Cataluña o Euskadi estén siempre en el centro del debate estos odios mutuos se reparten por toda la geografía: León frente a Valladolid, la Andalucía oriental frente a la occidental, Valencia frente a Cataluña, Navarra o Cantabria frente a Euskadi o muchos frente a Madrid. Y tantos otros. Los gobiernos autonómicos, especialmente donde hay partidos nacionalistas, han sabido explotar muy bien ese impulso sentimental que de nuevo es el motor de todo. Si se le comenta a un valenciano cualquiera que su gobierno da una imagen pésima de su tierra o se hace la mínima crítica sobre él siendo foráneo, la posibilidad más habitual es que salte como un resorte tachando de antivalenciano a su interlocutor por querer destruir su tierra y decidir sobre ella. Eso como poco. Hay un discurso de identificación entre quien ejerce el poder, el sentido patriótico y el sentimiento básico que impide sostener la racionalidad del debate. Todo es malinterpretado. Todo juega contra alguien de manera psicótica. El mismo juego lo ha entendido ahora Esperanza Aguirre en Madrid, explotando mágicamente esa idea de "a Cataluña le dan lo que es nuestro". Y funciona: sin el enemigo catalán y sin ampliaciones de Metro no ganaría las elecciones porque el resto de su gestión se basa en asuntos políticos internos de su formación e intereses diversos. Pero sobre eso está el poder de la pertenencia, del enemigo, de la supuesta agresión.
Este artículo ha surgido de la serie de tres que ha escrito el buen amigo de debates Javier Maján. En ella (puedes leerla aquí: I, II y III) analiza el impacto de la victoria de España en la copa del mundo de fútbol sobre las cuestiones del debate territorial y el sentimiento patriótico desde la óptica de un andaluz que desde hace ya varios años reside en Cataluña. Esto de aquí es una respuesta menos analítica y más orientada a la opinión particular sobre la posición general en la que se encuentra España.
Uno de los principales problemas, como dice Javier, es la demonización de los conceptos. De nuevo es todo sentimental y parte de mitos, de rencores y de odios que no siempre están ajustados a la realidad histórica y sí y mucho al interés político. Uno de esos casos es, como comentaba antes en referencia al libro de historia catalán, el empleo constante del nombre de Madrid para generar rechazo centralista. Y para esto me voy a permitir reproducir literalmente algo que ya escribí hace tiempo: Madrid, esa tierra soberbia, chulesca, autoritaria y con ánimos y actitudes centralistas está formada por más de seis millones de habitantes. ¡Seis! Es la tercera Comunidad con mayor población del Estado -por detrás de Andalucía y Cataluña- y sin embargo una de las más pequeñas territorialmente. Y la pregunta: ¿de dónde salen seis millones de personas en un espacio tan pequeño? En la década de los 50 del pasado siglo Madrid tenía una población de en torno a un millón y medio de habitantes, y en 1981 casi alcanzaba los 4.800.000 tras el ‘boom’ migratorio de otras regiones, en menos de treinta años. Tras esa primera explosión migratoria la Comunidad ha seguido aumentando, con una segunda década alcista en los 90 apoyada por el nuevo flujo migratorio, en este caso exterior. Así configuramos la Comunidad de los seis millones de personas actuales. Traducción: en Madrid lo que menos hay es madrileños. Aunque tal vez la mejor muestra son las operaciones salida y retorno que organiza la DGT en cada periodo estival y fiestas de guardar; que son básicamente esas en las que los pérfidos madrileños se lanzan a la conquista del resto del territorio. No, en realidad vuelven a su tierra.
El centralismo no es una cuestión territorial, es una idea o forma de organización política. A la ciudadanía madrileña, de hecho, le ha costado en no pocas ocasiones muchos disgustos tener el Ayuntamiento y las Cortes Generales a escasas calles. Pero no, Madrid es sólo sede de las instituciones del Estado español; no es en sí misma origen del mal. ¿Quién es más centralista; el diputado de IU por Madrid -nacido en La Rioja y que desarrolló su carrera política en Asturias, por cierto- o uno del PP por Badajoz? ¿Los representantes de ERC en el Congreso son los políticos de Madrid, o qué otra cosa exactamente? De no ser así, ¿quiénes son esos políticos de Madrid que gobiernan España? ¿La ministra Chacón?, ¿Bono?, ¿Chaves? Ridículo. Pero se dice así: el gobierno de Madrid, Madrid decide que... y los políticos de Madrid. En otros países esto supone la identificación abstracta de la sede del poder central, sin más. Aquí no, es la identificación del enemigo en la figura de una ciudad o una región sobre la que emergen los estereotipos. Es verdad; la sede del Congreso está en Madrid y la mitad de la población española ni siquiera sabe que esa institución está compuesta por Diputados que representan sus provincias y cobran dietas para ir de un lado al otro. Una lástima.
A pesar de lo anterior sería mentir afirmar que el centralismo como concepto no tiene un buen refugio en las calles de la capital. Sí, lo tiene. Seguramente porque fuera de su tierra la mayor parte de personas que han llegado aquí entienden que lo común a todos es el concepto de España -no necesariamente su bandera, puesto que esto como ya hemos comentado tiene más que ver con otros posicionamientos políticos-. Y aún así lucen con orgullo la andaluza o la canaria. Rojas y de siete estrellas no se ven muchas fuera de los balcones de los ayuntamientos. Pero tal vez lo que muchos no quieren ver, en una lectura diferente, es que probablemente quienes se han desplazado y mezclado no puedan entender que haya que decidir si queremos vivir juntos cuando, efectivamente, vivimos juntos. También en la Cataluña llena de andaluces, como su President, motor mucho tiempo de su crecimiento económico. También en la Euskadi llena de gallegos. Es lógico que quienes han disfrutado las ventajas de una España unida no quieran permitir que otra idea anide en su interior. Pero no olvidamos lo negativo: lo anterior se alimenta con el centralismo comunicativo -y éste sí es nítido-: los medios, con sede habitual en Madrid, suelen obviar lo que ocurre lejos y engrandecer lo que afecta a la gran ciudad. En todo caso, los mayores centralistas los ha encontrado un servidor paseando por los pueblos de la profunda y variada España. De verdad. Y más aún, y a pesar de todo, el mejor ejemplo de centralismo lo hemos vivido esta semana durante el desarrollo del debate sobre el estado de la nación -española, se entiende-. Uno de esos políticos de Madrid, Duran i Lleida -entra en el cupo, ¿no?- sacó a colación incluso los Decretos de Nueva Planta. Y es que el 70%, así a ojo, del contenido del debate estuvo dedicado íntegramente a lo que ellos llaman conflicto catalán. El conflicto bilateral de Cataluña con España. Pero esta atención en las instituciones comunes a una parte minoritaria de la población y la representación política no es centralismo, es justicia. Entre tanto, un 20% de población activa en paro, la de Barcelona y la de Ceuta, deseaba saber si alguien tiene alguna idea al respecto de lo suyo. Pero lo suyo no está para los políticos que les representan. Y tampoco, ojo, para los nacionalistas españoles que viven muy bien de la defensa de la unidad indisoluble y todas esas cosas tan bonitas y no tienen que esforzarse en reventar su cabeza con datos económicos y soluciones viables. Y así estamos.
El portavoz de ERC afirmó vehementemente ante Zapatero que "de España plural, nada", porque lo que tenemos es una "España castellana". Castilla se ha convertido en el otro enemigo; pero ¿qué es Castilla? Aquí existe más indefinición aún que en el caso madrileño, y sólo podríamos regresar a los Decretos de Nueva Planta o a reyes diversos para explicarlo.
El otro bando -en España siempre hay otro bando- no se queda corto. Esto es España y a quien no le guste que se vaya. Qué vamos a decir, al fin y al cabo, del reino orgulloso de haber expulsado a los judíos condenándose al ostracismo y la boina. Pues eso. Algo es urgente reconocer: los nacionalismos 'periféricos' ganan al nacionalismo central en argumentos históricos. Porque los tienen, sería inútil negárselos. De este lado de la abstracta frontera existe desde hace siglos un sueño imperial culpable de los males que hoy vivimos. Algunos parecen convencidos, aún hoy, de que la única forma de sostener una gran nación, país, Estado, llámelo usted como mejor le siente... es uniformar y homogeneizar. Absurdo. La pasada legislatura de Zapatero se nos demostró con una política moderada, plural y de apertura al diálogo con todos los gobiernos autonómicos que sólo desde esa posición se puede lograr una España más unida, más fuerte: hoy tenemos el Congreso más bipartidista de la historia. Nadie quiere votar o nadie quiere estar donde no le respetan tal y como es. Tras la segunda legislatura de Aznar ERC consiguió el mejor resultado de su historia. Los datos hablan. La cercanía de la lamentable dictadura franquista y los pilares sobre los que se asentó también pesa mucho sobre la coyuntura presente; aunque dejando las correcciones políticas a un lado es justo decir que saben más de represión y aislamiento las silenciosas Galicia o Extremadura de lo que puede recordar la más protestona burguesía catalana. La diferencia es más bien ésa: el nivel de queja en estos años. Y les honra, por supuesto.
Una de las posiciones más débiles ha sido la referente a la política lingüística. Son muchos quienes están convencidos de que la única forma de sostener un ente unitario es la existencia de una lengua común. Peor: de una lengua única. Ya lo decía Fraga, muy afanado: ¡no es español, es castellano! Llegaron a cambiarle el nombre para que no se notara el fallo. En realidad el castellano no es la lengua propia de muchos territorios de España; lo son otras. El gallego en Galicia -de origen anterior, por cierto- el euskera en Euskadi -que también estaba allí y no fue inventado con ánimo de romper nada- y el catalán en Cataluña. Si a alguien esto le resulta molesto tiene un problema de comprensión de la realidad. Le preguntaron a Serrat: ¿qué lengua prefiere usted hablar? Y él tuvo clara su respuesta: la que me prohíben. -Sí, esto debe significar que ahora habla castellano cuando está en su tierra-.
Hoy por hoy, con la política del garrotazo y las prohibiciones, algunas especialmente recientes, el castellano está completamente extendido salvo en reducidos núcleos; especialmente alguna zona rural de Galicia o Cataluña, y por tanto puede funcionar como lengua de uso común que la práctica totalidad de la población conoce y sabe usar. Llegados aquí no cabe ponerse a discutir sobre ello; ahora sí es lo lógico y tener que usar traductores en el Senado para tomar decisiones comunes sabiendo hablar todos la misma lengua es una soberana estupidez. Pero que conste: no hacía falta llegar aquí. La unidad de un Estado no se basa en lo que hablen sus gentes. Especialmente porque difícil es unir nada cuando esa unidad se basa en la prohibición de la particularidad y la diferencia: unidad e imposición no son términos sinónimos; esta actitud es precisamente causa de gran parte de los conflictos que tenemos abiertos. ¿Cuál sería la mejor opción a día de hoy? La libertad: decida usted que quiere hablar, cómo quiere estudiar y en qué lengua va a rotular su comercio. La administración tiene que limitarse a una posición de imparcialidad; ofrecer a los ciudadanos la opción de usar cualquiera de las lenguas oficiales ante sí misma y proteger todas ellas cultural y educativamente. Fin. ¿Es tan difícil? Para los delirios de unos y otros al parecer sí. Pero sólo el nacionalismo radical español podrá hacer que su lengua común sea perseguida. Sólo el nacionalismo radical catalán, gallego, o vasco hará que su lengua sea repudiada por la mayoría. Una forma clara de verlo: muchos ciudadanos españoles -y por tanto debe haberlos de toda ideología- son partidarios de una unidad ibérica de España con Portugal. En esa unidad, ¿cuál sería la lengua común? El inglés no, porque nosotros no lo hablamos. Son estas cosas, precisamente, las que nos deberían preocupar. El castellano no está menos perseguido en Madrid que en Cataluña: la práctica totalidad de los jóvenes que acaban la educación obligatoria lo hacen con un nivel paupérrimo de expresión y conocimiento de su propia lengua -la castellana u otra- y la incapacidad de expresarse en al menos un idioma extranjero. Ése es el problema; y no cuántas lenguas existan o se enseñen.
Asumido pues que existe en España un caldo de cultivo apropiado para el odio común, especialmente agitado desde esas posiciones que en Cataluña llamarían castellanistas y desde esas otras que han visto en el enemigo español un buen lugar donde refugiarse para justificar su incompetencia, es el momento de regresar al principio. Toda esta reflexión comenzaba con una pregunta retórica que ahora contesto: ¿hemos abordado ya el debate real? No. Ni mucho menos. ¿Por qué? Por esto mismo: llevamos décadas hablando del porqué, no del para qué.
Los políticos catalanistas presentan sus aspiraciones máximas, unas independentistas, otras de lo que llaman 'el autogobierno', pero siempre sin concretar. En Euskadi ocurre lo mismo, bombas mediante en el caso de una triste minoría. Pero siempre nos cuentan el discurso tipo: por qué. ¿Y para qué? Los amigos del independentismo han olvidado que a un Estado hay que dotarlo de unas garantías jurídicas. Y hay que tener un proyecto: saber cuáles son los recursos con que se cuenta, los objetivos que se aspira a alcanzar y explicárselo a los ciudadanos. Y 'los muy pillines' se saltan esta parte, que es en realidad la fundamental. Y es que, más allá del victimismo y la retórica baldía se han empeñado en ocultar las carencias y trampas con las que acuden a plantear sus exigencias.
Exigen autogobierno. Más autogobierno. ¿En virtud de qué? Nos niegan el autogobierno, se lamentan. ¿Qué son entonces las Comunidades Autónomas? Lo que darían muchas regiones/loquequieras del mundo en similares circunstancias por tener el poder de la Generalitat o el Gobierno Vasco es asombroso. Una de las trampas más evidentes es la exigencia competencial: yo quiero gestionarlo todo, todo y todo; y estas transferencias no deben parar jamás. Todos los años me tenéis que dar un caramelo y yo lo tengo que lucir orgulloso ante mi pueblo. A lo mejor han llegado a la estúpida conclusión de que cuando no quede nada que transferir la ciudadanía pedirá el paso último y final. La clave de todo esto es: ¿para qué esas transferencias? Es decir: ¿ha acreditado usted que puede gestionar esto mejor que yo? Lo que hacen los poderes catalanes siempre está bien y lo que hacen los poderes españoles es negativo por naturaleza. Por eso hay que exigirlo. Es un discurso inteligente del que se ha empapado a la sociedad catalana. Y tiene efecto; pero eso no impide que sea una enorme mentira. A veces ocurre, a veces no. Cualquier sociedad inteligente distribuiría sus niveles competenciales en virtud de debates y análisis técnicos: tú puedes gestionar mejor esto; te lo quedas; yo tengo más o mejores recursos para hacer esto, y lo hago. Todo esto, claro, teniendo en cuenta que algunas tienen que ser, por necesidad, gestionadas por el Estado central. Aquí no; aquí las competencias se distribuyen a cambio de orgullos o aprobación de leyes, mercadeo de presupuestos generales y demás burradas varias. Un juego letal para nuestra economía y la eficiente gestión pública. Entre tanto -y éste es el objetivo- los ciudadanos de determinados territorios exigen del gobierno central gestión y de su gobierno autonómico reivindicación. Y estos últimos tan contentos.
Cataluña es una nación. Como lo son Galicia o Euskadi. Como lo es Castilla. Podemos debatir cuáles son estas naciones. Pero si dejamos a un lado el valor jurídico del término y acudimos a la lingüística -las palabras tienen un significado, sí- Cataluña es una nación, en su sentido social, cultural e identitario. Estoy dispuesto a aceptar esto; no tiene mayor trascendencia. Hasta ahí. Ahora bien, ¿derecho de autodeterminación? Todo régimen político democrático es por sí mismo autodeterminado. Existe representación del pueblo catalán en sus instituciones y toman decisiones; por tanto este pretendido derecho no es más que una reivindicación. Respetable, pero reivindicación. El punto más inaceptable del discurso independentista y nacionalista es obviar la legalidad vigente: tenemos una Constitución que en tanto que no sea reformada es la madre de todo planteamiento. A menos que el planteamiento sea la legítima propuesta de reformarla y quien quiera hacerlo disponga de los medios para hacerlo: es decir, consiga el apoyo para hacerlo. No se puede querer montar una realidad legal parelela inexistente. No es legítimo; la única legimitimidad en un Estado de Derecho tiene que ver con la voluntad popular y la Ley, y la máxima de ellas es nuestra Constitución. ¿Queremos reformarla? Entonces habrá que decirlo; explicar qué, cómo y para qué. En todo caso, España sí es una nación, además, en el ámbito jurídico. ¿Qué queremos? ¿Una nación de naciones, un Estado plurinacional, una federación, una confederación, un Estado centralista con regiones, Estados libres asociados? Quien quiera cambiar nuestra norma fundamental en vigor puede decirlo, pero llorar ante el pueblo pidiendo limosnas en forma de escaños no es honesto.
La realidad indica que ni el PNV, ni la izquierda abertzale, ni ERC ni CiU han pensado en algo más allá del sencillo y eterno juego: alimentar odios para sostener un poder basado en el sentimiento. El catalanismo ha pretendido deslegitimar las instituciones españolas; ha actuado como ariete del Tribunal Constitucional dando por hecha una sentencia y su respuesta antes de que ésta existiese. Han convencido a los ciudadanos de que ellos no están sometidos a los tribunales ni a la legalidad; que aquí lo que importa es el número de senyeres que salgan a la calle un sábado bajo el sol. Y sobre todo, que pase lo que pase la legalidad española es digna de ser ignorada. Han llegado a la conclusión de que si no quieren ser españoles no aceptan tampoco las normas españolas; normas a las que los ciudadanos debe estar sometidos en un Estado democrático. O peor: que aún queriendo ser españoles, sus normas sirven si responden a las reivindicaciones y puntos de vista que desean. Hablan de legitimidades históricas; pero como comentábamos en el párrafo anterior sólo en regímenes dictatoriales se habla de legitimades superiores, divinas, caídas del cielo o justificadas mediante imperiosas necesidades del pueblo que heroicamente venimos a salvar. Legitimidad y ley van etimológicamente de la mano. Aquí hay normas democráticas, aceptadas también por el pueblo catalán.
Y con todo, y a pesar de todo, la participación de la ciudadanía en estos debates es a todas luces reducida. El Estatut no logró arrancar a las urnas siquiera a la mitad de los ciudadanos llamados a hacerlo. La famosa manifestación en su defensa acabó con un baile de cifras que, sacando una media -que es la solución más fácil- no ofrece una respuesta abrumadora. ¿Se ha alejado la política institucional de la social? Muy probablemente. Porque efectivamente los ciudadanos no ven que ese debate solucione sus vidas, las haga mejores, asegure la prosperidad económica, amplíe la igualdad, la calidad del sistema democrático o dote de mayor seguridad jurídica al conjunto; que podrían ser los presuntos objetivos de un pueblo al buscar su independencia de otro mayor.
Lo que ven ambos pueblos, a ambos lados, son debates de esencias. Y falta la explicación de qué queremos conseguir. Las otras dos Españas, las de los rojos y los fachas, han encontrado por fin un motivo para agitar juntas la misma bandera. El deporte, como analizaba Javier, ha cambiado el panorama en todos los rincones y ha dotado de significado diferente a lo que nos une. Y tal vez, como también comentaba el compañero, la masa abstencionista de las autonómicas catalanas que sí participa en las generales empiece a pensar un día que lo que ocurre en Cataluña también es asunto suyo; que no toda la política es si somos nación o no y, además, también hay que construir carreteras y educar a los niños. Y eso cambiará las cosas. Llegados a este punto, no basta con que el independentista, en cualquier territorio, explique que le están robando su dignidad si no aclara en qué mejoraría la vida de los ciudadanos una vez conseguido su objetivo y cuáles son las herramientas para hacerlo. Tampoco basta que los nacionalistas españoles insistan en que España es así en virtud de un sistema utilizado desde hace demasiado tiempo: el sistema por cojones; aliñándolo con frases de desprecio e intentos de pisotear todo lo que no huela a eso que nosotros entendemos que es España. España una. La realidad existe, es plural, y hay que afrontarla con madurez.
¿De qué sirve la historia y el corazón cuando tenemos un futuro que construir y un mundo en el que competir? ¿Podemos cuantificar el tiempo y los recursos perdidos en filosofar mientras dejamos a un lado los debates que mejorarían de manera efectiva nuestras vidas? Las pertenencias o las patrias corresponden al interior de cada ciudadano, que decidirá si quiere ser europeo, español, de su pueblo o nada de esas cosas. Pero un Estado tiene que servir para algo, para algo más, para algo práctico; y es ése el punto que nadie quiere abordar, seguramente porque, obviando lo mucho que se enriquecería el debate político cuando este asunto hubiese salido de la agenda, de hacerlo descubriríamos también que la mejor solución sería vivir juntos, pero no así. Volviendo al segundo párrafo se me ocurre preguntar si éste es el modelo de Estado que mejor sirve a los intereses de España. ¿Sería ésa la reforma que desatascaría todas las demás? Y en cualquier caso: si vivimos juntos, ¿no deberíamos vivir siendo iguales?
Los libros de texto mencionados son en ambos casos de la editorial McGraw-Hill.
El autor no se hace responsable de la tediosa extensión del presente artículo, que ha considerado indisoluble en la misma medida que lo es la nación española. Más o menos.
Escrito por
Jorge Barraza
Clasificado en
Reflexiones políticas
15/07/2010
Epic fail
A estas horas y en este mismo espacio debía lucir un artículo de esos infumables, eternos y larguísimos que sólo leen dos personas -y sospecho que el 50%, que es una, debe ser familia- sobre ciertas cuestiones nacionales. Ayer lo dejé así, bonito; preparado para salir a falta de un párrafo de nada y... Windows decidió actualizarse, reiniciarse y mandarlo todo a la mierda; que es ese lugar abstracto más real que el cielo. Porque dirás lo que quieras, pero yo no conozco a nadie que haya ido al cielo; ahora, a la mierda sí. Doy fe. Y efectivamente, el morfema verbal indica que se lo hizo todo él, solito, con afán masturbatorio y disfrutándolo a tope. Actualizarse, reiniciarse y mandarse. Mandarse a la mierda, digo. Ya he dicho mierda tres veces -ahora cuatro- así que entiendo que mi popularidad ha subido como se sube en esta vida: sin hacer nada o haciendo lo escatológicamente necesario. Total, ¡ni siquiera la tecnología valora mi esfuerzo cuando me pongo serio! Ni falta que hace. Paco González no acabó la carrera y ahí está; es una estrella radiofónica. No una mierda de estrella, sino una estrella. El tío. Y eso. Digo yo. Van cinco, que al fin y al cabo era el propósito.
Este párrafo, que es el segundo, sirve para que los gafapastas me digan que esto me pasa por utilizar tecnología de Microsoft y alguno -que se creerá mucho más listo que yo- añadirá que para eso se inventó la opción de guardar, y tal. No les falta razón, así que antes del momento clave en que desfoguen sus malditas frustraciones contra mí me adelanto y les dejo con las ganas. Es un acto tan básico como cerrar la puerta del coche mientras se conduce; y que además sirve para lo mismo: guardarse. Se. Pero os voy a decir una cosa: esto, cuando escribíamos en papel, no pasaba. Chúpate ésa. Ya lo dijo ayer Rajoy: ¡lo lleva escrito a máquina, Zapatero lo lleva escrito a máquina! -comentó con una sonrisa de oreja a oreja-. Tú sí que eres un máquina, ¡jamás perderás algo en la nada! En realidad, ésa es la garantía de que sería un gran Presidente. La tecnología no sirve para nada si perdemos nuestro trabajo por el camino. ¿Sociedad de la información? ¡Anda ya!
Dicho esto, ¿quién se cree este señor que es para decidir por mí cuándo tiene o no que reiniciarse? Rajoy no, hombre; mi ordenador. Vale, no se acaba el mundo; y este pequeño desahogo viene a ser la pública muestra de mi incompetencia. La moraleja: niños, recordad que nunca hay que dejar para las siete de la mañana lo que podéis hacer en diez minutos a las tres. De la mañana. De una mierda de mañana. Y van seis. Sobre todo por la sustancial diferencia que hay entre opinar sobre naciones con la cabeza lúcida y hacerlo con un mosqueo de mil pares de huevos. Si además después sales de casa, todo el mundo te empuja, tu coche se queda paralizado porque en hora punta tu ayuntamiento se pone a recoger basuras -o mierdas, ¡ja!- y todas esas cosas, el mosqueo es de muy padre señor nuestro. Que por cierto es una expresión que me encanta. Intentaré, eso sí, decir lo mismo en fondo y forma. Sobre las naciones, digo. Y basta de lamentos; que lamentarse es de mediocres y a mí, por desgracia, no me quedan abuelas.
Entre tanto, para amenizar la jornada voy a publicar un vídeo que descubrí hace unos días gracias a uno de los tipos más mejores que conozco, siempre por debajo de lo aquí presente, claro, que soy yo. Yo. Ya está, lo he escrito en mayúscula, y para eso necesitaba un punto. Yo, el Rey. ¡A que mola! Bueno, que el vídeo viene a demostrar que, a pesar de todo, da un tanto igual lo que digamos o la vehemencia con la que lo hagamos porque casi todo está ya inventado. En realidad, pienso que esto es mentira, pero tenía que decirlo porque uno de los secretos para ser feliz es pensar y demostrarse -se- a uno mismo -claro- que todo sucede por algo y además es bueno. ¿No? Pues eso, seguro que alguien ya lo ha dicho, y aún así yo me molestaré en volver a decirlo.
Mañana, por tanto, hablamos de España, esa nación que necesita cosas. Se necesita. Necesítase, que dicen en mi tierra de origen. Buenos días; ya cantan los pájaros. Y me pregunto: ¿nos cantan o se cantan? ¡Qué dilema! Lo peor es que a nadie le importa una mierda. Y con esta van ocho, que no es un número primo. Yo sí. Yo sí soy un número. Más. Como dijo el artista: "quererte tu mismo a quererte tu mucho". ¡Y lo demás da igual!
Este párrafo, que es el segundo, sirve para que los gafapastas me digan que esto me pasa por utilizar tecnología de Microsoft y alguno -que se creerá mucho más listo que yo- añadirá que para eso se inventó la opción de guardar, y tal. No les falta razón, así que antes del momento clave en que desfoguen sus malditas frustraciones contra mí me adelanto y les dejo con las ganas. Es un acto tan básico como cerrar la puerta del coche mientras se conduce; y que además sirve para lo mismo: guardarse. Se. Pero os voy a decir una cosa: esto, cuando escribíamos en papel, no pasaba. Chúpate ésa. Ya lo dijo ayer Rajoy: ¡lo lleva escrito a máquina, Zapatero lo lleva escrito a máquina! -comentó con una sonrisa de oreja a oreja-. Tú sí que eres un máquina, ¡jamás perderás algo en la nada! En realidad, ésa es la garantía de que sería un gran Presidente. La tecnología no sirve para nada si perdemos nuestro trabajo por el camino. ¿Sociedad de la información? ¡Anda ya!
Dicho esto, ¿quién se cree este señor que es para decidir por mí cuándo tiene o no que reiniciarse? Rajoy no, hombre; mi ordenador. Vale, no se acaba el mundo; y este pequeño desahogo viene a ser la pública muestra de mi incompetencia. La moraleja: niños, recordad que nunca hay que dejar para las siete de la mañana lo que podéis hacer en diez minutos a las tres. De la mañana. De una mierda de mañana. Y van seis. Sobre todo por la sustancial diferencia que hay entre opinar sobre naciones con la cabeza lúcida y hacerlo con un mosqueo de mil pares de huevos. Si además después sales de casa, todo el mundo te empuja, tu coche se queda paralizado porque en hora punta tu ayuntamiento se pone a recoger basuras -o mierdas, ¡ja!- y todas esas cosas, el mosqueo es de muy padre señor nuestro. Que por cierto es una expresión que me encanta. Intentaré, eso sí, decir lo mismo en fondo y forma. Sobre las naciones, digo. Y basta de lamentos; que lamentarse es de mediocres y a mí, por desgracia, no me quedan abuelas.
Entre tanto, para amenizar la jornada voy a publicar un vídeo que descubrí hace unos días gracias a uno de los tipos más mejores que conozco, siempre por debajo de lo aquí presente, claro, que soy yo. Yo. Ya está, lo he escrito en mayúscula, y para eso necesitaba un punto. Yo, el Rey. ¡A que mola! Bueno, que el vídeo viene a demostrar que, a pesar de todo, da un tanto igual lo que digamos o la vehemencia con la que lo hagamos porque casi todo está ya inventado. En realidad, pienso que esto es mentira, pero tenía que decirlo porque uno de los secretos para ser feliz es pensar y demostrarse -se- a uno mismo -claro- que todo sucede por algo y además es bueno. ¿No? Pues eso, seguro que alguien ya lo ha dicho, y aún así yo me molestaré en volver a decirlo.
Mañana, por tanto, hablamos de España, esa nación que necesita cosas. Se necesita. Necesítase, que dicen en mi tierra de origen. Buenos días; ya cantan los pájaros. Y me pregunto: ¿nos cantan o se cantan? ¡Qué dilema! Lo peor es que a nadie le importa una mierda. Y con esta van ocho, que no es un número primo. Yo sí. Yo sí soy un número. Más. Como dijo el artista: "quererte tu mismo a quererte tu mucho". ¡Y lo demás da igual!
Escrito por
Jorge Barraza
Clasificado en
Diario personal
07/07/2010
El transporte público donde hace falta
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| Fotografía de Joan Sánchez para elpais.com |
Aviso previamente que esta reflexión no se basa en datos objetivos, numéricos o técnicos; que ni me he molestado en buscar ni son absolutamente necesarios para abrir este melón. Es simple y llanamente una concatenación de pensamientos fruto de la experiencia personal y la evidencia visual; y es que hay cosas que se miren por donde se miren son sencillamente injustas y a todas luces una muestra de ineficacia. Me explico: es fácil y sencillo vanagloriarse por defender la movilidad sostenible y el transporte público cuando se vive y trabaja en la capital de España; pero algunos obvian que hay vida más allá de ese reducto de paz, amor y felicidad -que encima, y a pesar de todo, no hemos conseguido que lo sea-. Y es que hace tiempo que vengo pensando que en la Comunidad de Madrid hemos diseñado un transporte público pijo y elitista, si acaso turístico, que pierde sentido en cuanto se cruzan los límites del propio Ayuntamiento de Madrid. Basta con mirar el trazado de nuestros transportes sobre un plano: radial perfecto.
Nuestras líneas de Metro unen, también con su llegada al sur, unos barrios con otros: es decir, zonas residenciales. Y eso está muy bien. En la capital también tienen acceso al mejor metro del mundo quienes trabajan en una reluciente oficina en la Castellana o en cualquier otro rincón del centro. Todo correcto: ¿pero es el caso de la mayoría de los trabajadores? Voy a atreverme, así a ciegas, a decir que no. Nuestro transporte público ferroviario se basa por tanto, sea en Metro o en los Cercanías de Renfe, en unir zonas residenciales entre sí -que poco flujo pueden generar por sí mismas entre ellas- para enlazar todas éstas con el centro de la capital, que es el objetivo final y al parecer lo único que importa. Por ello, para un joven muchachete que vive en el sur de la región, como es mi caso, el Metro sólo sirve para salir los fines de semana -¡ah! no, que lo cierran a la hora de volver-, desplazarse a eventos multitudinarios en días festivos o llegar a Atocha o el aeropuerto para realizar viajes de más larga distancia. Lo típico, vamos. ¿Y en la vida diaria? Pues en mi vida diaria es un transporte ineficaz y, casi en ningún caso, una opción posible.
Es verdad que entre todo este jaleo hemos conseguido que las Universidades se consideren dignas de llevar el metro a sus puertas, pero el asunto se complica con la llegada de la vida laboral. Supongamos que no soy uno más entre esos millones de personas que tienen la suerte de trabajar en tan hermosa ciudad bajo el dictado de Gallardón. Supongamos que además resido en un municipio al que popularmente se conoce como "el más allá". Eso era porque aquí, hasta hace unos años, teníamos la inestimable suerte de contar con una línea de Cercanías, la C5, que finalizaba y finaliza en Móstoles-El Soto. Y después todo era campo y nada existía. Se cuenta incluso que tras la estación de El Soto y su entonces flamante Continente/Carrefour había un abismo con dragones que te comían. Ahora todo lo que hay siguiendo la Autovía del Suroeste es terreno ganado al mar. El otro comentario típico tenía que ver con la grandeza que suponía que, hasta la apertura de la línea 12 de Metro, viajar en Cercanías de Móstoles a Fuenlabrada, municipios limítrofes que hoy se acarician, suponía una hora y media de trayecto cruzando todo Madrid. Por Atocha, por supuesto. Pero la situación no ha cambiado tanto: hoy estamos mejor conectados con la capital y entre nosotros si queremos visitar a nuestra prima de Getafe; pero no con nuestro trabajo; que debiera ser el centro de las políticas de movilidad, ¿no? Pues tal vez no.
¿Me contesta alguien qué pasa con los polígonos industriales? ¿Cientos de ellos en todo Madrid no merecen una planificación ferroviaria que nos permita desplazarnos de forma segura, rápida o sostenible? ¿Nosotros sí podemos aguantar las retenciones en hora punta para ir a trabajar porque lo interesante es que no las haya en el centro de Madrid? ¿Cuántas personas trabajan en estas circunstancias? Si tu empleo se localiza en una oficina en Humanes y no en la Calle Alcalá, ¿tu tiempo, tu dinero o el medio ambiente de tu entorno no es importante; o lo es menos que los de ellos? ¿En el sur no tenemos derecho a un medio ambiente sostenible? No, toda la obsesión es unirlo absolutamente todo con el centro neurálgico de Madrid para, a su vez, descongestionar la capital y que el Palacio de Cibeles luzca bonito al hacerle fotos. Hecho por cierto imposible con ese planteamiento de que todo pase por el centro. Justo es decir que con el transporte privado ocurre lo mismo: la inversión faraónica del proyecto de la M-30, que no ha estado mal como idea, contrasta con el aspecto en general imperturbable que tienen las carreteras al sur del Manzanares.
Mis opciones para venir cada mañana a trabajar son las siguientes. En transporte público: trayecto andando del domicilio a la parada de Metro, diez minutos; trayecto en Metro, de quince a veinte; trayecto caminando de parada de Metro a parada de autobús, otros quince -atravesando los dos desvíos a una carretera transitada y potencialmente peligrosa, salida de un municipio de casi 200.000 habitantes que es Fuenlabrada-; trayecto en autobús, otros diez minutos. Desde aquí, tendría que desplazarme durante otros quince hasta el final de un polígono industrial con aceras escasas y a menudo bloqueadas por operaciones en las propias naves industriales, transitando junto a camiones y turismos. Tiempo total: más de una hora, que aumenta durante el invierno en las zonas a pie y en pleno verano por la menor frecuencia del transporte. En vehículo privado: en hora punta, soportando las retenciones de salida en Móstoles y de acceso al polígono: alrededor de veinticinco minutos. Por camino alternativo -por la ubicación de mi vivienda, aunque no es una opción para la mayoría-: quince minutos seguros.
Esta mañana, haciendo el trayecto en coche lógico -el de la mayoría- me he encontrado a un ciclista al doblar una curva. La M-506, que une Villaviciosa de Odón con Arganda de forma paralela a la M-50 es una carretera autonómica con dos carriles por sentido, separada por una mediana, sin arcén a ninguno de los lados y limitada a 90 kilómetros por hora; llena de curvas sin visibilidad, cambios de rasante y, en general, vehículos circulando a mucha más velocidad de la permitida. A la que marca el reglamento, de no haber reaccionado y sin la suerte de disponer del carril izquierdo, tendría ahora un ciclista puesto de sombrero y probablemente muerto y aplastado contra el hormigón. O a mí mismo si en ese reflejo de girar el coche hubiese tenido un coche o un vehículo pesado impactándome por el lado izquierdo.
La movilidad sostenible es un concepto que me apasiona; pero la quiero también para mí. Sostenible no puede ser obligarme a hacer desplazamientos de una hora y media a un lugar que está a escasos minutos de mi propia vivienda cuando tengo el tiempo limitado a trabajar por la mañana y llegar a tiempo a estudiar por la tarde. Sólo algunas líneas de Cercanías Renfe tienen paradas en polígonos industriales, el Metro directamente no existe y las líneas de autobuses son un caso digno de estudio, como lo son los nocturnos que van al sur los fines de semana. Quienes vienen a estudiar desde pueblos donde el transporte público no es rentable por la cantidad de viajeros viven auténticas odiseas. No hay muchas gasolineras en la capital, pero aquí tenemos una cada cincuenta metros. ¿Es una cuestión puramente económica? No sé cómo están los sueldos por ahí; pero mi inversión en gasolina, seguro y reparaciones del automóvil también podría ser sustituida por una alternativa en transporte público. Si la hubiese. ¿Interesa? Gastamos miles de millones para que todo esté conectado con la capital y ésta consigo misma: ¿y aún nos preguntamos por qué el transporte público sigue sin despegar en Madrid? Es verdad que son muchos los ciudadanos que trabajan allí; pero ni son todos, ni son los que menos cobran. Igual que la renta per cápita, la distribución y eficacia del transporte también es enormemente desigual en nuestra Comunidad. En serio: hay vida fuera de la M-30, los despachos y las oficinas céntricas de lujo.
Escrito por
Jorge Barraza
Clasificado en
Madrid,
Reflexiones sociales
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