29/05/2010

Zapatero se hizo mayor


Es verdad que el Gobierno ha cometido errores, que ha ofrecido imágenes dantescas y que la comunicación sigue siendo penosa. Sí, es verdad. Es verdad que no tiene sentido teniendo minoría parlamentaria -y siendo víctima de un sistema en el que el poder Ejecutivo depende directamente del apoyo en el legislativo- presentarse ante los Grupos a pedirles apoyo para una medida sin tener el decoro de explicársela previamente. Vale. Y es verdad que el espectáculo del BOE -ya reconocido como negligente con absoluto desparpajo- es como para echarse a llorar y correr con frenética intensidad, agitando los brazos y gritando ¡yo no quiero saber nada! Sano es que los gobernantes reconozcan errores, y en el caso de nuestro Gobierno saltan a simple vista. Pero el análisis no debe dejarnos ahí.

Zapatero se ha hecho mayor. Se hizo mayor en el momento en el que con cara seria, más canas, ojeras profundas y mirada perdida se dirigió al Congreso de los Diputados para afirmar desde la misma tribuna que le vio pronunciar sus discursos de investidura la frase que resume el cambio en la política nacional. Dijo el Presidente que una vez que se llega al poder no es tan fácil cambiar las cosas. Reconoció su propia incapacidad -la suya y la de cualquier otro que pudiera estar en su lugar- para hacer realidad sus sueños y convicciones, para conducir a un país por la senda del ideario propio. Reconoció implícitamente que la frase que aún resuena en Ferraz, "el poder no me va a cambiar", era real en su pensamiento e intención, pero imposible en su ejecución. No ha cambiado exactamente él; sino más bien su percepción de la realidad. Ahora sabe la verdad.

He escrito muchas veces una seria convicción: Zapatero ha sido -es- el mejor Presidente de la historia de la democracia. Decir esto hoy es peligroso y supone abrazar la opción de colocarse ante el descrédito personal. Y sin embargo aún hoy creo que Zapatero ha sido nuestro mejor Presidente. Lo es por comparación -la unidad de medida más habitual en estos casos-. Tampoco hemos tenido muchos con los que comparar. La historia y la perspectiva generan cambiantes sensaciones. Para quienes González era el mal definitivo de una España que se hundiría en la miseria hoy es un modelo a seguir. Lo necesitan para hacer malo al siguiente. Muchos que criticaban a Aznar fieramente hoy, imbuidos por una capa de amnesia, lo recuerdan como el líder de la victoria económica y la España gloriosa. Se han convencido. En unos años, un nuevo enemigo pondrá a Zapatero en su sitio correcto, que nunca es tan bueno ni tan malo como quisieran, respectivamente, sus fanáticos seguidores y sus fieros detractores. Desde luego Zapatero está haciendo méritos para merecer ser golpeado en el gaznate, pero sin perder la memoria y la percepción sigue pareciendo comparativamente mejor a sus predecesores.

Hace unos días, cuando Zapatero anunció su plan de recorte contra el déficit pensé que estaba cometiendo un error. No por el plan, que era a todas luces necesario y muchos exigíamos incrédulos ante la pasividad gubernamental, sino por el hecho mismo de presentarlo él. Zapatero no hizo lo que quería hacer, no estaba cómodo. Ya no era él. Ya no dormía tranquilo. Ya no le sonreía a la cámara. Y lo más importante: había traicionado sus ideas, sus programas y sus compromisos ante electores y ciudadanos. Ante esta situación, era comprensible que muchos -unos por interés y otros por sensatez- pensaran que Zapatero había perdido su legitimidad. Si el Gobierno electo daba un giro radical y abandonaba el programa por el que fue elegido, justo sería que los ciudadanos pudieran pronunciarse sobre ello.

Por desgracia -o por suerte- la vida no es una fórmula matemática. Y menos aún la política. Ante aquella situación muchos pensamos en una posible salida: la comentada "solución a lo Suárez". Es decir, que el Presidente presentara su dimisión y dejara paso a otro miembro del Partido Socialista. Podría hacerlo explicando a los ciudadanos que él no podía aprobar esta serie de medidas porque chocaban frontalmente con sus convicciones y con sus compromisos con los ciudadanos. Zapatero podría dimitir honestamente quedando convertido en héroe y mártir de la izquierda. El Presidente podría explicar que desde la intención de no fallar a los suyos, como les prometió, dejaba paso a otro líder del PSOE que condujera el país hasta la celebración de elecciones a las que, por qué no, podría presentarse tanto uno como otro. Electoralmente ninguna de las opciones serían descabelladas. Lo cierto es que es muy negativo que un Gobierno empiece a aprobar a grandes velocidades conjuntos de medidas en las que no cree y para las que no está preparado. Genera desconfianza, confusión y enfado entre los ciudadanos; y desacredita absolutamente a su líder, por no hablar de las fotografías e imágenes funerarias que han dejado para el recuerdo ilustrando el cénit de una etapa de gobierno socialista de España. Zapatero podría haber revestido de una gran responsabilidad su salida y además sería, por supuesto, un último acto de honestidad y pureza ideológica intachable y plausible.

Pero no lo hizo. Zapatero no se fue. Y si no lo hizo entonces, ahora no tendría sentido. Porque una vez que el Presidente ha traicionado a los suyos, a su alma del Partido y a sus principios; la marcha ya no supondría una salida honrosa de profundas convicciones, sería una huida. Zapatero optó por quedarse, y debe seguir hasta el final. De hecho, esta opción no supone un mayor o menor descrédito para él, según se puede entender. Marcharse antes de tomar medidas indeseadas hubiese sido un acto de valentía y coherencia. Asumir sus responsabilidades, dar la cara y seguir al frente en una situación difícil haciendo lo que no se quiere por el bien de España es otro acto de valentía y coherencia.

En todo caso, se agradece la segunda opción después de observar el espectáculo en el Congreso durante la aprobación del célebre Decreto. Cada bandazo del Gobierno, cada duda, cada falta de discurso quedan anuladas cuando se observa a los perros babosos y rabiosos que se sientan al otro lado del hemiciclo. Zapatero no ha hecho lo que quería, pero sí lo que tenía que hacer. Enfrente, los que le exigían medidas como las aprobadas se han regocijado viendo una gran oportunidad para desgastar o incluso tumbar al Gobierno en un acto de penosa irresponsabilidad. Cuando los inversores, la bolsa y Europa nos miraban con lupa en el Partido Popular organizaron una orgía de antiespañolismo que, junto a tantas otras razones, debería servir para que el hoy primer partido de la oposición no recibiese la confianza de los españoles ni para comer pipas.  Es una actitud sucia, espuria, lamentable, chabacana, desleal y miserable. Mariano Rajoy quiso ser Presidente por digitalizada herencia de un ser quijotesco y lamentable. Quiso después serlo ventilando los muertos de todos y criminalizando a un Gobierno que quería buscar la paz. Y quiere serlo ahora, si es preciso, hundiendo a un país y votando contra los intereses de sus cuarenta y cinco millones de ciudadanos. Fue un Ministro patético que traicionó a su tierra jugando con plastilina. Es hoy un opositor nauseabundo. Pocos adjetivos quedan que definan a un Partido que, de nuevo como en otros tiempos, no sabe presentar a los ciudadanos una alternativa responsable. Cuando enfrente hay un Gobierno acabado y hundido, que lo hay, son incapaces de articular una respuesta mediante alternativas y propuestas. Y ante la falta de propuestas, bienvenido sea el ruido, bienvenida la agitación y bienvenido el pataleo. Significativo será que los ciudadanos queramos volver a la política en negativo. En realidad, el lapsus neuronal del Presidente de la Junta de Andalucía explica perfectamente la situación: "que Zapatero sea malo no les convierte a ustedes en buenos", dijo Griñán. Si acudimos de nuevo a la técnica de la comparación, blanco y en botella.

Sorpresivo es que, al final, un Partido sea accidentalmente convertido en adalid de la responsabilidad. El Gobierno redactó un decreto, lo aprobó en el Consejo de Ministros y lo llevó al Parlamento. CiU, un partido nacionalista se convirtió en ejemplo por la capacidad de sus Diputados para estar quietecitos y no votar ni para bien ni para mal. Aunque nadie se haya dado cuenta, esta coalición se enfrenta en cuestión de meses a unas elecciones en Cataluña. Y aunque nadie se haya dado cuenta a CiU no le interesaría una caída del Gobierno socialista previa a esas elecciones. En primer lugar porque sería difícil de vender en Cataluña, donde aún el PSOE federal tiene una buena base electoral; y en segundo lugar porque falta por saber con quién podrá, si puede, formar Gobierno CiU en el Parlament, y por tanto a quién necesitará aquí y allí. Ya, por ir acongojando al personal han anunciado que, de partida, no aprobarán los Presupuestos Generales del Estado para 2011. Han anunciado ya que no aprobarán unos PGE que aún no están redactados. Este es el partido de la responsabilidad. El partido que según Enric Juliana ha salvado España. Que efectivamente, así ha sido. Lo representativo es que el crédito exterior de España, la capacidad de un gobierno para tomar decisiones por el bien común y el futuro económico de España hayan estado pendientes del interés electoral de diez Diputados del Congreso.

Por ello, visto el sistema y vista la honrosa oposición; cada vez que el Gobierno patina, hace piruetas, pone cara de haberse comido un yogur caducado después de no dormir en meses; cada vez que se contradice, se dice y se desdice, cada vez que toma decisiones absurdas sin pensarlas, sin meditarlas y sin contar con nadie; cada vez que parecen abocados al abismo... uno gira 180 grados, mira a un lado y a otro; y al menos descubre quienes tienen cara de cemento y quienes, aún siendo incapaces, mantienen una preocupación por los intereses de España e intentan, con arreglo a sus básicos principios, darles solución. Entre el ansia y la preocupación, no cabe duda. Sólo queda pensar en aquel nueve de marzo de 2008, cerrar los ojos, suspirar; y pensar "menos mal". Menos mal, literalmente.

28/05/2010

Gastos superfluos y coches oficiales


A mí por lo general no me gusta la demagogia gratuita. Por lo general. Por eso ciertas convenciones sociales que hay que soportar en las barras de los bares me tocan un poco las narices. Esto de que todos los políticos son perversos, unos ladrones y han venido al mundo a hacer el mal no se lo cree nadie. Lo siento pero no; capullos hay en todas las profesiones. La diferencia es que los 'servidores públicos', por suerte y no por desgracia, tienen que responder públicamente de sus errores y fechorías.

Por eso, porque no me gusta la demagogia barata, entiendo que es necesario, por ejemplo, garantizar la seguridad de nuestros representantes -especialmente en tanto que unos psicópatas sigan planeando volarles los sesos desde chalés alquilados en la montaña-. Me da la risa, también, cada vez que alguien menciona la posibilidad de que Zapatero -o el que toque en su momento- no viaje en un avión del Estado sino en vuelo regular; no sólo porque garantizar su seguridad sería mucho más complicado, sino además y sobre todo porque sería mucho más caro. A menos que alguien piense que un Presidente del Gobierno no merece protección especial por serlo y facilidades para desarrollar su tarea con seria normalidad, que todo puede ser.

Por otro lado, los miembros de nuestro Gobierno no están especialmente bien pagados -sí, he dicho esto y no con ironía; es de verdad- en relación a su trabajo, afectación personal y nivel de responsabilidad. Y de nuevo no me refiero a este Ejecutivo en particular, sino a cualquiera de los que estén por venir. La gente no piensa muy bien esto de la cuestión política antes de valorarla, aunque desde el sofá de casa cualquiera es capaz de gobernar un país, ganar el Mundial de fútbol y completar el rosco de Pasapalabra sin problemas, ya lo sabemos.

Dicho esto, pongámonos serios. Porque no todos los políticos son estelares ni tienen la fama de un Ministro. Ni hay tantas necesidades. Y si alguien conoce a todos los concejales del Ayuntamiento de Madrid con cara, nombre y apellidos merece un Nobel como poco.

Ahora dice Gallardón que sustituye su Audi de 600.000 pavetes por un Toyota híbrido de 29.000. Y me parece estupendo; pero, ¿por qué no antes? Pues porque nos han estado engañando, sin duda. De la misma manera que no tiene puñetero sentido que un concejal de fiestas de un pueblo de tercera cobre más que un presidente autonómico o que los sueldos de los alcaldes sean autorregulados en los orgiásticos plenos iniciales de las legislaturas, y no por una Ley Orgánica que determine lo que debe cobrar un regidor municipal en función de la población que tiene a su cargo.

Sí, claro que nos han engañado; claro que han derrochado en fiestas, cargos de confianza excesivos e injustificados y otras inutilidades sin ningún criterio, pero sobre todo sin que a nadie le haya importado. Ahora nuestros políticos han entrado en una fase populista -que bienvenida sea- en la que intentan demostrar a la ciudadanía quién es capaz de renunciar a más cosas en menos tiempo; incluso aunque suene absolutamente insultante y vayamos descubriendo lo que venían haciendo ciertos encargados de administrar nuestros recursos. Por no hablar de las increíbles frases excusa. Increíbles porque cuesta creérselas.

Pero para excusa este artículo. En realidad lo de arriba ya lo sabemos todos y de ello se habla mucho; pero la verdadera conclusión a la que quería llegar era... ¿alguien saben cuánto cuestan y, sobre todo, para qué carajo sirven las Diputaciones Provinciales? Agradecimientos anticipados por sus respuestas.

Muerte a la monarquía


Un hombre puede gritar desde la grada de un estadio de fútbol insultando al árbitro. Puede decir "eres un hijo de puta" en presencia de la autoridad; y no pasará nada. Puede hacer lo mismo en otra situación y, de partida, ante cualquier ciudadano. Puede pitar, abuchear o insultar al Presidente del Gobierno en un desfile militar. Por comparar, ese supuesto hombre puede incluso ser europarlamentario y afirmar que el Gobierno es "aliado potencial" de una organización terrorista. Nada se mueve. Sin embargo, cambia mucho el cuento si el destinatario de los gritos, las reivindicaciones o los 'insultos' es la Casa Real.

Al parecer, gritar un ¡viva la República! es una grave ofensa. Nadie sabe a quién, pero lo es. Si cualquiera de las situaciones antes descritas se da en presencia de un Borbón el mundo se detiene. Una reivindicación democrática ante Los Intocables es motivo suficiente para pasar una noche en un calabozo español. Anomalía democrática traducida en toda una muestra de debilidad. No es necesario explicar por qué la monarquía es anacrónica y necesaria su muerte -como sistema, que no significa guillotinar a nadie-. Lo que sí parece necesario es evidenciar que cada pasada de frenada en la sobreprotección política, estatal y mediática a la Casa Real no es más, en realidad, que una demostración del poco sustento social de la monarquía parlamentaria española. En cualquier país organizativamente homologable al nuestro los miembros de la familia real son criticados y se acogen al 'sufrimiento' de la libertad de expresión en la misma medida que cualquier institución democrática. Los hipermonárquicos británicos ponen de vuelta y media a su reina y principitos sin que se caigan ni rompan los jarrones de palacio. ¿Qué hace temer en España cada ¡viva la República!? Probablemente, que hay más republicanos durmientes de los que puede parecer, a la izquierda y a la derecha.

En todo caso; con la monarquía ocurre algo similar a la tauromaquia o la incursión social e institucional de la Iglesia Católica. Para un demócrata más o menos moderado -y situado en cualquier lado de la balanza política- pueden ser temas que provoquen indiferencia... hasta que se escuchan los argumentos a favor. Además de los mitos conocidos y reconocidos, como que la monarquía es más barata que una República [sic], el más humillante de todos tiene que ver con el sentimiento paternalista que pervive en nuestros gobernantes con respecto a los gobernados: es necesario un Rey que nos dé estabilidad -como ente abstracto, digo yo- y no haga que nos volvamos locos, no sea que un día nos dejen elegir a nuestro jefe del Estado... y volvamos a hacerlo mal. Y entonces nos tendrán que regañar. Claro, que si la verdadera razón es que podamos disfrutar de lo monos que son los niños cuando nacen... sólo puedo decir: touché. Ante eso no puede competir ni el más puro sentimiento democrático.

Ser de izquierdas

Este blog que me sirve de soporte se empezó a escribir allá por 2007. La coyuntura política y social de entonces era bien distinta, y teníamos -en la política nacional y también en la internacional- mucho más claro quiénes eran los malos y quiénes los buenos. Zapatero aún llenaba e ilusionaba los corazones de la izquierda -dicho de manera sentimental porque queda más bonito- y Bush los hacía arder de odio desde la Casa Blanca. No había mucho más que hablar. Los temas principales de entonces eran más puramente políticos y sociales: el proceso de paz con ETA, la legislación novedosa del Gobierno en torno a nuevos derechos y algún asunto menor que no quitaba el sueño a nadie. Los valores como la paz, la solidaridad, el diálogo o incluso el optimismo entendido como tal fueron los que abanderó la izquierda como símbolo del cambio en España.

Las crisis, con especial sentido en estos tiempos de globalidad, tienen la curiosa habilidad de difuminar el espacio. No queda muy claro quién es la derecha, quién la izquierda y ni siquiera qué es todo eso de las ideologías, ni si tiene sentido debatirlo. La sociedad en general aumenta su descontento con -o contra- los políticos -también en general- y se asienta la percepción de un mundo abocado al fracaso y la desconfianza, donde hasta el panadero de tu barrio es un potencial enemigo; donde siempre existe alguien a quien endosar la culpabilidad de tus males; sea tu vecino, un funcionario de hacienda o el entrenador del Real Madrid. Sea quien sea, siempre que no seamos nosotros mismos. Y llega uno a pensar que vivimos en una sociedad inmadura, donde los ciudadanos hacemos las veces de niños pequeños que patalean incapaces de asumir responsabilidades propias tomando las riendas de sus vidas y destinos. Y honestamente no es así. No puede ser así.

Todos hemos cambiado desde 2004, aunque la cosa empezó antes. Nuestra democracia, nuestra larga dictadura o la guerra que nos condujo a ella nos han marcado; han sellado nuestra propia idiosincrasia nacional convirtiéndonos en seres extrañamente marcianos instalados en constantes contradicciones. De nosotros con nosotros mismos. Pero algo no ha cambiado, y es una parte de nuestra sociedad y su característica fundamental: la innata dificultad de la izquierda -ahora gobernante- por encontrar su sitio. Han cambiado los conflictos, pero no la natural división que ya se jaleaba en las calles de la España republicana, donde mientras la derecha radical torpedeaba el sistema la izquierda -radical o no- se molía a palos. No son ya preocupantes las discrepancias naturales entre ideologías efectivamente distintas -por mucho que todas se pongan traje rojo-, sino más bien la de los grandes partidos que no encuentran su sitio. Digamos mejor: el gran Partido que no encuentra su sitio. Prietistas y caballeristas, felipistas y guerristas, zapateristas y... No. Aún no; pero como todo, llegará. Toda la historia del PSOE parece marcada por la lucha sentimental o pragmática entre dos almas que no se rinden. Una especie de complejo bipolar que han asumido ambas partes y que sin embargo ha sabido adaptarse a las circunstancias proporcionando siempre una buena opción a la mayoría de los españoles.

No es mala la coexistencia de gentes diversas que aporta al PSOE una pluralidad que lo acerca a la sociedad. Decía Zapatero en su primera legislatura, muy afanado, que el PSOE es el partido que más se parece a España. Y tenía razón, porque de todo hay en esa gran casa. El asunto se vuelve complicado cuando lo descrito en el segundo párrafo se traslada también a la militancia -y a los órganos de dirección- del propio partido, o peor, al Consejo de Ministros. Es decir, que tanto se parece el PSOE a España que ahora que en nuestra sociedad las ideologías se difuminan lo hace también el primer partido en votos de España. Y eso nos pone a todos en aprietos.

Esta crisis sería un gran momento para que los socialistas españoles, y los europeos con ellos, se mirasen en el espejo e intentaran reconocerse. Mientras la práctica totalidad del continente está gobernado por la derecha, la socialdemocracia del siglo XXI sigue haciendo política a base de viejos eslóganes que encuentran cada vez menor apoyo en época de bonanza y que la ciudadanía rehúye en época de crisis como si de un monstruo se tratara. Y se rehúyen, porque no convencen. Y no convencen, porque no se apoyan en hechos sustanciales. Porque el PSOE aún no ha explicado en España desde 2004 cuál es su programa económico y cómo piensa lograr esa economía sostenible de la que mucho ha hablado pero que poco se ha sustanciado en hechos concretos.

Estos días, cientos de voluntariosos militantes de izquierdas seguían insistiendo en un mensaje que a mí, desde el convencimiento, no me llega a convencer. Me explico. La culpa de la crisis que vivimos, dicen, es de los malvados monstruos especuladores que han llenado de ladrillos nuestras ciudades. Resulta que la mayor incidencia sobre la política urbanística es de ayuntamientos y comunidades autónomas. ¿Alguien me dice qué ayuntamiento o CCAA socialista no se ha apuntado a la fiebre del crecimiento urbanístico? Algunos se lamentan ahora porque Aznar privatizó empresas públicas, pero no quieren recordar que fue su predecesor quien inició el proceso, con buenas razones para ello. El Zapatero opositor gritaba desde la tribuna a un decadente Aznar que el crecimiento económico español no tenía futuro, que era una gran mentira, que estallaría la burbuja y que jamás habría un gobierno socialista con superávit en las cuentas públicas si alguien en este país seguía teniendo una sola necesidad que atender. Toma ya. Está en el diario de sesiones del Congreso de los Diputados y grabado por las cámaras. Y efectivamente estalló la burbuja, y lo hizo en manos de aquel emocionado y emocionante líder de la oposición, con tan mala suerte que ahora es Presidente del Gobierno. Es Presidente del Gobierno y lo ha sido durante cuatro años anteriores vanagloriándose de la genialidad de vivir los superávit de una España rica que caminaba viento en popa hacia no sabemos dónde. También repiten que ha sido todo culpa de los bancos, y es de suponer que los ciudadanos no sabían lo que firmaban ni reconocían su propia realidad. Estábamos todos borrachos porque la derecha y los magnates nos metían ron en vena. Ahora el FMI es muy malo -que lo es-, y nosotros no hemos hecho nada mal. Los griegos nunca falsearon sus cuentas. Los españoles nunca derrochamos como niñatos con un boleto premiado de lotería. Es todo maldad exterior.

Hoy la izquierda militante sigue buscando enemigos, dentro y fuera de nuestras fronteras y creyendo, o asumiendo, que la ciudadanía es rematadamente estúpida. Puede que incluso se hayan creído su propio mensaje; pero es absurdo criticar un sistema y unos males de los que se ha sido y es partícipe. Este Gobierno decidió que era mejor aprovechar los últimos años del tirón vendiendo las glorias económicas que habían criticado hasta la victoria electoral en lugar de reformar el mercado de trabajo que más temporalidad y precariedad deja en Europa, garantizar el derecho básico a la vivienda con alguna propuesta seria o modificar, como anunciaban, el modelo productivo. Las únicas salidas fueron los cheques, con la misma vida útil que dinero tuviesen nuestras arcas públicas.

Y volvamos al principio. Uno de los logros de la Revolución Francesa fue, curiosamente, el derecho a la propiedad privada. Como todo lector tiene capacidad para interpretar la intención de esta mención queda obviada explicación alguna. Sigamos. Se entendió de las escisiones que se produjeron durante la transición democrática que el PSOE aceptaba formalmente el sistema capitalista; y constatado quedó en los sucesivos gobiernos de Felipe González -y más tarde confirmado en los de Zapatero-, luego esa ya no debiera ser discusión posible en el interior de la formación. Ni Solbes ni Salgado tienen cara de coreanos y nadie quiere hacer la revolución, ¿verdad? Vaya, creo haber oído alguna tos seca. El caso es que, sin duda, la mayoría de los españoles ha descubierto que si algo ha cambiado del 78 a esta parte es nuestro nivel medio de vida. Más gente vive mejor y es mucha menos gente la que vive peor. También nuestro sector público y nuestros servicios son más fuertes y de mayor calidad. Es un hecho. Un hecho rebatido por muchos antisistema desde su iPhone, pero un hecho al fin y al cabo. Nuestra suerte de democracia liberal no ha ido mal, y no precisamente por tener a un monarca vigilante y atento. No hay mejor alternativa vigente en país alguno del mundo. Por otro lado, a día de hoy todos los partidos de España están sustancialmente de acuerdo en el mantenimiento de los pilares del Estado del bienestar. Todos, cada uno a su manera, defienden la existencia de una sanidad pública universal, la educación o el sistema de pensiones. Y entonces nos podríamos preguntar legítimamente: ¿qué pinta ya la izquierda en todo esto? O ¿qué sustancial diferencia existe entre izquierda y derecha?

Toda esta aparente sucesión de improperios contra el arrugado Zapatero de hoy no tiene intención de descargar intencionalmente contra el Presidente la furia de tantos que ahora, de manera interesada, se alejan del capitán de un barco que hace aguas. Es mucho más básico. De hecho es justo lo contrario. Un día, las almas del PSOE tendrán que ponerse formalmente de acuerdo. No hay tantos enemigos externos como parece, no hay tanto malvado ultraliberal, ni tampoco es malo que los defensores del desmontaje del Estado bajen de los libros a la calle y vivan por un rato la realidad. Ser de izquierdas significa, a día de hoy, la defensa de unos profundos valores cívicos y sociales que nadie a la derecha representa en España. Pero además, ser de izquierdas debería suponer la explicación sensata de las cosas que son sensatas. Aumentar la edad de jubilación, reformar el mercado laboral, entender que la educación es algo más que una discusión territorial o filosófica de esencias inmutables o apoyar a nuestras empresas para que no sean monstruos inmóviles con grandes dificultades para arrastrar su culo en el fango o aportar algo positivo al crecimiento social -o conseguir que abrir una maldita empresa no sea burocráticamente caro, extenuante y desesperante- no es ser un traidor a los honorables principios de la izquierda, sino que redundará en beneficio de la mayoría. Por cierto, ¡oh sorpresa!, no todos los empresarios son malvados ogros con ansias de explotación, algunos también viven en Carabanchel y forman parte de la salida de la crisis para que podamos crear empleo. Nada se sostiene por sí sólo, como de repente acaba de descubrir Zapatero. Nada es eterno. Y puede que ninguna de estas cuestiones sea demasiado electoralista, pero la gente dejará de estar enfadada cuando tenga un trabajo y confianza en su país y su gobierno a partes iguales.

Una de las sustanciales diferencias entre la política del PSOE y la de sus predecesores es el destino del gasto. Lo repetía Zapatero en Elche ante sus alcaldes: "la reducción del gasto social de las medidas adoptadas representa un 1% del total. Lo hemos incrementado un 50% desde 2004", "¿algún gobierno de la derecha se acordó de los trabajadores que cobran el salario mínimo? Nosotros lo hemos incrementado el 35%", "un 70% más de gasto en becas, que preservamos a pesar de la grave crisis", "hemos multiplicado por 10 las ayudas Erasmus"... Todo esto está muy bien, pero no se garantiza por sí mismo.

Pervive la vieja idea de que la derecha gestiona mejor la economía que la izquierda. Es mentira, pero tal vez hayan conseguido hacerse con ese espacio porque siempre dicen lo mismo, todo el mundo tiene claros sus propósitos -mejores o peores- y no trata de cacarear eslóganes hasta el hartazgo desde la oposición que quedan sin efecto al tocar Gobierno. Hay algo casi peor que gobernar mal el interés del ciudadano; y es hacer que el propio ciudadano se sienta insultado o engañado. Sobre todo si no era necesario. La justicia social requiere algo mucho más serio que frases de mítin; o decir hoy una cosa y mañana la contraria. Fuera complejos: ningún socialista debería ruborizarse por no tener como objetivo nacionalizar los bienes de producción y gobernar en asambleas ciudadanas; no sólo porque en efecto no piensen hacerlo, sino porque además la mayoría no lo quiere. A partir de ahí, ¿a dónde queremos llegar? Los enemigos no sirven cuando alguien te ofrece la confianza para dirigir los destinos; y de hecho la búsqueda del enemigo externo y peligroso suele ser la estrategia de los regímenes populistas o dictatoriales -a los que por supuesto no nos parecemos-. España no quiere miedo, quiere respuestas, garantías y un trabajo; y observando las circunstancias es preferible que sea el Gobierno del PSOE quien responda. Si quiere y puede está a tiempo de tratarnos como los adultos ciudadanos -y votantes- que somos.

19/05/2010

Premio a una sonrisa


Porque no toda la información relacionada con la inmigración tiene que darse con tintes dramáticos. Para quien llega es una conquista de esperanza, tal y como se refleja en la cara de este niño fotografiado por el freelance Marcos Moreno, ahora reconocido con el Premio Mingote que otorga ABC.

Tal vez, nuestro empeño en resaltar y comprender su necesidad de salir con escenas de llanto sea interesado para no aceptar que la solución y cambio de tantas personas fue, precisamente, la alegría de poder llegar. Pero aunque estemos más acostumbrados a la sangre en las portadas, estos ojos -y me refiero a los de la madre, que son los que en realidad entienden- ayudan mucho mejor a comprender el drama. El drama a la inversa. El reflejo del Guardia Civil, destinatario de la atención protagonista, y sus imágenes entrelazadas en un conjunto único y perfecto, también.

17/05/2010

Los problemas del directo


Supongo que ya casi todos hemos visto el vídeo de la polémica televisiva del año -de momento-, protagonizado por el periodista deportivo Manolo Lama, empleado de Cuatro y la Cadena SER. En este caso la afectada es la cadena de Sogecable. Según hemos sabido esta mañana podría ser sancionada por el Ministerio de Industria, que ha abierto expediente de oficio por lo sucedido.

¿Y qué sucedió? Durante una conexión del programa previa a la final de la Europa League en Hamburgo Manolo Lama tuvo a bien reunir a un grupo de aficionados y exhortarles a que ayudasen a un mendigo con sus monedas, entendemos que sin el beneplácito del interesado para salir por televisión. Y claro, ir no se iba a ir porque -no lo digo por querer ser gracioso, sino en su sentido más crudo- sería tanto como que le echasen a uno de su casa. Si allí se colocó una cámara, el hombre estaba dispuesto a aguantar estoicamente el panorama aunque, cosas del idioma, no entendiese nada de lo que ocurría a su alrededor. Cuatro redactó un comunicado con la pretensión de aclarar lo ocurrido, y Lama planteó sus disculpas, a su manera, ya desde el plató de Noticias Cuatro.

¿Sirven? Probablemente no. Un periodista de su trayectoria -por la extensión- tendría que saber que los directos son imprevisibles, más aún cuando su contenido son personas exaltadas ante la posibilidad de que gane su equipo. Y bien sabemos todos que en momentos de euforia se nos pueden ir de las manos situaciones aparentemente sencillas. Pero hay más. Las disculpas han sido en voz baja, de tapadillo y sin reconocer que se ha hecho algo mal. Es el típico caso en que el intento de arreglo deja aún peor al acusado. Piden disculpas "por si han ofendido a alguien", no porque consideren que en efecto han errado. Asegura Lama que había buena intención. ¿Habló con el protagonista antes de decirle que iba a ser objeto de esa "situación" en directo ante una cadena de televisión de ámbito nacional en España? Parece que no. El hecho mismo de que ese hombre haya sido grabado, no para mostrar su modo de vida, sino como parte de cualquier otra cosa ya es periodísticamente condenable. Que derive en un actuación grotesca lo es más. Y, para colmo, a Lama no le pareció en aquel momento que alguien estuviese haciendo algo incorrecto. No le dijo a los graciosos chavales del móvil y la tarjeta de crédito que ésa no era la idea. Él despidió feliz la conexión, un pobre hombre -a la par que hombre pobre- fue vilipendiado, y no pasó nada hasta que facebook se pronunció. Cómo era el mundo antes de facebook, me pregunto. Cómo protestaba la gente antes de facebook, digo yo.

La información deportiva en Noticias Cuatro siempre ha sido diferente, más parecida al tono de un diario impreso deportivo y las formas de ciertos programas del corazón que al modo ortodoxo de entender las secciones de deporte en la televisión española. Cuando se cruzan unas líneas y no se pone límite, pueden ocurrir cosas como las aquí descritas. A mí no me basta una disculpa. A la credibilidad de toda una profesión tampoco.

Cosas que importan a la hora de votar


Hace unos días hablaba sobre la posibilidad de que los ciudadanos no voten en conciencia, con arreglo a sus ideas, sino que sigan algún tipo de convicción estabilizadora o estratégica. Este mismo hecho podría llevar a que en una situación como la actual, en la que personas que en 2008 votaron socialista y ahora están desencantadas con el Gobierno por el duro peso de la crisis, replantearan modificar su papeleta en los sucesivos procesos electorales otorgándosela al Partido Popular. ¿Por qué al Popular? Porque aún teniendo un líder mediocre, un programa desconocido, una hilera de corrupción a sus espaldas, un presidente autonómico bajo sospecha -quizá dos-, insostenibles disputas internas, las comunidades autónomas y ayuntamientos más endeudados de España o unas maneras populistas e idiotizantes vomitivas... son el primer partido de la oposición y por tanto el recambio natural. Miedito, ¿verdad?

En realidad, y analizándolo sin partidismos, haya o no haya un buen Gobierno -y éste concretamente ha hecho méritos para enfadar al personal- es muy grave que no exista una alternativa que llegado el momento de la necesidad esté capacitada para hacerse con las riendas del país. En España no existe a día de hoy ese "recambio natural" decente. ¿Por qué entonces darle la confianza al PP? ¿Sería mejor gobierno que el Gobierno? ¿Merecería la pena "probar"? ¿Por qué si el ejecutivo de Zapatero no convence a un ciudadano la única opción que tiene es quedarse en casa o votar al PP, en espera de tiempos mejores? Pero, y aquí quería llegar: ¿qué cosas importan a la hora de votar?

Hoy se celebra, si cabe esa palabra, el Día Internacional contra la homofobia y la transfobia. Y hoy, el Partido Popular sigue manteniendo un recurso ante el tribunal constitucional contra la Ley 13/2005 que regula el matrimonio entre personas del mismo sexo y permite el derecho de adopción como pareja a dos homosexuales, hombres o mujeres. El pasado viernes, el Consejo de Ministros del Gobierno socialista de España -el mismo que amplió el derecho del matrimonio y la familia a todos los tipos que ¡existen!- aprobó una declaración institucional como una manifestación más del firme compromiso del Gobierno en la erradicación de la discriminación por motivos de orientación sexual e identidad de género. Dos formas de entender la realidad social.

La gestión económica del Gobierno de Zapatero puede no haber sido esplendorosa. No, no se puede poner a este Gobierno como ejemplo de coherencia y capacidad de reacción en cuanto a esta política se refiere. Sin embargo, para muchos ciudadanos decidir el voto es como someter a nuestros políticos a un examen práctico de conducción: hay faltas leves, que restan opciones, y otras eliminatorias, que automáticamente anulan la posibilidad de conducir. De conducir destinos, en el caso de nuestros aspirantes a gobernantes.

Para el PP está claro que su carencia de propuestas es una falta leve; parece complicado que sea éste el Partido capaz de conseguir que mañana sea España un país de ciudadanos felices. Pero, sobre todo, porque para ser feliz hace falta mucho más que ser una persona con empleo. Hace falta, por ejemplo, que el Estado te reconozca como persona, con iguales e idénticos derechos y deberes. El Partido Popular desprecia y discrimina a ciudadanos que existen, y que existirán con o sin Ley, con o sin su ignorancia. Ésta es su falta eliminatoria. Obviar la naturaleza de las personas -o aún peor, perseguirla- es una razón imperiosa para no votar al "recambio natural". Para no votar al Partido Popular.

15/05/2010

Los misterios de Madrid

Reportaje de José Luis Romo.

El Mundo publicó hace tiempo una relación de diez lugares "terroríficos" de Madrid. Diez de esos que, dicen, esconden misterios nacidos de viejas tragedias. Curiosamente, ni la Puerta del Sol ni el Palacio de Cibeles han sido incluidos, aunque algunas historias pudieran servir para satirizar la política municipal y autonómica de nuestro tiempo. Desde luego, no lo digo porque aún perviva -en forma de zanja- la maldición de los duendes que lo cambiaban todo de sitio. Me refería más bien a los asesinatos y las cabezas cortadas.

En fin, lo que no ha cambiado mucho en estos años es la variedad de quienes gobiernan la Villa y Corte: son como las rosquillas de San Isidro: los hay listos, tontos... y hasta capullos disfrazados con una agradable capa de limón. Eso sí que son misterios. Felices fiestas, en todo caso.

13/05/2010

Medidas hoy, el futuro es mañana

El primer comentario debe ser para los verdaderos sufridores de la jornada de ayer. No de manera literal, sino por la consecuencia misma de su existencia: los encargados de conformar las portadas de los periódicos el mismo día que el Gobierno anuncia y aprueba su primer paquete de medidas impopulares, histórico por sus dimensiones; que el juez Garzón y el Presidente Camps se ven más cerca de sentarse en el banquillo, que se produce de manera efectiva el cambio en Reino Unido, que el Atlético de Madrid gana la ahora llamada Europa League o que muere Antonio Ozores, el único tipo que podía explicarnos con claridad todas estas cuestiones. Lo siento, tenía que decirlo.

Hablemos de lo primero. Somos muchos los que veníamos diciendo que no resultaba creíble pasar una crisis económica brutal sin que aquí se moviese nada. En 2004 muchos esperábamos que tras el cambio de Gobierno el PSOE acometiese reformas estructurales y valientes en nuestra economía. No pasó nada. La primera legislatura de Zapatero fue impecable en lo legislativo, valiente en lo social; pero nadie pensó en lo que venía detrás. Casi sería lo de menos si en el actual mandato se hubiese asumido la realidad y reflexionado a tiempo. Pero Solbes tuvo que salir del Consejo de Ministros para mirar ahora desde fuera con cara de "si ya lo decía yo". En realidad, no hacía falta ser economista. Pensar que se podía salir de esta situación con la misma España que entró, sin mover absolutamente nada importante o estructural es simplemente estúpido. No tomar decisiones era tanto como decir "esto no va con nosotros". Y claro que va. Esperar al final sólo ha servido para que el Gobierno sufra dos derrotas: la de su propia gestión y la de la comunicación. Hoy todos los titulares coinciden en que el Gobierno no sólo "ha dejado de gobernar" durante dos años sino que además ahora gobierna porque le obligan. Le obligan la UE -que menos mal- y el malvado FMI, que no tiene muy buena prensa entre los potenciales votantes socialistas. Y esto, con perdón, es de un patetismo que se podría haber evitado. Resta confianza.

Sobre las medidas concretas hay opiniones para todos los gustos, de un lado y de otro. Lo más importante es algo básico: que efectivamente son medidas, no reformas. Que con esto avanzamos, pero no resolvemos nuestros problemas. Que sirve para lo inmediato, pero no para el futuro. Ahora tiene que venir, digámoslo así, lo gordo. Y como se habló en su momento, lo gordo debe hacerlo el PSOE en el Gobierno. No vale escurrir más el bulto. No se llega a 2012 responsablemente sin tomar decisiones. Y menos responsable sería que un gobierno progresista dejase el camino abierto a un más que posible futuro gobierno de un diferente color político para que tome a su manera las decisiones que ellos no se han atrevido a tomar. No se trata de "hacerle el trabajo sucio a la derecha", como ayer decían algunos, sino de tomar las medidas que son necesarias entendidas desde la postura ideológica que legítimamente han elegido los españoles. Ni más, ni menos.

Lo esperable es que al menos este Gobierno, y todos los que vengan, hayan aprendido algo: crear extraños "derechos de ciudadanía" que son injustos y no se sostienen en el tiempo puede traer nefastas consecuencias. Me refiero a los famosos 400 euros y al llamado "cheque-bebé", las ayudas a la natalidad que conceden 2.500 euros por nacimiento de hijo. No es que ahora se deban retirar, es que no tendrían que haber existido jamás. Esos 2.500 euros no son necesarios para muchas familias, lo que supone en la mayor parte de los casos derrochar por arriba, y sin embargo se quedarían cortos en otras muchas que, aún con 2.500 euros puntuales no podrían tener un hijo. Fijar una ayuda en proporción al nivel de renta o reorientar ese dinero a políticas indirectas como la construcción de guarderías públicas habría tenido mucho más sentido. Que no se vuelva a repetir el "dinero para todos". Primero porque no lo hay. Segundo porque es injusto.

Por esto, y por todo lo demás, las medidas que ahora toma el Gobierno son correctas. La bajada salarial de los empleados públicos sí será progresiva, afectará más a quienes más ganan; y vendrá acompañada de una reducción mayor en los cargos políticos. Tiene sentido. Tiene sentido que quienes tienen un puesto de trabajo garantizado hagan un pequeño esfuerzo para poder reorientar el dinero del Estado hacia la creación de empleos que reduzcan nuestras dramáticas tasas de paro.

En este momento los sindicatos mayoritarios, UGT y CCOO, y la CEOE -que últimamente está silenciosa, seguramente por causa y circunstancia de su líder- tienen un papel fundamental. Zapatero siempre apostó por su mágica fórmula del "diálogo social". Y no es incorrecta: es justo y necesario gobernar contando con todos. Pero ocurre exactamente lo mismo que con la UE y la llamada de Obama: el Gobierno da el aspecto de hacer dejación de funciones. Los sindicatos y los empresarios pueden opinar, pero no decidir. El Gobierno tiene que liderar, tiene que ser quien plantee las propuestas, consulte con todos y finalmente tome decisiones. Los sindicatos representan a sus afiliados, exactamente igual que la CEOE a sus empresarios adheridos; pero es Zapatero quien tiene el mandato de más de once millones de españoles y la legitimidad para gobernar los destinos de todos los ciudadanos. En dos años volveremos a decidir quién queremos que ocupe su sillón, y es mejor que los ciudadanos puedan valorar sus propuestas y decisiones, no las de otros. Si las organizaciones sindicales deciden ir a la huelga no se acaba el mundo; otros gobiernos las tuvieron peores y salieron adelante. Lo importante es que sepamos qué pretende y quiere hacer nuestro Consejo de Ministros, que sea explicado y que además sirva para el objetivo final, que es crear empleo y salir de esta situación. Y es evidente que eso requiere reformas porque, como decíamos antes, el Gobieno ha tomado medidas inmediatas que deberían ser acompañadas de un mañana más trascendental. En lo primero, existe disposición a aprobar su sensatez. En lo segundo tienen el tiempo justo para pensar cuál es el modelo económico y político que desean implementar y ofrecer como respuesta.

El otro papel básico debería desempeñarlo el Partido Popular. ¡Ah! Ya sabemos que es pedir peras al olmo. Su actitud ante la nueva política del ejecutivo sorprende. Bueno, en realidad no. Que algunos militantes socialistas defendiesen hasta ayer una cosa -como su gobierno- y hoy defiendan argumentos distintos -como su gobierno-, tiene sentido en tanto que están defendiendo siempre lo mismo de manera coherente -a su gobierno-, en un acto de aguerrida y respetable militancia y lealtad. En el PP la coherencia aplicada es más difícil de entender: seguir estando, siempre y pase lo que pase, contra el gobierno. Si eso significa decir una cosa ayer, preparar otra mañana mientras se intenta explicar una adaptación al hoy, se hace. El caso es estar en contra. Es la única política de Estado que aplican aún cuando ahora Zapatero les viene a dar la razón en algunos asuntos concretos. Hoy el Partido Popular se ha erigido en defensor de los gastos sociales para atacar al Gobierno. Creen que somos idiotas. Puede que lo seamos. Pero bipolares como ellos no, eso sin duda. Este país tiene un problema político serio, y se llama carencia de alternativa. Si no se atreven a decir lo que piensan no pueden estar preparados para dirigir un país al que no podrían aportar más que pataletas y pucheros infantiles. Ideas pocas, y malas. Menos aún desde el mismo partido opositor que nos ha dejado con las ganas de un pacto educativo, siendo incapaz de apoyar una propuesta altamente sensata mediante argumentos infumables. Pero lo trascendental no es esto, sino que ellos también gobiernan administraciones básicas; las comunidades autónomas y ayuntamientos que son, curiosamente, las mayores máquinas de gastar dinero en España, y que a día de hoy soportan una deuda brutal e insostenible. El PP no sólo ha demostrado ser hoy un recambio imposible al Gobierno de España, sino además un gobierno ineficaz allí donde mantiene el poder. Tal vez de aquí, y de los niveles competenciales, tendría que salir el principio del cambio. El principio del mañana que complemente las medidas de nuestro Gobierno de hoy.

Dramas y caballeros

11/05/2010

Nick Clegg y los fenómenos políticos


El resultado electoral en Reino Unido permite muchos comentarios. Unos acerca de la Ley electoral que tienen y mantienen nuestros vecinos, sobre la que se habla en Geografía Subjetiva explicando en qué consiste el sistema y la transformación que sufriría la Cámara de los Comunes con un sistema proporcional en circunscripción única y sin barrera de acceso, o con otro distribuido en varias circunscripciones. Ambas simulaciones ayudan a entender el porqué de la legítima reivindicación de reforma de la ley electoral que los liberal demócratas de Nick Clegg parecen mantener como una de sus máximas aspiraciones y condiciones para la formación del inminente gobierno británico.

Otros comentarios versan, precisamente, sobre la importancia que los Lib-Dem han tenido en esta campaña. Fueron por unos días el centro de los focos mediáticos. Propuestas diferentes y atrevidas sobre fiscalidad, inmigración o Europa frente al "más de lo mismo" de laboristas y conservadores. Y sin embargo, toda aquella pasión de unos días se ha transformado en una bajada de escaños. La pregunta, de apasionante respuesta si la hubiese, es: ¿por qué? Querer presuponer, entender o analizar las causas por las que cada votante ha depositado una u otra papeleta en la urna es simplemente absurdo. Impresiones podemos tener muchas, pero con la claridad de que son sólo eso: impresiones; y que cada voto está condicionado por miles de circunstancias diferentes. Dos papeletas del mismo color pueden no parecerse en nada.

No sólo en Reino Unido han ganado potencia movimientos políticos que anuncian un cambio en el modo de hacer las cosas. En España, UPyD nació con esa pretensión programática. Aseguraba su líder y fundadora Rosa Díez que venían a "regenerar la política". Pero, ¿son producto de una necesidad o se trata de una mera sensación que se acaba diluyendo? Los Lib-Dem no son ni mucho menos unos recién llegados, ni tampoco defienden ideas abstractas: Nick Clegg sería, casi por necesidad, la opción de un votante del PSOE en España frente a sus socios "naturales" laboristas; y de hecho, muy al contrario que sus contrincantes ha definido su programa político y de posible gobierno con meridiana claridad y con propuestas concretas incuestionables -desde este lado ideológico-. Entonces: ¿cuál es su problema?

Estamos en la era de la comunicación. Lo que hace décadas suponía un lento cambio mediante engranajes sociales pesadísimos hoy lleva tan sólo unas horas. Un debate televisado en 'prime time' puede trastocar todos los planes ante una batalla electoral. Pero, también y sobre todo, pueden hacerlo quienes tienen esa responsabilidad de transmitir lo que ocurre. El mundo del periodismo, no nos engañemos, tiene tendencia -por puro interés en la generación de contenidos- a engrandecer hechos puntuales y convertirlos en fenómenos sociales, que acaban siéndolo desde arriba y hacia abajo, pero casi nunca al revés. La cleggmanía de las elecciones británicas surgió en los medios antes que en la calle. Y después, cuajó. Al menos se hablaba de ello. Márketing gratuito para un candidato que, de partida, sólo podía aspirar a la segunda división.

Las sociedades víctimas -o no, según opinión- de sistemas parlamentarios suelen ser más receptivas ante la llegada de nuevos partidos, puesto que es mayor su capacidad de influencia para llevar sus propuestas a algún sitio más allá del infinito, monocolor y aparentemente desierto océano. Sin embargo, tanto españoles como británicos hemos apostado tradicionalmente por un bipartidismo casi absoluto. Tanto es así, que el anteriormente mencionado sistema electoral en Reino Unido fue pensado expresamente con esa intención. Dicen los que entienden que a los ciudadanos les gusta la estabilidad. ¿Significa esto que no votamos aquello en lo que realmente creemos?, ¿funciona el voto útil hasta el punto de hacer que los parlamentos representen la voluntad popular pero no necesariamente el pensamiento popular?

Todos estos razonamientos, que sería difícil poner encima de la mesa en forma de análisis científico, deberían llevarnos en todo caso a una reflexión personal; la que los propios votantes tenemos la obligación de hacer antes de depositar un voto en una urna, un voto que decide nuestro destino como sociedad o como nación. Tal vez existan fenómenos mediáticos basados en un hartazgo creciente en las opciones conocidas; o tal vez esos hartazgos sean inducidos y en realidad en las próximas elecciones los españoles expresen en las urnas que, digan lo que digan los listillos que hacen artículos, a ellos Zapatero y Rajoy -como representantes actuales de "lo de siempre"- les parecen estupendos. Pero si por el contrario existiese una desconfianza mayoritaria en los grandes líderes de referencia y miles de ciudadanos se decidiesen por ellos en opción de cobardía, tendríamos un grave problema como sociedad; seríamos inmóviles y reconoceríamos en nosotros un dogmatismo y un conservadurismo altamente preocupantes. No se trata exactamente de que el bipartidismo moleste, ni tampoco se trata de buscar alternativas a posibles buenas opciones -que no se discute aquí si lo son o no lo son nuestros partidos grandes en España, y cada uno tendrá su opinión-; se trata más bien de estar seguros de que tenemos lo que queremos, de que nuestros parlamentos representan exactamente a nuestras calles. Hemos elegido además ese sistema: el parlamentario; que obliga al pacto y el consenso entre todos. Para ello son necesarias leyes electorales que garanticen esa transmutación real de voluntades, pero además ansia ciudadana por expresarse sin absurdas estrategias-Estado que no tienen sentido en tanto que sus resultados son imprevisibles e incalculables. En fin, ¿votamos en conciencia? Pues como indicaba; a esa pregunta, y efectivamente en conciencia, sólo puede responder cada votante. Si realmente estamos necesitados de "nuevas vías" puede ser una discusión paralela interesante. Tal vez. Tal vez interesante, quiero decir.

09/05/2010

Parkour, el arte del desplazamiento

Fotografía de colegioobradoiro.es

Supongo que uno se hace mayor cuando de repente conoce una disciplina, moda o actividad novedosa y le sorprende. Así que supongo que soy mayor. No, en realidad no.

El caso es que hablando sobre algo que no viene al caso -por el bien de mi imagen pública- he descubierto el 'parkour'. ¿Y qué es? Pues bien: todos -o eso creo- en algún momento de nuestra vida hemos saltado vallas, muros y demás elementos arquitectónicos urbanos -supongo que también podrían ser naturales, pero ya sabemos estas cosas son muy de la ciudad-. Ahora, esa circunstancia casual propia de la más tierna 'elefancia' y la no tan tierna juventud se ha convertido en algo así como un deporte. Sus protagonistas dicen que tiene su filosofía, esa palabra tan manoseada para todos los nuevos nacimientos. Todo ha de tener su filosofía. Pero está bien. La Wikipedia lo cuenta así:

Los practicantes más experimentados coinciden en que el Parkour es una filosofía. Claro está que no hay una filosofía específica y rígida para el arte en concreto, sino que para cada uno significa una cosa distinta. Para unos puede ser simplemente un deporte con el que se entretienen, pero lo viven; y para otros su vida gira en torno a él, otros pueden sentirlo como un arte con el que se expresan, y para otros es una filosofía de autosuperación, o de andar caminos diferentes al del resto de la gente, etc.

Debemos tener en cuenta que un buen traceur nunca molesta a la gente o al entorno, nunca pone en peligro su propia vida si no está seguro de que conseguirá cierto salto y nunca compite contra otras personas.

Como el parkour no es competitivo, simplemente es individual, algunos traceurs optan por hacer "reuniones" masivas en las que se muestra a los demás traceurs el progreso, la técnica y otras características, aunque normalmente no se hace. Se suele hacer un recorrido y cada uno opta por hacerlo de una manera propia. Estos encuentros suelen llamarse entre los practicantes RT.


Pero, comentarios aparte, la cosa es digna de ver:


Nunca te acostarás sin saber una cosa más, eso está claro. Ahora, cuando consiga saltar una valla con una mano ya no me sentiré tan especial. Creo que tengo que hacer más deporte, y más a menudo.