16/02/2010

Momentos musicales



Me voy a tomar unas vacaciones en esto de tener un blog -y en casi todo lo demás- para cargar mi paciencia -que sin duda me convendrá más que cargar fuerzas- y mi cultura general leyendo a algún libro de dudoso interés. A lo peor a mi vuelta ya me he definido dentro de algún espectro, tal como pudiera ser la socialdemocracia, el socialismo tradicional -o no tanto-, el socioliberalismo, el liberalismo sin socios o, tal vez incluso, descubra que soy un fascista redomado-. No, no; los comunistas ya sé que no me quieren.

Con esta educación que me caracteriza -entre otras cosas admirables- aviso y me despido. Nos vemos a la vuelta, si es que vuelvo -dale un mes-; y en facebook, que es como los bares. En caso de hecatombe interplanetaria o urgencia mental de mi humilde persona haré una excepción para venir aquí a despotricar contra vosotros, que son ustedes. Sed, sean felices.

La música no es por nada en especial; es que la letra es muy tierna y yo un sensiblón. O algo así. O no. ¿No?

13/02/2010

Curri Valenzuela, la nueva gurú

La Comunidad de Madrid ha rechazado recientemente 11 millones de euros para la implantación del programa Escuela 2.0 del Gobierno de España, que prevé la instalación de ordenadores portátiles para los alumnos de 5º de primaria y el segundo curso de la secundaria. El argumento esgrimido por el Gobierno Aguirre es absolutamente lógico y científicamente inapelable: los equipos provocarán miopía en los niños. No al parecer los de la empresa IBM, con la que ya están negociando la Comunidad y la Generalitat Valenciana (ah, que era eso).

El caso viene a que hoy el diario Público muestra un corte en el que ese colmo de la oratoria y el buen hacer periodístico que se llama Curri Valenzuela pone de manifiesto que, en efecto, a nuestros pequeños ni les hacen falta ordenadores ni tampoco Educación para la ciudadanía. ¡Patochadas socialistas!

Entre la forma de tratar a eso que Bono llamaría "ingenio electrónico" y el vocabulario que se aprecia de fondo -qué crueles son los micrófonos-, sólo faltan Herman Tertsch y Esperanza Aguirre para completar el cuadro. El cuadro de sabios que cada día asegura tener la solución para sacar a España de la crisis.

12/02/2010

UPyD (sin bromas)

Fotografía: upyd.es

La aclaración sobre los chascarrillos a los que pueden conducir las siglas no es absurda. Es habitual, entre aquellos que sólo hacen política de eslogan y un tanto cutre -sin base argumental- usar los nombres de los partidos para configurar el mensaje que quieren transmitir -de eso el PSOE y Zapatero saben bastante-; y es verdad que las de UPyD tienen su traca.

Pero no es necesario, se pierde fuerza. Hoy vamos a hablar de Unión, Progreso y Democracia, y la crítica se sostiene por sí sola y sin dar demasiadas vueltas. Siempre pensé que más allá del respeto institucional a una formación con representación parlamentaria era absurdo que PSOE o PP bajasen a la trinchera para atacar a unos recién llegados como si fuesen la personificación de un malvado orco. En primer lugar, por lo ridículo que sería ver a dos partidos que superan los diez millones de votos pataleando por otro con una diputada mientras pasan de largo en los pasillos ante el pobre Llamazares -sin bromas, tampoco-. Parecía que respiraban el miedo, aunque no faltaban -ni faltan hoy- razones en cuanto a voto potencial se refiere.

UPyD nació como una formación efectista, para cubrir todos los espacios electorales, ideológicos o argumentales que, por diferentes razones cada uno, habían dejado yermos los dos grandes partidos. De hecho es fácil, entre toda su batería de propuestas, que cualquier ciudadano honesto reconozca estar conforme con alguna de ellas. Tanto abarcan, que nos abarcan a todos. Aquí me confieso yo mismo en torno a la devolución de las competencias educativas al Estado, la reforma de la ley electoral o el cambio en el modelo judicial. Habría que hacer matices, pero el tiro por la izquierda es correcto.

Sin embargo, como todo partido nacido sin definición, se ha acabado mostrando a las claras que, primero, existe aún demasiada inexperiencia política, más allá de la que puede aportar una líder ya curtida en esta profesión; y segundo, que la vanidad de los fundadores, aún presentes -no todos-, sólo puede conducir a la desconfianza de los ciudadanos. Y es que... ¿puede confiarse en un partido que en un 70% de los casos es citado por los medios de comunicación para anunciar expulsiones o fugas de militantes? Pero la última ha sido grave.

Que la dirección de UPyD mande a la calle a quien ha sido la alternativa a esa misma dirección en un reciente Congreso es tanto como si Zapatero hubiera hecho lo propio con José Bono, Matilde Fernández o la propia Rosa Díez después del congreso socialista en junio del año 2000. De hecho, la prueba comparativa del nivel de democracia interno entre ambos partidos es que el PSOE no expulsó a la señora Díez mientras hacía discurso de oposición cobrando como eurodiputada socialista; a pesar de colocar sus palabras cerca -o más lejos- que quienes afirmaban que Zapatero era un traidor que pactaba con terroristas y les vendía el suelo patrio. Pero si además tenemos en cuenta que en noviembre Díez aplastó a Valia Merino con un 72.8% de los votos en su congreso, la expulsión es de una torpeza incomprensible. Les aseguro que yo no había conocido las palabras y acciones de Merino hasta que ayer se publicó la noticia de su suspensión.

Está claro que Rosa Díez es buena oradora y parlamentaria, gran comunicadora y una afanada populista. Pero si un mérito no tiene es el de la capacidad organizativa de un partido político serio; así como la de encajar críticas o derrotas. Dudo por tanto que sea la persona que puede sostener una alternativa política en este país. Hacen falta estadistas con altura de miras, y UPyD ha perdido su oportunidad. ¿Estos son los nuevos estilos? Que se los queden. Hasta la Esperanza Aguirre del 'hijoputismo' denota más clase y entereza -eso sobre todo- política. Política democrática.

Nota: ¿la otra broma que se rumorea, según la cual no pueden reunirse dos militantes sin autorización de la dirección, es en efecto una broma, o va en serio?

08/02/2010

Zapatero, el Presidente; Rajoy, el profeta

Fotografía: psoe.es

El supuesto o pretendido líder de la oposición ha llenado una plaza de toros en Granada este fin de semana para encadenar una serie de frases insustanciales, motivo de jolgorio de su entregado público: que tiene un plan -¡cuál! Nadie lo sabe-, que está preparado para gobernar -él ya formó parte de un gobierno sin demasiado éxito- y que Zapatero tiene que marcharse porque él va a solucionarlo todo con su eslogan de manual, que no es otro que bajar los impuestos. Al PP no le hace falta nada más: bajar los impuestos está muy bien y vende fácil; por ello está dispuesto a repetir el dogma hasta límites insalubres de aquí a 2012 -2012. ¿He dicho 2012?-. Bajar los impuestos, bajar los impuestos y bajar los impuestos. Y ya está. Después de bajar los impuestos -¿he dicho ya bajar los impuestos?- el PP podría dimitir en su hipotético gobierno: ¡sin Zapatero al que decir "no", a ver qué hacen! Pues bajar los impuestos, claro. De hecho, si no se les ha pasado por la cabeza la idea de la dimisión una vez que hayan conseguido su único objetivo-idea para salir de la crisis que hasta hoy ha confesado el PP -bajar los impuestos- y pretenden quedarse cuatro años, pueden ir anunciando bajadas -de impuestos- todos los meses para justificar el sueldo. De hecho, podrían crear dos ministerios: el de los impuestos -que bajan-, y el de la negación. Menos impuestos, y no a lo que usted diga. Menos, no; menos, no; menos, no. Si trabajasen un discurso más profundo sufrirían una embolia ideológica, y podría ser horrible. Nadie quiere que a esos magos artífices de grandes ideas como Sáenz de Santamaría, Cospedal y Javier Arenas -alias el eterno sufridor- le pase algo semejante. Que Dios y los impuestos nos libren de tamaños males.

En realidad, bajar los impuestos es factible para quien cree en lo público exactamente igual que yo creo en la religión de, pongamos, la salsa brava en la tortilla de patatas. Sea cual sea el contexto económico, el PP puede y debe bajar los impuestos. Y además alguien se ha molestado en convencer a la mayoría social de que bajar los impuestos es bueno para todos, y sobre todo para los que menos tienen. Y no nos ponemos ni colorados. Bienvenidos a la religión de las bajadas de impuestos. Y nada más. Ese Dios anteriormente mencionado son en realidad los impuestos y Mariano Rajoy su iluminado profeta. Con tanta bajada, y pensando en mi vértigo, si España fuera un tobogán yo estaría acojonado. Qué coño, ¡mejor qué supriman los impuestos! Si hay que echarle huevos, se le echan. Ahí tiene el PP a Federico Trillo, que en dos días nos reorganiza el país y hasta nos lo aliña con perejil. ¡Basta!

Somos muchos los que desde posiciones ideológicas afines a la izquierda hemos criticado a Zapatero por ciertas decisiones, o indecisiones, a lo largo de los últimos meses; por tomar, o no tomar, ciertas medidas necesarias o innecesarias, y sobre todo por no haber encontrado la fórmula mágica para hacer valer su peso gubernamental y comunicar sus logros y objetivos.

Pero cuando la historia deba juzgar al cuarto presidente electo de nuestra actual democracia se verá detrás a todo un grupo socialista convertido en una máquina legisladora que ha dejado una España más fuerte en derechos sociales. Veremos a un líder que estuvo convencido de que la mejor fórmula se encontraba en devolver al conjunto de los ciudadanos el crecimiento económico de los últimos años –aunque también fuimos muchos los que renegamos de las fórmulas elegidas para hacerlo-. Pero, en todo caso, veremos a un Presidente de buenas intenciones. Y si ahora alguien se ríe al leer estas palabras, debo recordar que Felipe González -el de la "x" de los GAL- es ahora alabado por la derecha a la derecha de la derecha. Todo sea por recordar que Zapatero es malo -y que ya no baja los impuestos-.

Zapatero ha cometido errores de bulto. Unos en el fondo, la mayoría en la forma. El más grande, posiblemente, el de la ambigüedad verbal y ejecutiva; un concepto opuesto al de liderazgo. Y sí, la elección de ciertos ministros en base a dudosos méritos, la excesiva política del buenrrollismo -con la que ha terminado, quién nos lo iba a decir, un José Blanco que pasó de ser un nefasto portavoz e ideólogo a un excelente gestor ministerial- y tantas otras cosas que ya hemos repetido activamente quienes así lo hemos sentido necesario. Nos duele especialmente la pasividad a la hora de afrontar las reformas que nuestra economía necesita, puesto que esa actitud demasiado parcial y más estratégica que eficaz revierte contra los ciudadanos.

Pero es posible que estos mismos críticos acabemos olvidando, inmersos en el ambiente general, por qué y en qué condiciones estamos aquí. La pasada semana fue probablemente la más dura para Zapatero -y por extensión para su partido- desde las elecciones de 2004. Mensajes catastrofistas, datos económicos preocupantes, una nueva subida del paro y, para colmo, el Presidente lidiando con La Familia estadounidense. Esto último le salió muy bien: el discurso en el "desayuno nacional de oración" fue un ejemplo perfecto de cómo adapatar las ideas que se pretenden transmitir al contexto y al tipo de público al que uno se puede enfrentar. No se trata de modificar lo que se dice, sino cómo se dice, para que el mensaje llegue eficazmente. Tras leer el discurso apareció en las pantallas una razón mucho más poderosa para apoyar la presencia del Presidente que la obviedad de que Zapatero tiene que representar a España y sus intereses en el exterior sean cuales sean las circunstancias: que además él lo hace poniendo por delante su integridad ideológica, la que han elegido los españoles. Una actitud de Estado y a la vez honesta. Sigamos.

Zapatero ha hecho muchas cosas mal, sí. Pero ha sido también el Presidente que ha hecho posible que amarse no sea una barrera para vivir, ha sido el Presidente que ha provocado el reconocimiento, por Ley, del sufrimiento de tantas mujeres, y el que ha puesto a disposición de todas ellas los instrumentos legales para igualarse a la otra mitad de la sociedad. Zapatero ha sido el Presidente que ha retirado la estridencia y el odio del debate público. Y el primero que ha pedido perdón en sede parlamentaria. Con Zapatero en la presidencia, la fórmula del Decreto se usa en exclusiva para quitar privilegios y defender los intereses de la mayoría, nunca al contrario. No, no es repetir un discurso partidista y manido, es reconocer una realidad. Zapatero, además, es el Presidente que tiene la responsabilidad de sacarnos de esta crisis, pero no son sus políticas, sus pensamientos o sus acciones de gobierno las que nos han llevado a ella. El pirómano, desde la oposición, dice tener la llave del agua mientras extiende mecha hacia el sillón de Moncloa. Ahora no hay suelo que liberalizar ni burbuja que inflar, y de momento nadie desde el PP ha explicado cuál es su fórmula para salir de la crisis.

Es verdad, también, que la bolsa se ha desplomado y ha caído la confianza de los inversores internacionales. Pero los inversores no confían o desconfían de un Gobierno, sino de España. Es la marca España la que vende fuera, no Zapatero. Y de la marca España todos somos responsables: Gobierno, oposición, empresarios y ciudadanos. También un ex presidente quijotesco que balbucea por cuatro duros en universidades extranjeras sus viejas y pasadas glorias. El Gobierno tiene la máxima responsabilidad, sí; pero que nadie se esconda. Mientras todo esto ocurría sólo hemos escuchado una propuesta del Partido Popular: que el Gobierno convoque elecciones. Es la única obsesión de Mariano Rajoy desde el año 2004: que el Gobierno convoque elecciones. Al PP le valen las encuestas sobre lo que no consigue en las urnas. Dice González Pons que su solución para que España salga de la crisis es que el Gobierno convoque elecciones. Y luego ya veremos. Pero que el Gobierno convoque elecciones, no sea que se pase el efecto CIS y nos quedemos con las ganas. Con las ganas de bajar los impuestos, claro.

Son cada vez más los ciudadanos que creen probable que el modelo político de Zapatero esté agotado y sean necesarios nuevos impulsos. Pero cada día, cuando los medios de comunicación muestran la paupérrima intentona de alternativa que tenemos enfrente dan ganas de envolverse en una bandera con una enorme Z y acampar en cualquier calle en espera del inicio de la campaña electoral. Y si echamos la vista atrás, los ciudadanos medios veremos que nuestras posibilidades en educación, sanidad, derechos sociales, cultura y prestigio internacional crecieron siempre con el PSOE en el Gobierno. Han pasado unos años desde aquel 1982 en que España empezó a rodar, y como bien auguró Alfonso Guerra no nos conoce ni la madre que nos parió -que no sé quién es, pero temiéndome lo peor prefiero vivir en la ignorancia-. El PP nos dejó una burbuja inflada, mucho cachondeo, medios públicos manipulados y una orgía financiera. ¡Ah! Y la más sonora bajada de pantalones de nuestra historia en contra del criterio de la calle.

Zapatero ha sido un buen Presidente, el mejor de nuestra historia democrática; y ninguna crisis le quitará ese honor. Tal vez un buen sucesor: y está claro que, gane o no gane las próximas elecciones, no será Mariano Rajoy. Y por si queda alguna duda, cabe señalar que Zapatero también fue la oposición de otro Gobierno de España. Que cada cual compare.

04/02/2010

¿Tiene argumentos económicos la izquierda?


En este blog siempre se ha hablado en clave política. Es lo que, mejor o peor, sé hacer. En ella participo y, además, tal vez algún día mi profesión sea la de contar historias y (o) generar opinión. Opinión política, también. En resumen: cuento cosas de la realidad orientadas hacia mi visión de la actualidad política o social. ¿Y a qué viene esto? Veamos.

Siguiendo las directrices que marcan los mandamientos dospuntocerísticos leo muchos blogs. Bueno, en realidad lo hago porque me da la gana. Unos periodísticos, otros políticos, algunos sobre comunicación y otros simplemente entretenidos. En esa categoría política sigo a personas de izquierdas, a otras de derechas, a modernos transversales y a otros que no se sabe muy bien de dónde vienen ni a dónde van. Pero sobre todo, de izquierdas. Y resulta, ¡oh cáspitas! que definir la izquierda es complicado. Si quitamos los corsés, desde visiones más antiguas hasta otras más modernas aquí cabe todo dios. O no. Y aunque parece que se defienden cosas radicalmente opuestas (e incluso suele ser así), hay algo que une a un pseudomarxista moderno con un socialdemócrata o un socioliberal, convirtiéndolos a todos en entes que indudablemente vagan por los pasillos del mismo palacete mental. ¿Y a qué viene esto? Veamos otra vez.

Si viajamos a casi cualquier estudio de opinión leeremos que, voten lo que voten y tengan la pertenencia ideológica que tengan, los ciudadanos consideran mayoritariamente que un partido de derechas está mejor preparado para gestionar la economía que uno de izquierdas. Y aunque uno de esos ciudadanos encuestados vote al PSOE -supongamos- porque entiende que su política social es mejor -o porque el candidato le parece más guapo-, sigue en realidad partiendo del pensamiento de base que indica que el PP -supongamos- gestionaría mejor la economía. Eso, traducido, es en plena crisis económica una putada para un gobierno de izquierdas.

Se han dado muchas explicaciones a este pensamiento que, sabemos, no es en absoluto cierto -o no debería serlo-. Pero vengo observando -y aquí quería llegar- que con independencia de la gestión política en la izquierda se habla poco de economía. Es decir: se habla poco de economía con argumentos económicos. No digamos ya con argumentos económicos orientados a la defensa de las posturas de izquierda -y no al ataque de las posturas de la derecha-. Esto es comprensible en un anticapitalista: no tiene sentido que se planteen argumentos económicos sistematizados cuando no se cree en el sistema. Por tanto, en adelante, dejaremos a este "modelo izquierdista" fuera del análisis. ¿Y los socialdemócratas?

Cuando la izquierda quiere defender el sistema público de pensiones frente al privado acude al eslogan: "defendemos lo público". Cuando se quieren defender las prestaciones sociales se acude al eslogan: "defendemos la justicia social". Y si se desarrolla todo esto, muy bien desarrollado, se dan cientos de argumentos políticos. Políticos. ¿No hay argumentos económicos para defender estas cuestiones desde el pragmatismo y el realismo económico, que sean un argumento más -uno más y no uno menos- que sumar a lo anterior? ¡¡Pues sí!!

Éste es, probablemente, uno de los más grandes errores de la izquierda: no hablar de economía; es decir, de su modelo económico. Ha calado hondo en la sociedad que la gestión numérica es una cosa reservada a máquinas liberales de derechas, y que la izquierda es una masa utópica que está muy bien para ciertas cosas pero que no tiene consistencia administrando el Estado -¡¡el Estado!!- y que por tanto los ciclos de alternancia gestora son imprescindibles. Hay quien ha llegado a la conclusión de que la izquierda es un conjunto de señores -y señoras- que vacían la caja para repartir lo que luego la derecha llenará a su regreso. Simpleza pura.

Yo seguiré hablando de política, fundamentalmente; pero la economía ni siquiera es una cuestión facultativa. Uno mismo la conoce de la mejor manera posible: no desde los libros sino desde el realismo, viendo cómo se dirige una empresa día a día y estando a la vez en el lado del trabajador; sin mitos ni presunciones estúpidas y entendiendo las necesidades y los retos que ambas partes precisan. Sin embargo, seguiré echando de menos que la izquierda que hoy gobierna España -que sí, es de izquierdas-, el PSOE en definitiva, entienda la importancia de pronunciar frases tangibles que den consistencia a su discurso más allá de la cuestión ideológica que ya se le presupone. Porque lo peor que le puede pasar -y le pasa- al presente Gobierno no es la carencia de argumentos, que en este caso no debería haberla; sino el silencio argumental. Esto, claro, cuando el líder sabe a dónde va. O al menos, a dónde quiere ir. Pero ese aspecto lo dejaremos para el capítulo de mañana.

02/02/2010

Los titulares y las prisas

La Vanguardia me ha parecido siempre uno de los mejores periódicos impresos que se editan en España, pero de vez en cuando tiene sus deslices. Qué sé yo, firmar manifiestos políticos -y no presentarse a las elecciones- o construir titulares tendenciosos sobre la identidad del oprimido pueblo catalán.

Todo esto puede ser legítimo, todo lo legítimo que uno lo quiera ver; pero hasta para manipular informaciones hay que tener un poco de clase, de estilo o de decoro. No ha sido el caso del siguiente titular. Atentos:


Dice el titular que "El PP pedirá en el Senado recuperar el recurso previo de inconstitucionalidad del Estatut". ¿Nadie se ha dado cuenta de que no tiene sentido? Leamos el titular correcto: "El PP pedirá en el Senado recuperar el recurso previo de inconstitucionalidad". Hasta ahí. De repente, alguien debió pensar que hilar con el asunto del Estatut sólo en el cuerpo de la noticia y no hacerlo en primer plano podría provocar pérdidas de audiencia. El caso es que podrían haber terminado con un "...a raíz de la polémica del Estatut". Pero no, tenía que ser contundente. O eso, o había muchas prisas por tomarse el café de las nueve y nadie se dio cuenta de dos cosas: que el titular así es a todas luces absurdo, y que además convierte la noticia, en sí misma, en falsa y errónea. Diría más: es una idiotez de amplio calibre.

Y no, no es una cuestión ideológica. No se trata de estar o no a favor de la propuesta del PP. Es una cuestión netamente periodística: saber construir un titular para que, se diga lo que se diga y en la orientación que a uno le de la gana, al menos tenga sentido.

01/02/2010

¿Por qué el PSOE tiene que emprender reformas?

Fotografía de elboomeran.com

El debate está abierto: pensiones, mercado laboral y estructura económica. Es verdad que la apertura de debates trascendentales se utiliza habitualmente en política para tapar otros aún menos convenientes a los intereses de quien toma la iniciativa; pero no parece el caso.

El Gobierno del PSOE tiene encima una crisis con la que ha cometido errores muy gruesos, de bulto; casi de principiante e impropios de quien durante tantos años ha comandado este país. Errores que no se han producido siempre desde el punto de vista de la gestión gubernamental sino más bien atendiendo a la gestión política y comunicativa, el mismo talón de Aquiles que ha perseguido a este ejecutivo desde su nombramiento. El primero tuvo que ver con el no reconocimiento de la crisis, que después sólo ha servido para que las palabras de Zapatero hablando de la coyuntura internacional y el modelo caduco de crecimiento a cuya aparición fue ajeno este gobierno no sirvan absolutamente para nada: cuando algo se esquiva, o se evita, se asume la culpabilidad. Se puede repetir constantemente que el mundo es rosa, pero si tarde o temprano la mayoría lo ve negro la insistencia bucólica sólo puede generar rechazo a su emisor. Tal vez de ahí que, por primera vez en muchos años, el líder socialista comparta valoración pública con el de Izquierda Unida, una fuerza a la que supera en un 40% de representación electoral.

Más allá del origen de la crisis, y a pesar de que este Gobierno no sea causa o consecuencia, si es él quien tiene la responsabilidad de sacarnos de ella. Y en ese punto se da el mayor de los errores, además de una absoluta irresponsabilidad que difícilmente será perdonable para muchos votantes, ante todo ciudadanos. Cuando un Gobierno genera la impresión de no estar haciendo nada quitarse la mancha es complicado. El presidente lo tenía más fácil que nunca: podía hablar de la economía ultraliberal, del fracaso de las posturas de la derecha, y de las recetas para, desde la izquierda, poder salir de ésta. Podía quitarse el muerto de encima y vestirse con el ceñido traje de salvador. Pero prefirió dejarlo pasar para conseguir justo lo contrario; y tal vez ya sea tarde para poder remontar el vuelo en las encuestas y, lo que es más importante, en la confianza que el gobierno y sus políticas generan en los ciudadanos, o incluso en los inversores extranjeros.

Los sindicatos tienen su postura, y es perfectamente legítima. Pero aunque el Partido Popular patalee de rabia porque hasta el momento no se haya roto la llamada "paz social" y tengan un argumento menos para desestabilizar al gobierno, la postura de UGT y CCOO no debe ser la postura de Moncloa. Los sindicatos representan un sector de la población, y más concretamente a sus afiliados, del mismo modo que las organizaciones empresariales hacen lo propio por su lado. El poder ejecutivo debe gobernar para todos: sindicatos y empresarios, trabajadores asalariados y autónomos.

Es evidente que hacen falta reformas y cambios si queremos salir de la crisis. El PSOE tiene por delante dos años hasta la celebración de las elecciones generales, y ha descubierto por fin que, en efecto, algo debe moverse. Tenemos un sistema de contratación injusto -sobre todo para los trabajadores, y muy especialmente para los más débiles-, que fomenta la temporalidad y nos hace tener las tasas más altas de Europa. Además de todo esto convierte a las empresas en máquinas oxidadas. Plantear esta cuestión como una guerra entre empresarios y trabajadores, entre "buenos" y "malos", es una estupidez de bandera. Ambas partes son necesarias para que el país avance. Ambas deben mejorar y ser tenidas en cuenta.

Muchos, desde dentro y desde fuera, tienen una gran capacidad para repartir carnés de socialista. Desconozco si defender un sistema antiguo, fallido y desigual es más de izquierdas que pedir un cambio o evolución. Si es así, quien suscribe no quiere ser socialista. A pesar de ello no estaría de más que el gobierno de todos empezase a dibujar su planteamiento. No parece que los sindicatos, atrincherados en el inmovilismo, o ese mago de las finanzas que es Díaz Ferrán puedan vislumnbrar un futuro mejor.

Del debate anterior debería salir otro en consecuencia (aunque el Gobierno lo ha planteado a la inversa): el sistema de pensiones. Al parecer, ahora que el propio Consejo de Ministros pretende reconocerlo la gran mayoría ha aceptado que el actual sistema será insostenible en poco tiempo. Hace unos años se fomentaban las prejubilaciones para retirar del mercado laboral a profesionales de cierta edad con una larga trayectoria pero baja formación, y así dar paso a jóvenes mucho más cualificados -a la par que baratos, claro-. Cada tiempo exige sus políticas, nada es inalterable; y de ahí que votemos cada cuatro años. Aumentar la edad de jubilación a los 67 años tampoco tiene por qué ser menos de izquierdas; pero ante todo no es populista. A nadie se le debería escapar que si el PSOE da este paso es porque percibe un problema en la caja. Y todos sabemos que existe: ¿la solución también va a ser la negativa constante y esperar sentados a que pase el chaparrón? Acabaremos ahogados. A pesar de lo que muchos creen, y otros tantos han creído hasta hace unos días, ni la economía ni las encuestas van a rebotar por pura inercia.

Ya no somos niños, y debemos abandonar la óptica infantil del debate público. Nuestras aportaciones presentes a las arcas del Estado no se guardan en una cajita para el día de nuestra jubilación: lo que hoy pagamos sirve para pagar a los pensionistas de hoy. Un sistema de absoluta convicción izquierdista. Por ello, es muy probable que deba ser retocado para garantizar que los que hoy contribuyen también puedan cobrar mañana. A menos que ahora, como algunos parecen denotar, ser socialista sea el equivalente a un planteamiento egoísta de la economía, en la que yo, un Yo mayúsculo, es centro, principio y fin de todas las cosas.

Sin embargo, existe una razón de mucho más peso político para que los militantes más aguerridos del PSOE se convenzan de la necesidad de hacer cambios. Razón que en realidad responde a la misma estrategia que desde 1982 a esta parte ha liderado un inteligente Partido Socialista: cambiar para asentar. Dicho de otra manera: los cambios que no haga hoy el PSOE con su sensibilidad social los abordará mañana el PP sin ella. Por eso es urgente que el PSOE emprenda reformas: para poder liderarlas. La pasividad socialista de hoy será la excusa perfecta para la derecha del mañana. Una derecha de hijos de puta con demasiadas ganas de cambiar demasiadas cosas. Si llega ese día, la acción será propia. La culpa, ajena.