19/01/2010

Haití, Estado libre... ¿asociado?

Fotografía: elpais.com

Bush tuvo el triste honor de ser el presidente de Estados Unidos que convirtió el odio hacia la nación que representaba en un deporte internacional de cierta fama e, incluso, desgraciado prestigio. Sí, hubo un tiempo en que ser 'antiamericano' estaba de moda. Otros no lo practicamos, sino que simplemente estábamos convencidos de que el tal George era un imbécil de altura estratosférica. Ya no importa.

Estos nuevos tiempos de la administración Obama, mucho más comercial, llevan a otros muchos -también a muchos de aquellos "qué"- a engrandecer la historia de aquel mismo país, así como sus maravillas sociales y acreditada solvencia internacional sin la que los desgraciados ciudadanos del mundo no podríamos vivir. Tan grande es su pasión por el nuevo presidente que llegan a resultar fanáticamente ridículos -especialmente cuando se les enfrenta a sus propias palabras, ya felizmente pasadas-. Pues vale. Otros, que siguen a lo suyo, ladran preocupados que los peligrosos yankees del infierno van a tomar Haití, ese pobre y desgraciado país, en una invasión colonial que los nobles e higiénicos europeos debemos evitar a toda costa por el bien mundial -y más especialmente por nuestro orgullo endémico de vieja gloria decadente-.

¿Alguien ha pensado al mantener este debate en la población de Haití? Sí, me refiero a esa antigua colonia francesa -¡oh, francesa!- que está hundida en la misma mierda desde hace doscientos años, avasallada por la corrupción y la violencia y sin ningún medio de subsistencia o recurso natural conocido; donde el 70% de la población se emplea -que es mucho decir- en una agricultura de subsistencia tras la que repiten "tengo hambre". Ese país que contaba con una suerte de intento de presidente del que no se ha vuelto a saber nada. El país más pobre de América y uno de los más pobres del mundo, con un PIB escasamente superior al dólar y una esperanza de vida de 57 años.

Ya lo sabéis todo, sí. Hemos escuchado cientos de veces estos días la desastrosa descripción de la realidad. Y aún así algunos se permiten el lujo de ser más imbéciles que mi tocayo George y presumir de ello. Pregunto: ¿el problema es quién tiene más soldados? Estados Unidos está a cien kilómetros -o veinte minutos- del territorio afectado por el terremoto y su capacidad de movilización de efectivos es infinitamente mayor que la de la Unión Europea -¿alguien sabe qué es eso de Naciones Unidas y para qué sirve?-. Francia puede y debe jugar su papel -podría haberlo jugado antes del seísmo, también-, como España y toda la comunidad internacional. Pero sin estridencias ni complejos; sobre todo porque no es el momento. Me avergüenza que alguien pueda siquiera estar pensando en quién va a tener más peso o protagonismo en el futuro del país. ¿Qué quieren sacar de un páramo de hambrientos? El presidente venezolano, otro iluminado, ha tenido la feliz idea de donar petróleo. Dice que tiene todo el que el pueblo necesite. ¿Para beber?

La prioridad es garantizar la seguridad. Porque sí, para poder distribuir la ayuda humanitaria es imprescindible que haya seguridad. Eso pueden hacerlo los soldados yankees estupendamente, y a quien le pique que se rasque. Y la prioridad más absoluta es que llegue agua, comida y medicamentos. ¿El futuro? Es curioso: el lema del escudo nacional haitiano reza que "l'union fait la force". La Unión hace la fuerza. La unión. Tal vez Europa, la del tratado de Lisboa y un imaginario concepto llamado Van Rompuy, del que se sabe lo mismo que del "presidente" haitiano, podría empezar a aplicar el ejemplo, y constituir una verdadera unión con política exterior y militar común -pero en serio- que permita mirar cara a cara a esos Estados Unidos que tanto la acomplejan.

Hay quien especula con que Haití pueda convertirse en un Estado libre asociado a los EEUU, o incluso en un Estado de la propia Unión. Sinceramente: ¿no es lo mejor que le podría pasar al pueblo haitiano? Qué egoísta es la vieja Europa, qué mal funciona, y qué desgastadas están sus ideas.

14/01/2010

Quiero hablar de muchas cosas

Fotografía de Ivanoh Demers (AP) en elmundo.es

Es uno de esos días. Televisiones y radios decoran sus informaciones con sonido de violines que evocan tristeza, melancolía y dolor. ¿Es necesario? Deberían bastar las imágenes, o la percepción racional de una realidad desgarradora en sí misma; pero a este lado tenemos la maestría de envolverlo todo con ese aura de aparente preocupación y compromiso que, al final, no evita que Haití sigan siendo cinco letras que suenan demasiado lejanas; lo suficiente como para pensar que, en el fondo, no estaría de más que cierto editor recortarse imágenes a todas luces desagradables. Frente a ese punto utópico adolescente que no es mentalmente sano perder, me gusta acudir a la practicidad de las cosas; por ello, deseo a los haitianos que al menos para casos como éste, en que la implacable naturaleza se pronuncia, funcione eso que algún iluminado bautizó como comunidad internacional. Falta hace.

En España, el Tribunal Supremo ha tenido a bien considerar que hablar no es un delito. Ni Ibarretxe ni Patxi López son por tanto delincuentes, sino políticos. Con mayor o menor afinidad a unas u otras ideas, pero políticos al fin y al cabo. Si en democracia prohibimos las palabras, ¿qué nos queda? Palabras. Palabras que en China pueden quedarse más debilitadas por una decisión comercial -o no- de Google. Pero una empresa es una empresa y no hay que exigirle compromiso social, no al menos como activista, y mucho menos político. Sí se le puede exigir a un alcalde, especialmente cuando se trata de algo tan simple como cumplir la Ley. Es posible que el indolente regidor de Vic -con sus extraños compañeros de cama- haya razonado que si robar a espuertas no conduce ni a la cárcel ni a la condena pública, jugar con empadronamientos y encender mechas sociales innecesarias puede hasta resultar divertido, o electoralmente jugoso si el tema se viste con la chaqueta ceñida del compromiso nacional con los buenos vecinos que pagan impuestos, se van al paro y están amenazados por Fidel Castro, algún monarca vecino y Baltasar, el oriental, disfrazados de vedette. Imagínense qué horror. Pero vaya, que al tipo no le falta razón. En España ha calado la percepción de que para hacer lo que te emane de allí basta con ser o de la SGAE o alcalde de tu pueblo. El resto sí, damos explicaciones. Incluso nos desnudamos para viajar.

Varios son los temas que he hilado sin profundizar en ellos. ¿Hace falta? A quienes nos apasiona el pulso de la actualidad nos bastaría con que el común de los mortales que sólo quiere trabajar, que no le molesten mucho ni le cobren demasiado, le dejen disfrutar o lamentarse de la eliminación del Barça -ahora también conocido como ejército de liberación de Cataluña- y vota cada cuatro años con una pasión variable, hiciera esto último con un mínimo criterio formado en base al conocimiento de aquellas cosas imprescindibles que nos rodean. Se supone que son las funciones fundamentales de un periodista: informar y crear opinión. Todo cambia cuando unos se meten a políticos con pluma -de escribir-, a otros les quieren meter en la cárcel por ejercer su profesión -con mayor o menor acierto- y el resto está ocupadísimo hablando de sí mismo.

A todo esto, también están los becarios cieneuristas, jodidos por una sociedad objetivamente cateta que acaba obligándoles a perseguir a casposos para poder comer -que a todos nos gusta, al fin y al cabo- y un Gobierno que opina que eso de plantear reformas laborales es cosa de sindicatos y empresarios. Luego, si al ciudadano normal las elecciones le abordan en el momento valle de la pasión variable y decide que los domingos en la cama no se está tan mal, nos parecerá extraño y lamentable. Y si es la derecha la que toma esa iniciativa de forma potente cuando pueda manosear el poder, alguien gritará que quiere gobernar para cambiarlo, que cuando ya lo hizo se le pasaron un par de detalles.

Demasiadas cosas tiemblan a nuestros pies y los elegidos -en sentido estricto- no se quieren dar cuenta. Dan ganas de coger en brazos aquello a lo que más quieres y salir corriendo. Somos humanos, ¿no?

12/01/2010

Mariano Rajoy, el hombre gris y una reforma laboral

Fotografía: pp.es

Alguien en el Partido Popular -por ejemplo González Pons, su responsable de comunicación- debería haber descubierto ya que el diario El Mundo no les quiere tanto como en pretéritos tiempos, aunque por aquello de la afinidad ideológica de sus lectores se empeñe en hacer parecer lo contrario. El doble juego es precioso y notablemente eficaz: entrevistan al líder a toda página con los detalles estratégicos diseñados por el propio periódico y con el firme objetivo de que todo bicho viviente se lance a su cuello; y así, al provocar el aplauso de los partidarios y el enfado feroz de los detractores, ganar una audiencia momentánea muy valiosa en estos tiempos en los que para la prensa escrita empiezan a pesar más los motivos económicos que las amistades de toda la vida. En serio: Pedro J. es admirable. Sólo él es capaz de comerciar con tanta maestría.

Pedro J. sí, pero Rajoy no. Rajoy es el mismo proyecto de líder vacío de contenido que aquel día en el que Aznar colocó su mágico dedo sobre él. El vídeo de la entrevista, en el que aparece desfilando delante de una hilera de ciudadanos observadores aparentemente anónimos, forzando una naturalidad que jamás podrá conseguir, muestra tal grado de patetismo y de incomprensión sobre lo que significa hacer política que sería merecedora de una seria reflexión en el seno del Partido Popular. En estos tiempos, en los que el centro de su política es el discurso de los cuatro millones de parados y el desastre económico presuntamente alimentado por el Gobierno socialista, parece casi una locura pretender que sea el actual Presidente del PP quien provoque el resurgimiento de una nueva marea de ilusión ciudadana por el cambio: en primer lugar porque aún son muchos los españoles que consideran éste un paso innecesario, pero sobre todo y especialmente porque la alternativa tiene aspecto firme de suicidio colectivo.

Sean cuales sean sus éxitos políticos democráticos, Mariano Rajoy no será nunca recordado por absolutamente nada. Ni una frase brillante, ni una idea innovadora. Nada que no sea prestado, alquilado a otros; y sobre todo nada que abandone ese aspecto burocrático del funcionario de traje gris capaz de permanecer con el rostro impertérrito, inalterable; se halle ante la mirada de un niño, de un adversario parlamentario o de un manojo de tomates. Mariano Rajoy, dos veces después, ha sido incapaz de tomar por bandera la vieja frase de Ramón María del Valle Inclán: "lo mismo da triunfar que hacer gloria de la derrota". Por ellas, que ya son un par, ha pasado sin pena, y siempre sin gloria.

En todo caso, y por absurdo que haya podido resultar el circo fotográfico, Rajoy se ha decidido a hablar. Ante un Gobierno que, lo haga mejor o peor, no es experto en marcar la agenda, el PP ha decidido tomar las riendas para decir dos cosas: que congelar el sueldo a los funcionarios es una buena idea para contener el gasto público y que es necesaria una reforma laboral que convierta los nuevos contratos en indefinidos con un despido más barato que el actual. La postura de los sindicatos es conocida. Los empresarios tienen su imagen pública seriamente dañada con un dirigente, Díaz Ferrán, que está tocado en lo público y hundido en cuanto a crédito empresarial. Es decir, le toca al Gobierno concretar. Ser claro es siempre mejor estrategia que dejar que otros acomoden la suya por ausencia de competencia. Eso, y que en el fondo siempre al ciudadano le gusta tener claro qué "carallo" quieren hacer sus gobernantes. De momento sabemos por dónde no quiere ir el PSOE.

Volviendo al hombre gris, y si mi atención sobre una emisora de radio no falló el día de ayer, Rajoy ha llegado a afirmar que eso de que la oposición tiene que plantear alternativa es un topicazo. Está bien saberlo. También debe serlo pensar que si estás de mierda hasta las cejas, lo mejor es ir haciendo la maleta. Otro topicazo es que a los españoles no nos interesa la política internacional: estamos todos entretenidísimos observando como Peter Robinson, ministro principal de Irlanda del Norte dimite*... por cornudo. Esto también está muy bien. Clinton -el en mucho admirable ex Presidente de los Estados Unidos- no se tuvo que marchar por beneficiarse a una becaria de nombre muy comercial -aunque no faltó empuje externo-, pero ahora este señor sí tiene que hacer lo propio porque su esposa tiene un joven y apuesto amante a quien no sólo se beneficia, sino al que además beneficia corruptamente. Es una vez más esa extraña concepción del hombre -como género- y el mundo que nos rodea. Es una suerte que a ellos, los de los topicazos, los del discurso en la calle y el acto en el lado oscuro, siempre les ampare el perdón del altísimo. Ya se sabe, la canción es perfecta para Ms. Robinson: "Jesus loves you more than you will know". Al arzobispo de Granada y a Mariano Rajoy les debe pasar lo mismo. Cada uno con lo suyo, por supuesto, pero tranquilos por saberse valedores del perdón eterno. De otra forma, es incomprensible tanta estupidez.

*Corrijo la frase de esta mañana por error informativo: no dimite, sino que cesa temporalmente en sus funciones (como cuando en la familia real se divorcian, pero en serio).

09/01/2010

Información frente a privacidad: la SER y lo que se juzga

Es muy negativo que el periodismo se convierta en noticia y no en el vehículo que transforme los hechos en información. Sin embargo, estos últimos tiempos no dejan de producirse motivos para girar la cámara. Hagámoslo una vez más.

La Cadena SER es el nuevo foco, tras la condena del magistrado titular del Juzgado de lo Penal nº16 de Madrid al director de sus servicios informativos Rodolfo Irago y al de la propia cadena Daniel Anido a un año y nueve meses de prisión y a las penas accesorias de "inhabilitación especial para la dirección de nuevos medios de comunicación y el ejercicio de la actividad periodística", así como a "inhabilitación especial para el derecho a sufragio pasivo" durante el tiempo que dure la pena privativa de libertad.

La Cadena SER, radio más escuchada de España y medio de acreditada solvencia en la publicación de informaciones comprometedoras para muchos miembros de la alta política de uno y otro signo, ha titulado los hechos, en un artículo que no ha abandonado desde entonces la portada de su web, como "condenados por informar". Por informar. No, no es verdad: se les condena por hacer públicos los nombres de una serie de personas afiliadas irregularmente al Partido Popular. El delito del que se les acusa es, estrictamente, "revelación de secretos".

Maticemos los hechos. Para ello, voy a empezar por hacerlo conmigo mismo. El mismo día que se hizo pública la sentencia publiqué en facebook uno de los puntos del manifiesto 'periodismo y derechos humanos'-un texto de vital importancia-: "El derecho a la información es una condición fundamental para el desarrollo pleno de la democracia, así como para que los ciudadanos puedan opinar y actuar libremente". Y, con ese punto de partida, inicié mi pleno apoyo a los dos condenados por lo que, entendí en su momento, suponía un atropello a la libertad de información.

La sentencia parte de una estupidez manifiesta: no considerar internet un medio de comunicación, donde por tanto un periodista no es amparado por el derecho constitucional a informar. Volviendo al manifiesto anterior, "las nuevas tecnologías amplían las posibilidades de acceso a nuevos medios de comunicación: democratizan el derecho a informar y a ser informado, y favorecen el desarrollo del periodismo desde el enfoque de los derechos humanos". Sí, internet es otro soporte, como un papel, una radio o una televisión, donde se puede ejercer la actividad periodística: es el contenido, no el continente. De hecho, la argumentación del juez de que "es universal", como si lo que define a un medio de comunicación fuera su capacidad para llegar a un mayor número de personas, es entre absurda e irrisoria.

Lo anterior es lo que -también- reivindica uno de los grupos creados en facebook "contra la condena a los periodistas de la SER por informar en Internet". En él continúo, reivindicando simplemente que en internet también debe estar protegido ese derecho constitucional, como en cualquier otro soporte. Ahora bien, en este nuevo mundo de activistas de salón, donde por sumarnos a un par de grupos virtuales dándole a un botón y colocar una imagen aquí o allá creemos estar cambiando el mundo, en no pocas ocasiones nos saltamos toda reflexión profunda sobre lo que en realidad estamos apoyando.

Porque no, insisto de nuevo, a ningún periodista de la Cadena SER le han condenado por informar. Y porque no, no es una barbaridad que la propia Fiscalía General del Estado se sume a las tesis del juez. La noticia era la siguiente: "la denuncia que había formulado ante los órganos internos del partido la entonces presidenta local del PP de Villaviciosa de Odón, Pilar Martínez, que en varias cartas dirigidas a Ricardo Romero de Tejada le pedía que garantizase el proceso electoral interno que vivía la agrupación local, tras haber constatado la existencia de una oleada de afiliaciones irregulares con las que se pretendía alterar el equilibrio interno del partido". Y sigue: "entre las afiliaciones irregulares denunciadas se incluían las de los constructores Bravo y Vázquez, posteriormente relacionados con los autores del "Tamayazo" que arrebató la Comunidad de Madrid al socialista Rafael Simancas. La confrontación interna vivida en el municipio de Villaviciosa y Odón se enmarcaba además en el enfrentamiento interno que había estallado entre los partidarios del entonces Secretario General del PP de Madrid, Ricardo Romero de Tejada, y su aliada Esperanza Aguirre, contra los seguidores de Alberto Ruiz Gallardón". Y termina: "En la documentación de soporte a la información que estaba en poder de la SER figuraban varias cartas firmadas por Pilar Martínez, denunciando los hechos. En una de ellas, la ex presidenta del PP local de Villaviciosa, se dirigía a Romero de Tejada en estos términos: "...en aras a la honestidad y transparencia que deben guiar la actuación de los responsables regionales del partido popular, y especialmente en defensa de aquellos afiliados que se presentan a las elecciones del lunes avalados por otros muchos afiliados que durante años han querido y cuidado al partido, se debería actuar adecuadamente y no permitir que personas desconocidas, con residencia en otros municipios, decidan quién será el próximo Presidente Local, porque en el caso de que estas 78 afiliaciones consiguieran su propósito, el resultado sería ficticio". Hasta aquí la información. Lo que condena la sentencia es lo accesorio a esa información -reconocida por el propio juez como veraz, noticiable y de interés público-: la publicación de la lista de las 78 personas que habrían sido afiliadas irregularmente al Partido Popular.

Y aquí es donde cambia todo. El dato de afiliación de una persona a un partido político u organización similar es estrictamente privado, además de un hecho que puede tener especial trascendencia en su vida. Mantuve este debate en Twitter hace dos días con @dllanosg (Dani Llanos) intentando defender la opinión contraria para constatar conmigo mismo que me era imposible. Los estatutos del PSOE y del Partido Popular obligan a sus militantes a la difusión de sus ideas, pero como todos sabemos, no es necesario reconocerse en público como militante para hacer esa tarea, hay muchas formas. Para muchas personas puede suponer un peligro extraordinario el conocimiento público de su afiliación, sea por razones personales o sociales en su entorno, sea por su profesión o porque simplemente no desean que ese dato sea conocido entre sus allegados. Los censos de afiliados a cualquier formación están al amparo de la Ley de protección de datos, pero además se trata de un arma muy poderosa contra quienes forman parte de él, por seguridad o por cualquier otra razón. Militar en un partido político, en cualquiera, no es ninguna broma, en ningún sitio.

La Cadena SER informó de un hecho veraz, y siguiendo con su obligación de aportar cuantos más datos posibles incluyó la lista de afiliados. Pero, en este caso, esa información accesoria era altamente prescindible. Si alguien hubiese denunciado la falsedad de esa noticia, la Cadena SER lo habría tenido tan fácil como presentar al juez esa misma lista que hizo pública y todos los documentos de los que disponía. Al periodista se le presupone la veracidad y no es necesario que ponga todos sus datos en conocimiento público, basta que lo haga con aquellos que son estrictamente necesarios para la construcción de la información. La Cadena SER narró un hecho noticiable y se apuntó un tanto más -de tantos- en su credibilidad como medio de comunicación. Sin embargo se excedió en un aspecto sobrepasando la legalidad, y eso es lo que ahora se ha juzgado.

Hay que añadir, a todo lo anterior, un dato más que demuestra cierta torpeza y que no ha sido publicado en las noticias al respecto en cadenaser.com. En su defensa, ambos acusados defienden que ellos no dieron la orden de publicar las listas puesto que Cadena SER y cadenaser.com -perteneciente a Prisacom, quien gestionaba en ese entonces los medios de PRISA en la red- son empresas distintas. La lista de los afiliados irregulares nunca se leyó en antena, y por tanto lo que hicieron fue entregar un dato privado a otra empresa para que lo gestionase. ¿Cómo podría acogerse esto a la libertad de información? Es muy torpe, sí.

La condena es desproporcionada: ningún informador debe ir a la cárcel por una actuación en el ejercicio de sus funciones como periodista. Ninguno. Los regímenes en los que se condena a los periodistas a prisión son otros, espero que no el Estado español. La inhabilitación para el desarrollo de sus actividades profesionales, como todas las demás impuestas, son otra barrabasada. Y además, debemos reivindicar con todas nuestras fuerzas el final de la ignorancia virtual que mantiene este juez; reivindicar internet como un soporte más para el ejercicio de la actividad periodística. Ahora bien, yo jamás habría publicado esas listas. No era necesario, su difusión es un delito, y los delitos se juzgan. Espero que el mayor o menor apego hacia un medio de comunicación o un partido político no provoque que acabemos tirando piedras también contra nuestros propios derechos: porque aquí nadie juzga el derecho a informar, no, se juzga el derecho de una persona a su privacidad, que es distinto. A pesar de todo, no me cabe la más mínima duda de que la publicación de esas listas respondió con exclusividad al deseo de aportar la mayor credibilidad a la noticia y jamás a cualquier otra razón; y que la decisión, en lo netamente periodístico, fue correcta y reflexionada.

Pero todo siempre puede dar la vuelta. Siempre los protagonistas pueden ser los contrarios; y a mí no me gusta defender unas u otras cosas en función del "quién", sino del "qué". Daniel Anido y Rodolfo Irago tienen todo mi apoyo porque su condena es desproporcionada e injusta. La condena, pero no la sentencia. Los hechos de los que se les acusan, lo siento, son ciertos; y la privacidad de la militancia política un asunto muy serio.

Periodistas del mundo, atentos: hay mucho por lo que pelear.

Documento: sentencia en PDF facilitada por cadenaser.com (que, por si cabe alguna duda, me he molestado en leer para acabar de formar la opinión anteriormente expuesta).

"Esa preciosa Edad Media que nadie se atreve a recordar"

Algunos sí. Y no necesitan más comentario, pero hay cosas que deben ser conocidas:



(vía @undivaga).

05/01/2010

El periodismo de verdad es necesario

Fotografía de José Pujol, editor gráfico de Público, en una visita al Museo de las Noticias de Washington el pasado mes de septiembre.

Durante mucho tiempo, seres extraños a los que en el mundo de internet llaman 'gurús' y que cuentan con tantos admiradores como detractores, han pronosticado la muerte del periodismo, para alegría y jolgorio de ciertos irresponsables. Son tantas las referencias que no sería posible materializarlas en este modesto espacio, además de no existir interés alguno en hacerlo.

Es cierto que lo que vengan opinando sobre cualquier tema un grupo de iluminados con club de fans, que se sienten importantes y que en realidad no han aportado jamás nada ni a su vida ni al conjunto de la de los demás puede no tener trascendencia alguna. Y no la tiene, puesto que su audiencia es tan limitada en comparación al total como la propia élite que ellos mismos se empeñan en construir al abrigo de extrañas obligaciones 'dospuntocerísticas' -que jamás cumplirán- y paranoias varias de gente con tiempo libre y algún que otro desequilibrio revertido a la red que ya causa sopor. Da igual, esto está lleno de gente normal que sabe utilizar todo un mundo abierto a sus pies, qué necesita y cómo sin que nadie se lo diga o pretenda imponer su criterio de chico cool. Pero, más allá de estas cuestiones y centrándonos en el tema concreto, se halla la pregunta realmente trascendente: ¿a la mayoría social le da igual la muerte del periodismo?

Según el Informe anual de la profesión periodística que el pasado mes de diciembre presentó la Asociación de Prensa de Madrid, sólo un 40% de los ciudadanos tiene buena imagen de estos profesionales. Cuando se lee más allá y se descubre que lo más mencionado por los encuestados es la vulneración de la intimidad por parte de los reporteros o tertulianos de la 'prensa rosa', uno entiende muchas cosas. Todo parte de una gran confusión: ¿qué es el periodismo? La simplificación mayoritaria nos lleva a ver periodistas por todas partes, como si cualquier ente que aparece en televisión, radio (que son medios de comunicación y entretenimiento, no sólo de información) o incluso prensa escrita fuese un "licenciado en" o estuviese ejerciendo como tal. Pero sobre todo, daña el constante empeño que pretende hacer calar que ser periodista es simplemente contar o decir cosas, o que la profesión no ha tenido ninguna utilidad social en las últimas décadas de nuestra historia reciente. ¡Qué fácil fue siempre matar al mensajero!

Cuando empresas de comunicación pagan 300 euros mensuales a chavales -o no tanto- por 12 horas de trabajo diarias, cuando los políticos que ostentan el poder se sienten legitimados y desatados para chulear despóticamente a quienes tienen la obligación y el derecho de mantener viva la democracia e informados a los ciudadanos, cuando cierran medios y cada año miles de trabajadores del sector se van al paro, sin más, cuando se instala en la conciencia de muchos que las facultades de periodismo son el último recurso del que no tiene a dónde ir -que así nos va-, o cuando metemos o queremos meter en la cárcel a quienes cuentan lo que pasa y aplaudimos ferozmente como si se tratara de una guerra de bandos... ¿estamos caminando hacia un modelo de sociedad mejor, más libre y especialmente razonable y positiva para los ciudadanos? Y en lo que a este medio concierne: cuando pretendemos hacer creer que cualquier usuario de una red social o propietario de un blog puede sustituir con su presencia a un periodista, ¿somos conscientes de lo que estamos provocando?

Esta mañana, recién amanecido, leo en facebook un enlace al que me lleva Antonio Cartier: Marcelino Madrigal explica en su blog qué ocurrió con el presunto hackeo que ayer vivió la página web de la presidencia española de la UE. Al parecer, ni había hackeo, ni se habían pagado 11 millones de euros por la citada web, ni nada de nada de lo que uno mismo fue escuchando ayer en twitter y demás redes machaconamente.

En realidad es muy sencillo: alguien publica algo, otro alguien le sigue, y por el ancestral método del teléfono escacharrado -o incluso sin él- podemos difundir una falacia entre miles de personas, convertir una mentira en una noticiosa verdad, dar fama a cualquier meapilas o lanzar una campaña política, económica o de interés concreto apoyándonos en una justa causa o media verdad que al final puede no serlo tanto, pero en la que muchos estarán dispuestos a contribuir a cambio de nada. Éste es, según los profetas del futuro, el "periodismo" del mañana.

No, lo cierto es que no. Somos muchos los que cada día empleamos redes como twitter o facebook para compartir, enriquecernos, debatir o simplemente entretenernos. Somos también muchos los que creemos que pueden ser estupendas para ejercer la profesión periodística, como un blog o un canal en YouTube. Pero no es el medio lo que genera el hecho: esto no son más que canales de transmisión, y nadie diría a estas alturas que los anuncios de 'teletienda' son periodismo por servirse de una pantalla para llegar a nosotros. Yo, aquí sentado en una silla lanzando al aire mi opinión no estoy realizando ningún trabajo periodístico, sino un acto de difusión de una opinión personal.

Me encanta y apasiona el poder demostrado por internet como nido de pequeñas o grandes revoluciones sociales, y yo mismo he participado y participaré en cuantas sean necesarias en arreglo a mi conciencia. Pero la información es otra cosa. Sigue siendo necesario que alguien filtre, compare, contraste, llegue al lugar y cuente lo que sabe sin ningún tipo de interés. Si estamos convenciendo a mucha gente de que vamos a ser más libres si PSOE o PP nos venden directamente su propaganda sin intermediarios, o que un empleado del Banco Santander con un iPhone en la mano es el futuro de nuestra libertad, nos estamos volviendo locos. Pero además es necesario que nos cuenten la verdad, y que de nuevo los periodistas hagan su trabajo, que sean referencia para sus lectores, oyentes o espectadores. La profesión debe ser autocrítica, pero no son los profesionales quienes más están fallando, sino empresas de comunicación que viven en el pasado, que exprimen sus recursos humanos y que quieren autocondenarse a la desaparición. Desde luego, el periodismo que se hace hoy en los mass media no es fuente de orgullo, y ellos no son el mañana de esta historia; pero creerse un Dios disfrutando mientras personas engrosan las listas del paro y dejan desierta una de las profesiones fundamentales para el sostenimiento del sistema democrático es un suicidio colectivo. No será una victoria de nadie, será una derrota social; y los verdaderos ganadores estarían sentados en sillones muy alejados del interés personal de cualquiera de mis posibles lectores.

Algunos, si tan preocupados están por la red, deberían invertir sus esfuerzos en mejorarla, en verla crecer y en destinar a ella su empeño por una sociedad conectada al cien por cien, es decir, por una sociedad más libre. ¡Sí, más libre! Los que dicen ser emprendedores deberían potenciar su negocio e incorporar a él a cuantos más sectores mejor. Emprender no es destruir lo ajeno, lo que en definitiva molesta para los intereses comerciales y políticos de quienes no quieren que "lo suyo" salga a la luz. Los periodistas, por su parte, deberían dejar de discutir sobre lo que son y empezar a trabajar en lo que de hecho ya es. No queda demasiado tiempo, y algunos nos resistimos a vivir en un mundo de mentiras, observando lo que nos cuentan desinteresadas almas desde una pantalla. Se han empeñado en convertir a Eric Arthur Blair en un visionario, y lo van a conseguir. De hecho ya es casi así: si el gallo canta, toda una masa pía detrás. Yo, por mi parte, seguiré disfrutando de las ventajas de la red sin estridencias ni estupideces; y por supuesto, antes de decidir siempre preguntaré: ¿su fuente, por favor?