17/07/2010

El debate de las naciones: sentimientos y mentiras

La selección española de fútbol festeja junto a la afición la victoria en la Copa del Mundo. Publicada en rtve.es, la fotografía es de Sergio Pérez para Reuters.

España, Cataluña; las naciones. Una o varias. Son eternos debates, pero ¿hemos abordado ya el debate real? Siempre que hablamos de los conflictos territoriales en España surgen las voces del sentimiento. Quien más o quien menos tiene ya una opinión formada sobre la cuestión; pero casi siempre sustentada en el ámbito sentimental. La exaltación nacional, el dramatismo histórico; el y tú más y tú peor; aquí no me quieren, tú me sobras, esto es mío y yo he venido aquí a hablar de mi libro son en cualquiera de sus variantes y posicionamientos actos de tinte sentimental. Y los sentimientos no se deben legislar. Puede ser correcto, oportuno o legítimo agitarlos en el debate político; pero no sirven de nada cuando deben conjugarse en pro del entendimiento y la convivencia común. A cualquier conclusión en el ámbito de un debate se llega únicamente por la vía de la racionalidad, y esta nunca se encuentra en el fondo de los instintos emocionales.

Hablemos del modelo de Estado. Si pudiéramos imaginar por un segundo que España es en efecto una nación que nadie pone en duda ni de la que intenta desgajarse observaríamos que a la hora de abordar la otra pregunta ahora dormida, "cómo queremos gobernarnos y representarnos", se dan exactamente las mismas circunstancias. Tanto ser republicano, como ser monárquico como ser otra cosa tiene siempre una vinculación ideológica que a su vez representa un sentimiento ajeno a la extensión llanamente política en clave de futuro. Por razón de nuestra historia reciente el republicanismo se ha vinculado a la izquierda, la derecha extrema a un rancio militarismo y en los últimos años la opción monárquica parlamentaria se ha cubierto de un halo de efectividad práctica un tanto forzada. En todo caso; casi nadie se para a valorar si una república en cualquiera de sus tipologías posibles o probables haría más efectivo este país, o más manejable, o más unido, o más estable, o más próspero. Al hablar de sistemas el debate se limita a la triste guerra, el color de una franja de la bandera o la legitimidad de aquella república que fue y no duró. Ni siquiera la justísima Ley de Memoria Histórica ha servido para calmar esa herida abierta. Qué decir del otro lado, en el que incluso aún alguna minoría justifica la dictadura. Sin embargo no hablamos de organización territorial o institucional, ni de garantías jurídicas ni de derechos o deberes ni de cómo queremos gestionarnos. El debate es siempre abstracto, con el corazón en un puño y sacando en él hasta la última víscera; las que nos corresponden y las que no. Por eso, cuando en alguna ocasión se propone el "republicanismo democrático rojigualda" alguno mira como quien ve un marciano. A estas alturas la heráldica o el color de la bandera no tendría que ser el debate máximo; sino qué representan y, sobre todo, a quién. Por eso el objetivo debiera ser buscar esa cómoda mayoría, o esa comodidad de la mayoría; sabiendo imposible que un Estado se sustente sobre normas básicas ideologizadas y dispuestas no para aglutinar sino para vencer al eterno enemigo. Ahora hay dos extremos que se alimentan entre sí: un modelo de republicanos que luchan por su ideal república socialista con líneas rojas ya determinadas y frente a ellos los antirepublicanos primarios que interiorizan el mensaje qué vienen los rojos. Nunca ninguna de las partes cederá y, como siempre, existe una masa moderada de entrada conservadora -los cambios sólo cuando sean imprescindibles- que es la que, llegado el momento de la necesidad, decidirá. Entre tanto, otros debieran entender que no podemos construir el futuro nacional en base a un pasado, cada uno el suyo; sino en base a las necesidades que tenemos para el futuro. Y saber también que el Estado debe ser esa herramienta que sirva de modo común a los ciudadanos; lo otro son programas electorales con los que concurrir cada cuatro años a unas elecciones. Ahí es donde interviene el sistema de mayorías; pero dentro de otro superior ya aceptado por todos. Y nacen entonces la estabilidad y el progreso.

Si con esta base regresamos al modelo territorial descubriremos que se repite el procedimiento: el debate se basa en la sospecha, el tópico, la cerrazón variable y el oportunismo. Cualquiera que haya estudiado al menos el bachillerato LOGSE sabe que efectivamente la historia de la península es complejísima y debe ser tenida en cuenta. Muy tenida en cuenta. Pero más allá de las realidades existe una excesiva mitificación. En el fondo, y por poner un ejemplo conocido, por estas tierras llegaron los pueblos árabes llamados por unos visigodos que tenían que resolver sus asuntos. Y claro, si a la visita le gusta el panorama y hay una ausencia de poder puede que se quede. Hoy lo que permanece en nuestro imaginario colectivo es la gloria tras expulsar al enemigo invasor. Pues vale, pero esto desde el inicio de los tiempos ha sido una orgía de pueblos, etnias y culturas condenadas a entenderse; jamás una base de RH común e indivisible. Si añadimos que la mayor parte de las decisiones y cambios dependieron de conspiraciones, traiciones, bodas, líos de cama, cuernos y amiguismos podremos entender por qué hoy nuestros ayuntamientos son como son; pero no mucho más.

A pesar de eso somos distintos entre nosotros, ésa es una evidencia. Pero, ¿estamos interesados en convivir o existe un interés en fomentar el odio visceral? Vamos a acudir precisamente al mencionado bachillerato y al eterno comentario de las diferencias educativas autonómicas. He extraído la forma que tiene un libro de texto de Cataluña y otro de la Comunidad de Madrid de contar el mismo acontecimiento histórico, elegido al azar: La Mancomunitat de Catalunya. [Las negritas son propias].
La Llei de mancomunitats és el resultat de l'actitud pactista de la Lliga amb els Governs de Madrid, després de la Setmana Tràgica. Francesc Cambó, líder de la formació catalanista i diputat a les Corts, aconsegueix que les quatre diputacions provincials catalanes es puguin unir amb finalitats administratives [...]. Evedentment això queda molt lluny d l'autonomia i no s'ha de veure com un reconeixement del particularisme català.
Creo que se entiende bien. El libro con el que yo estudié decía esto:
A diferencia de los nacionalistas vascos, la mayoría de los catalanistas eran liberales, no pretendían la independencia y, a partir de 1917, aceptaron incorporarse al Gobierno de España. Su principal partido era la Lliga Regionalista, fundada en 1901 y de tendencia conservadora. Su principal ideólogo fue Enric Prat de la Riba, que [...] defendió la identidad nacional de Cataluña y propuso una federación de nacionalidades ibéricas. En 1914, bajo el gobierno conservador de Eduardo Dato se estableció una primera institución que tenía atribuciones para las cuatro provincias catalanas, la Mancomunitat.
Las diferencias son palpables. No es que uno de los dos mienta o manipule porque al fin y al cabo se entiende que los libros de texto están redactados por profesionales, a pesar de que sea una instancia política quien intervenga en el esquema de contenidos. De hecho vienen a decir casi lo mismo. El asunto, como salta a la vista, es la intención. Es decir, la forma de contarlo y el mensaje indirecto que subyace en el contenido que se transmite al alumno. Rara vez he encontrado en el ejemplar catalán el término "España". Tanto es así, que donde yo estudié la asignatura 'Historia de España' ellos estudian 'Història'. Divididos desde la portada. Intencionadamente se repite la idea "gobierno de Madrid". Madrid es el enemigo a batir; es sin duda la personificación del mal. A su vez, el libro madrileño habla insistentemente de España y, como en este pasaje, suaviza las cosas cuando se trata de los otros reinos o las otras naciones, a los que se trata con condescendencia paternal. Hay que ver lo buenos que hemos sido y lo mal que nos tratan, es el mensaje final. Hay que ver lo malos que han sido con nosotros y la gran heroicidad de nuestros oprimidos, debe entender un alumno catalán, a los que cada mínimo gesto se les presenta como una victoria frente al Estado que les desprecia. En cualquier caso cada uno destaca la parte que le interesa. Un círculo vicioso y constante.

¿Interesa a alguien? Por supuesto. Y se ha agravado desde la creación del Estado de las Autonomías y la acumulación de enormes poderes por parte de sus gobiernos -que no es intención criticar-. En realidad, a pesar de que Cataluña o Euskadi estén siempre en el centro del debate estos odios mutuos se reparten por toda la geografía: León frente a Valladolid, la Andalucía oriental frente a la occidental, Valencia frente a Cataluña, Navarra o Cantabria frente a Euskadi o muchos frente a Madrid. Y tantos otros. Los gobiernos autonómicos, especialmente donde hay partidos nacionalistas, han sabido explotar muy bien ese impulso sentimental que de nuevo es el motor de todo. Si se le comenta a un valenciano cualquiera que su gobierno da una imagen pésima de su tierra o se hace la mínima crítica sobre él siendo foráneo, la posibilidad más habitual es que salte como un resorte tachando de antivalenciano a su interlocutor por querer destruir su tierra y decidir sobre ella. Eso como poco. Hay un discurso de identificación entre quien ejerce el poder, el sentido patriótico y el sentimiento básico que impide sostener la racionalidad del debate. Todo es malinterpretado. Todo juega contra alguien de manera psicótica. El mismo juego lo ha entendido ahora Esperanza Aguirre en Madrid, explotando mágicamente esa idea de "a Cataluña le dan lo que es nuestro". Y funciona: sin el enemigo catalán y sin ampliaciones de Metro no ganaría las elecciones porque el resto de su gestión se basa en asuntos políticos internos de su formación e intereses diversos. Pero sobre eso está el poder de la pertenencia, del enemigo, de la supuesta agresión.

Este artículo ha surgido de la serie de tres que ha escrito el buen amigo de debates Javier Maján. En ella (puedes leerla aquí: I, II y III) analiza el impacto de la victoria de España en la copa del mundo de fútbol sobre las cuestiones del debate territorial y el sentimiento patriótico desde la óptica de un andaluz que desde hace ya varios años reside en Cataluña. Esto de aquí es una respuesta menos analítica y más orientada a la opinión particular sobre la posición general en la que se encuentra España.

Uno de los principales problemas, como dice Javier, es la demonización de los conceptos. De nuevo es todo sentimental y parte de mitos, de rencores y de odios que no siempre están ajustados a la realidad histórica y sí y mucho al interés político. Uno de esos casos es, como comentaba antes en referencia al libro de historia catalán, el empleo constante del nombre de Madrid para generar rechazo centralista. Y para esto me voy a permitir reproducir literalmente algo que ya escribí hace tiempo: Madrid, esa tierra soberbia, chulesca, autoritaria y con ánimos y actitudes centralistas está formada por más de seis millones de habitantes. ¡Seis! Es la tercera Comunidad con mayor población del Estado -por detrás de Andalucía y Cataluña- y sin embargo una de las más pequeñas territorialmente. Y la pregunta: ¿de dónde salen seis millones de personas en un espacio tan pequeño? En la década de los 50 del pasado siglo Madrid tenía una población de en torno a un millón y medio de habitantes, y en 1981 casi alcanzaba los 4.800.000 tras el ‘boom’ migratorio de otras regiones, en menos de treinta años. Tras esa primera explosión migratoria la Comunidad ha seguido aumentando, con una segunda década alcista en los 90 apoyada por el nuevo flujo migratorio, en este caso exterior. Así configuramos la Comunidad de los seis millones de personas actuales. Traducción: en Madrid lo que menos hay es madrileños. Aunque tal vez la mejor muestra son las operaciones salida y retorno que organiza la DGT en cada periodo estival y fiestas de guardar; que son básicamente esas en las que los pérfidos madrileños se lanzan a la conquista del resto del territorio. No, en realidad vuelven a su tierra.

El centralismo no es una cuestión territorial, es una idea o forma de organización política. A la ciudadanía madrileña, de hecho, le ha costado en no pocas ocasiones muchos disgustos tener el Ayuntamiento y las Cortes Generales a escasas calles. Pero no, Madrid es sólo sede de las instituciones del Estado español; no es en sí misma origen del mal. ¿Quién es más centralista; el diputado de IU por Madrid -nacido en La Rioja y que desarrolló su carrera política en Asturias, por cierto- o uno del PP por Badajoz? ¿Los representantes de ERC en el Congreso son los políticos de Madrid, o qué otra cosa exactamente? De no ser así, ¿quiénes son esos políticos de Madrid que gobiernan España? ¿La ministra Chacón?, ¿Bono?, ¿Chaves? Ridículo. Pero se dice así: el gobierno de Madrid, Madrid decide que... y los políticos de Madrid. En otros países esto supone la identificación abstracta de la sede del poder central, sin más. Aquí no, es la identificación del enemigo en la figura de una ciudad o una región sobre la que emergen los estereotipos. Es verdad; la sede del Congreso está en Madrid y la mitad de la población española ni siquiera sabe que esa institución está compuesta por Diputados que representan sus provincias y cobran dietas para ir de un lado al otro. Una lástima.

A pesar de lo anterior sería mentir afirmar que el centralismo como concepto no tiene un buen refugio en las calles de la capital. Sí, lo tiene. Seguramente porque fuera de su tierra la mayor parte de personas que han llegado aquí entienden que lo común a todos es el concepto de España -no necesariamente su bandera, puesto que esto como ya hemos comentado tiene más que ver con otros posicionamientos políticos-. Y aún así lucen con orgullo la andaluza o la canaria. Rojas y de siete estrellas no se ven muchas fuera de los balcones de los ayuntamientos. Pero tal vez lo que muchos no quieren ver, en una lectura diferente, es que probablemente quienes se han desplazado y mezclado no puedan entender que haya que decidir si queremos vivir juntos cuando, efectivamente, vivimos juntos. También en la Cataluña llena de andaluces, como su President, motor mucho tiempo de su crecimiento económico. También en la Euskadi llena de gallegos. Es lógico que quienes han disfrutado las ventajas de una España unida no quieran permitir que otra idea anide en su interior. Pero no olvidamos lo negativo: lo anterior se alimenta con el centralismo comunicativo -y éste sí es nítido-: los medios, con sede habitual en Madrid, suelen obviar lo que ocurre lejos y engrandecer lo que afecta a la gran ciudad. En todo caso, los mayores centralistas los ha encontrado un servidor paseando por los pueblos de la profunda y variada España. De verdad. Y más aún, y a pesar de todo, el mejor ejemplo de centralismo lo hemos vivido esta semana durante el desarrollo del debate sobre el estado de la nación -española, se entiende-. Uno de esos políticos de Madrid, Duran i Lleida -entra en el cupo, ¿no?- sacó a colación incluso los Decretos de Nueva Planta. Y es que el 70%, así a ojo, del contenido del debate estuvo dedicado íntegramente a lo que ellos llaman conflicto catalán. El conflicto bilateral de Cataluña con España. Pero esta atención en las instituciones comunes a una parte minoritaria de la población y la representación política no es centralismo, es justicia. Entre tanto, un 20% de población activa en paro, la de Barcelona y la de Ceuta, deseaba saber si alguien tiene alguna idea al respecto de lo suyo. Pero lo suyo no está para los políticos que les representan. Y tampoco, ojo, para los nacionalistas españoles que viven muy bien de la defensa de la unidad indisoluble y todas esas cosas tan bonitas y no tienen que esforzarse en reventar su cabeza con datos económicos y soluciones viables. Y así estamos.

El portavoz de ERC afirmó vehementemente ante Zapatero que "de España plural, nada", porque lo que tenemos es una "España castellana". Castilla se ha convertido en el otro enemigo; pero ¿qué es Castilla? Aquí existe más indefinición aún que en el caso madrileño, y sólo podríamos regresar a los Decretos de Nueva Planta o a reyes diversos para explicarlo.

El otro bando -en España siempre hay otro bando- no se queda corto. Esto es España y a quien no le guste que se vaya. Qué vamos a decir, al fin y al cabo, del reino orgulloso de haber expulsado a los judíos condenándose al ostracismo y la boina. Pues eso. Algo es urgente reconocer: los nacionalismos 'periféricos' ganan al nacionalismo central en argumentos históricos. Porque los tienen, sería inútil negárselos. De este lado de la abstracta frontera existe desde hace siglos un sueño imperial culpable de los males que hoy vivimos. Algunos parecen convencidos, aún hoy, de que la única forma de sostener una gran nación, país, Estado, llámelo usted como mejor le siente... es uniformar y homogeneizar. Absurdo. La pasada legislatura de Zapatero se nos demostró con una política moderada, plural y de apertura al diálogo con todos los gobiernos autonómicos que sólo desde esa posición se puede lograr una España más unida, más fuerte: hoy tenemos el Congreso más bipartidista de la historia. Nadie quiere votar o nadie quiere estar donde no le respetan tal y como es. Tras la segunda legislatura de Aznar ERC consiguió el mejor resultado de su historia. Los datos hablan. La cercanía de la lamentable dictadura franquista y los pilares sobre los que se asentó también pesa mucho sobre la coyuntura presente; aunque dejando las correcciones políticas a un lado es justo decir que saben más de represión y aislamiento las silenciosas Galicia o Extremadura de lo que puede recordar la más protestona burguesía catalana. La diferencia es más bien ésa: el nivel de queja en estos años. Y les honra, por supuesto.

Una de las posiciones más débiles ha sido la referente a la política lingüística. Son muchos quienes están convencidos de que la única forma de sostener un ente unitario es la existencia de una lengua común. Peor: de una lengua única. Ya lo decía Fraga, muy afanado: ¡no es español, es castellano! Llegaron a cambiarle el nombre para que no se notara el fallo. En realidad el castellano no es la lengua propia de muchos territorios de España; lo son otras. El gallego en Galicia -de origen anterior, por cierto- el euskera en Euskadi -que también estaba allí y no fue inventado con ánimo de romper nada- y el catalán en Cataluña. Si a alguien esto le resulta molesto tiene un problema de comprensión de la realidad. Le preguntaron a Serrat: ¿qué lengua prefiere usted hablar? Y él tuvo clara su respuesta: la que me prohíben. -Sí, esto debe significar que ahora habla castellano cuando está en su tierra-.

Hoy por hoy, con la política del garrotazo y las prohibiciones, algunas especialmente recientes, el castellano está completamente extendido salvo en reducidos núcleos; especialmente alguna zona rural de Galicia o Cataluña, y por tanto puede funcionar como lengua de uso común que la práctica totalidad de la población conoce y sabe usar. Llegados aquí no cabe ponerse a discutir sobre ello; ahora sí es lo lógico y tener que usar traductores en el Senado para tomar decisiones comunes sabiendo hablar todos la misma lengua es una soberana estupidez. Pero que conste: no hacía falta llegar aquí. La unidad de un Estado no se basa en lo que hablen sus gentes. Especialmente porque difícil es unir nada cuando esa unidad se basa en la prohibición de la particularidad y la diferencia: unidad e imposición no son términos sinónimos; esta actitud es precisamente causa de gran parte de los conflictos que tenemos abiertos. ¿Cuál sería la mejor opción a día de hoy? La libertad: decida usted que quiere hablar, cómo quiere estudiar y en qué lengua va a rotular su comercio. La administración tiene que limitarse a una posición de imparcialidad; ofrecer a los ciudadanos la opción de usar cualquiera de las lenguas oficiales ante sí misma y proteger todas ellas cultural y educativamente. Fin. ¿Es tan difícil? Para los delirios de unos y otros al parecer sí. Pero sólo el nacionalismo radical español podrá hacer que su lengua común sea perseguida. Sólo el nacionalismo radical catalán, gallego, o vasco hará que su lengua sea repudiada por la mayoría. Una forma clara de verlo: muchos ciudadanos españoles -y por tanto debe haberlos de toda ideología- son partidarios de una unidad ibérica de España con Portugal. En esa unidad, ¿cuál sería la lengua común? El inglés no, porque nosotros no lo hablamos. Son estas cosas, precisamente, las que nos deberían preocupar. El castellano no está menos perseguido en Madrid que en Cataluña: la práctica totalidad de los jóvenes que acaban la educación obligatoria lo hacen con un nivel paupérrimo de expresión y conocimiento de su propia lengua -la castellana u otra- y la incapacidad de expresarse en al menos un idioma extranjero. Ése es el problema; y no cuántas lenguas existan o se enseñen.

Asumido pues que existe en España un caldo de cultivo apropiado para el odio común, especialmente agitado desde esas posiciones que en Cataluña llamarían castellanistas y desde esas otras que han visto en el enemigo español un buen lugar donde refugiarse para justificar su incompetencia, es el momento de regresar al principio. Toda esta reflexión comenzaba con una pregunta retórica que ahora contesto: ¿hemos abordado ya el debate real? No. Ni mucho menos. ¿Por qué? Por esto mismo: llevamos décadas hablando del porqué, no del para qué.

Los políticos catalanistas presentan sus aspiraciones máximas, unas independentistas, otras de lo que llaman 'el autogobierno', pero siempre sin concretar. En Euskadi ocurre lo mismo, bombas mediante en el caso de una triste minoría. Pero siempre nos cuentan el discurso tipo: por qué. ¿Y para qué? Los amigos del independentismo han olvidado que a un Estado hay que dotarlo de unas garantías jurídicas. Y hay que tener un proyecto: saber cuáles son los recursos con que se cuenta, los objetivos que se aspira a alcanzar y explicárselo a los ciudadanos. Y 'los muy pillines' se saltan esta parte, que es en realidad la fundamental. Y es que, más allá del victimismo y la retórica baldía se han empeñado en ocultar las carencias y trampas con las que acuden a plantear sus exigencias.

Exigen autogobierno. Más autogobierno. ¿En virtud de qué? Nos niegan el autogobierno, se lamentan. ¿Qué son entonces las Comunidades Autónomas? Lo que darían muchas regiones/loquequieras del mundo en similares circunstancias por tener el poder de la Generalitat o el Gobierno Vasco es asombroso. Una de las trampas más evidentes es la exigencia competencial: yo quiero gestionarlo todo, todo y todo; y estas transferencias no deben parar jamás. Todos los años me tenéis que dar un caramelo y yo lo tengo que lucir orgulloso ante mi pueblo. A lo mejor han llegado a la estúpida conclusión de que cuando no quede nada que transferir la ciudadanía pedirá el paso último y final. La clave de todo esto es: ¿para qué esas transferencias? Es decir: ¿ha acreditado usted que puede gestionar esto mejor que yo? Lo que hacen los poderes catalanes siempre está bien y lo que hacen los poderes españoles es negativo por naturaleza. Por eso hay que exigirlo. Es un discurso inteligente del que se ha empapado a la sociedad catalana. Y tiene efecto; pero eso no impide que sea una enorme mentira. A veces ocurre, a veces no. Cualquier sociedad inteligente distribuiría sus niveles competenciales en virtud de debates y análisis técnicos: tú puedes gestionar mejor esto; te lo quedas; yo tengo más o mejores recursos para hacer esto, y lo hago. Todo esto, claro, teniendo en cuenta que algunas tienen que ser, por necesidad, gestionadas por el Estado central. Aquí no; aquí las competencias se distribuyen a cambio de orgullos o aprobación de leyes, mercadeo de presupuestos generales y demás burradas varias. Un juego letal para nuestra economía y la eficiente gestión pública. Entre tanto -y éste es el objetivo- los ciudadanos de determinados territorios exigen del gobierno central gestión y de su gobierno autonómico reivindicación. Y estos últimos tan contentos.

Cataluña es una nación. Como lo son Galicia o Euskadi. Como lo es Castilla. Podemos debatir cuáles son estas naciones. Pero si dejamos a un lado el valor jurídico del término y acudimos a la lingüística -las palabras tienen un significado, sí- Cataluña es una nación, en su sentido social, cultural e identitario. Estoy dispuesto a aceptar esto; no tiene mayor trascendencia. Hasta ahí. Ahora bien, ¿derecho de autodeterminación? Todo régimen político democrático es por sí mismo autodeterminado. Existe representación del pueblo catalán en sus instituciones y toman decisiones; por tanto este pretendido derecho no es más que una reivindicación. Respetable, pero reivindicación. El punto más inaceptable del discurso independentista y nacionalista es obviar la legalidad vigente: tenemos una Constitución que en tanto que no sea reformada es la madre de todo planteamiento. A menos que el planteamiento sea la legítima propuesta de reformarla y quien quiera hacerlo disponga de los medios para hacerlo: es decir, consiga el apoyo para hacerlo. No se puede querer montar una realidad legal parelela inexistente. No es legítimo; la única legimitimidad en un Estado de Derecho tiene que ver con la voluntad popular y la Ley, y la máxima de ellas es nuestra Constitución. ¿Queremos reformarla? Entonces habrá que decirlo; explicar qué, cómo y para qué. En todo caso, España sí es una nación, además, en el ámbito jurídico. ¿Qué queremos? ¿Una nación de naciones, un Estado plurinacional, una federación, una confederación, un Estado centralista con regiones, Estados libres asociados? Quien quiera cambiar nuestra norma fundamental en vigor puede decirlo, pero llorar ante el pueblo pidiendo limosnas en forma de escaños no es honesto.

La realidad indica que ni el PNV, ni la izquierda abertzale, ni ERC ni CiU han pensado en algo más allá del sencillo y eterno juego: alimentar odios para sostener un poder basado en el sentimiento. El catalanismo ha pretendido deslegitimar las instituciones españolas; ha actuado como ariete del Tribunal Constitucional dando por hecha una sentencia y su respuesta antes de que ésta existiese. Han convencido a los ciudadanos de que ellos no están sometidos a los tribunales ni a la legalidad; que aquí lo que importa es el número de senyeres que salgan a la calle un sábado bajo el sol. Y sobre todo, que pase lo que pase la legalidad española es digna de ser ignorada. Han llegado a la conclusión de que si no quieren ser españoles no aceptan tampoco las normas españolas; normas a las que los ciudadanos debe estar sometidos en un Estado democrático. O peor: que aún queriendo ser españoles, sus normas sirven si responden a las reivindicaciones y puntos de vista que desean. Hablan de legitimidades históricas; pero como comentábamos en el párrafo anterior sólo en regímenes dictatoriales se habla de legitimades superiores, divinas, caídas del cielo o justificadas mediante imperiosas necesidades del pueblo que heroicamente venimos a salvar. Legitimidad y ley van etimológicamente de la mano. Aquí hay normas democráticas, aceptadas también por el pueblo catalán.

Y con todo, y a pesar de todo, la participación de la ciudadanía en estos debates es a todas luces reducida. El Estatut no logró arrancar a las urnas siquiera a la mitad de los ciudadanos llamados a hacerlo. La famosa manifestación en su defensa acabó con un baile de cifras que, sacando una media -que es la solución más fácil- no ofrece una respuesta abrumadora. ¿Se ha alejado la política institucional de la social? Muy probablemente. Porque efectivamente los ciudadanos no ven que ese debate solucione sus vidas, las haga mejores, asegure la prosperidad económica, amplíe la igualdad, la calidad del sistema democrático o dote de mayor seguridad jurídica al conjunto; que podrían ser los presuntos objetivos de un pueblo al buscar su independencia de otro mayor.

Lo que ven ambos pueblos, a ambos lados, son debates de esencias. Y falta la explicación de qué queremos conseguir. Las otras dos Españas, las de los rojos y los fachas, han encontrado por fin un motivo para agitar juntas la misma bandera. El deporte, como analizaba Javier, ha cambiado el panorama en todos los rincones y ha dotado de significado diferente a lo que nos une. Y tal vez, como también comentaba el compañero, la masa abstencionista de las autonómicas catalanas que sí participa en las generales empiece a pensar un día que lo que ocurre en Cataluña también es asunto suyo; que no toda la política es si somos nación o no y, además, también hay que construir carreteras y educar a los niños. Y eso cambiará las cosas. Llegados a este punto, no basta con que el independentista, en cualquier territorio, explique que le están robando su dignidad si no aclara en qué mejoraría la vida de los ciudadanos una vez conseguido su objetivo y cuáles son las herramientas para hacerlo. Tampoco basta que los nacionalistas españoles insistan en que España es así en virtud de un sistema utilizado desde hace demasiado tiempo: el sistema por cojones; aliñándolo con frases de desprecio e intentos de pisotear todo lo que no huela a eso que nosotros entendemos que es España. España una. La realidad existe, es plural, y hay que afrontarla con madurez.

¿De qué sirve la historia y el corazón cuando tenemos un futuro que construir y un mundo en el que competir? ¿Podemos cuantificar el tiempo y los recursos perdidos en filosofar mientras dejamos a un lado los debates que mejorarían de manera efectiva nuestras vidas? Las pertenencias o las patrias corresponden al interior de cada ciudadano, que decidirá si quiere ser europeo, español, de su pueblo o nada de esas cosas. Pero un Estado tiene que servir para algo, para algo más, para algo práctico; y es ése el punto que nadie quiere abordar, seguramente porque, obviando lo mucho que se enriquecería el debate político cuando este asunto hubiese salido de la agenda, de hacerlo descubriríamos también que la mejor solución sería vivir juntos, pero no así. Volviendo al segundo párrafo se me ocurre preguntar si éste es el modelo de Estado que mejor sirve a los intereses de España. ¿Sería ésa la reforma que desatascaría todas las demás? Y en cualquier caso: si vivimos juntos, ¿no deberíamos vivir siendo iguales?

Los libros de texto mencionados son en ambos casos de la editorial McGraw-Hill.

El autor no se hace responsable de la tediosa extensión del presente artículo, que ha considerado indisoluble en la misma medida que lo es la nación española. Más o menos.

12 comentarios:

  1. Estando de acuerdo en todo, y por comentar algo y así tocar las narices...

    Veamos, aunque sí es cierto que todo debe someterse a la Constitución, y en esto yo estoy de acuerdo, hay una situación que no se suele reflejar. Es a lo que ellos hacen referencia cuando hablan de "derecho de autodeterminación".

    Vamos a ver.. como bien le dijo una vez Zapatero al portavoz de ERC en el Congreso, el derecho de autodeterminación tendría sentido si España fuera una dictadura. Fué una respuesta un poco bestia (creo que ese día terminó por cabrearse), pero en mi opinión muy pedagógica.

    Efectivamente la intencionalidad con la cual el derecho de autodeterminación está reflejado en el derecho internacional deriva de los constantes procesos de descolonización que se han vivido a lo largo de la historia en todo el mundo. Una colonia, por definición, lo es porque forma parte de un territorio desde un determinado momento, y desde ese momento hasta la actualidad su pertenencia a un Estado nunca ha sido sancionado democráticamente por los habitantes de ese territorio.

    Por eso una colonia es una colonia, y no la Guayana francesa, por ejemplo.

    Cataluña por lo tanto no cumple los requisitos para poder ser definida como colonia. No lo es porque democráticamente, con normas, pautas y procedimientos que hacen que la ONU no necesite enviar observadores internacionales como si esto fuera Kosovo, su pertenencia a un Estado como es España ha sido apoyado en base a baremos democráticos, que basicamente son que la mayoría de las personas que se han presentado en un Colegio electoral a echar una papeleta en una urna han dicho que sí. Los que han dicho que sí eran más que los que han dicho que no, porque como sabemos, la abstención y el voto en blanco tienen tantas interpretaciones como flores hay en el campo, por lo tanto no es intelectualmente defendible darles una sola interpretación más allá del muy genérico "desafección y desapego".

    Pero aquí la pregunta que no tuvieron que hacerse los juristas que elaboraron las normas internacionales, y que los ponentes constitucionales y los miembros de la asamblea constituyente en España no tuvieron y no quisieron hacerse, es que pasaría si un determinado territorio que en inicio no es una colonia decide segregarse de un determinado Estado.

    Esto potencialmente puede pasar.

    La pregunta es, ¿tendría la Constitución que tener un capítulo que refleje esta potencial situación?. La propia lógica democrática indica que si mañana el 80% de los catalanes se levantan y dicen que quieren fundar un Estado propio no podría negársele, a menos que realmente si quiera convertirse a Cataluña en una colonia, pero, ¿tenía sentido que apareciera tal capítulo de "En caso de segregación, apriete este botón", como en el manual de instrucciones de una lavadora?.

    Muchas personas, sin ser independentistas, e incluso sin ser nacionalistas, pensamos que la existencia de un capítulo así en la Constitución no sería descabellado, sin embargo, a la vez pensamos que tiene mucho sentido que en el año 78 nadie se le ocurriera dar pie en las primeras Cortes democráticas, y en aquellas circunstancias históricas, incluir un apartado así basado en un "y sí?...".

    (...)

    ResponderSuprimir
  2. (...)

    Desde mi punto de vista, entiendo que en aquel momento, por varias razones y todas importantes, se buscaba un "proyecto cerrado", cerrado no por no democrático, sino porque democráticamente se comprometían a dibujar un proyecto sin "puertas traseras", un proyecto circular, un proyecto definitivo.

    La pregunta es, ¿se les puede abrir la puerta?, no lo veo descabellado, no me parece una barbaridad, y es más, no me parece anti-español, en esencia, y ... no me tiene porque parecer amenazador con respecto a la integridad del Estado SI ANTES no se hacen determinadas cosas (y ahí iría un artículo mío de próxima publicación).

    Se trataría de responder a la pregunta ¿por que te abran una puerta para que te puedas ir, si quieres irte, vas a querer irte o no tienes porqué?, ¿no abrirte una puerta para que te vayas si quieres irte para que nunca puedas irte aunque quieras es defendible?, ¿obligarte por la fuerza a que te quedes sentado en la misma mesa que los demás hace de esa comunidad algo más auténtico o una auténtica obra de teatro basada en mentiras?, ¿lo importante para mantener esa cierta sensación de comunidad es hablar sobre cerrar o abrir puertas, o pergeñar un discurso atractivo que sirva de pegamento sobre una idea común compartible que haga que quieran quedarse sentados en la misma mesa, aunque tengan al lado una puerta abierta por si quieren usarla?... pero también se puede preguntar, ¿los que dicen que quieren tener una puerta abierta "por si acaso" son los mismos que en el fondo saben que la van a usar para irse a la primera de cambio?, ¿o solo defienden tener una puerta abierta para aumentar su sensación de libertad y para realmente asegurar su sensación de que están donde están porque quieren y no porque les obligan?.

    Y muchas más cosas... pero el comentario ya me ha quedado muy largo.

    Un saludo.

    ResponderSuprimir
  3. Estoy de acuerdo en esencia con la idea que has planteado. Yo he pensado en ello muchas veces y desde luego en un Estado como el nuestro no sería descabellado permitir esa opción. De hecho, la propia medida tendría sentido entendiéndola desde el españolismo: su misma existencia desarmaría los argumentos nacionalistas. ¿Haría el pueblo catalán uso de esa posibilidad? A día de hoy contesto que no. El pueblo vasco tampoco.

    Pero vamos a ser sinceros: esto podría tener sentido en el ámbito teórico político; pero hasta ahí. Abrir esa caja sería más o menos lo mismo que decidir prender fuego a España.

    Y al margen de esto; ya he dicho que me dan igual las posibilidades que se abran en tanto que surjan de los límites marcados por la ley vigente. Si alguien quiere reformar la Constitución tendrá que ser siguiendo los trámites previstos para ello. Porque efectivamente no tiene ningún sentido que determinadas opciones políticas se quieran comportar como representantes de un pueblo oprimido, perseguido y colonizado. Una parte no puede tomar decisiones por el todo, ni suprimir deliberadamente su existencia. La única vía es la Constitución y, con ella, las demás normas que nosotros mismos hemos aceptado. En democracia no hay atajos, ni se deben tolerar.

    En otro orden de cosas te recomiendo ver el debate que al respecto de estas cuestiones territoriales mantuvieron Rosa Díez y Rodríguez Zapatero en el debate sobre el estado de la nación hace unos días. Me gustó más que el debate con Rajoy, que consistía en los reproches mutuos, porque estos dos al menos hablaban de algo:

    http://www.youtube.com/watch?v=h04fxyNeEIg&feature=PlayList&p=C6232DE4C029A760&playnext_from=PL&index=0&playnext=1

    Es una lista de reproducción, si la activas van saliendo solas las intervenciones de ambos.

    Un saludo.

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  4. Una parte sí puede tomar decisiones sobre si misma, lo cual puede incluir disolver en la práctica un cierto orden porque sea insostenible políticamente hablando.

    Yo precisamente introducía la posibilidad de introducir una referencia explicita a la segregación de una parte del territorio de un Estado basicamente para darle forma legal, y crear norma sobre una posibilidad política real.

    El problema es que esa posibilidad real es posible con norma o sin ella, y como ya dije antes, en caso de que realmente no se quiera convertir a Cataluña en una colonia cuando ahora no lo es, es reconocer que aunque la Constitución diga que la integridad territorial de España es inviolable, en la práctica no podría ser así.

    Es decir, ¿se produciría un escenario de ilegalidad? pues es de compleja respuesta esta pregunta.

    En realidad, y he aquí lo sorprendente del asunto, se crearía una "legalidad nueva".

    Al fundarse un Estado nuevo en el seno de otro se crea lo que seguramente sería una situación alegal además de ilegal, porque en su mayor parte ni siquiera estaría prohibida, porque tampoco estaría reflejada en ninguna parte.

    Como digo, es muy dificil que un Estado se constituya con una Carga Magna con un libro de instrucciones sobre su proceso de autodestrucción. Mucho menos, en un contexto histórico como el de España en los años 70. Impensable diría yo.

    La cuestión es que incluso, desde cierto punto de vista, podría ser hasta provechoso regular ese posible escenario, y no dejarlo al albor de una solución fáctica no reflejada en las Leyes e incluso contraria a varias de ellas fundamentales.

    La razón por la cual el Rey Mohamed VI quiere convertir el Sahara en una Autonomía, mientras llena el Sahara de ciudadanos pro-marroquíes, es precisamente llegar a un referendum enmarcado en una norma autonómica que termine por asesinar el proceso independentista.

    Una vez que el Sahara vote, y el Rey Mohamed VI se asegure que, juridicamente, el Sahara ya no puede ser reconocido como una Colonia por la comunidad internacional y sus Tribunales, el Sahara será marroquí.. secula seculorum.

    Moratinos se quiere sacar este problema de encima así, de la misma manera que a Putin le hemos hecho el favor de no reconocer Kosovo, cosa que sí ha hecho Estados Unidos.

    En este último caso hay razones meramente estratégicas que ni siquiera se han molestado en rebatir en público, pero en el primer caso se está barriendo debajo de la mesa un discurso que antes o después puede ser insostenible, y más cuando las dinámicas políticas en España parece que nos están arrastrando, por falta de pedagogía sobre todo, a la quiebra de un modelo de convivencia.

    Un saludo.

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  5. Hola;

    En primer lugar decirte que te agradezco muchísimo tus menciones (inmerecidísimas) a mí y al blog por lo de los posts esos que tanto me gustan sobre qué somos, el sexo de los ángeles y tal.

    En segundo lugar, decirte queopino que el post se te ha quedado un poco corto en extensión...

    Y luego, decirte que estoy de acuerdo en todo lo que dices; y me gustaría hacer una apreciación y luego un comentario al debate que estais teniendo por los comentarios:

    1.- Creo que has metido el dedo en la llaga cuando hablamos del "para qué"; al final, nadie dice exactamente para qué independizarse; sí que estaremos mejor, pero nada claro.

    Pero aparte de eso, hay otro tema que nunca se aborda: El Cómo. La hoja de ruta; es decir; aquí ya tenemos hechas constituciones de la Republica de Catalunya, Senyeras bordadas y cambios en el himno; discursos de intependencia escritos y todo eso; pero nadie ha hecho una Hoja de Ruta: Para independizar a Catalunya necesitamos seguir estos pasos con este timing: 1,2,3,4,5...

    Ese es uno de los problemas, que nadie pone una hoja de ruta porque ademas, hay otro tema: Catalunya se independiza; bien: Qué pasa co todos los políticos y sus partidos de Catalunya, que viven de pedir competencias y de la reivindicación? Se hace independiente Catalunya, y ahora qué? A casa? Alguien piensa que ERC va a ser la Oposición y CiU el Gobierno? Una cosa es devir que quires la independencia porque se vive muy bien reivindicandola, y otra cosa es pedirla en serio, sabiendo que si te l dan, puede que ya pierdas tu moqueta, porque el tiempo es otro, y los partidos, etc que tendrian que gobernar la Nueva Catalunya (o Euskadi) son otros.

    2.- Sobre la discusión que tenéis, quisiera entrar en un tema: Normalmente las Independencias, las Asambleas Constituyentes, etcétera, parten de una rotura de la Legalidad; en la República Española, en la Portugal de la Revoluçao, la Revolución Americana, la Francesa, o incluso la Reforma Política nuestra; lo que quiero decir, es que al final, la Política está por encima de la Ley; y siemper lo digo; Si Catalunya quiere ser independiente, lo será, diga lo que diga la Constitución. Y si no lo es, es porqueno quiere. Así de simple. Lo mismo que en Euskadi. A lo mejor algún día uqieren serlo? Puede. Pero a día de hoy, no.

    Abrazos,

    Javi
    (@Treintanyero)

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  6. Desde luego las menciones a tu blog eran imprescindibles: eres el guía que alumbra mi camino, el profeta que... Bueno, todas esas cosas.

    Asumo la crítica sobre la extensión. La próxima vez intentaré trabajar un poco más, y pido disculpas por la molestia de la brevedad que puede incluso provocar que algo no haya quedado bien detallado.

    Sobre el primer tema que planteas sólo puedo decir que estoy de acuerdo. Es lo que decía, al fin y al cabo: siempre se habla en abstracto; pero precisamente porque se sabe, como dices al final, que el pueblo catalán no quiere hoy, mayoritariamente, ser independiente. A la vista están los resultados electorales del único partido 'soberanista', que es ERC. Nunca ha sido mayoritario, ni siquiera es segunda fuerza. Todo el discurso catalanista vive del enemigo; sin ese enemigo se acabó el pan para ellos. En el lado contrario ocurre igual con el enemigo nacionalista. Y ambos se retroalimentan.

    En cuanto al segundo punto lo que decís es cierto; y como le decía Zapatero a Rosa Díez es estúpido negar la evidencia. Lo jurídico está presente pero es absurdo (desde el punto de vista político) no escuchar a los ciudadanos que dicen cosas y que además, según nuestro propio discurso son tan ciudadanos como el resto. Pero repito: no es igual romper la legalidad, así a secas, que romper la legalidad plenamente democrática. Ésa es la diferencia entre los ejemplos que pones y la realidad que hoy vivimos. Y sí; la política acaba estando por encima; el asunto es que hoy nadie tiene esa voluntad de romper la legalidad vigente, en primer lugar porque no es su objetivo, no les interesa. Lo cómodo es lo que ocurre ahora: exigimos, exigimos y exigimos. Sin alguien a quien exigir dejaremos de tener sentido. He ahí la trampa.

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  7. Efectivamente Javi, es que de hecho las Leyes solo sirven para fijar, aplicar, hacer vigente lo que dicta la política, pero por debajo de las Leyes siempre está la política, sea cual sea la forma de Estado y el sistema político.

    Por eso siempre recuerdo que aunque el debate jurídico es interesante, y está bien, pero tiene que ver con el "engranaje de la maquinaria", no en como se maneja, que es lo definitivo.

    Se supone que el independentismo, y el confederalismo, quieren alcanzar su modelo de las cosas de manera progresiva. Es decir más que rupturistas serían reformistas. Yo tampoco termino de ver una ruptura de la legalidad vigente hoy por hoy pero llegado el caso sería inevitable. Mediante pacto no se podrían alcanzar los maximalismos de unos y otros porque la aritmética no lo permitiría, y más si las posiciones de la clase política del resto de España no varían demasiado.

    En teoría efectivamente ERC, PSC y IpC serían la izquierda y CIU y el PPdC serían la derecha de un nuevo e hipotético Estado catalán. Sus reclamaciones existen porque existe un contexto que algunos quieren variar, y por eso estamos teniendo este debate porque sino no existiría, pero también se mueven en el eje de izquierda y derecha.

    La conclusión es que las Leyes, por si mismas, no sirven como respuesta política. Una razón jurídica no sirve como respuesta, de hecho, no existen las razones juridicas, existen las interpretaciones más o menos correctas de una determinada Ley, pero normalmente, cuando alguien opina y dice que lo hace desde un estricto punto de vista jurídico en realidad está ocultando sus verdaderas motivaciones, que suelen ser ideológicas.

    Es una generalización, y creo que es así, pero no estoy diciendo que las Leyes no se puedan interpretar correctamente desde una interpretación estrictamente jurídica, porque de hecho sí se puede. Lo que quiero decir es que este país está lleno de irresponsables que no son capaces de hacerlo y que se mueven por motivaciones sectarias o de parte.

    Un saludo!

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  8. Ostias, ¿Castilla es una nación?

    Primera noticia que tengo, ¿pero la nueva es una y la vieja es otra? ¿Incluye León? ¿Que hace Madrid? ¿Es Zamora donde el Cid coronó Rey la capital?

    Hay un mito del nacionalismo catalán (sobre todo) Y es que Castilla existe, existe una castilla rural, de muy poco peso político que tiene "sensación de ser", pero cuando los nacionalismos no-españoles se refieren a Castilla lo hacen por equipararse, necesitan una Castilla para no tener que reconocer que España les incluye.

    Yo soy madrileño, nunca me he sentido castellano y para mi Ex-paña (lo que viene a ser España sin todos los independentismos) es algo inexistente como entidad, podría llegar a crearse pero no sabemos que es y yo no me siento parte de ella.

    Para mi España es una nación que cubre dentro varias naciones más, en las que hay gente que se siente de ambas, España llega desde Extremadura y Andalucia al Pais Vasco y a Cataluña, España las siente como parte de si, por mucho que haya quien eso le moleste. Yo mismo si Ex-paña llega a existir podría preferir ser catalán o andaluz que Ex-pañol, no me identifico nada con la castilla rural ni con el derechismo madrileño.

    Cataluña (le pese a quien le pese) es una nación, yo creo que nadie lo discute si no es por tocar los cojones con legalismos constituyentes. Ahora, es una nación de pesados insoportables.

    En el siglo de la construcción europea o la muerte de europa (con lo que significaría eso) nuestros políticuchos, y nuestros electores de salón están más preocupados de paridas localistas y protagonismos provincianos (incluyan aquí a Aguirre y Gallardón por favor, en Madrid también hay provincianos) que en construir un estado sólido, justo y útil.

    ¿Cataluña se siente herida y quiere la independencia? En las últimas dos semanas yo estoy por fundar el partido madrileño por la independencia de todos los demás, es insoportable, es injusto, es desleal que después de que "Madrid" lleve negociando y dando cada día más autogobierno a las CCAA sigamos anclados en el victimismo del "no tengo todo lo que pido".

    Con niños uno no debe ir a ningún sitio, siempre lo he dicho. Acabas lleno de mierda.

    ¿Nadie piensa reconocer el esfuerzo del país por acomodar a las naciones que tiene dentro? No todos han hecho ese esfuerzo, ni todos a guto, pero muchos si lo hemos hecho, y el resultado es que nadie lo agradece, que siempre estás discutiendo más y más.

    ¿Descentralizar más la justicia? (el único punto seriamente cercenado por el TC) ¿Para que las CCAA pongan a más "amiguisímos" de jueces de los tribunales supremos? ¿Para más casos como el de Fabra donde el poder judicial polítizado protege a los corruptos? ¿Para más Millet?

    La justicia no necesita descentralizarse a manos de los políticos, necesita ser más eficaz, no he visto un intento de los catalanes por hacerla eficaz, solo por hacerla suya.

    Hay días que la politica muestra que algunos tienen razón, la aristocracia (el gobierno de los mejores) o una dictadura con el más digno de nosotros parece un sistema más óptimo.

    Porque, reconozcamoslo, la mayoría suele ser idiota. Lo excepcional (y por ello minoritario) es la excelencia y la inteligencia.

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  9. Lo primero que has comentado lo veo justo al revés. Fíjate en lo que yo he dicho: "Cataluña es una nación. Como lo son Galicia o Euskadi. Como lo es Castilla. Podemos debatir cuáles son estas naciones. Pero si dejamos a un lado el valor jurídico del término y acudimos a la lingüística -las palabras tienen un significado, sí- Cataluña es una nación, en su sentido social, cultural e identitario. Estoy dispuesto a aceptar esto; no tiene mayor trascendencia. Hasta ahí". Lo que hace tu idea es dar la razón al nacionalismo catalán y afirmar por tanto que este es un conflicto bilateral entre una cosa que se llama Cataluña y otra cosa que se llama España; y no estoy de acuerdo.

    España es precisamente el concepto integrador al que pertenece Cataluña como un territorio más de esa REALIDAD que suma y que se ha originado como nación por causa histórica. Nación a la que ahora hemos dotado, además, de una unidad jurídica y un orden constitucional y democrático. Dentro de esa realidad existen historias diversas, diferencias sociales y de origen. No se trata de inventarse Castilla como contraposición a Cataluña, es que existe una cosa, un concepto, que es ése, el castellano.

    Cosa distinta es lo que tú quieras entender que eso significa. Si te gusta o no cómo es o cómo ha resultado ser es otro debate. Para ti Castilla se reduce al aldeanismo o derechismo madrileño; pero no deja de ser una percepción particular. ¿Y el sentimiento? Pues lo mismo. Que tú no te sientas castellano no quiere decir que no exista algo parecido a eso. Patxi López dijo una vez en la cámara vasca, frente a Ibarretxe, que una forma de pertenencia vasca podría ser no sentirse vasco. Pues efectivamente. Yo nací en Madrid, soy hijo de una gallega y un andaluz y me siento europeo y español; pero todo esto es mi problema, mi vida y mi sentimiento. La realidad es otra cosa paralela.

    Notas al margen:

    1: Madrid es la cuna del provincianismo.

    2: El nacionalismo es el equivalente ideológico al egoismo.

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  10. Jorge.

    Cataluña no puede discutir de modo bilateral con España porque España la incluye (quiera o no quiera) y con Castilla no puede discutir porque no les veo llamando a Aguirre o Barreda para negociar, negocian con Zapatero. Y el problema viene de ahi, de alguien que siendo parte quiere a la vez ser igual que lo que la incluye. Por eso las discusiones son bizantinas.

    Para mi Castilla es la castilla rural porque creo que ningún madrileño se siente castellano. No es despectivo.

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  11. En lo primero, de acuerdo, es lo que yo he dicho.

    Lo segundo también lo he dicho, en Madrid no hay muchos madrileños de origen y los que hay han evolucionado su percepción (la Comunidad de Madrid es un invento del 78). Pero no todo es Madrid, y existe una realidad diferente, con una identidad cultural y social diferente (que no tiene nada que ver con delimitaciones autonómicas). Y eso es evidente.

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  12. Hola a todos.

    Lo que está claro es que los políticos catalanes utilizan el "sentimiento" cuando en la política deberían utilizar la "razón". Y eso se está extendiendo como la gripe.

    Estoy de acuerdo con lo que dice Jorge. Muchos catalanes quieren la independencia... muy bien. Tienen el derecho de quererla, como yo de no quererla. ¿Pero me pueden asegurar que eso será mejor? ¿Será un Estado viable? ¿Qué derechos-obligaciones tendremos?

    Yo solo oigo "España nos roba" "España es mala" "España no nos quiere, independencia" Pero nadie me dice porqué ni cuánto nos roba, qué es "robar", porqué es mala y no nos quiere.

    Y lo que más me molesta es que esos politicuchos representan a una minoría y no hacen más que chupar del bote y hacer senyeres gigantes cuando lo que tenían que hacer realmente es ver qué les importa a la mayoría de los catalanes. Pero creo que eso no les interesa.

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