La Cadena SER ha publicado esta semana las declaraciones de dos concejales del Partido Popular de Torrelodones (Madrid), a través de dos vídeos en los que los ya ex ediles hablan de su experiencia tras elevar a la cúpula del PP madrileño denuncias por corrupción entre sus compañeros de filas. Ambos concejales, además de ser expulsados del partido, fueron presuntamente espiados por la propia ejecutiva de Madrid, que elaboró informes que incluían fotografías con menores de edad.Desconozco las reacciones políticas que tanto en el propio PP como en la oposición haya podido tener este caso. Las imagino: unos guardarán silencio o derivarán responsabilidades al medio de comunicación izquierdista que las publicó, mientras otros atacarán como una masa compacta desde el ahogo de su propio resquebrajamiento. Pero no importa: lo sustancial es la salud democrática de un país en el que los denunciantes son los vigilados, donde constantemente gana el sectarismo y el delito frente a la honradez o los principios o donde no existe protección y arrope social a quien demuestra dormir cada noche con la conciencia tranquila.
Mientras en Reino Unido asistimos hoy a una nueva dimisión, y hemos perdido la cuenta de las que van, en España tenemos que soportar la vergüenza constante de vivir en el país del chiste, la pringue y la desvergüenza. Cada vez son más las voces que hablan del desprestigio de los políticos, los partidos o las propias instituciones democráticas, cuando es la propia sociedad que lo sostiene la que está sufriendo una mancha imborrable, una que recorre su columna vertebral y está apunto de dejarla paralítica.
Cuentan que Adolfo Suárez duerme en una nube de felicidad, la que le proporciona el olvido y la indiferencia ante un mundo que ya no conoce. Nuestro primer Presidente se ha convertido en la perfecta metáfora de la historia real, de la idiosincrasia nacional del presente: nuestros valores están aletargados, confusos, distraídos; mientras otros esparcen su humo de hechiceros sin más rumbo que su propio sombrero; aquellos que tras él fueron ocupando el Palacio de las promesas perdidas, rotas como votos frágiles en urna de cristal.
El futuro es la espera al gran titular, que nos cuente como este mago de la transición cierra finalmente sus ojos y nos deja. Si la historia se confirma, y el país sigue un curso paralelo a aquella extraña, admirada y odiada personalidad -también éste rasgo inequívoco de su españolidad- los cerraremos con él para dejarnos vender a quien más grande tenga sus orejas y más pequeños los oídos. A Suárez ya le han preparado un aeropuerto con su nombre. No sabemos, sin embargo, quién oficiará el funeral de Estado por la dignidad perdida del Estado español. Que ambos descansen en paz, lo que les queda.
* Viñeta de Mauro Entrialgo (Diario Público).
Ayer tuvo su segundo capítulo: 'el niño que leía demasiados periódicos' se enfrentó a una dura acusación sobre chuches. Es genial (o no tanto) lo ridícula que resulta nuestra clase política en cuanto se comparan sus cutres actuaciones con nuestra vida cotidiana. A menos que lo cutre sea nuestra vida, o nuestra participación en ella: es decir, nuestra participación en la política. Qué sé yo; sigan enlazando.

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