La ampliación.Hablar de Europa supone hablar de también de expansión, diversidad creciente y suma de problemas.
Mi generación ya nació no sólo siendo democrática, sino además integrada en Europa. Sin embargo, la primera Unión -entonces Comunidad- que recordamos es bien distinta a la actual; mucho han cambiado las cosas desde aquel grupo de quince Estados potentes hasta los veintisiete que hoy conforman la realidad común.
Es posible que este sea uno de los motivos que explican la creciente desafección por Europa que sienten los españoles: el cambio del rostro en ese espejo siempre impoluto. Para los ciudadanos de la guerra civil, la dictadura y la transición, todo lo que estaba por encima de los Pirineos significaba libertad, trabajo y progreso. Francia, Alemania o los países nórdicos son ejemplos en los que siempre nos hemos mirado. Y fue ya en democracia cuando, desde Bruselas, fueron lloviendo los gloriosos fondos estructurales que hicieron crecer nuestras autovías, líneas ferroviarias e infraestructuras diversas, junto al Fondo Social Europeo.
Sabíamos, sin embargo, que aquello tenía fecha de caducidad. En primer lugar, porque España no podía seguir presumiendo -con Aznar primero, con Zapatero después- de la bondad, fortaleza y excelencia de su economía, mientras alargaba la mano a Bruselas para recibir su tarta. Y porque, sin duda, iban a llegar otros países en vías de desarrollo que nos iban a pasar de la cola a la cabeza. Sí, así de asqueroso es este planeta: todos somos solidarios hasta que estamos en el lado que aporta.
Desde el número quince hasta el veintisiete, Europa ya no es lo que era. Ya no sólo vemos sentados en este Parlamento a franceses, ingleses o italianos, vecinos "de toda la vida", con los que existía una cercanía histórica, social o cultural; sino que también vemos a lituanos, rumanos o búlgaros, nacionalidades que a muchos desde aquí les parecen mucho más "extranjeras" que las otras, y con las que no existe ni empatía ni agradecimiento, sino todo lo contrario. Ahora ellos son los vecinos necesitados, y lo son además introduciendo en Europa un plus de diversidad cultural y una forma radicalmente opuesta de ver el mundo: es que su historia es opuesta a la nuestra.
Y es aquí donde llega la pregunta: ¿hasta dónde llega Europa? Muchos piensan que ya ha llegado demasiado lejos.
Es posible que el gran error de aquella Europa de los quince, con la que más se identificaba el lado izquierdo del mapa, haya sido abrir las puertas a las grandes ampliaciones sin haber definido primero el cómo, el para qué, el qué mismo de la Unión. En los momentos previos a dar el salto exterior, Europa tenía que haber abordado su propio Yo interno. Es fácil pensar, por ejemplo, que la Constitución Europea habría tenido un camino más llano y sencillo en aquella Europa europeísta que en esta Europa de euroescépticos; más ahora que el escepticismo de unos aumenta el de los otros. Esto último es, precisamente, lo más reprochable: la apertura de Europa a quienes no creen en ella. ¿Somos una realidad geográfica, social, ciudadana, política, cultural, histórica? A muchos les gustaría ser, simplemente, una realidad; una superior a naciones obsoletas y aldeanismos improductivos, que son los que, con poca vista y ningún sentido patriótico, se están haciendo fuertes aquí y allí.
No podemos cambiar el pasado, pero nos queda el futuro. Croacia, la antigua República Yugoslava de Macedonia y Turquía son ahora los candidatos oficiales, junto a otros potenciales que podrían ir ampliando la lista en los próximos años. A ellos, la pregunta que debe formularles Europa es sencilla: si llaman a la puerta para sumarse a la construcción europea, o si lo hacen para construirse a sí mismos aprovechando las bondades de la Unión. Por desgracia, la respuesta parece sencilla, pero no pasa nada: el enemigo ya está en casa. Entre tanto, otros gritan que ampliación sí: para la Europa económica, social y política del mañana; la de ayer, es momento de guardarla en el cajón, junto al polvo que cubre ya el libro de su negra historia.
* Fotografía de la Agencia EFE en soitu.es
"Un grupo de jóvenes palestinos participan en una protesta en la verja del paso fronterizo de Rafah, al sur de la Franja de Gaza. Los muchachos exigen el apoyo del presidente de EEUU a la creación del estado palestino". Obama dice que sí, pero es posible que no se fíen. Y razones tienen. Entre tanto, en el corazón de Europa ha vencido la ultraderecha de discurso xenófobo que, añade además a su ideario, la desaparición del Parlamento Europeo. Que nadie diga el lunes que no sabía nada.

2 comentarios:
Plas, plas, plas, plas.
En Europa nos enfrentamos a unas elecciones al Parlamento que a una gran mayoría les deja indiferente. Los partidos políticos de los países de la Unión se han dedicado a tirarse los trastos a la cabeza, en clave nacional y provinciana, sin la más mínima propuesta para el futuro de Europa.
http://felipe-palabrasenlibertad.blogspot.com/2009/06/europa-europa.html
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