19/06/2009

El fin son las personas

La información lleva días marcada por los acontecimientos en Irán. Miles de personas se han echado a las calles por la defensa de la democracia y la libertad. Eso nos cuentan, y sin embargo se puede ser más pesimista. La antigua persia se debate hoy entre el presente, radical, oscuro y dictatorial; y el ¡futuro!, con un falsamente llamado "reformista" que tendría como única consecuencia final el bálsamo y la cera del continuismo eterno.

Más allá de los nombres, más allá de los hechos que nos desvelan la realidad de un país convulso donde se decide también nuestro destino, la 'marea verde' que recorre la cuna de la civilización humana puede poner sobre la mesa una enseñanza absoluta: el fin son las personas.

Leo a diario a falsos activistas que se empeñan en hablar de un tal Amahdineyad y un tal Musaví, como si el enfrentamiento fuese una cuestión de castas. Y lo es. Podríamos analizar la profundidad del asunto, animar a los olvidadizos y estresados orientales a leer la apasionante historia de Irán, o hablar sobre los hechos políticos locales y globales que se van a desprender de lo que en las próximas semanas suceda en un país que, en estos días, no es ya un reducto alejado donde el polvo no salpica, sino el barro sobre el que se posan a diario nuestros pies. Pero, ¿qué hay de las personas?

En realidad, mientras nosotros comentamos lo que allí podría suceder y, de hecho sucede, la realidad es mucho más simple: una hilera infinita de corazones sale a la calle a gritar su libertad. Ellos saben, y en caso contrario lo descubrirán, que ese nombre, esa foto que enarbolan como símbolo de su ansia quedará después diluida en el pozo de las promesas incumplidas. Pero hoy luchan, y me levanto con ellos; y si pudiese cogería sus manos, sus pancartas, sus banderas y su color verde. Mañana, esta causa será una mierda, sí; pero hoy esta causa es la libertad. Mi civilización occidental sigue viéndola como una parte más de su tablero de juego, donde cada pieza significa interés, donde nada se hace por esa última persona que grita. Donde las personas no existen, son productos comerciales.

El destino de los iraníes queda ahora en manos de sí mismos, de su fuerza, de un cambio que no lo será y de una cuestión aritmética sobre el número de miembros del régimen actual o del poder religioso que bailen de un lado a otro de la pista. Es posible que también de alguna acción externa, que convierta la discrepancia en una gran unidad nacional contra el odioso enemigo israelí -dirían ellos- o el menos malo enemigo yankee -dirían ellos también-. Si esta revolución de color triunfa, todo seguirá igual. Si no lo hace, todo irá a peor. Pero lo apasionante es que estamos hablando, todo el tiempo, de personas y corazones.

Esas personas, y esos corazones, a miles de kilómetros de allí y en cada rincón sensible del planeta, lloran hoy la muerte de Vicente Ferrer. Una persona. Una sola que ha hecho brillar el significado de serlo. Iba a escribir un largo comentario, y sin embargo no es necesario cuando triunfa el ser humano: en Irán, en la India, en África, o en ese planeta menos ingenuo que aquel pintado por una famosa política española, que aún siendo simplón e infantil también merecía su momento onírico. Soñar, también, una Euskadi en paz. Donde reside la injusticia, viven nuestras luchas. Soñar es legítimo cuando el fin son las personas. Actuar es imprescindible.

* Fotografía: Vicente Ferrer, de El Mundo.
Si esto es cristianismo, díganme, por favor, dónde hay que apuntarse.

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