10/11/2011

Hasta siempre

Cuaderno de un veinteañero se despide para siempre. Y sin llegar a ser treintañero.

Este recorte de vida queda para el recuerdo. Nunca se sabe cuándo será necesario hurgar en él. O sonreír gracias a él.

A partir de ahora, si quieres leer artículos en tercera persona puedes entrar en Xaora. Será parecido a esto, también distinto, con más regularidad, con más coherencia y, seguramente, mejor. O eso espero. Prometo intentarlo.

Si por el contrario has decidido que ha sido suficiente y que no me soportas más, gracias por haberlo hecho hasta hoy. Buenas noches. O días. Y sobre todo buena suerte.

¡¡Hasta siempre!!

11/08/2011

Del 14 de abril al 20 de noviembre

Se acabó. José Luis Rodríguez Zapatero ya tiene fecha de salida: el 20 de noviembre. Dicen algunos que es su última ironía. Lo cierto es que el presidente, al que ya desde sus inicios como líder socialista "acusaron" de ser masón, ha envuelto siempre sus actos en una exagerada simbología: las zetas, las cejas, las fotografías, las fechas, las palabras. Todo parece siempre psicóticamente calculado en un tipo al que, tras casi ocho años de gobierno, casi nadie puede decir que conozca. Es impredecible, y parece que es más lo que nos obliga a interpretar que aquello que realmente vemos. Algo que no es necesariamente negativo... cuando todo va bien.

El presidente José Luis Rodríguez Zapatero. Fotografía tomada del blog De Cerca.

Lo que parece claro es que así lo interpreta la mayoría, por lo que quizá sea una de las lecciones sobre cómo no gobernar que podamos extraer de sus mandatos. Todos los presidentes recientes dejaron alguna huella con la que la historia les identificará, y que sus sucesores intentaron revertir hasta la obsesión. Hablamos de ese tipo de huella que comenta el ciudadano medio, cala hondo en los votantes, cualquiera puede percibir a simple vista y es objeto de chanza en los carnavales de Cádiz.

A González le pasaron factura la corrupción y las oscuras tramas. El GAL y Filesa son recurrentes para quienes quieren hablar mal del hombre que más años aguantó el poder en democracia. El PSOE llegó a él en el 82 con la ilusión, la inexperiencia y la fuerza del novato. Lo pagó caro. Demasiada gente para repartirse un pastel que estaba condenado a ser menguante, en un tiempo en que la política en España no era unipersonal y todo líder tenía su contrapunto.

Así que Aznar aprendió que tenía que rodearse bien y tener controlado al rebaño. Pero incluso con una España menos monocolor que la que asumió su antecesor y una democracia más asentada, el líder popular no pudo evitar caer en cierto endiosamiento. La soberbia fue su final. En pleno auge económico (aunque ahora ya sepamos que aquella política no era más que una bonita nube tras la que se escondía nuestra tumba) algo tan simple como la megalomanía, la chulería y la prepotencia fue lo que precipitó la salida del PP de la Moncloa. Enfrente, una sociedad que creía vivir bien. Fueron las elecciones de la ética.

Y llegó Zapatero, cuyo mayor reto inicial fue de nuevo el mismo: no parecerse al anterior. Los pactos, las sonrisas, la tranquilidad y la enfermiza idea que le obligaba a llevarse bien con todo sector social acabaron por crear lo que ahora acaba: un gobierno que tras la construcción de elevadas formas olvidó la propia esencia, el propio fondo de lo que quería ser y construir. Ahora nadie tiene claro qué es. O peor: qué será.

El PSOE en 2004 tenía un plan: el de los reformadores chicos del nuevo socialismo. Pero aquel plan sólo acabó cuajando en su vertiente de legislación social. Todo lo demás, a pesar de haber hecho oposición anunciando el inminente estallido de la burbuja inmobiliaria y los horrores de la especulación, fue olvidado por el bien de "la paz social", uno de esos conceptos que al presidente gustaba repetir. Nunca hubo tanta, aunque ya sabemos lo que dice el refranero sobre las calmas y las tempestades.

Algunos de los que empezaron aquello acabaron siendo expulsados del Ejecutivo, y escribieron blogs y libros hablando de lo bonito que sería hacerles caso. Porque el otro error de Zapatero ha sido, de manera muy visible, rodearse de perfiles políticos de segunda o tercera regional sin excesivo protagonismo, justo el que al final acumuló el líder recibiendo su estallido: la culpa es de Zapatero. Casi todos los finales políticos son así, símbolo del aislamiento que supone el poder.

Aunque el plan inicial era mucho mejor que la realidad sobrevenida, haciendo política ficción podemos suponer que la primera legislatura de Zapatero no habría resistido reformas laborales, empresariales o el programa económico que el tío Solbes hubiera querido entonces. Fueron los años del "España se rompe", de las víctimas de todos los terrorismos, los juicios espinosos, las heridas históricas y la agitación como método político. Zapatero no fue cobarde, sólo pensó en sobrevivir. Política también es eso. Pudo pensar, si pensamos bien, que entregar de nuevo España al PP poniendo en riesgo lo único que la nueva mayoría había implementado en el Congreso (su paquete de leyes sociales y derechos civiles) no merecía la pena en un país en el que cuestionar las maravillas económicas del ladrillo suponía la inmediata lapidación. Figurada, claro. Una legislatura no lo resiste todo. Eso, y que el medio de los partidos para alcanzar fines es ganar elecciones. Si pensamos mal, es destacable que para ello el PSOE recurriera también a los cheques populistas. E injustos, que es peor.

En todo caso fue su época dorada; cuando decíamos "Zapatero es el único presidente de izquierdas que ha tenido España". Probablemente. Por ello el final resulta un tanto cómico. Otra ironía.

La crisis, esa que él mismo anunciaba antes de gobernar, llegó, y lo hizo acompañada de artillería internacional. Le ha tocado pagarla. Con otro error: Zapatero ostenta el récord de ser el líder político que más veces ha dejado sin argumentos a sus aguerridos militantes. Ese tipo de militante que defiende siempre lo que el partido le pida defender. Ese que en este caso ha tenido que hacer verdaderos quiebros ante los vaivenes y cambios de opinión de un consejo de ministros incapaz de explicar con coherencia ninguna de las decisiones que ha ido tomando; ni en la época de paz ni en la de indignación.

Estas son las lecciones (superficiales, mediáticas y de andar por casa) de la era Zapatero. Por ello, es de suponer que su sucesor entenderá que tiene que rodearse bien, que debe ser dialogante y conciliador y que, además, debe fijar un rumbo claro a su política, sin ambigüedades y con transparencia. Aunque quizá mostrando la capacidad de rectificación y adaptación que hemos visto estos años.

Zapatero entrevistado en Moncloa. Fotografía: Cadena SER.

Porque Zapatero también deja lecciones positivas, de las que no sería justo renegar por la corriente social, y una necesaria reflexión.

Durante la última década y media nuestro país se ha tirado a la charca de la economía del aire. De ella participaron el PP, el PSOE, los partidos nacionalistas, los independientes locales, las cajas de ahorros, los bancos, el mundo empresarial y la gran mayoría de la sociedad. No se salva casi nadie. La responsabilidad, por tanto, debería ser asumida por todos; así como el gobierno debe asumir la mala gestión del estallido. El PSOE no merece ganar las próximas elecciones. Su alternativa oficial tampoco.

Pero alguien ha hecho algo bien. A pesar del aire, hoy nuestra economía resiste mejor que otras con mayor industria productiva, como Italia. La diferencia es de gestión política. En estas tres décadas hemos abandonado una situación social de pobreza y analfabetismo en un tiempo récord, y dejándonos a muy pocos sectores sociales por el camino. Nuestro escandaloso e insoportable 20% de paro es mucho más fácilmente reversible que otras situaciones de marginalidad y expulsión directa del sistema. Madrid no es París o Londres. Las respuestas sociales que hemos visto, tampoco. La violencia, siempre injustificable, tiene causas que la generan. Es evidente que existe una relación entre la realidad y la magnitud formal de la reacción a ella. Las causas culturales no siempre sirven. La economía la hemos administrado peor que otros (desde hace siglos), pero no parece el caso de nuestro modelo social, siendo manifiestamente mejorable.

El cinismo político está muy bien para ganar elecciones, y resulta incluso comprensible para movilizar a las masas, pero es de esperar que quienes en pocos meses van a gobernar no obvien el contexto en el que nos movemos y las limitadas capacidades de actuación que tiene hoy un Estado de la Unión Europea como España. Tampoco estaría mal tener en cuenta como, con este contexto negativo, las cosas no han ido "tan mal" como cabría esperar. El problema de quienes afirman que esto se arregla con un cambio de gobierno no es que lo digan, el problema es que realmente lo crean, porque eso nos alejaría del impulso a la toma de decisiones que nos sacarán del agujero: más Europa cantando "vivimos siempre juntos".

España no necesita grandes revoluciones. España necesita una evolución. Los partidos políticos no son eternos; sirven mientras canalizan las aspiraciones de los ciudadanos y solucionan problemas. Es un misterio si la solución a los presentes la tendrá el PSOE, el PP, IU o UPyD. A día de hoy, aparentemente ninguno. Ofrecen lo mismo de siempre instalados en los debates políticos de siempre. Pero sería muy sensato que existiera un eje común en las políticas de Estado.

Si la mayoría hemos asumido dos objetivos sociales que siguen siendo generales a la par que imprescindibles, como la libertad y la igualdad, deberíamos también asumir que las formas para alcanzarlos se adaptan a la historia, que suele progresar en línea recta... hacia delante. Que por primera vez el líder de un partido de gobierno sea sustituido por la generación (y el ideario) anterior, y que el partido de la oposición quiera gobernar con su generación (e ideario) anterior, como si nada hubiera pasado, no parece indicativo de que alguien ahí arriba haya caído en este tonto detalle.

El gran error de Zapatero no fue, por tanto, su gestión de la crisis. El gran error es que a día de hoy todavía no ha mostrado una hoja de ruta para el día después. Lo aterrador es que sus sustitutos, quienes tendrán que gestionar ese día, tampoco parecen tenerlo claro.

Y cerrando su despedida, Zapatero fue sobre todo el presidente de los que creían que las buenas intenciones debían tener su peso en la acción pública. Principios. Ahora, su 14 de abril, día en que tomó posesión por segunda vez, es ya un 20 de noviembre, y la política en España tardará mucho en volver a hablar de sueños bonitos. Sobre todo porque la mayoría quedan sin cumplir. Y porque de sueños no se come. Bueno, eso dicen.

Los malos son los otros

En julio fue el orgullo LGTB. En agosto es la reunión de jóvenes cristianos. En septiembre, tal vez, el gasto en festejos diversos tras la vendimia. En octubre, con la vuelta a la actualidad, los empresarios y los sindicatos. En noviembre, aprovechando la época electoral, seguramente sean los partidos políticos. Definimos polémicas previsibles.

Vivimos en sociedad, pero somos individuos diferentes, diversos y heterogéneos. Esa diversidad unida en una única comunidad debe gestionarse de algún modo. A eso lo hemos llamado democracia; un sistema en el que, además, los diferentes tendemos a agruparnos con aquellos cuyas aspiraciones e inquietudes más se asemejan a las nuestras: militamos en partidos, pagamos cuotas para practicar deporte, rezamos en compañía de otros y compramos periódicos por adscripción ideológica.

Manifestación del Orgullo LGTB en Madrid, año 2011.
Fotografía de la revista Têtu.
Lo que no hemos hecho es dar el siguiente paso, que es respetarnos mutuamente. En España todos los meses se genera alguna polémica derivada del gasto de eventos con los que sólo una parte de la sociedad se siente identificada. La parte contraria se indigna porque ese gasto que no le es propio le parece insultante. La consigna es "que gasten sólo en mí, que yo sé lo que de verdad importa".

Así, según corresponda, criticaremos la capacidad de los homosexuales para reivindicar sus derechos, la de los miembros de una religión para adorar a su dios (hay que señalar que la respuesta también varía según cuál sea esa religión), la de los empresarios para recibir subvenciones por su actividad y la de los sindicatos para eso mismo. Por lo general, quienes están muy en contra de determinadas actividades callan con otras porque tienen una forma muy peculiar de entender los criterios mediante los cuales una administración debe subvencionar colectivos. Se ha dado el caso de liberales convencidos de las maldades intervencionistas a los que no les acaba de parecer mal que el dinero público financie la educación privada en según qué sitios.

España es así. (Teniendo un prejuicio cultural, ¿quién quiere explicaciones profundas?)

Sí: quizá tengamos que hacernos mirar lo dogmáticos y simples que somos por estas tierras, para que nuestra inmadura democracia dé un pasito al frente y aprendamos a convivir respetando al diferente. En todos los aspectos; y es que la excusa de la subvención pública suele servir para no decir "me molesta verte", que es mucho más políticamente incorrecto. Es más: "me molesta que existas".

Dentro de este mal común, es cierto que la Iglesia Católica, que es el referente de actualidad este mes, constituye un caso francamente especial.

Se trata de una institución privada que dice sentirse acosada y perseguida por un "laicismo radical" (sic) en un país en el que recibe dinero público, existe una casilla de asignación específica en la declaración del impuesto de la renta, está exenta del pago de los mismos y hasta los cargos públicos juran obediencia ante sus símbolos sagrados.

Estas críticas, curiosamente, suelen darse cuando el gobierno en activo es del PSOE y no del PP. Sin embargo, repasando los Presupuestos Generales del Estado (y los de las autonomías y ayuntamientos de distinto color político) se hace difícil encontrar el punto exacto en el que se produce esa marginación y persecución. A lo mejor el laicista radical es el presidente del Congreso, vaya usted a saber.

Por tanto, debemos entender que cuando se habla de ese supuesto "acoso" de cierto sector político a la Iglesia se habla de un "acoso" ideológico. En los últimos años la Iglesia dice sentirse así porque el legítimo gobierno democrático, votado por dos veces, ha aprobado leyes contenidas en su programa electoral que la citada Iglesia considera ofensivas contra su fe (que, hasta donde sabemos, no se presenta a las elecciones -nótese la ironía-): el matrimonio homosexual o el aborto, por citar dos ejemplos.

La Iglesia se siente acosada por un Gobierno que no sólo pone dinero para eventos de una confesión privada sino que, además, prohíbe durante su celebración que en otros puntos de la misma ciudad, y sin interferencia alguna, se celebren marchas laicas contrarias a él sin ninguna justificación que parezca fundada. El derecho de manifestación ha quedado temporalmente suspendido por orden de un gobierno socialdemócrata con motivo de la visita de un jerarca eclesiástico. Pero los jerarcas, pobres, se sienten perseguidos.

Cabe preguntarse quién acosa a quién.

En estos años hemos descubierto que existen instituciones tan divinas (por la gracia de) que se hallan por encima de cualquier otra que hayamos conocido. Y es que esa iglesia sobreprotegida por las leyes y los poderes públicos, esa iglesia que participa activamente en política sin presentarse a las elecciones (vuelve a ser una ironía, sí), esa iglesia que dicta y determina cómo debe desarrollarse la vida privada de los ciudadanos, y no sólo de sus fieles... no sólo está exenta de los citados pagos de impuestos sino también de la crítica. Porque criticar las (legítimas) posturas de la iglesia se convierte en un acto ¡radical! y que además ofende los sentimientos religiosos de sus seguidores.

El resto de la ciudadanía (especialmente la atea, por supuesto) no tiene sentimientos. En este país sólo llora el niño Dios.

Pues en efecto: todo español tiene derecho de reunión, y eso implica una seguridad y unos costes que el Estado puede y debe asumir, como de hecho hace, ya sea para un señor con falda venido de Roma o para una panda de maricones sidosos. Nótese también la broma, por dios. Por Dios. Y hasta ahí. Eso sí, también deberíamos revisar si existe en España un principio de igualdad y un criterio objetivo en defensa del interés general a la hora de montar saraos y recibir dinero del contribuyente.

Porque, como bien dicen desde cierta compañía nórdica (y los nórdicos saben mucho) "tengo derecho a mi fiesta". A lo mejor un día nos da por ejercerlo a los que nunca lo hacemos. Y verás qué follón.

03/08/2011

Política básica

En política "no hay que crear problemas". Es una frase que hemos escuchado muchas veces en las batallas dialécticas de los parlamentos, cuando algún opositor se la recuerda al gobernante de turno. En efecto, basta con solucionarlos, especialmente si tienes suficientes como para estar entretenido.

Hoy el gobierno está haciendo una demostración práctica de como inventarse un conflicto para mejorar el ya sencillo panorama que le ha tocado gestionar. Con la prima de riesgo en casi 400 puntos básicos, el ministro del Interior no ha tenido mejor idea que lanzar al mundo un mensaje de calma sacando a miles de manifestantes a las calles de Madrid. Su jefe, a su vez, ha optado por la opción inversa: esconderse marchándose de vacaciones. Que se note que todo está bajo control. En España sabemos lo que se hace.

Fotografía de Kiko Huesca para EFE. Publicada en ElPaís.com

Esos son los dos titulares que ahora copan los medios. Ejemplo, a las once de la noche, de la web de El País: "El cierre de Sol extiende la protesta del 15M por el centro de Madrid" y "Zapatero inicia sus vacaciones en pleno ataque de los mercados". Si el Ejecutivo pretende que el partido al que representa obtenga dentro de unos meses el peor resultado de su historia va, desde luego, por muy buen camino.

En la plaza del Sol de Madrid quedaban ya unas decenas de personas en una minúscula acampada. La vida se desarrollaba con normalidad, los comercios realizaban su labor y los turistas podían contemplar el entorno sin que un pequeño chiringuito con cuatro palés amontonados hiciese mayor estrago. Hoy Camacho ha acordado con el alcalde Gallardón desalojarlos y limpiar la plaza, hecho que al parecer está relacionado con la próxima visita papal que tan conmocionada tiene a la ciudad y que tan barata va a salir.

Con o sin intervención divina, el asunto tiene sentido: nadie tenía derecho a estar acampado allí. Dicho esto, regresamos al inicio: es política. En primer lugar, hay que saber elegir los momentos. Esto es algo que aprendió (esperemos) María Dolores de Cospedal después de alcanzar la gloria en el Wall Street Journal. Hoy no era ese momento. En segundo lugar, desalojar un minicampamento no es lo mismo que blindar una plaza y jugar al divertido "el perro y el gato" por las calles de Madrid; porque no se puede sostener mucho tiempo y porque convierte la anécdota en conflicto.

El gobierno ha decidido, con una crisis financiera sin precedentes históricos, volver a sacar a la gente a la calle para, después, cerrar las vías que les permitan concentrarse pacíficamente y marchase a su casa por donde vinieron. Como remate ha enviado a su presunto líder de vacaciones; por calmar los ánimos. Cumbre.

Para explicar todo esto alguien se molestará en redactar discursos con reducciones legales absurdas. Nos explicarán por qué es jurídicamente intachable desalojar a ciudadanos acampados y lo legítimo que resulta que un señor se vaya a Doñana con su familia; aunque el próximo invierno pueda tomarse un descanso permanente y aunque el país que dirige se halle en un impasse crítico. Por desgracia el mundo es más complejo. Es política, también.

Dentro de ella, es de suponer que el siguiente paso sea que el candidato socialista a las próximas elecciones, Alfredo Pérez Rubalcaba, afirme que tiene propuestas para simpatizar con los indignados y que, de hecho, él está indignadísimo. Lo complicado será que a lo largo de la próxima década alguien tenga a bien tomar en serio cualquier cosa que tenga que ver con su partido. Al menos parece difícil.

Y lo que viene es Mariano Rajoy, en efecto. Lloremos ahora, que todavía es gratis.

21/07/2011

Tres cosas insoportables

Hay tres cosas que demasiados políticos en España se empeñan en hacer y que deberían enervar a cualquier ciudadano con sangre en las venas. Hasta cortárselas.

Una de ellas es empeñarse en el cínico y vomitivo autoengaño (o no), que les lleva a modificar su tratamiento sobre los corruptos en función de un detalle pequeñito: si es de los míos le defenderé por activa o pasiva; si es de los otros saldré a matar. A matar mucho; con navajas de Albacete, si fuese preciso. No hay distinción en esto entre el PSOE, el PP y el resto, aunque las formas estén decoradas de distinta manera. No porque "todos los políticos" sean "iguales", sino porque todos han decidido ponerse el escudo de la mierda de la misma (equivocada) manera. Se ejemplifica en una frase de Marcelino Iglesias, que se atrevió a decir que los imputados socialistas "no son comparables" a los demás. Están a otro nivel. Claro. El de Maribel.

Ayer los populares valencianos se permitieron el lujo de colocar una sección en su web para enviar frases de apoyo al recién dimitido Francisco Camps, el hombre que, dicen, se va para sacrificarse por Rajoy. Desde la última edición de los concursos de Teresa Rabal no se había emitido tanta ternura en directo. Bueno, en directo en algunos casos: al parecer la tele pública de ¡España! no es bien recibida en ciertos sitios de ¡España! En realidad no lo es ninguna que no sea afín al régimen. Vamos a llamarlo así.

Según el tal Camps no sólo él es inocente, sino también "los otros tres". Suponemos que se refería a Víctor Campos, Rafael Betoret y Ricardo Costa, los demás altos cargos del Partido Popular que iban a ser sus compañeros de banquillo. Curiosamente, los dos primeros ya habían reconocido su culpabilidad por la mañana, con lo que resultaba extraño que fuesen inocentes en el discurso de Camps por la tarde. El propio abogado del presidente valenciano había presentado en el juzgado un simpático escrito para que él hiciese lo mismo, pero al presunto 'molt honorable' se le olvidó pasar a firmarlo y, como si nada, acabó haciendo un discurso a carcajadas que tenía más de muestra psicótica que de fórmula institucional. Dejémoslo en psicosis institucional digna de ser tratada. Con pastillas.

Sea como sea, ¡qué vueltas da la vida! Hoy eres culpable, mañana inocente y luego quién sabe. Incluso ese señor llamado Ricardo Costa no llegó nunca a ser ni lo uno ni lo otro; simplemente estaba a la espera de que un segundo señor con barba, que se comenta que manda en algún sitio, aunque nadie lo sabe a ciencia cierta, le indicase qué ser. O sea, que le indicase lo que había sido. La cosa tiene su punto filosófico, no crean. La política también tiene momentos griegos. ¿Griegos? Uy.

Pero como estos dioses del Olimpo de Génova son tan, tan buenos, estaban dispuestos a dejar gobernar a un presidente siendo delincuente confeso, y a premiar a un viejo colega si confesaba que lo era. Que lo es, perdón. Premiar, sí. Es mejor no buscar una explicación lógica: los caminos del señor son inescrutables. Empedrados. Violentos. Moralmente violentos. Del Señor, vaya.

Sigamos. La segunda actitud insoportable en política, que además se puede vincular a lo anterior, tiene que ver con el empeño en hacer predicciones. A algunos políticos les encanta jugar a pitonisos, que es como jugar a los médicos pero en versión mucho más cerda e indecente. Donde debieran decir "creemos esto" o "vamos a hacer esto", es sin embargo mucho más divertido hablar de lo abstracto y divino: "va a pasar esto". ¿Por qué? Porque el mundo es así, o porque a falta de una idea bien vale una huida: ya le pagaré mañana. Ejemplos: no habrá crisis, los jóvenes dentro de treinta años vivirán mejor, el paro no va a subir más y esto de los trajes se va a quedar en nada. Nada de nada.

Creer en la presunción de inocencia es una obligación. Poner la mano en el fuego por alguien es otra cosa. Parece que la bola del PP no ha acertado esta vez. ¿Nadie se va a hacer responsable de la unidad de quemados? Podemos creer en las buenas intenciones, e incluso en las rectificaciones por buenas intenciones. Lo que no podemos es hacernos pasar por idiotas, en virtud de algo a lo que llamaremos dignidad ciudadana, que es otro concepto que, según el contexto, puede ser buena muestra de efímeras secreciones discursivas. Aún así mola. Nos mola. Porque con dignidad otro camino es posible. ¿Se ha captado el chiste? ¿No? ¿No?

La tercera costumbre insoportable, quizá la peor, tiene que ver con la identificación que muchos representantes públicos han sabido hacer de su figura personal con el cargo que ocupan. Han fusionado lo institucional con lo partidario y particular, y les ha salido bien. El éxito del PP en la Comunitat Valenciana radica precisamente ahí: el PP no es el partido que gobierna; el PP es la comunidad misma. La cultura valenciana, la lengua valenciana y la sociedad valenciana están representadas en el PP valenciano, dentro de un abstracto concepto. Quizá por eso la ciudadanía no haya valorado las evidentes implicaciones corruptas del candidato de esta formación a ser la máxima figura representativa de sus tres provincias ante España y el mundo, y quizá por eso les haya dado igual, ante la sorpresa de quienes están fuera, su chulería, su prepotencia y la manipulación de recursos públicos que ha dirigido en su favor. Todo dio igual porque Camps era el candidato del partido de los valencianos, y los demás candidatos eran otra cosa.

Ayer lo volvió a demostrar en su discurso. Habló de su tierra como "la mejor". "Los valencianos somos los mejores". Y dijo que les están atacando. No a él, a los valencianos. ¿Alguien ha puesto en duda lo mucho que nos encanta la Comunitat Valenciana? Sí: Camps. El gran líder pretende lograr una perversión (que de hecho ha conseguido): que criticarle a él sea criticar a la tierra que preside; que decir que el gobierno valenciano es indigno equivalga ante un ciudadano valenciano a decir que ese lugar del mundo al que el citado ciudadano quiere es por tanto indigno. Una envoltura psicológica propia de regímenes totalitarios que dice, ciertamente, muy poco de quienes han caído masivamente en ella, de quienes han preferido colocar un sentimiento sobre la racionalidad, una idea de patriotismo chirigotero sobre una idea de gestión, un mundo paralelo de enfrentamientos y enemigos infernales sobre el gobierno en favor del bien común.

Este es el problema. Cualquiera de las tres actitudes antes descritas son seguidas, apoyadas y asumidas por la mayor parte de la sociedad. Somos nosotros los que votamos y ellos quienes nos representan. Sólo hacen eso: representarnos. Fielmente.